Capítulo 21
El viernes por la mañana, Sarah llegó a St. Bartholomew sana y salva, y a tiempo para cambiarse. Me llamó desde su despacho en cuanto comprobó que nadie había organizado una expedición para localizarla, entre bromas.
—Harry me ha saludado sin mostrar preocupación por mi salud —me informó—. Tu teoría sobre una operación de rescate ha quedado desacreditada.
—Quizás la esté organizando en secreto.
—También he impartido la primera clase sin caerme ni confundir a ningún alumno. Cuatro sorbos de vino no han destruido mi carrera.
—Apenas tocaste el vino.
—Porque alguien se bebió parte de mi copa dentro del jacuzzi.
Escuchar su voz devolvió la noche anterior con una intensidad que me obligó a abandonar el informe abierto sobre el escritorio. Cerré la puerta del despacho, aunque a aquellas horas solo Celia se encontraba en la planta y había salido para reunirse con el equipo jurídico.
—Podría compensarte —le propuse.
—¿Enviándome otra botella al internado?
—Invitándote a cenar de nuevo.
—Esta vez elegiré un lugar sin hotel en las proximidades.
—Siempre habrá uno de mis hoteles en las proximidades.
Su risa me acompañó durante el resto de la mañana.
Rory regresó a casa aquella tarde. Recogí el teléfono cuando Caleb me avisó de que se acercaban y comprobé por última vez el mensaje que había recibido unos minutos antes.
Sarah: Procura no sonreír de esa forma cuando llegue. Tu hijo posee una capacidad de observación preocupante.
Nicholas: ¿De qué forma?
Sarah: De la que has puesto en la fotografía que acabas de enviarme.
Había cometido el error de fotografiarme con Basil para demostrar que el perro todavía conservaba la pelota que ella había utilizado durante el desayuno del domingo. En la imagen aparecía sonriendo, algo que no advertí hasta que decidió utilizarlo como prueba.
Nicholas: Rory creerá que me alegra verlo.
Sarah: Eso sería una explicación preciosa si no imagina que llevas toda la tarde pensando en mí.
Nicholas: Llevo toda la semana pensando en ti.
Tardó más de un minuto en responder.
Sarah: Mucho mejor. Ahora intenta recibir a tu hijo sin parecer culpable de nada.
Rory entró poco después con la mochila colgada de un hombro y una bolsa llena de ropa que, según aseguró, necesitaba lavar pese a que el internado disponía de lavandería. Basil corrió hacia él, recuperó la zapatilla que había custodiado durante la semana y la depositó a sus pies.
Me abrazó, saludó a Rose y observó el teléfono que todavía sostenía. La sonrisa que Sarah había denunciado debía de continuar allí, porque entornó los ojos con interés.
—¿Hablabas con alguien?
—Sí.
—¿Relacionado con el trabajo?
—No todo en mi vida está relacionado con el trabajo.
—Eso es nuevo.
Guardé el teléfono y le pregunté por sus clases antes de que iniciara un interrogatorio para el que aún no estaba preparado.
Durante la cena nos contó los avances del programa contra el acoso, la recuperación de Leo y la intención de Harry de presentar su propuesta ante el consejo.
También mencionó a Sarah varias veces, aunque evitó cualquier referencia directa al fin de semana que había pasado en casa o a la escena que interrumpió frente al piano.
El sábado transcurrió entre la finca y Londres. Rory tenía entrenamiento de rugby por la mañana; después almorzamos con Tabitha, que dedicó buena parte de la comida a observarme cada vez que sonaba mi teléfono.
Sarah y yo intercambiamos mensajes durante toda la tarde, aunque procuré no responder cuando mi cuñada podía leerlos por encima del hombro.
Aquella noche hablamos cerca de una hora. Se encontraba en su apartamento del internado, corrigiendo trabajos; yo había bajado a la biblioteca después de que Rory se acostara.
La conversación comenzó con una discusión sobre uno de los ensayos y terminó con una lista de lugares a los que viajaríamos si alguna vez conseguíamos coincidir durante más de dos días.
—Estás planificando demasiado —me advirtió—. Todavía no hemos decidido adónde vamos y ya quieres reservar un coche.
—No he mencionado ningún coche.
—Has preguntado por las carreteras.
—Era una cuestión general.
—En tu cabeza ya existe un itinerario.
Tenía razón. También había imaginado otro fin de semana en casa, una nueva noche en la sala de música y la posibilidad de llevarla al hotel costero que deseaba recuperar. No se lo confesé todo; me limité a aceptar que intentaría viajar sin imponer un horario.
El domingo volvió a llamarme antes del almuerzo.
Rory estaba en el salón, jugando con Basil mientras fingía estudiar, y la voz de su profesora llegó desde el teléfono con una cercanía capaz de modificar la habitación.
Hablamos de la semana siguiente y acordamos vernos el jueves, esta vez en Londres, porque ella tenía ese viernes libre.
Cuando terminé, mi hijo dejó el libro sobre el sofá.
—Era la señorita Fletcher.
No formuló la frase como una pregunta.
—Sí.
—Habéis hablado cuarenta y tres minutos.
—¿Los has contado?
—El teléfono muestra la duración. No necesito habilidades especiales —me comentó mientras fisgaba en la pantalla.
Esperé la pregunta que llevaba todo el fin de semana evitando, pero Rory se limitó a lanzar la pelota hacia el pasillo y observó la carrera de Basil.
—Me alegra que os llevéis mejor —comentó al final—. Las reuniones eran agotadoras cuando os odiabais.
—Nunca nos odiamos.
—Ella te gritó para que fueras al internado y tú la acusaste de perseguirme. Aunque en eso último tuve bastante culpa, la verdad. Te puse en su contra.
No insistió. Esa tarde regresó a St. Bartholomew y me despedí con la promesa de acudir a la presentación de su programa cuando el consejo estableciera una fecha. Después subí al coche convencido de que la semana estaría dominada por la negociación con los Pembroke.
Llevábamos mucho tiempo trabajando en la adquisición de su colección: esos hoteles históricos que constituían una joya para mí por cuanto representaron para Eleanor.
La operación permitiría ampliar nuestra presencia sin construir nuevos establecimientos y conservar una marca familiar con buena reputación.
El viernes anterior habíamos cerrado los últimos términos de la financiación.
Los bancos aceptaron la estructura propuesta, los Pembroke aprobaron el calendario de pagos y sus abogados enviaron un borrador del acuerdo de compraventa.
Solo faltaban varias garantías relacionadas con dos edificios protegidos y la firma definitiva, prevista para finales de mes.
A las siete y veinte del lunes, Celia me llamó antes de que Caleb llegara a casa.
—Los Pembroke han cancelado la reunión de esta mañana —me comunicó—. Acabo de recibir un correo de sus abogados. Necesito que lo leas.
Abrí el documento desde el teléfono mientras todavía permanecía en la cocina.
El mensaje ocupaba apenas tres párrafos y no ofrecía ninguna explicación concreta.
La familia había decidido suspender las conversaciones, retirar la exclusividad que nos concedió durante la fase final y revisar una propuesta alternativa recibida durante el fin de semana.
—¿Qué propuesta? —le pregunté.
—No lo especifican. He llamado dos veces a su asesor y no responde.
—La exclusividad continúa vigente hasta el miércoles.
—Existe una cláusula que les permite retirarse si reciben una oferta sustancialmente superior y nos conceden la oportunidad de igualarla. Sus abogados la han invocado.
Recordaba aquella cláusula. La aceptamos porque nadie había mostrado un interés serio desde el comienzo de las negociaciones y los Pembroke necesitaban conservar una salida si aparecía una propuesta excepcional.
Después de meses de revisiones, permisos y financiación, parecía una posibilidad remota.
—Averigua quién ha presentado la oferta. Convoca a Graham, Owen, Tabitha y al equipo jurídico para las ocho y media.
—Ya están avisados. Voy camino de la oficina.
La preocupación de su voz coincidía con la gravedad del correo. Cerré la llamada, abandoné el desayuno y pedí a Caleb que adelantara la salida.
Celia me esperaba cuando llegué. Había impreso el mensaje, el acuerdo de exclusividad y los últimos borradores. También consiguió que el banco mantuviera disponible al equipo responsable de la financiación, aunque nadie sabía todavía qué cantidad debíamos igualar.
—El asesor de los Pembroke acaba de responder —me informó mientras caminábamos hacia la sala de reuniones—. La oferta procede del grupo de Charles Beaumont. Ha regresado al proceso asociado con un fondo de inversión norteamericano.
La noticia consiguió detenerme antes de llegar a la puerta. Charles había participado en la primera fase de la operación. Los Pembroke descartaron su propuesta, que no era tan suculenta como la nuestra.
—Creía que estaba fuera de la operación —comenté.
—Eso entendimos todos. Después de que rechazaran su propuesta, retiró al equipo de la sala de datos y no volvió a ponerse en contacto con los asesores.
—Hasta ahora.
—Hasta ahora —confirmó—. Al parecer, el fondo financiará parte de la compra. Eso explicaría que en este momento vaya por el lote completo de hoteles.
Su regreso ya no resultaba imposible, pero sí inesperado.
Charles conocía los activos, había revisado las cuentas y disponía de los informes preliminares sobre los edificios; no necesitaba empezar desde cero para presentar una nueva propuesta.
Si llevaba semanas negociando con un socio financiero, unos días bastaban para actualizar los números y volver a la mesa.
Entramos en la sala. Graham y Owen discutían junto a la pantalla, mientras Tabitha revisaba la cláusula de salida con los abogados. Celia ocupó su lugar a mi derecha, distribuyó las copias y conectó al banco por videollamada.
El asesor de los Pembroke accedió a hablar con nosotros poco después de las nueve. Se negó a entregar la propuesta completa, aunque confirmó sus términos esenciales.