Capítulo 24 #2
Cada explicación nacía antes de que terminara la pregunta. No parecía una mujer sorprendida por una vulneración, sino una fría y calculadora.
—¿A qué cuenta enviaste el enlace? —le pregunté.
—A la mía.
—Enséñame el mensaje.
—Lo borré cuando terminamos la operación.
—Podemos recuperarlo.
Guardó la libreta dentro de la carpeta y se levantó.
—No pienso permitir que me interrogues después de todo lo que he hecho por esta empresa. Si habéis decidido culparme porque Charles fue más listo, será mejor que hable con un abogado.
—Siéntate.
—No tienes derecho a tratarme así, Nick.
—He confiado en ti durante años. Te he permitido acceder a cada documento de la empresa y a cada parte de mi vida. Si existe una explicación, esta es tu oportunidad de darla.
Tabitha extrajo la última prueba. El equipo informático había recuperado del historial un borrador eliminado desde una cuenta personal. No contenía un mensaje completo, pero sí la dirección de Charles, el enlace y una frase: “Aquí tienes el margen real. Después del miércoles será demasiado tarde”.
Celia leyó la página y perdió por fin la capacidad de construir otra excusa.
—¿Qué hiciste? —le pregunté.
Apretó la carpeta contra el cuerpo. Durante varios segundos pareció buscar una última salida; después arrojó los documentos sobre la mesa.
—Que te jodan.
La violencia de la respuesta consiguió que Tabitha se levantara, aunque le indiqué que no interviniera.
—Llevo años a tu lado —continuó—. Años resolviendo tus problemas, cuidando tu empresa, organizando tu vida y esperando a que algún día dejaras de tratarme como una prolongación de tu agenda.
He estado aquí cuando todos los demás se marchaban.
Cuando no dormías, cuando Eleanor murió, cuando Rory te desafiaba y cuando cualquier hotel amenazaba con darte quebraderos de cabeza.
—Eso no te daba derecho a traicionarme.
—¡Te lo daba todo! —exclamó, golpeándose el pecho con una mano—.
Y tú ni siquiera me veías. Después de mi cumpleaños pensé que algo había cambiado.
Me invitaste a cenar, me miraste de otra manera y empezaste a permitirme entrar en una parte de tu vida que siempre mantuviste cerrada.
En Brighton me necesitaste. Cuando Rory fue expulsado, fui contigo.
Creí que por fin estaba ocupando el lugar que merecía.
Recordé el beso en la mejilla antes del almuerzo cancelado, las horas de trabajo y la facilidad con la que interpreté su dedicación como una amistad sin condiciones.
—Nunca te prometí otra cosa.
—No necesitabas prometerlo. Solo fijarte.
—Entonces deberías habérmelo dicho, no vender información a Charles.
La mención de su nombre reavivó la rabia.
—Solo quería crear un problema. Quería que dejaras de correr detrás de esa niñata y recordaras quién ha estado a tu lado durante todos estos años.
Pensé que volverías a necesitarme, que trabajaríamos juntos y que comprenderías que yo era la mujer que encajaba en tu vida.
Luego perderías la operación y eso te haría más humilde.
—¿Entregaste el proyecto más importante de la empresa para apartarme de Sarah?
—¡Ella me lo quitó todo en unas semanas! Tu atención, tu tiempo... Hasta Rory parecía dispuesto a recibirla. Yo he esperado años y llegó una profesora cualquiera para quedarse con el lugar que me correspondía.
—No te correspondía ningún lugar.
Retrocedió, herida por una verdad que nunca había aceptado.
—Claro. Porque todo continúa perteneciendo a Eleanor.
La casa, el piano, los hoteles, tus recuerdos…
Lleva seis años muerta y todavía gobierna cada decisión que tomas.
Siempre la he odiado por eso. Cuando vivía, porque bastaba con que entrara en una habitación para que tú olvidaras hasta respirar; después de morir, porque la convertiste en algo perfecto contra lo que nadie podía competir.
—No vuelvas a pronunciar su nombre.
—¿Por qué? ¿Porque también tengo que respetar a tu santa?
He tenido que escuchar durante años cuánto le gustaba un edificio, qué proyecto habría aprobado y qué habitación decoró.
Incluso los Pembroke te hacían ilusión porque te permitían volver a sentirte el hombre que construía hoteles con ella.
Quería arrebatártelos. Quería que, por una vez, perdieras algo y necesitaras recurrir a mí.
La confesión eliminó cualquier compasión que pudiera haber despertado su obsesión. No había provocado una crisis por un error de juicio; había utilizado el conocimiento adquirido mediante mi confianza para castigarme por no amarla.
—Pusiste en riesgo la empresa, a cientos de empleados y meses de trabajo para controlar con quién podía acostarme.
—¡No hables de ella delante de mí!
Su grito atravesó el despacho. Tabitha avanzó hasta situarse a mi lado, preparada para intervenir si la rabia se convertía en algo más.
Pulsé el teléfono y pedí a seguridad que subiera.
—Estás despedida con efecto inmediato. No volverás a acceder a ningún documento, oficina ni dispositivo de esta empresa. Nuestros abogados se pondrán en contacto contigo.
—Nicholas, espera.
La furia desapareció ante la consecuencia real. Dio un paso hacia mí, pero mi cuñada se interpuso.
—No puedes echarme después de todo lo que he hecho por ti.
—Precisamente por lo que has hecho, no volverás a acercarte a mí, a Rory ni a Sarah.
—Yo te quiero.
—Eso no es amor.
Los agentes de seguridad llegaron poco después. Celia recogió el bolso de su mesa bajo supervisión y abandonó la planta sin mirar a nadie. Las puertas del ascensor se cerraron tras ella, poniendo fin a años de una confianza que había confundido con lealtad.
Tabitha permaneció junto a mí.
—Los abogados ya están preparando una notificación para Charles y para el fondo —me informó—. Si utilizaron esa información sabiendo de dónde procedía, la exclusividad puede no sobrevivir.
No respondí. Todavía no era capaz de pensar en recuperar los Pembroke ni en las consecuencias legales. Solo podía recordar a la mujer que había entrado cada mañana en mi despacho, conocido a mi hijo y contemplado el duelo por Eleanor mientras convertía todo aquello en razones para odiarnos.
La derrota empresarial había dejado de ser lo peor. La verdadera pérdida era descubrir que la persona encargada de apoyarme buscó una oportunidad para castigarme.