Mi tío me alivia (Liberación) CAPÍTULO 1
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Mi tío me alivia (Liberación)

Mi tío me alivia (Liberación)

Por Senora s

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CAPÍTULO 1

hipótesis

Gimoteé, mis dedos aumentaron la fricción en mi pequeño clítoris hinchado, mientras mi otra mano se movió sobre mi gran teta, sobre mi pezón erguido de donde salieron tímidas gotas de leche, de deliciosa leche.

Me revolví en la cama, mis dedos se deslizaron hacia mi entrada perlada, la lubricación hizo que alcanzara mi punto de anclaje. El mundo giró y giró, mi respiración se entrecortó mientras la energía cimbró desde mi vientre y se esparció a mis miembros.

Las imágenes llegaron sin que pudiera detenerlas.

Lo imaginé… Sus labios masculinos enmarcados por la barba desprolija y oscura, la lengua que usaría para relamerse los labios con apetito, sus ojos oscuros y profundos que me examinarían desde arriba, sus fosas nasales que bailarían ante cada tormentosa respiración, su mandíbula en tensión ante el calor que lo dominaría, mientras sus músculos se engrosarían, grandes y fuertes, con cada embestida.

Una de sus manos en mi cadera, reteniendo mi cuerpo para arremeter contra mi coño con ardor y devoción, mientras la otra presionaría mis tetas para que la leche le salpicara los abdominales y los pectorales, para que el riachuelo que bajaría por mi abdomen se juntara con la lubricación de mi sexo y aumentar los aplausos acuosos de nuestros cuerpos en colisión.

Lloriqueé de la emoción, mis músculos tiritaron con la idílica visión, mis dedos amplificaron el desequilibrado ritmo que me acercó al precipicio.

Y el calor llegó.

Mi mente se atascó en la fantasía de mi tío corriéndose en mi vagina, llenando mi interior con vigorosos chorros de su polución.

La electricidad fluyó, sobrecalentó mis neuronas, la luz chisporroteó y me dejó ciega cuando el nirvana me alcanzó y caí sin paracaídas al precipicio, con una absurda sonrisa en el rostro y los ojos en blanco, aun si mis tenía las pupilas con forma de corazón al recrearme con aquella quimera que nunca sucedería.

Pero… No era mi culpa. ¡No, señor! Nada de aquello estaría pasando de no ser por mi madre, mi santa madre que era más buena que el pan.

De no haberme llamado una hora antes para anunciar la llegada de mi tío «favorito», no se hubiese desencadenado mi lujuria a tal grado.

Chist, ¡tonterías! Solo seguí mis instintos, no hice nada malo, además, tío Robert no llevaba realmente la sangre de mamá, no estaba tan mal, ¿verdad?

Laxa, me quedé tendida en la cama y traté de recuperar el aliento, de mantener a raya la alucinación, pese a que solo lo vi a él, al pecado convertido en hombre.

Tío Robert… era mi hombre perfecto, el ideal que no iba a encontrar en otro lugar, y no solo lo decía por su cuerpo vigoroso, lleno de músculos grandes e hinchados que tenía la justa definición para aprender de anatomía sin fallar en una prueba.

Resoplé.

Para mi mala fortuna, no ayudaba en nada que tuviese el físico de un leñador profesional, no solo porque a eso se dedicaba, sino porque la genética lo favoreció para dar la talla.

Era enorme, un hombre altísimo y con el cuerpo de un titán.

Espalda ancha, hombros redondos, torso largo y cincelado, caderas y cintura estrechas, piernas fuertes, pies grandes y…

Me limpié la comisura de la boca y sacudí la cabeza.

Y claro que tenía un carácter atrayente, una combinación de misterio, seriedad, calma, galantería y sensualidad que aumentaban los puntos a su favor.

Era una mezcla de muchos factores, desde sus ojos oscuros y penetrantes, su boca con la carne justa para desear besarle los morros sin resultar exagerada, incluso su nariz con la ligera giba lo volvía más irresistible, tampoco ayudaba su cabello ondulado un poco largo que dejaba desordenado, una melena lustrosa, oscura, con algunas canas en las sienes.

Y ni hablar de su barba desprolija y las cosquillas que provocaban en mis dedos al desear pasarlos por sus mejillas.

O su piel morena tocada por los dioses. ¿Cómo podía conservar ese color caramelo cuando pasaba la mayor parte de su día a día sin los deliciosos rayos solares?

Sí, tío Robert era leñador, uno de verdad, de los que viven en climas tan gélidos que terminan con los dientes quebrados de tanto tiritar, aunque él tenía los dientes parejos.

Trabajaba para una gran empresa al norte del país, tan al norte que casi perdía el nombre, y le encantaba lo que hacía.

Decía que lo mantenía cuerdo, que le ahorraba la ida al gimnasio.

Quizá lo que más le atraía era que al ponerlo en la app de citas las mujeres caían rendidas a sus pies. En realidad, las traía loquitas desde que veían su foto de perfil, misma que tenía bien guardada en mi móvil, como si de mi mayor tesoro se tratase.

Probablemente su único defecto era ser un poco machito, de esa clase de hombres que se sientan en el sofá y abren las piernas, casi como una invitación para otear sus deliciosos paquetes, y extienden los brazos, hablan en imperativos contundentes y sonríen tan poco que cuesta adivinar si son felices, aun cuando dicen halagos y lisonjas que te hacen sonrojar. Sí, así era tío Robert.

Lo cierto es que no lo conocí hasta que me convertí en adolescente, cuando fui con mamá y papá a visitarlo. Desde que lo vi… quedé perdidamente enamorada de él. Me atrajo como las abejas a la miel, como las hormigas con el azúcar, como los perros que van tras un delicioso hueso.

Pero había mucho en contra para siquiera hacerme a la idea.

Quizá tío Robert y yo no compartíamos lazos sanguíneos, aun así…

Mamá era su hermana adoptiva, mi pobre madre jamás conoció a sus padres biológicos, aunque le tranquilizaba creer que sus padres fallecieron cuando apenas era una bebé.

Yo no lo tenía tan claro, pero nunca me atreví a decir ni una sola palabra en contra de su prerrogativa.

Incluso sin llevar la misma sangre, para tío Robert no debía ser más que una cría, una chiquilla a la que siempre le despeinaba el cabello y le regalaba una sonrisa pequeña.

Pese a que era menor que mi madre, tío Robert era un hombre mayor, para ser precisos, tenía cuarenta y tres, una nada comparados con mil poderosos veintidós años.

Sí, la diferencia era enorme, y así la marcó desde mi adolescencia, aunque claro, llevaba algún tiempo sin verlo…

Tío Robert no era mucho de salir del pueblucho en el que vivía e ir a visitarlo era, como menos, complicado, no solo por el inclemente clima, sino porque siempre estaba trabajando y su casa era pequeñita para albergarnos cómodamente.

Cerré los ojos y los muslos.

De nada me valía masturbarme al pensar en él, por mucho que me desnudase frente a sus ojos, solo me repasaría con indiferencia y volvería al periódico o lo que estuviese haciendo.

Para tío Robert solo era la hija de su hermana, su pequeña sobrina, una niñita que era diametralmente diferente a él o toda su estirpe.

Pálida, con pecas por todos lados, sí, he dicho por todos lados, no solo las bonitas en el puente de la nariz; con el cabello liso y pelirrojo, de un naranja encendido más bien; con los ojos grandes y tristes de color celeste; los labios gruesos y llenos; la nariz pequeña y respingada, bonita e inservible, un regalo genético de mi padre, como todo lo demás; delgada y de pequeña estatura, pese a que mi cuerpo tenía más curvas que la carretera de Transfăgărășan en Rumania.

Ni siquiera estaba bien proporcionada. Tener las tetas grandes y pesadas no siempre se es una buena noticia, no cuando tu espalda no soporta el peso, y lo mismo va para un culo grande y gordo, en el que las celulitis aparecen a la mínima oportunidad.

Y, a diferencia de otras mujeres, no tenía el abdomen plano, con suerte, ejercicio y una dieta rigurosa lo mantenía a raya, así como mis muslos de jamón.

Me llevó mucho, demasiado tiempo reconciliarme con mis curvas, tanto, que no disfruté de mi adolescencia, de ir a la playita con mis amigas, de salir a la discoteca vestida para matar, o a las piscinas en el verano.

Me limité tanto a usar camisas grandes, faldas anchas y sin formas, o pantalones de abuela con elástico en la pretina ―sí, he dicho elástico―, que me perdí de una buena parte de mi vida.

Y después, solo quedó la universidad y remar para sacar el título, algo para lo que me faltaba solo unos meses.

En absoluto me parecía a lo que el tío Robert buscaba en una dama.

Lo vi, más de alguna vez. Las pocas ocasiones en las que lo visitamos siempre estaba rodeado de mujeres hermosas, altas, esbeltas, con curvas más femeninas y menos vulgares.

Él las tomaba de la cintura, y las pegaba a su cuerpo para besarlas con extremo erotismo, para hacerse con sus labios hasta dejarlas sin oxígeno.

Mamá siempre decía: «Y aun así no quiere casarse», luego chistaba y se hacía la desentendida.

Para ella no era más que su hermanito, su bonito hermano que nació como un milagro cuando mi madre ya era toda una señorita y la abuela pensó que definitivamente no iba a poder quedar en estado de buena esperanza.

Ah, mamá, ¡éramos tan diferentes! Mientras mi madre veía a su hermano como a un bebé, yo lo veía como el hombre que me podía hacer uno y mil nenes.

Por supuesto, las diferencias con mi madre no solo se limitaban a la manera en la que veíamos al tío Robert, sino también en lo físico.

Mi madre era una mujer guapa, con un cuerpo y una cara normal, lo único que teníamos en común eran las pecas, el problema es que se buscó a un hombre que también era pecoso, un pelirrojo tan pálido y desgarbado que a la genética no le quedó de otra más que colarse en los genes dominantes de mamá para engendrarme a mí, su pequeño retoño.

Apodos como zanahoria, roja, Cheeto, entre otros más, los escuché toda la vida gracias a mi pobre y gentil padre.

Ah, ¡de qué me valía reclamarle a mi progenitor! De cualquier manera, si me hubiese parecido a mamá tampoco hubiese entrado dentro de los estándares del tío Robert.