Epílogo
Habían transcurrido algo más de tres años desde que Sarah se instaló en casa aquel verano, y lo cierto es que ya no se marchó de allí. A su término, pidió una excedencia y se quedó con nosotros, puesto que Rory, guiado por su ejemplo, comenzó a estudiar literatura en Londres.
Durante ese tiempo conseguimos convertir en realidad dos proyectos que, al principio, solo existían en nuestras conversaciones: ella terminó su primera novela y yo recuperé aquel pequeño hotel de la costa cuya reforma tuvimos que aplazar cuando la operación de los Pembroke amenazó con arrastrarlo todo.
El establecimiento no tenía la magnificencia de los grandes hoteles de la cadena ni aspiraba a competir con ellos.
Ocupaba una antigua casa frente al mar, con paredes encaladas, balcones de hierro azul y apenas treinta habitaciones repartidas alrededor de un patio fresco.
Conservamos los suelos originales, abrimos el comedor hacia una terraza orientada a la costa y transformamos el viejo almacén en una biblioteca para los huéspedes.
Era un proyecto más sencillo, pero también el que más ilusión me hacía, porque lo construimos sin consejos de administración, negociaciones interminables ni competidores dispuestos a convertir cada decisión en una batalla.
La inauguración se celebró una tarde de junio. El aire traía olor a sal y agitaba las telas blancas colocadas sobre las mesas, mientras los primeros invitados recorrían las habitaciones y se detenían en la terraza para admirar el horizonte.
Rose y Anne llegaron juntas y comenzaron a supervisar cuanto nadie les había pedido que supervisaran; Tabitha apareció poco después, dispuesta a contarle a cualquier periodista que la idea del hotel había sido suya, y Rory recorrió el patio con una cámara, una corbata torcida y esa desenvoltura que le permitía conversar con desconocidos sin parecer nunca fuera de lugar.
—He decidido encargarme de las relaciones públicas —me anunció al cruzarse conmigo—. Tú tienes aspecto de estar a punto de despedir a alguien.
—Llevo toda la tarde sonriendo.
—Precisamente. Nadie confía en un hombre que sonríe durante tanto tiempo sin cobrar por una fotografía.
Le ajusté la corbata antes de enviarlo a comprobar que los ejemplares de la novela estuvieran colocados en la biblioteca.
Sarah presentaría allí su libro al finalizar el acto de inauguración, y llevaba desde el desayuno asegurando que no estaba nerviosa, pese a que cambió tres veces de vestido y olvidó el bolso en casa.
La encontré en una de las habitaciones de la planta baja, repasando las notas de su intervención.
Había escogido un modelo azul de líneas sencillas que dejaba los hombros al descubierto, y llevaba el cabello recogido de una manera que comenzaba a deshacerse por culpa de la brisa.
Cerró la carpeta al verme entrar y respiró hondo.
—¿Cuánta gente hay?
—Poca.
—Nicholas…
—La suficiente para que Rory esté considerando presentarse a alcalde de algún municipio costero.
—Voy a desmayarme.
Me acerqué para quitarle de la falda una mota que solo existía en mi imaginación y aproveché para besarla.
—Has enseñado literatura a adolescentes durante años. Una sala llena de adultos que han venido a escucharte no puede asustarte.
—Los adolescentes no escriben críticas en los periódicos.
—No, pero escriben cosas mucho peores en las puertas de los baños.
La risa consiguió relajarle los hombros. Guardó las notas en el bolso y me tomó de la mano, aunque antes de salir me obligó a prometer que no ocuparía la primera fila, por aquello de que la pondría más nerviosa.
Acepté con la intención de incumplirlo, porque llevaba meses esperando aquel momento y no pensaba contemplarlo escondido detrás de una columna.
El acto comenzó al atardecer, cuando el sol descendía sobre el mar y el patio se llenó de reflejos dorados.
Después de pronunciar unas palabras acerca del hotel, agradecí el trabajo del equipo y recordé que aquel lugar también había nacido para acoger historias.
Entonces cedí el pequeño estrado a la escritora que inauguraba nuestra biblioteca con su primera novela.
Sarah subió entre aplausos, encontró a Rory en primera fila y descubrió, un asiento más allá, que yo tampoco había respetado el acuerdo. Negó con la cabeza, aunque la sonrisa que me dedicó anuló cualquier posible reprimenda.
Habló de la lectura, de los personajes que comienzan acompañándonos durante unas páginas y terminan ocupando un lugar en nuestra vida; después contó que nunca se había atrevido a escribir hasta que alguien le regaló un cuaderno y la convenció de que el miedo no constituía un argumento literario.
No mencionó mi nombre, pero sus ojos me buscaron entre el público y me obligaron a bajar la vista durante unos segundos para ordenar todo lo que despertaba en mí.
Leyó un fragmento, respondió preguntas y firmó ejemplares durante casi una hora.
Anne consiguió que le dedicara tres, aunque ninguno estaba destinado a ella, mientras Rose lloraba sin el menor recato y Tabitha explicaba que siempre supo que el libro sería un éxito, una afirmación muy valiente por parte de quien había preguntado dos semanas antes si la protagonista sobrevivía al capítulo sexto.
Cuando terminó la última dedicatoria, Rory llevó una copa hasta la mesa y me hizo una señal desde el otro extremo del patio. Habíamos organizado aquella parte a escondidas, una hazaña considerable en una casa donde varias mujeres y un perro parecían conocer mis movimientos antes que yo.
Me acerqué al estrado y pedí unos minutos más. Sarah, que todavía sostenía la estilográfica, me contempló con creciente sospecha.
—No estaba previsto otro discurso —me advirtió.
—Este tampoco será largo.
El murmullo de los invitados se apagó cuando subí junto a ella. Saqué del bolsillo la pequeña caja que llevaba toda la tarde comprobando, temeroso de haberla perdido, y al verla comprendió lo que ocurría. Se llevó una mano a los labios en un gesto de lo más tierno.
—Me enseñaste que una vida puede cambiar cuando alguien se atreve a escribir una página distinta —comencé, procurando que la voz no me traicionara—.
Entraste en la mía para decirme que mi hijo se estaba metiendo en problemas y, desde entonces, has conseguido que Rory vuelva a confiar, que Basil me abandone cada vez que te ve y que nuestra casa tenga libros hasta en lugares donde ninguna persona sensata los pondría.
Las risas me concedieron el tiempo que necesitaba para abrir la caja y arrodillarme frente a ella.
—También lograste que volviera a imaginar un futuro sin sentir que traicionaba el pasado.
Quiero compartir contigo los viajes sin organizar, los días fáciles y aquellos en los que intente resolverlo todo sin contarte nada, aunque ya sabes que estoy progresando.
Sarah Fletcher, ¿quieres casarte conmigo?
Las lágrimas le desbordaron los ojos mientras asentía, y tuve que incorporarme para colocarle el anillo porque no parecía capaz de pronunciar una palabra. Después me abrazó entre los aplausos, hundió el rostro junto a mi cuello y consiguió responderme al oído.
—Sí. Claro que quiero.
La besé hasta que Rory carraspeó con exageración y recordó que todavía teníamos público. Cuando nos separamos, levanté uno de los ejemplares de su novela y lo mostré a los invitados.
—Supera ese final si puedes —le sugerí a ella.
Sarah arqueó una ceja. La emoción dio paso a un destello travieso que conocía demasiado bien; me guiñó un ojo y, sin apartar la atención de mí, se llevó una mano al vientre.
Tardé unos segundos en comprenderlo. Entonces sonrió. Y supe que acababa de superarlo. ¡Iba a ser padre de nuevo!