Mi tentación más inoportuna Capítulo 19 #2
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Capítulo 19 #2

Sarah escuchó sin apartarse, aunque todavía necesitaba algo más.

—No sabes cuánto durará ese interés.

—Tú tampoco.

—La diferencia es que yo no tengo una vida donde una relación breve pueda desaparecer entre cien asuntos. Tendré que seguir viendo a Rory cada día, y a ti cada vez que haya una reunión. Si esto acaba mal, no podré trasladar el problema a una secretaria.

La referencia a Celia me recordó el poder real que intentaba explicarme. Bastaba una palabra mía para modificar horarios, disponer de un coche o conseguir una mesa.

Sarah, en cambio, debía regresar al internado y mantener su autoridad ante mi hijo cualquiera que fuera el resultado de aquella cena.

—No utilizaré mi posición para presionarte ni para ocultar lo que ocurra entre nosotros —le prometí—.

Y, si decides que no quieres continuar, no afectará a tu trabajo ni a mi relación con el colegio.

No puedo garantizarte cuánto durará algo que todavía no ha empezado, pero sí que no estoy jugando contigo.

—¿Y Rory?

—Sospecha más que nosotros. Interrumpió el beso y lleva días disfrutando de la información.

Sarah sonrió, aunque negó despacio con la cabeza.

—Tiene diecisiete años. Que le divierta la idea no significa que comprenda las consecuencias.

—Hablaré con él cuando exista algo que contarle. Por ahora solo hemos cenado y discutido sobre la definición de una cita.

—Técnicamente, también hemos compartido un fin de semana.

—Con Tabitha supervisando cada movimiento. Eso reduce bastante su valor romántico.

—No pareció reducir sus expectativas.

La tensión de la conversación empezó a ceder. Terminamos la cena sin fingir que todo estaba resuelto, pero habíamos establecido un lugar desde el que avanzar.

Pedimos postre, compartimos una tarta de chocolate y hablamos del futuro. Sarah se burló de mi necesidad de convertir cualquier sueño en un plan; yo le recordé que llevaba años tomando notas para un libro que no había empezado.

Salimos cerca de las diez. Había dejado de llover, aunque las calles conservaban el brillo del agua y el aire olía a tierra húmeda.

Caleb aguardaba a unos metros. Podía llevar a Sarah al internado y devolverme después al hotel; también podía fingir que la cena había satisfecho cuanto llevábamos una semana evitando.

—No quiero volver todavía —me confesó ella antes de que abriera la puerta del coche.

La decisión no necesitó adornos. Me acerqué y le sujeté la mano, concediéndole otra oportunidad para retirarla.

—Tengo una suite en el Miller Grand. Podemos tomar una copa allí.

—¿Solo una copa?

—No voy a prometerte algo que ninguno de los dos cree.

Sarah enlazó los dedos con los míos.

—Bien.

Durante el trayecto no volvimos sobre las advertencias.

Hablamos del restaurante, de una canción que sonaba en la radio y de la posibilidad de visitar el proyecto costero en un futuro próximo.

Su mano permaneció entre las mías sobre el asiento; aquel contacto sereno poseía más intimidad que cualquier gesto precipitado.

Al llegar al hotel, Caleb se detuvo ante la entrada principal. Podría haber utilizado el acceso privado del aparcamiento o pedir que nos condujeran directamente a los ascensores, pero ninguna opción concordaba con lo que acababa de prometerle.

Bajé primero y rodeé el coche para abrirle la puerta. Sarah observó la fachada iluminada, luego a los empleados que ya habían reconocido mi llegada.

—¿Estás seguro? —me preguntó.

—Por completo.

Entramos cogidos de la mano.

El recepcionista me saludó por mi nombre; la encargada se acercó para informarme de que la suite estaba preparada y preguntó si necesitábamos que enviaran algo. Presenté a Sarah sin rebajarla a una explicación ni esconder su presencia detrás de una entrada lateral.

—La señorita Fletcher y yo subiremos directamente. Envíenos una botella de vino y algo de fruta dentro de quince minutos, por favor.

Tomó nota con la misma profesionalidad que habría mostrado ante cualquier huésped. Sarah agradeció la atención y cruzó el vestíbulo junto a mí, consciente de las miradas discretas que seguían nuestro paso.

En el ascensor, se examinó en el espejo y corrigió un mechón que la lluvia había soltado.

—No pareces muy preocupado por esconderme.

—Te dije que no lo haría.

—Quizás pases a todas tus conquistas por delante de recepción para que el personal pueda llevar un registro ordenado.

—Nunca.

—Habría que verlo.

—Puedes solicitar los archivos de seguridad. Aunque tendrías que justificar un interés académico.

Las puertas se abrieron en la última planta. Avanzamos por el corredor y utilicé la tarjeta para acceder a la suite. Sarah entró primero, dejó el bolso sobre una consola y recorrió el salón con una inspección divertida que incluía el dormitorio visible al fondo.

—¿También tienes una suite preparada en cada hotel por si una profesora acepta cenar contigo?

—La reservaron esta tarde porque debía quedarme en Guildford.

—Una coincidencia muy conveniente.

—Podemos regresar al internado si prefieres mantener esa teoría.

Sarah se volvió hacia mí. La incertidumbre de la cena había desaparecido, sustituida por una decisión que tomó sabiendo quién era, qué podía ocurrir y qué esperaba de mí.

—No he dicho que quiera marcharme.

Cerré la puerta.

—Entonces ¿sigues preocupada por mis supuestas conquistas?

—No —me respondió mientras se quitaba el abrigo—. Pero pienso comprobar si todas reciben vino y fruta.

—Solo las más desconfiadas.

—Será mejor que esa categoría tenga una única integrante.

—La tiene.

Dejó el abrigo sobre el respaldo de una butaca y avanzó hacia mí, con una sonrisa que ya no buscaba ninguna salida.

—Eso también habría que verlo.