Capítulo 23 #2
—Para la empresa no supone una ruina —concluí—, pero era nuestro principal proyecto de expansión.
Lo había construido desde el principio y creía que estaba cerrado.
Verlo desaparecer en dos días ha sido un golpe enorme.
Como te he contado, tiene implicaciones personales para mí.
Eleanor participó en su restauración y no quería que ese trabajo cayera en otras manos.
—Debiste contármelo antes.
No respondió con reproche, sino con una sencillez que volvió todavía más evidente mi error.
—Perdona.
—El lunes habría entendido que no pudieras hablar durante horas. El martes también. Solo necesitaba saber que ocurría algo importante y que no estabas apartándome.
—No estoy acostumbrado a compartir los problemas mientras todavía pueden hacer daño. Con Eleanor hacía lo mismo. Si algo iba mal, esperaba hasta solucionarlo y después le contaba una versión en la que todo parecía menos grave.
—¿Le gustaba que lo hicieras?
Recordé varias discusiones, las ocasiones en que mi mujer descubría por otras personas una crisis ya resuelta y la paciencia con la que intentó convencerme de que protegerla no consistía en excluirla.
—No. Lo detestaba.
—Entonces llevas años sabiendo que tu sistema no funciona.
—Saberlo no me ha enseñado a actuar de otra manera.
Acortó la distancia que quedaba en el sofá y tomó una de mis manos.
—Puedes aprender. Pero tendrás que permitir que alguien esté contigo antes de que todo vuelva a estar bien.
—Lo intentaré.
Sus dedos se entrelazaron con los míos. Le conté que la noche anterior había bebido hasta quedarme dormido en el estudio, que desperté con una resaca terrible y que perder los Pembroke despertó una sensación de fracaso que no se limitaba al dinero.
Escuchó sin interrumpirme, rozando con el pulgar el dorso de mi mano cada vez que las palabras se detenían.
—Una operación perdida no convierte en un fracaso todo lo que has construido —me aseguró—. Ni tampoco demuestra que Charles sea mejor que tú. Solo ha ganado esta vez.
—No estoy acostumbrado a que me ganen.
—Eso sí me lo creo.
Sonreí por primera vez desde que entramos. Se acercó un poco más y me rodeó el cuello con los brazos, ofreciéndome el consuelo que había rechazado durante tres días.
Apoyé la cara en su hombro y respiré el aroma del cabello húmedo; la derrota continuaba existiendo, pero había dejado de ocupar todo el espacio.
—Siento haber pensado lo peor —me confesó junto al oído.
—Te di motivos.
—También podrías haber cambiado de opinión después de Guildford.
—No lo hice. Si acaso, el problema es el contrario.
Se apartó para observarme.
—¿Cuál?
—Que no he conseguido olvidarte ni durante las horas en que todo se desmoronaba.
La besé después de pronunciarlo. No fue el contacto urgente de la suite ni el casi beso sorprendido por Rory, sino una petición que ella podía rechazar.
Sus labios permanecieron quietos durante unos segundos; después respondió, deslizó una mano hacia mi nuca y borró la última reserva.
El beso adquirió fuerza a medida que descargábamos cuanto habíamos acumulado desde el lunes: su enfado, mi culpa, el temor a que la noche de Guildford hubiera significado algo distinto para cada uno y el alivio de descubrir que todavía nos encontrábamos en el mismo lugar.
La atraje hacia mí y terminó sentada sobre mis piernas, con las rodillas a ambos lados de mis caderas.
—Tengo vecinos —me advirtió contra mi boca.
—Intentaré comportarme.
—No parece que tengas ninguna intención.
—He venido para hablar.
—Y ya hemos hablado.
Volvió a besarme antes de que encontrara una respuesta.
Sus dedos recorrieron mi camisa y comenzaron a abrir los botones con una impaciencia que eliminó cualquier posibilidad de fingir moderación.
La camiseta amplia se levantó cuando acaricié su espalda; bajo la tela, la piel conservaba el calor de la ducha.
Me deshice de la prenda despacio y contemplé las curvas que había recordado durante toda la semana. No se protegió de mi atención. Permaneció frente a mí, respirando con dificultad, mientras mis manos recorrían su cintura y ascendían hasta sus hombros.
—Te he echado de menos —admití.
—Has tenido una forma muy extraña de demostrarlo.
—Permíteme corregirla.
La respuesta despertó una sonrisa que desapareció en cuanto besé el inicio de su cuello.
Su piel volvió a erizarse bajo mis labios y los dedos se cerraron alrededor de mi cabello. Recorrí el hombro, la clavícula y la curva superior de sus senos sin apresurar ninguna caricia; cada estremecimiento borraba una parte de los días que habíamos perdido.
Terminó de quitarme la camisa y la dejó caer junto al sofá. Después acarició mi pecho, deteniéndose en las pequeñas marcas que no había observado con tanta atención en el hotel.
La intimidad de su apartamento alteraba cuanto habíamos compartido en Guildford. Allí no existía el anonimato de una suite: estábamos rodeados por sus libros, sus fotografías y los objetos que formaban su vida diaria.
—El dormitorio está al final del pasillo —murmuró.
—Había deducido que no dormías en el sofá.
—Algunas noches corrijo aquí hasta quedarme dormida.
—Eso explica la manta.
—¿Vas a seguir analizando el mobiliario?
La levanté entre mis brazos y su risa quedó atrapada junto a mi cuello. Protestó porque no pesaba tan poco como yo pretendía, aunque rodeó mi cintura con las piernas y señaló el dormitorio sin exigir que la bajara.
La habitación era pequeña, con una cama cubierta por una colcha azul, otra estantería repleta y una pila de novelas sobre la mesilla. Apenas tuve tiempo de reparar en los detalles antes de que volviera a besarme y me arrastrara con ella sobre el colchón.
Nos desnudamos sin la lentitud de la primera noche. Cada prenda apartada aumentaba la urgencia, y las caricias se sucedieron con una intensidad nacida tanto del deseo como del miedo a habernos perdido antes de empezar. Aun así, me detuve para contemplarla cuando quedó tendida frente a mí.
El cabello húmedo se extendía sobre la almohada; las mejillas habían recuperado el color de la carrera y del deseo, mientras el movimiento de su respiración elevaba el pecho. Extendió una mano hacia mí y sus facciones mostraron una confianza que me pareció más hermosa que cualquier perfección.
—Ven —me pidió.
Me incliné sobre ella y obedecí.
Sus brazos me recibieron al mismo tiempo que sus labios. Encontramos un ritmo hecho de besos, manos que aprendían otra vez el cuerpo del otro y respiraciones que perdían el orden.
Cada reacción me guiaba: la forma en que arqueaba la espalda al sentir mi boca sobre la piel, el estremecimiento que nacía bajo mis dedos y el modo en que pronunciaba mi nombre cuando el placer desplazaba cualquier pensamiento.
Nos unimos con una necesidad que no admitió más distancia. La intensidad me obligó a detenerme un instante, atento a su expresión y a la presión de las piernas que me acercaban. Abrió los ojos y acarició mi mejilla.
—No te detengas.
Continué despacio al principio, dejando que nuestros cuerpos encontraran el mismo compás.
Después la urgencia de los últimos días impuso una entrega más profunda, llena de besos interrumpidos, caricias y palabras que apenas conservaban sentido. Me aferré a ella sin pensar en Charles, en los Pembroke ni en el fracaso que llevaba cuarenta y ocho horas dominando cada pensamiento.
Solo existía aquella habitación.
La sostuve cuando el placer empezó a desbordarla. Su rostro se transformó, liberado de la prudencia y del enfado; cerró los ojos, me atrajo con más fuerza y pronunció mi nombre en una respiración quebrada.
Verla abandonarse terminó de arrastrarme con ella, y durante unos instantes no quedó nada salvo la intensidad compartida y el modo en que nuestros cuerpos se negaban a separarse.
Permanecí abrazándola después, con la respiración todavía agitada y la cara escondida junto a su cuello. Sus dedos recorrieron mi espalda hasta que ambos recuperamos cierta conciencia del lugar.
—Definitivamente, tus disculpas son excesivas —bromeó.
—Puedo intentar una versión más moderada.
—No he dicho que prefiera moderación.
Me tendí a su lado y la atraje hacia mí. Encajó la cabeza bajo mi barbilla y cubrió nuestros cuerpos con la colcha, aunque una de sus piernas permaneció enredada con las mías.
—La próxima vez que estés “un poco liado”, explícame qué significa —me pidió.
—La próxima vez te llamaré antes de que tengas que ignorarme durante todo un día.
—No te estaba ignorando durante todo el día. Por la mañana daba clase.
—¿Y después?
—Después sí.
—Me lo merecía.
—Por completo.
Besé su cabello y recibí un leve golpe en las costillas por respuesta.
La colección de hoteles Pembroke seguía perdida. Nada de aquello había cambiado.
Pero, por primera vez desde que venció el plazo, pude respirar sin sentir que todo se había ido a pique. Sarah continuaba entre mis brazos. Y esta vez no pensaba desaparecer.