Capítulo 22
Llegué a casa cerca de las once. Caleb había intentado iniciar una conversación durante el trayecto, pero abandonó después de recibir tres respuestas que no guardaban relación con sus preguntas.
No había comido apenas y todavía conservaba en la cabeza las cifras de la contraoferta, el margen rechazado por el banco y las condiciones que debíamos presentar a los Pembroke a la mañana siguiente.
Rose había dejado la cena en el frigorífico y una nota pidiéndome que calentara el plato, aunque me limité a servir un whisky.
Basil me siguió hasta el estudio, dejó la pelota sobre la alfombra y esperó una invitación para jugar que no llegó.
Después de varios minutos, decidió instalarse junto al escritorio con una resignación que habría hecho sentir culpable a alguien menos agotado.
Encendí el ordenador para revisar la última versión de la propuesta.
El teléfono apareció entonces bajo una carpeta, con la pantalla llena de avisos que no había consultado desde la tarde.
Encontré unas cuantas llamadas de Rory, varias comunicaciones del equipo y tres mensajes enviados por Sarah a lo largo del día.
Sarah: Rory me ha contado que no le contestas las llamadas. Espero que estés bien.
Sarah: No tienes que responder ahora. Solo quería saber si puedo ayudarte en algo.
El último llegó poco antes de las nueve.
Sarah: Empiezo a pensar que igual te molesta mi insistencia.
Había pasado el día entero sin acordarme de contactar con ella. No porque la hubiera olvidado; permaneció presente entre reuniones y llamadas, aunque la costumbre me llevaba a separar cualquier problema grave del resto de mi vida.
Guardaba las preocupaciones, las resolvía y regresaba después, cuando ya podía explicar el resultado sin mostrar la parte que me había costado alcanzarlo.
Escribí una disculpa y la borré dos veces antes de enviarla.
Nicholas: Lo siento. Todo va bien, solo estoy bastante estresado y me encierro demasiado cuando eso ocurre.
Nunca compartía con Eleanor los problemas de la empresa cuando me parecían graves. Esperaba hasta resolverlos y luego le contaba una versión donde todo estaba bajo control. No estaba acostumbrado a hacer otra cosa.
La respuesta tardó menos de un minuto.
Sarah: No tienes que protegerme de tus problemas ni entregármelos ya resueltos.
Nicholas: No es que no quiera hablar contigo.
Sarah: Imagino. Por eso no me he enfadado.
Observé aquella afirmación con cierta desconfianza. Conocía a demasiadas personas que utilizaban “no me he enfadado” para anunciar precisamente lo contrario.
Nicholas : ¿Seguro?
Sarah: Bastante. Aunque podrías haber escrito cuatro palabras para evitar que imaginara que podrías lanzarte por la azotea de uno de tus hoteles.
Terminé por llamarla, que quizás era lo que tendría que haber hecho desde el principio. Su última y sarcástica respuesta me hizo sonreír.
Respondió al segundo tono y su voz llegó acompañada por el roce de unas hojas. Debía de estar corrigiendo trabajos o preparando las clases del día siguiente, aunque no mencionó la hora ni reprochó que hubiera tardado tanto en buscarla.
—Hola —me saludó—. Empezaba a pensar que seguirías trabajando hasta mañana.
—Acabo de llegar a casa.
Basil dormía a mis pies, junto a la pelota que había renunciado a lanzarle. Me serví un vaso de agua y me senté frente al escritorio, todavía rodeado
—¿Todo bien? —me preguntó.
—Sí, solo estoy un poco liado. Algunos días se acumulan demasiadas cosas y mañana tengo que empezar temprano. Si te parece, hablamos con más tranquilidad entonces.
—Claro. Llámame cuando termines.
—Lo haré.
—Procura dormir algo mientras tanto.
Nos despedimos. Para ella, mi ausencia solo respondía a una semana complicada en la oficina; no conocía a Charles, ignoraba que los Pembroke estaban a punto de retirarnos la exclusividad y no tenía ningún motivo para imaginar que acababa de cerrarle la puerta a un problema capaz de trastornar toda la empresa.
El martes llegué a la oficina antes de las siete. Había dormido poco más de tres horas y la llamada de la noche anterior parecía pertenecer a una semana distinta, aunque todavía recordaba la promesa de hablar con Sarah cuando terminara.
Confiaba en que la reunión con los Pembroke nos permitiera recuperar el control de la operación y dejar atrás la crisis antes del anochecer.
Celia ya había preparado las versiones definitivas de la contraoferta, los cálculos de las reparaciones y las garantías adicionales que el banco aceptaba concedernos.
También encontró tiempo para encargar café y algo de desayunar, pero la comida permaneció intacta mientras Graham, Owen y los abogados revisaban por última vez cada cifra.
Partimos hacia la propiedad principal de los Pembroke poco después de las ocho.
Durante el trayecto estudiamos la jugada, tratando de afianzar nuestros puntos fuertes.
—Es una propuesta mucho más segura que la de Charles —me aseguró Celia después de cerrar el documento—. Los Pembroke saben que tu proyecto no depende de un fondo que puede cambiar de estrategia dentro de seis meses. Y a ellos les interesa la continuidad de su legado.
—También saben que ese fondo les ofrece más dinero.
—Por eso tenemos que conseguir que vuelvan a pensar en los hoteles y no solo en la venta.
La reunión empezó a las diez y se prolongó durante casi cuatro horas. Los miembros de la familia escucharon nuestra exposición, hicieron preguntas sobre las garantías y solicitaron varios cambios en la participación que conservarían.
Durante un momento creí que continuaban dispuestos a negociar; la hija mayor terminó con aquella impresión al colocar la nueva propuesta de Charles junto a la nuestra.
—No dudamos de su proyecto ni del compromiso demostrado durante estos meses —me explicó—, pero la diferencia económica sigue siendo demasiado amplia.
El fondo garantiza el precio, asume las reparaciones de los edificios protegidos y permite que nuestra familia permanezca vinculada al proyecto un tiempo más que razonable.
—Charles ya intentó apartarlos por completo de la gestión —le recordé—. Ahora acepta sus condiciones porque necesita ganar la operación.
—Las condiciones están recogidas en el acuerdo y respaldadas por sus socios financieros.
Había corregido cada error de su primera oferta. No importaba que hubiera necesitado perder para comprender qué deseaban los vendedores; regresó con capital suficiente para convertir aquel aprendizaje en una ventaja.
Al terminar, los Pembroke nos concedieron hasta las cinco del miércoles. Si no igualábamos el precio o presentábamos garantías capaces de compensar la diferencia, firmarían con el grupo de Charles un nuevo acuerdo de exclusividad. No aceptarían ampliar el plazo.
Regresamos a Londres sin detenernos a almorzar.
Mi teléfono vibró varias veces dentro del bolsillo, aunque solo atendí las llamadas del banco y del equipo jurídico.
En algún momento apareció un mensaje de Sarah; vi su nombre en la pantalla, recordé que debía llamarla y decidí hacerlo después de la siguiente reunión.
La siguiente reunión terminó cerca de las cinco.
Graham propuso utilizar dos hoteles libres de cargas para respaldar un préstamo adicional.
Owen estudió si podíamos reducir parte de la reforma inicial y emplear ese capital en aumentar el precio.
Los abogados rechazaron ambas opciones porque exponían activos rentables y alteraban el sentido económico de la adquisición.
El banco necesitaba más días para revisar cualquier incremento superior a los dos millones ya aprobados. Nosotros disponíamos de poco más de veinticuatro horas.
Celia pasó la tarde enlazando llamadas, modificando documentos y presionando a los asesores de los Pembroke para que reconsideraran el plazo. Cerca de las ocho entró en mi despacho con una carpeta bajo el brazo.
—Se niegan a darnos más tiempo —me comunicó—. He hablado con la hija mayor y con su abogado. Dicen que Charles mantendrá la oferta hasta mañana y que no pueden arriesgarse a perderla.
—¿El banco?
—Tampoco se mueve. Revisará la financiación, pero no antes de la próxima semana.
Las luces de los edificios cercanos ya se reflejaban en los ventanales. Creía que todavía era media tarde y descubrí que llevaba más de doce horas en la oficina.
Trabajamos hasta pasadas las once. Diseñamos un fondo específico para las reparaciones, ampliamos a cinco años la participación de los Pembroke y calculamos cuánto capital propio podíamos aportar sin perjudicar otros proyectos. El resultado continuaba a varios millones de la propuesta rival.
Encontré el mensaje de Sarah cuando entré en el coche.
Sarah: ¿Ha mejorado el caos o sigues un poco liado?
Lo había enviado a media mañana. No preguntaba qué ocurría ni intentaba forzar una explicación; solo esperaba la conversación que le prometí la noche anterior.
Nicholas: Sigo bastante liado. Acabo de salir y mañana tengo que empezar muy temprano. Lo siento.
La respuesta llegó antes de que Caleb abandonara el aparcamiento.
Sarah: No te preocupes. Hablamos cuando puedas.
Nicholas: Te llamo mañana.
Sarah: De acuerdo. Descansa.
Guardé el teléfono después de enviarle un beso, una concesión afectuosa que no compensaba haber reducido nuestra conversación a cinco mensajes.
Aun así, me convencí de que lo entendería.
La crisis terminaría al día siguiente, de una forma u otra, y entonces podría explicarle que algunos periodos de trabajo exigían toda mi atención.
El miércoles volví a la oficina antes de que amaneciera.
La última posibilidad consistía en aportar un capital adicional mediante recursos propios, mantener a los directores y permitir que la familia conservara su participación durante cinco años.
También ofrecíamos un fondo de reparación garantizado, aunque seguíamos condicionando el precio a que la auditoría no descubriera daños ocultos de una gravedad excepcional.
El consejo se reunió a las ocho. Tabitha rechazó comprometer otros hoteles para elevar la propuesta y Graham coincidió en que habíamos alcanzado el límite razonable.