Mi tentación más inoportuna Capítulo 24
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Capítulo 24

El viernes llegué a la oficina después de pasar por casa para ducharme y cambiarme de ropa. Había dormido poco en el apartamento de Sarah, pero el cansancio no se parecía al de los días anteriores. La derrota continuaba allí, intacta, aunque ya no ocupaba cada rincón de mi cabeza.

La reunión del consejo estaba convocada para las diez. Debíamos enterrrar formalmente la operación, autorizar la devolución de los documentos confidenciales y analizar por qué Charles había conseguido arrebatarnos en cuarenta y ocho horas una adquisición preparada durante meses.

Celia me esperaba con el informe preliminar. Vestía un traje gris impecable y llevaba el cabello recogido; bajo sus ojos se apreciaban las consecuencias de la semana, aunque había organizado las carpetas, las comunicaciones del banco y la cronología de la negociación con su precisión habitual.

—He separado las decisiones que podemos revisar de aquellas que no dependían de nosotros —me explicó mientras caminábamos hacia la sala—. Si el consejo empieza a buscar errores individuales, la reunión no servirá para nada.

—Nadie va a responsabilizarte. Hiciste cuanto estaba en tu mano.

Recibió mis palabras con una sonrisa cansada y abrió la puerta para dejarme pasar.

Graham, Owen y los abogados ya ocupaban sus lugares. Tabitha llegó después, con una carpeta vacía y una taza de café que dejó junto a mí antes de sentarse.

Sir Malcolm Chamberlain se mostró condescendiente conmigo, al ver mi rostro disgustado.

El informe comenzó por la primera oferta de Charles.

Su grupo accedió a la documentación inicial, estudió los hoteles y abandonó el proceso cuando los Pembroke rechazaron sus condiciones.

Meses después, regresó asociado con un fondo que le permitió aumentar el precio, asumir las reparaciones y corregir todos los motivos por los que había perdido.

Nada de aquello resultaba inexplicable. Lo difícil era justificar la precisión del momento.

—Esperó hasta que nuestra financiación estuvo cerrada y la firma quedó próxima —expuso Graham—. Si hubiera vuelto una semana antes, podríamos haber sometido el incremento al comité del banco. Apareció justo cuando cualquier revisión exigía más tiempo del que permitía la cláusula.

Uno de los abogados recordó que la venta llevaba meses generando rumores y que los Pembroke podían haber informado a Charles de la cercanía del acuerdo. Tampoco era extraño que un competidor conociera el funcionamiento general de la financiación bancaria.

Tabitha abrió por fin su carpeta y anotó dos cifras.

—Podía calcular que no conseguiríamos semejante financiación en cuarenta y ocho horas —admitió—. Lo que no podía saber era nuestro margen inmediato. El banco solo autorizaba dos millones sin convocar de nuevo al comité y necesitaba entre siete y diez días para estudiar cualquier cantidad superior.

—No necesitaba conocer todos los documentos —intervino Celia—. Le bastaba con saber que nuestro límite eran dos millones y que el banco tardaría al menos una semana en conceder más.

Mi cuñada dejó el bolígrafo sobre el papel.

—¿Por qué das por hecho que sabía eso?

La pregunta provocó una pausa breve. Nuestra secretaria consultó la cronología y corrigió la formulación sin mostrar alarma.

—No he querido decir que lo supiera. Me refiero a que pudo deducirlo. Charles conoce la estructura de estas operaciones y llevaba tiempo buscando financiación.

—Claro —aceptó Tabitha—. Es posible.

La reunión continuó. No encontré nada extraño en la respuesta; llevábamos días analizando cómo construyó la oferta y cualquiera podía convertir una hipótesis en una afirmación después de repetirla demasiadas veces. Mi cuñada, en cambio, no volvió a escribir durante varios minutos.

El responsable de sistemas intervino al final para explicar el procedimiento de cierre. La documentación debía retirarse de los dispositivos locales, los accesos externos quedarían desactivados y el contenido del espacio digital se conservaría durante el periodo exigido por los abogados.

—Antes de eliminar nada, guarda una copia íntegra de los registros de actividad —le pidió Tabitha—. Incluye descargas, envíos, conexiones remotas y dispositivos externos desde el comienzo de la última semana.

Celia volvió la cabeza hacia ella.

—¿Para qué? Todos descargamos documentos durante la negociación.

—Precisamente por eso. Tenemos que acreditar que hemos cumplido el acuerdo de confidencialidad.

—Los registros se conservan automáticamente —aclaró el responsable—. Puedo preparar un informe completo.

La petición parecía una precaución jurídica y nadie se opuso. Al terminar, Tabitha guardó las dos cifras anotadas y se marchó sin explicarme qué le había llamado la atención.

Pasé el resto del viernes revisando otros proyectos.

La oficina necesitaba recuperar su actividad y yo también.

Hablé con Sarah a la hora del almuerzo, cumplí la promesa de contarle cómo había transcurrido la reunión y soporté que me felicitara con ironía por haber compartido un problema antes de resolverlo.

No pensé de nuevo en los registros. Ese fin de semana, me limité a desconectar. Rory no vendría a casa porque tenía exámenes en los siguientes días, los mismos que mantuvieron a Sarah ocupada. En lugar de vernos, hablamos mucho por teléfono.

El lunes por la mañana, Tabitha entró en mi despacho y cerró la puerta con llave.

Traía un ordenador portátil, una carpeta gruesa y una expresión que eliminó cualquier broma sobre su costumbre de irrumpir sin llamar. Comprobó que Celia no se encontraba en la antesala antes de sentarse frente a mí.

—Necesito que escuches todo antes de defenderla.

—¿A quién?

Abrió el ordenador y mostró una relación de accesos.

El viernes anterior al regreso de Charles, poco después de las siete de la tarde, la cuenta de Celia descargó una copia completa del paquete reservado a la dirección: la cláusula de salida, el límite autorizado por el banco, el plazo estimado para ampliar la financiación y nuestra estrategia de respuesta ante una oferta rival.

—Tenía derecho a acceder —le recordé—. Preparaba la firma con los Pembroke.

—Sí. Por eso la descarga no demuestra nada.

Pasó a la siguiente página. Veintitrés minutos después, desde el mismo ordenador, se cargó un archivo comprimido en un servicio privado de transferencia. El enlace no se envió mediante el correo corporativo, pero los registros del navegador conservaron la dirección utilizada y la hora de creación.

—Pudo mandárselo a su cuenta personal para trabajar desde casa.

—Esa fue también mi primera explicación. Pedí que comprobaran cuándo se abrió el enlace.

La respuesta aparecía resaltada en el informe. El archivo fue descargado aquella noche desde una dirección de red perteneciente a la sede londinense del grupo de Charles. Al día siguiente se abrió una segunda vez desde el sistema del fondo que respaldó su nueva propuesta.

Leí ambas líneas varias veces.

—Esto puede tener otra explicación.

—La tiene, pero no una buena.

Sacó entonces una copia de la oferta rival obtenida por nuestros abogados durante el cierre. Uno de los anexos incluía una tabla con los plazos financieros.

La denominación utilizada para una de las partidas no figuraba en ningún informe de los Pembroke ni en la documentación a la que Charles accedió durante la primera fase. Procedía de nuestro memorando interno y reproducía incluso un error de numeración corregido el lunes.

—Recibió nuestros documentos —concluyó Tabitha—. Sabía cuándo terminaba la exclusividad, cuánto podíamos aumentar sin reunir al banco y cuántos días necesitábamos para conseguir más. Por eso apareció el viernes y forzó un plazo que nunca podríamos cumplir.

Me levanté y recorrí el despacho, incapaz de permanecer sentado frente a unas pruebas que contradecían años de confianza.

Celia conocía mis horarios, mis proyectos, la situación financiera de cada hotel y buena parte de mi vida privada.

Había estado a mi lado en todos y cada uno de los momentos personales y profesionales delicados de mi vida.

—¿Estás segura de que fue ella?

—El archivo se creó con su cuenta, desde su ordenador y durante una sesión autenticada con su teléfono. Después se abrió desde la red de Charles. No puedo demostrar todavía qué se dijeron, pero sí que la información salió de aquí.

—¿Por qué iba a hacerlo?

Tabitha cerró la carpeta.

—Eso tendrás que preguntárselo.

Llamé a los abogados antes de enfrentarla. Confirmaron que la documentación permitía iniciar una investigación formal, preservar los dispositivos y advertir al fondo de una posible utilización ilícita de secretos empresariales.

Me aconsejaron no revelar todavía todo lo que sabíamos, pero no podía continuar observando a la mujer situada al otro lado de la puerta sin exigir una respuesta.

Le pedí que entrara.

Apareció con una libreta y comenzó a hablar de la agenda antes de reparar en mi cuñada. Cerré la puerta y señalé la silla situada frente a la mesa.

—Necesito que me expliques por qué descargaste el paquete de los Pembroke el viernes anterior a que Charles volviese a la carga.

No mostró más que una sorpresa razonable.

—Estaba preparando la documentación para la firma. ¿Ocurre algo?

—Lo enviaste mediante un servicio privado.

—Trabajé desde casa. El acceso remoto llevaba varios días fallando y necesitaba los archivos.

—El enlace se abrió desde la sede de Charles.

Sus facciones cambiaron apenas un instante. Después negó con la cabeza y dejó la libreta sobre sus rodillas.

—Eso es imposible.

Tabitha giró el ordenador para mostrarle el registro.

—También se descargó desde el sistema del fondo. Y una parte del documento apareció después en su oferta.

—No sé cómo consiguieron el enlace. Puede que alguien interceptara el envío o que la plataforma reutilizara una dirección.

—No funciona así —repuso mi cuñada—. El enlace estaba protegido mediante una clave.

—La contraseña era una variante de la que utilizábamos en la sala de datos. Charles pudo conocerla durante la primera fase.