Capítulo 23
A las seis de la tarde del jueves seguía sin responder.
Había pasado el día fingiendo que podía concentrarme en la revisión de una operación que ya no nos pertenecía. Graham preparó el informe para el consejo, Owen canceló las últimas reuniones con los arquitectos y Celia organizó la devolución de la documentación confidencial a los Pembroke.
Todos se movían alrededor de la derrota con una eficacia que me permitía permanecer sentado sin aportar nada útil.
Llamé a Sarah dos veces más. La primera terminó en el buzón; la segunda sonó hasta agotarse sin que nadie atendiera. Tampoco leyó los mensajes enviados durante la mañana.
No podía culparla. Durante la cena en Guildford me advirtió que no pensaba convertirse en una distracción a la que buscaría durante unas semanas.
Desde su posición, no existían unos Pembroke, una contraoferta ni cuarenta y ocho horas de negociaciones.
Solo un hombre que prometió llamar y dejó de hacerlo.
A las siete cerré el ordenador y comuniqué que me marchaba. Celia levantó la vista desde su mesa, sorprendida porque el informe continuaba pendiente de varias correcciones.
—Puedo terminarlas mañana —le expliqué mientras recogía la chaqueta—. Esta noche tengo que resolver algo.
—¿Relacionado con la operación?
—No.
Aceptó la respuesta y me aconsejó que descansara, aunque la palabra resultó poco adecuada para lo que pensaba hacer. Rechacé a Caleb, bajé solo al aparcamiento y conduje hacia Surrey.
Durante el trayecto intenté llamarla una última vez. El teléfono volvió a llevarme al buzón y dejé otro mensaje, esta vez sin fingir que bastaba con esperar.
—Voy hacia el internado. No pretendo presentarme en tu apartamento sin permiso, pero necesito verte y no sé de qué otra forma conseguir que me escuches. Llámame antes de que llegue, aunque sea para decirme que regrese a Londres.
No llamó.
La noche había caído cuando alcancé los alrededores de St. Bartholomew.
No podía presentarme en la recepción y pedir que localizaran a una profesora que llevaba todo el día evitando mis llamadas; tampoco conocía con exactitud qué edificio de la residencia ocupaba su apartamento.
Reduje la velocidad cerca del acceso principal, dispuesto a estacionar y esperar a que respondiera.
La reconocí unos cientos de metros antes de la entrada.
Corría por el arcén de una carretera secundaria, protegida por un chaleco reflectante sobre la ropa deportiva. Llevaba el cabello recogido y unos auriculares que le impedían escuchar el motor a poca velocidad. Avancé a su altura, bajé la ventanilla y pronuncié su nombre.
Dio un salto hacia la cuneta y se arrancó uno de los auriculares. La sorpresa se transformó en enfado cuando reconoció el coche.
—¡Dios mío, Nicholas! ¿Qué haces?
Frené unos metros por delante y encendí las luces de emergencia. El susto la había obligado a detenerse, pero no parecía dispuesta a acercarse.
—Lo siento. No quería asustarte.
—Te has aproximado por detrás en plena oscuridad.
—He intentado llamarte.
—Estaba corriendo.
—Llevo intentándolo desde esta mañana.
Se quitó el segundo auricular y caminó hacia la ventanilla, todavía recuperando el aliento. El rostro estaba enrojecido por el esfuerzo y varios mechones húmedos se habían adherido a sus sienes.
—¿Y has venido hasta aquí porque no he contestado durante unas horas?
—He venido porque llevo dos días sin prestarte atención y porque esta mañana he recordado que debíamos vernos hoy.
—Qué detalle acordarte el mismo día.
La respuesta no necesitó elevarse para mostrar cuánto le había dolido. Abrí la puerta del acompañante desde dentro.
—Por favor, sube. No podemos hablar contigo en el arcén.
—Estoy sudada y tu coche probablemente cuesta más que mi apartamento.
—No me importa ni el sudor ni el coche. Sube, por favor.
Dudó unos segundos antes de rodear el vehículo. Se acomodó sin quitarse el chaleco y mantuvo una mano sobre el tirador, preparada para marcharse en cuanto la conversación dejara de merecer su tiempo.
—¿Qué ocurre? —me preguntó—. Porque espero que no hayas conducido hasta Surrey únicamente para decirme que estabas un poco liado.
Apagué las luces de emergencia y avancé hasta un camino lateral donde podía detenerme sin obstaculizar la carretera. Cuando el motor dejó de sonar, busqué una forma adecuada de empezar, pero ella llevaba demasiadas horas construyendo sus propias explicaciones.
—Te advertí que podías tener a la mujer que quisieras —continuó—.
Aseguraste que no buscabas acostarte conmigo y desaparecer después, pero eso es exactamente lo que parece que has hecho.
La semana pasada estabas dispuesto a reorganizar una visita de trabajo para invitarme a cenar; después conseguiste lo que querías y, de pronto, no has encontrado cinco minutos para hablar conmigo.
—No te he dado largas.
—Prometiste llamarme el martes.
—Lo sé.
—Y anoche tampoco contestaste. Esta mañana has recordado nuestra cita porque el teléfono te mostró la fecha, no porque estuvieras deseando verme.
Cada acusación era cierta desde el único lugar que le había permitido ocupar. Abrí la puerta, rodeé el coche y entré por el lado del acompañante antes de que pudiera interpretar el movimiento como una despedida. El espacio era reducido, pero logré volverme hacia ella y rodearla con los brazos.
Al principio mantuvo las manos entre ambos, resistiéndose a un abrazo que no reparaba nada. Después apoyó la cara contra mi hombro y permitió que la sujetara.
—Estoy sudada —repitió, aunque esta vez la protesta carecía de fuerza.
—No me importa.
—Debería importarte. Llevo corriendo casi una hora.
—Podrías haberte caído en un estanque y seguiría abrazándote.
—No hay ningún estanque en esta ruta.
—Entonces he elegido mal el ejemplo.
Una risa breve le alteró la respiración, pero no eliminó el enfado. La abracé con más fuerza, consciente de que necesitaba mucho más que una broma.
—Lo siento —le murmuré—. Lo siento muchísimo. No me arrepiento de lo que ocurrió en Guildford y no he dejado de pensar en ti. He gestionado todo esto de la peor forma posible.
Se apartó lo suficiente para verme.
—¿Qué es “todo esto”?
—He perdido una operación muy importante. Llevo tres días intentando salvarla y ayer se cayó definitivamente. Necesito explicártelo, pero no aquí. Por favor, vayamos a algún lugar donde podamos hablar.
Observó la carretera desierta y después consultó la hora en su reloj deportivo.
—Mi apartamento está dentro de la residencia del personal.
—¿Puedo entrar?
—Si aparcas en la zona asignada a visitantes y no intentas comprar el edificio, sí.
Regresé al asiento del conductor. Me indicó el camino hacia un acceso lateral del internado y avisó desde el teléfono al responsable de seguridad para que permitiera el paso.
Apenas tardamos dos minutos, aunque el trayecto bastó para que el cansancio sustituyera parte de la resistencia con la que había subido.
La residencia del personal ocupaba un edificio de ladrillo situado detrás de la biblioteca.
No compartía la solemnidad del bloque principal y sus entradas independientes daban a un pequeño patio interior donde varias bicicletas descansaban bajo una cubierta.
Aparqué cerca de la puerta y la seguí hasta la segunda planta.
—No esperes otro Miller Grand —me advirtió mientras buscaba las llaves—. Tampoco un palacete con piscina interior, biblioteca y dormitorios suficientes para alojar a un equipo de rugby.
—Solo espero una habitación donde dejes de pensar que me he acostado contigo para perder el interés.
—En ese caso, el apartamento cumple los requisitos.
Abrió y encendió la luz del recibidor. El espacio era sencillo, aunque cada objeto revelaba algo de su inquilina.
Una estantería ocupaba casi toda la pared del salón y los libros se extendían hacia dos repisas, una mesa auxiliar y varias cajas colocadas junto al sofá.
Había fotografías sujetas con imanes en la nevera, una manta de colores sobre una butaca y una pequeña mesa de comedor cubierta por trabajos de alumnos.
Cerca del balcón descansaba un teclado eléctrico con varias partituras apiladas encima.
El mobiliario no pertenecía a ningún conjunto: dos sillas eran de madera oscura, las restantes estaban pintadas de azul, y una lámpara de pie mostraba una inclinación que probablemente no formaba parte de su diseño.
Aun así, el apartamento resultaba acogedor de una forma que mi casa, demasiado grande cuando estaba vacía, rara vez conseguía.
—Ya te he dicho que no es un palacete —me recordó al dejar las llaves.
—Es maravilloso.
—Porque acabas de entrar y todavía no has visto el baño. Es ridículamente pequeño.
—Es maravilloso porque es tuyo.
Se volvió hacia mí mientras se quitaba el chaleco. La frase había suavizado por fin la dureza de su expresión, aunque señaló su ropa y anunció que necesitaba ducharse antes de sentarse en ningún lugar.
—Te prepararé algo mientras tanto —me ofrecí.
—No pienso permitir que manipules mi cocina después de lo que ocurrió con la espuma del jacuzzi.
—Aquello fue un error de cálculo.
—El suelo estuvo a punto de desaparecer bajo las burbujas.
Entró en el dormitorio y regresó con ropa limpia antes de encerrarse en el baño. Aproveché aquellos minutos para recorrer los títulos de los estantes y retirar los trabajos de una silla.
Volvió poco después con un pantalón de punto y una camiseta amplia. El cabello mojado le oscurecía los hombros de la prenda y el olor del jabón sustituyó al aire frío de la carrera.
—Puedes sentarte —me indicó—. Aunque todavía no estoy segura de que escucharte sea buena idea.
Ocupamos los extremos del sofá. No entré en los cálculos financieros, las garantías ni las distintas fases de la negociación. Se lo resumí todo.