Mi tentación más inoportuna Capítulo 25
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Capítulo 25

Habían transcurrido varios meses desde que Tabitha descubrió la traición de Celia y, aunque las consecuencias legales todavía seguían su curso, la operación pudo salvarse cuando el fondo retiró su oferta al conocer el origen ilícito de la información que Charles había utilizado.

Los Pembroke rescindieron el acuerdo de exclusividad y volvieron a negociar conmigo; al final, conseguí cerrar la adquisición en unas condiciones muy parecidas a las iniciales, aunque para entonces el negocio había dejado de ser lo más importante que me había ocurrido aquel año.

El curso terminó bajo un cielo despejado que no parecía propio de Inglaterra, y fui personalmente a St. Bartholomew para recoger a Rory y a Sarah.

Me apetecía conducir, detenerme donde quisiéramos y regresar sin horarios, aunque la verdadera razón era mucho menos práctica: llevaba varios días días sin verla y me impacientaba la idea de encontrarla entre las familias que ocupaban los jardines del internado.

Habían colocado mesas con refrescos bajo los árboles, los alumnos se despedían intercambiando promesas que quizás no sobrevivieran a la primera semana de vacaciones y, frente a la residencia principal, se amontonaban baúles, bolsas deportivas y maletas con etiquetas de medio mundo.

Aparqué junto al pabellón de música y apenas me dio tiempo a cerrar la puerta cuando distinguí a mi hijo descendiendo los escalones con una caja en los brazos y su típica mochila colgada en el hombro.

Detrás de él, dos empleados empujaban sendos carros cargados hasta tal punto que tardé unos segundos en comprender que todo aquello le pertenecía.

—¿Te han expulsado otra vez o has saqueado el internado antes de marcharte? —le pregunté cuando llegó hasta mí.

—He pensado que, ya que eres hotelero, estarás acostumbrado a gestionar grandes volúmenes de equipaje —me respondió, depositando la caja a mis pies—. Además, parte de esto es material académico.

Levanté la tapa y encontré unas zapatillas de deporte, tres novelas, una cafetera pequeña y un trofeo de críquet envuelto en una sudadera.

—Una selección conmovedora.

—La cafetera ha sostenido mi educación durante los últimos meses. Merece respeto.

Mientras comenzábamos a distribuir su vida en el maletero, Leo se acercó acompañado por sus padres.

Conservaba la mejoría que fue adquiriendo a lo largo del curso: las mejillas tenían color, parecía más corpulento y su manera de caminar ya no revelaba aquella costumbre de procurar ocupar el menor espacio posible.

Se despidió de Rory con un abrazo torpe y una invitación para pasar unos días en su casa; después, sus padres volvieron a agradecerle lo que había hecho por su hijo, pese a que ninguno de nosotros necesitaba ya regresar a aquella historia.

—Nos veremos en agosto —le aseguró Rory—. Y no pienso dejarte ganar al tenis.

—Llevas perdiendo conmigo desde hace meses —repuso su amigo, antes de despedirse de mí.

Los vi alejarse y pensé que la readmisión no se había limitado a devolverle a mi hijo un colegio. Le había permitido recuperar una parte de sí mismo que estuvo a punto de perder por proteger a otra persona.

—Sarah está dentro, terminando de guardar sus cosas —me informó mi hijo, con una sonrisa que pretendía parecer inocente—. Creo que lleva dos maletas y cuarenta y siete cajas de libros.

—Creía que habías exagerado con tu equipaje para evitar que me quejara del suyo.

—Esa acusación me ofende. Aunque, ahora que lo mencionas, quizás haya actuado con cierta previsión.

Entré en la residencia del personal, donde encontré la puerta del apartamento abierta. Aquel pequeño hogar, con sus estanterías repletas, sus tazas desparejadas y el sillón en el que había corregido cientos de trabajos, parecía hallarse en plena mudanza.

Sarah estaba sentada en el suelo, intentando cerrar una caja sobre la que había escrito “Imprescindibles”, aunque el contenido amenazaba con desbordarla.

—Me aseguraste que solo llevarías lo necesario —le recordé desde la entrada, con tono bromista.

Alzó la cabeza y la sonrisa que apareció en su rostro acabó con los cuatro días de espera.

—Lo es. He dejado más de la mitad aquí.

Me incliné para besarla y recibí un abrazo que comenzó con ternura y terminó provocando que ambos perdiéramos el equilibrio. La caja cedió bajo su codo, varios libros se derramaron sobre la alfombra y una libreta quedó abierta junto a mi zapato.

—Una entrada muy digna —comentó, todavía con los brazos alrededor de mi cuello—. Supongo que en tus hoteles habrá alguien encargado de recibir a las huéspedes sin tirarlas al suelo.

—En mis hoteles, las huéspedes no intentan llevarse una biblioteca dentro de un coche.

—No dramatices. He reducido mi equipaje.

Observé las cajas alineadas contra la pared, la maleta abierta sobre la cama y otra bolsa que contenía cuadernos, carpetas y varios paquetes de bolígrafos.

—¿Dónde está la reducción?

—En mi cabeza. Deberías haber visto la primera selección.

Rory apareció entonces empujando el carro vacío, contempló el desastre y soltó una carcajada.

—Sabía que os encontraría haciendo algo útil.

—Tu padre me ha atacado —protestó ella mientras recogía la libreta.

—Está celoso porque vas a publicar una novela antes de que él consiga leer un libro sin consultar el teléfono cada diez minutos.

Sarah abía comenzado a escribir durante la primavera.

Le regalé un cuaderno, la animé a reservar una hora diaria y me prohibió preguntarle por el argumento hasta que tuviera algo que pudiera enseñarme.

Para entonces había escrito casi cien páginas, aunque protegía el manuscrito con una ferocidad que despertaba la curiosidad de toda la casa.

—No voy a publicar nada —aclaró, guardando la libreta en su bolso—. Y tú no vas a leer una sola línea.

—Estupendo —repuso Rory—. Así podré respetar tu intimidad mientras busco el archivo en tu ordenador.

—Por comentarios de esa clase vas a estudiar literatura durante el verano.

Mi hijo cogió la caja más pesada y salió del apartamento antes de que pudiera cumplir la amenaza. Nos quedamos unos segundos rodeados por las señales de su vida allí, y comprendí que, pese a la ilusión del verano, abandonar aquel espacio durante tantas semanas le producía cierto vértigo.

—No tienes que llevártelo todo hoy —le recordé—. Esto seguirá siendo tuyo cuando regresemos.

—Ya lo sé. —Pasó los dedos por el lomo de uno de los libros antes de colocarlo dentro de la caja—. Solo estaba pensando que nunca había pasado tanto tiempo en casa de nadie.

—Vas a pasar el verano en la tuya —maticé, pues nada me ilusionaba más que considerara suya mi casa.

La emoción le cambió el gesto, aunque procuró disimularla ocupándose del cierre de cartón. La atraje hacia mí y le besé la sien, sin insistir en una respuesta que ya encontraba en la forma en que se dejó abrazar.

El viaje de vuelta estuvo lleno de discusiones acerca de la música, paradas imprescindibles para comprar comida y amenazas de abandonar a Rory en una estación de servicio cuando comenzó a cantar sobre la melodía que sonaba.

Había ocupado el asiento trasero y dirigía la conversación desde allí, empeñado en modificar nuestro recorrido por Europa para incluir ciudades escogidas según criterios que cambiaban cada diez minutos.

—Ámsterdam tiene canales —argumentó—. Es educativo.

—Venecia también, y ya está incluida —le recordó Sarah.

—Pero en Ámsterdam se desplazan en bicicleta.

—Tienes una bicicleta en casa que no utilizas desde septiembre —le señalé.

—Porque Londres no ha sabido adaptarse a mis necesidades.

El plan ocupaba casi cuatro semanas a principios de julio.

Comenzaríamos en Lisboa, continuaríamos hacia Oporto y recorreríamos el norte de España antes de cruzar el sur de Francia; desde allí viajaríamos hasta los lagos italianos y terminaríamos en Viena, donde Rory insistía en asistir a un concierto pese a haber declarado durante años que la música clásica constituía una forma refinada de castigo.

Yo había intentado reservar cada alojamiento y organizar los trayectos con precisión, pero me convencieron para dejar varios días abiertos.

A cambio, obtuve permiso para conservar una carpeta con billetes, direcciones y alternativas de emergencia, algo que ambos consideraban una manifestación de mi incapacidad para improvisar.

—Tu padre cree que “aventura” significa llegar a un hotel sin haber elegido previamente la almohada —comentó ella, volviéndose hacia el asiento trasero.

—Una mala almohada puede arruinar un país entero —defendí.

—Esto irá en mi novela.

—Creía que no trataba sobre mí.

—No trata sobre ti. El personaje obsesionado con controlar el mundo es bajo, rubio y tiene un negocio de ferreterías.

—Una transformación magistral.

Llegamos a casa unas horas después. Basil debió de reconocer el motor, porque apareció en el vestíbulo antes de que abriéramos la puerta y atravesó el jardín con las orejas agitadas por la carrera.

Rory descendió primero, se agachó para recibirlo y tuvo que apartarse cuando el perro pasó de largo, rodeó el coche y se lanzó contra la recién llegada.

—¡Traidor! —exclamó mi hijo—. He vivido contigo desde que eras un cachorro.

Basil apoyó las patas delanteras sobre Sarah y recibió caricias, besos y una explicación acerca de lo mucho que lo había echado de menos. Cuando Rory trató de reclamar su atención, obtuvo un movimiento distraído de la cola.

—Creo que acaba de establecer el orden afectivo de esta familia —observé.

—Tú no te rías —me advirtió—. Ni siquiera estás entre los dos primeros.

Rose salió a recibirnos con una jarra de limonada, seguida por Anne, quien había preparado suficiente comida para alimentar a todo el internado.

Las dos abrazaron a Sarah antes de preguntar por el final de curso y la cantidad inexplicable de equipaje. Nadie la trató como a una invitada; Rose le indicó que había dejado flores en nuestro dormitorio, mientras Anne le pidió que bajara después a la cocina para decidir los menús de la semana.

Habíamos reservado una de las habitaciones para que pudiera trabajar cuando necesitara tranquilidad, aunque sus cosas personales irían al dormitorio principal. Era lo menos que podíamos hacer después de varios meses de relación.

Al subir, descubrió que el escritorio ya estaba colocado entre dos librerías, con una lámpara verde que habíamos encontrado juntos en una tienda de antigüedades y una bandeja para los cuadernos.

—Esto no estaba aquí la última vez —comentó, recorriendo con los dedos la madera.

—Rory y yo lo preparamos para ti.

—Yo moví tres libros —precisó mi hijo desde el pasillo—. Que conste en el reparto de méritos.

Dejó el bolso sobre la silla y abrió la caja que contenía el manuscrito. El cuaderno, el ordenador y las carpetas encontraron su sitio con una naturalidad que hizo que aquel rincón pareciera haberla esperado siempre.

Basil entró detrás de nosotros, dio dos vueltas sobre la alfombra y se tumbó junto al escritorio.

—Ya tienes lector —le indiqué.

—Él sabe guardar secretos.

—Y reconoce el talento —añadió Rory—. Aunque también se come las servilletas, así que su criterio presenta algunas deficiencias.

La tarde avanzó entre maletas, bromas y planes. Rose ayudó a colocar los libros, Anne subió una bandeja con pastel de limón y mi hijo desapareció durante largos ratos para sumergirse en la piscina.

Cuando bajamos al jardín, Basil corría detrás de una pelota y la casa parecía respirar de otra manera, llena de voces, puertas abiertas y proyectos que alcanzaban más allá del día siguiente.

Sarah se sentó a mi lado, con una taza entre las manos, y contempló a Rory mientras intentaba convencer al perro de que se lanzara al agua.

—Tengo miedo de despertarme y descubrir que solo me habéis invitado para corregir trabajos durante el verano —me confesó.

—Te hemos invitado porque Basil necesita supervisión literaria.

—Lo sospechaba.

Le rodeé los hombros y acercó el cuerpo al mío, ya sin la prudencia con la que, meses atrás, había ocupado cualquier espacio de aquella casa.

Anne la llamaba desde la cocina, Rose le había reservado un cajón para sus infusiones, Rory discutía con ella acerca del itinerario y sus libros comenzaban a repartirse por las habitaciones.

Nada de aquello borraba la vida que Eleanor y yo habíamos construido; la ampliaba, le abría ventanas nuevas y permitía que el pasado conviviera con cuanto todavía podía esperarnos.

—¿Eres feliz? —le pregunté.

Dejó la taza sobre la mesa y me besó con una dulzura que no necesitó convertirse en promesa.

—Mucho. Aunque pienso modificar el viaje.

—¿Qué quieres cambiar?

—Todo lo que has organizado por horas.

—Eso no es un viaje; es una declaración de guerra.

Su risa se mezcló con el ladrido de Basil y los gritos eufóricos de Rory.

Desde la cocina, Anne anunció que la cena estaría lista en veinte minutos y Rose salió en busca de toallas, mientras yo contemplaba a la mujer que amaba instalada por fin en nuestra vida, con una novela por escribir, un verano entero por delante y media Europa aguardándonos.

Y entendí que no necesitaba saber qué ocurriría después.