Mi tentación más inoportuna Capítulo 20
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Capítulo 20

Sarah mantuvo la sonrisa mientras se ponía cómoda.

—¿Qué música recibe la integrante única de esa categoría? —me preguntó.

Me acerqué al equipo instalado en el salón y busqué una selección que había escuchado durante algunos viajes.

Comenzaba con jazz de metales graves, continuaba con blues eléctrico y terminaba en varias composiciones de folk contemporáneo.

Eran los estilos que habíamos descubierto en común, aunque escogí piezas distintas a las que compartimos en casa.

—Has preparado esto —me acusó al reconocer los primeros acordes.

—La lista existe desde hace años.

—Otra coincidencia conveniente.

—Empiezas a desconfiar de una cantidad preocupante de cosas.

Sarah avanzó hacia mí y se detuvo junto al equipo. El vestido verde se ajustaba a su cintura antes de caer con una sencillez que llevaba toda la noche distrayéndome, y el cabello, todavía afectado por la humedad exterior, formaba ondas suaves alrededor de su rostro.

—He entrado en una suite contigo después de advertirte que no me acuesto con cualquiera —me recordó—. Alguna confianza debes de inspirarme.

—No quiero que hagas nada que no desees.

—Si no lo deseara, estaría camino del internado en el mismo taxi que me llevó hasta el restaurante.

Sus dedos encontraron el primer botón de mi camisa, pero no llegaron a abrirlo. Permanecieron allí mientras acortaba la distancia que la conversación había mantenido entre ambos durante toda la cena.

—Aun así, necesito saber que mañana no lamentarás haber venido —insistí.

—Mañana lamentaré tener que trabajar. Lo de venir todavía me parece una decisión excelente.

La besé antes de que pudiera convertir la respuesta en otra broma.

Habíamos estado cerca la noche del piano, pero aquel primer contacto no conservó ninguna vacilación.

Sarah me sujetó por la camisa y correspondió al beso con un deseo que derribó la prudencia de las últimas semanas.

Su boca estaba fría por la calle; pronto adquirió otro calor mientras mis manos recorrían su espalda y la atraían hacia mí.

El abrigo que había dejado sobre la butaca resbaló hasta el suelo cuando retrocedimos hacia el salón. Se separó lo suficiente para tomar aire y me observó con los labios entreabiertos, algo sorprendida por la intensidad que ambos habíamos mantenido bajo control.

—Esto no se parece mucho a tomar una copa —murmuró.

—Todavía no ha llegado el vino.

—Entonces tendremos que entretenernos.

Volvió a besarme y comenzó a desabrochar mi camisa. Sus dedos perdieron parte de la precisión en el tercer botón, lo que provocó una risa contra mi boca; intentó recuperar la tarea, pero terminé ayudándola mientras ella me retiraba la prenda de los hombros.

La seguridad que había mostrado al entrar cedía cada vez que nuestros ojos coincidían. No era arrepentimiento, sino la conciencia de estar cruzando una frontera que cambiaría cuanto ocurriera después. Le acaricié la mejilla y esperé hasta que volvió a acercarse por voluntad propia.

Mis manos encontraron la cremallera de su vestido. La bajé despacio, besando el espacio que quedaba al descubierto desde la nuca hasta el inicio de su espalda. Sarah se estremeció y sujetó mis brazos cuando la tela comenzó a separarse de sus hombros.

—Tienes la piel erizada —le susurré.

—La habitación está fría.

—Puedo subir la temperatura.

—No creo que ese sea el problema.

La risa le alteró la respiración. Giró entre mis brazos y me permitió deslizar el vestido hasta su cintura; después liberó las caderas con un movimiento leve y la prenda cayó alrededor de sus pies.

Durante unos segundos no intenté tocarla. Quería mirarla sin apresurar el instante, concederle la certeza de que no la contemplaba como una conquista añadida a una lista que solo existía en sus temores.

La luz del salón dibujaba la curva de sus hombros, la línea de la cintura y la plenitud de sus senos bajo el encaje oscuro. Su cuerpo no respondía a una perfección distante, sino a algo mucho más perturbador: era cálido, real y estaba frente a mí porque Sarah lo había decidido.

Se cruzó de brazos con una timidez que contrastaba con la mujer que me enfrentaba en cada tutoría.

—Estás mirando demasiado.

—Llevo semanas procurando no hacerlo.

—No parece que la práctica haya servido.

Me acerqué y le aparté los brazos sin forzarla. Besé uno de sus hombros, recorrí con los labios la piel bajo la clavícula y sentí cómo sus dedos se cerraban alrededor de mi nuca.

Cada caricia despertaba una nueva reacción: un estremecimiento, una respiración más profunda, el impulso de acercar el cuerpo al mío antes de recordar que todavía quedaban prendas entre ambos.

Sarah terminó de desnudarme con menos ceremonia. Me retiró el cinturón, protestó porque el cierre se resistía y sostuvo que los hombres poderosos debían utilizar sistemas más sencillos.

—Puedo presentar una propuesta al consejo —le ofrecí.

—Necesitarás un informe técnico.

—Mi secretaria lo tendrá listo el lunes.

La mención de Celia no consiguió instalar ninguna distancia.

Se rio y dejó un beso en mi pecho antes de deshacerse de la última prenda que nos separaba.

Cuando volvimos a abrazarnos, el contacto de su piel contra la mía eliminó cuanto quedaba del restaurante, del internado y de las precauciones que habían gobernado la noche.

Llamaron a la puerta en aquel momento.

Ella dio un respingo y se refugió detrás de mí, aunque el empleado no intentó entrar. Desde el pasillo anunció el servicio solicitado y aguardó una respuesta.

—El vino y la fruta —recordé.

—Tus conquistas reciben una puntualidad excelente.

Me puse el pantalón, recogí mi camisa y abrí lo suficiente para aceptar el carro sin exponer el interior de la suite. El camarero mantuvo una profesionalidad impecable; aun así, su atención descendió hacia mi pecho descubierto antes de regresar a mi rostro.

Cuando cerré, Sarah había recuperado el vestido del suelo y se lo sujetaba delante del cuerpo. Reía con los hombros agitados, obligada a cubrirse la boca para no ser escuchada desde el corredor.

—Mañana conocerá toda la plantilla que has recibido a una mujer en la suite.

—Ya te vieron entrar.

—Pero ahora dispone de pruebas circunstanciales.

—El personal de mis hoteles respeta la intimidad de los huéspedes.

—Tú no eres un huésped. Eres su jefe semidesnudo.

Aparté el carro a un lado y volví a ella. Sarah retrocedió mientras continuaba riendo, hasta que sus piernas encontraron el borde de una butaca.

—¿Dónde está el jacuzzi que promete la descripción de la suite? —me preguntó—. Ya que voy a destruir mi reputación profesional, quiero conocer todos los servicios.

La conduje al baño. La bañera de hidromasaje ocupaba una plataforma revestida de piedra clara, separada de la ducha y orientada hacia un panel de cristal esmerilado. Abrí el agua, regulé la temperatura y añadí una pequeña cantidad del producto espumoso que el hotel dejaba preparado.

Sarah observó cómo la espuma empezaba a cubrir la superficie.

—Esto parece una cantidad excesiva.

—Todavía no has visto nada.

—Esa frase suele preceder a una catástrofe.

La espuma creció hasta amenazar el borde. Cerré el grifo antes de que alcanzara el suelo y ella confirmó que mi experiencia hotelera no incluía conocimientos sobre bañeras mientras se sumergía en ella.

Me detuve a contemplarla. El agua cubría parte de su cuerpo y la espuma protegía cuanto no deseaba exponer demasiado todavía, aunque la línea de sus piernas permanecía visible bajo la superficie. Entonces cogió un puñado de burbujas y me lo lanzó.

—O entras o voy a interpretar esa mirada como una auditoría.

Me acomodé detrás de ella y la recibí entre mis brazos. Descansó la espalda contra mi pecho, con el cabello apartado hacia un lado, mientras el agua se agitaba alrededor de ambos. La rodeé por la cintura y besé el espacio bajo su oreja; su cabeza se inclinó para facilitarme el recorrido.

El calor del jacuzzi aflojó la urgencia inicial sin reducir el deseo.

Podía explorarla despacio, sentir el cambio de su respiración bajo mis manos y descubrir los lugares donde una caricia provocaba que sus dedos se aferraran a mis brazos.

La espuma se adhería a sus hombros y desaparecía cuando mis labios avanzaban sobre la piel húmeda.

—Estoy bebiendo vino dentro de un jacuzzi un jueves por la noche —comentó después de tomar la copa que había traído del salón—. Mañana tengo clase a primera hora.

—Puedes no beber.

—Esa respuesta carece de solidaridad.

—Puedo pedirle a Caleb que te lleve.

—Perfecto. Llegaré al internado en tu coche, con la ropa de ayer y oliendo al jabón de uno de tus hoteles. Nadie sospechará nada.

—Puedes quedarte aquí y llamar diciendo que estás enferma.

Sarah se volvió entre mis brazos, derramando unas gotas de vino sobre el agua.

—Eso sería peor. Nunca falto a clase y Harry enviaría a alguien para comprobar si sigo viva.

—Entonces tendrás que llegar sobria.

—Demasiado tarde. Creo que he bebido cuatro sorbos.

—Una situación crítica.

—No conoces mi tolerancia.

Bebí de su copa antes de dejarla en el borde. Protestó porque había reducido sus posibilidades de embriagarse, aunque perdió el argumento cuando la besé. Sus manos se deslizaron por mis hombros y me atrajeron hasta que el agua golpeó los laterales de la bañera.

El beso cambió de intensidad. Ya no quedaba humor suficiente para contener todo lo que nuestros cuerpos llevaban semanas aplazando.

La sostuve por la cintura, la acerqué y percibí cada reacción bajo el agua: el arqueo involuntario de su espalda, la forma en que buscaba mis manos y el estremecimiento que recorría su piel cuando mis labios descendían por el cuello.

—Nicholas —murmuró junto a mi oído.

Oír mi nombre de aquella manera acabó con la paciencia que pretendía conservar. Sin embargo, antes de avanzar, le sujeté el rostro entre las manos.

—Dime que sigues queriendo esto.

Sarah abrió los ojos. El deseo había alterado sus facciones, pero su respuesta llegó sin duda.

—Llevo toda la noche queriéndolo. No me obligues a redactar un informe.

La risa se mezcló con otro beso. Permanecimos un rato más en el agua, abrazados entre la espuma, alternando caricias y bromas que se volvían menos coherentes a medida que la proximidad exigía algo distinto. Cuando el calor empezó a resultar excesivo, salí primero y envolví a Sarah en una toalla.

Le sequé los hombros y el cabello con una atención que despertó una ternura inesperada en mitad del deseo. Sarah me observaba desde el refugio de la tela, con las mejillas encendidas y una sonrisa que ya no necesitaba provocarme.

—Esto tampoco se parece a una aventura de una noche —me comentó.

—Te advertí que no era lo que buscaba.

—Todavía puedes decepcionarme.

—Dame algo de tiempo —le respondí con sorna.

La llevé al dormitorio. La música llegaba desde el salón con un volumen bajo, suficiente para acompañarnos sin dominar la estancia.

Sarah dejó caer la toalla y avanzó hacia mí; esta vez no intentó protegerse de mi atención.

La recorrí con las manos, deteniéndome en cada curva, y besé su cuerpo con la lentitud que antes nos había negado la urgencia.

Su piel volvió a erizarse. Me sujetó por los hombros y pronunció mi nombre entre respiraciones desordenadas, mientras su cuerpo respondía sin reservas a cuanto despertábamos juntos.

Cada gesto suyo aumentaba mi deseo y, al mismo tiempo, la necesidad de no convertir aquella noche en una carrera hacia el final.

La acosté con cuidado y permanecí junto a ella, atento a cualquier cambio. Me atrajo, enredó una pierna alrededor de las mías y me besó hasta que el resto del mundo quedó reducido a la cama, la música y la forma en que nuestras respiraciones intentaban encontrar un ritmo común.

Cuando nos unimos, la sensación fue más intensa de lo que había anticipado.

No se parecía a recuperar una parte de mi vida anterior ni a sustituir una ausencia.

Sarah estaba allí con una identidad imposible de confundir: su voz, su cuerpo, su manera de aferrarse a mí y aquella mezcla de vulnerabilidad y determinación que me había llevado hasta ella.

Nos movimos juntos sin prisa al principio, aprendiendo cada reacción. Después el deseo impuso un ritmo más profundo y Sarah dejó de contener los sonidos que hasta entonces había escondido contra mi hombro.

Su rostro cambió bajo el placer; cerró los ojos, arqueó el cuello y volvió a buscarme cuando la intensidad amenazó con separarla del momento.

La sostuve entre mis brazos mientras alcanzábamos juntos ese punto donde las palabras perdían cualquier utilidad.

La emoción atravesó su expresión con una belleza que no dependía de la perfección, sino de la confianza absoluta con la que se entregó.

Permanecí junto a ella hasta que su cuerpo fue recuperando el reposo y su respiración volvió a acompasarse con la mía.

En ese punto, abrió los ojos y acarició mi mejilla.

—Definitivamente, mañana voy a llegar tarde.

—Puedo despertar al director y comunicarle que su profesora de literatura necesita el día libre.

—Ni se te ocurra utilizar tu poder para conseguirme una mañana de descanso.

—Me has advertido que podía tener a cualquier mujer. Debería obtener al menos una autorización.

—No funciona así.

Se acomodó contra mí y cubrió a ambos con la sábana. La música continuaba sonando en el salón; reconocimos una de las canciones que habíamos escuchado en casa, aunque ninguno tuvo intención de levantarse para cambiarla.

—¿Sigues pensando que hago esto con todas mis conquistas? —le pregunté.

Sarah dibujó una línea distraída sobre mi pecho.

—Todavía no dispongo de información suficiente.

—¿Qué clase de investigación necesitas?

—Una bastante larga.

—Puedo colaborar.

—Eso esperaba.

La abracé y besé su cabello todavía húmedo. Fuera, la lluvia  golpeó los cristales con una fuerza que aisló la suite del resto del hotel. Sarah cerró los ojos, satisfecha y agotada, aunque aún conservaba una sonrisa.

Habíamos entrado allí buscando una copa. El vino seguía casi intacto en el salón.