Capítulo 19
Durante los días posteriores al festival descubrí que una mujer podía instalarse en todas las partes de una vida sin encontrarse presente en ninguna.
Sarah aparecía cada vez que entraba en la cocina y recordaba su batalla con el armario del azúcar; también cuando Basil llevaba la pelota hasta la puerta, confiado en que alguien volvería a lanzársela por el pasillo.
En la sala de música, el piano había dejado de ser únicamente el instrumento de Eleanor. Conservaba cuanto mi mujer había tocado durante años, pero ahora también guardaba una melodía inacabada, unas manos distintas sobre las teclas y un beso que Rory impidió con cuatro minutos de puntualidad.
Pensaba en ella durante las reuniones, mientras revisaba informes e incluso al nadar de madrugada.
Dos veces abrí nuestro intercambio de mensajes sin escribir nada.
Podía agradecerle el fin de semana, preguntarle por Rory o comentar cualquiera de las actividades del festival, aunque todas aquellas excusas resultaban tan evidentes que terminaba guardando el teléfono.
El martes por la tarde, Sarah me envió una fotografía. Rory y Leo aparecían ante un tablón de anuncios, colocando el primer cartel del programa contra el acoso que habían propuesto al director.
Sarah: Tu hijo lleva cuarenta minutos explicando que el diseño institucional necesita “más dramatismo”. Harry empieza a arrepentirse de haberlo readmitido.
Nicholas: Dile que el dramatismo debe ajustarse al presupuesto.
La respuesta llegó pocos segundos después.
Sarah: Acaba de afirmar que esa frase confirma que eres incapaz de comprender el arte.
Nicholas: Recuérdale quién pagará sus estudios si decide arruinarme.
Sarah: Me temo que ha empezado a diseñar el segundo cartel.
La conversación terminó ahí, aunque releí los mensajes varias veces. No mencionamos el piano, el casi beso ni la despedida junto al coche. Quizás ambos esperábamos una ocasión que no obligara a definir nada a través de una pantalla.
La ocasión apareció el miércoles por la mañana. El Miller Grand de Guildford llevaba varios meses preparando la ampliación de su zona de reuniones, pero un desacuerdo entre el arquitecto y el director del hotel había detenido las obras.
Podría haber enviado a Owen o resolverlo mediante una videollamada; en cambio, informé a Celia de que acudiría personalmente el jueves y pedí que reservaran la tarde completa.
—La reunión no debería durar más de dos horas —me señaló después de consultar el expediente—. Puedes volver a Londres antes de las cinco.
—Quiero revisar también las habitaciones reformadas.
Celia recorrió con la vista el calendario.
Guildford quedaba lo bastante cerca de St. Bartholomew para que la coincidencia no necesitara explicación y demasiado lejos de Londres para justificar una tarde vacía.
Sin embargo, se limitó a modificar dos reuniones y anunció que enviaría toda la documentación a Caleb.
Llamé a Sarah cuando salí de la oficina. Respondió después del cuarto tono, rodeada por voces de alumnos que desaparecieron al cerrarse una puerta.
—¿Ocurre algo con Rory? —me preguntó.
La rapidez de su preocupación me recordó que, hasta entonces, casi todas nuestras conversaciones habían comenzado con algún problema relacionado con mi hijo.
—No. Al menos, ninguno del que me hayan informado. Mañana tengo una reunión en el hotel de Guildford y pensaba invitarte a cenar.
En el otro extremo se oyó el movimiento de unos papeles. Sarah tardó unos segundos en contestar, y aquel breve intervalo convirtió la propuesta en algo mucho menos sencillo de lo que había parecido antes de marcar.
—¿Una cena relacionada con Rory?
—Preferiría que Rory no fuera el tema principal.
—Entonces ¿me estás invitando a una cita?
—Eso dependerá de si aceptas.
—Nicholas, la naturaleza de la invitación no cambia según mi respuesta.
Sonreí mientras caminaba hacia los ascensores. Había echado de menos incluso aquella precisión con la que podía convertir una pregunta sencilla en un examen oral.
—Sí, Sarah. Te estoy invitando a una cita.
Aceptó. Quedamos a las siete y media en un restaurante situado entre el hotel y el internado, un lugar pequeño instalado en una antigua oficina de correos que no pertenecía a mi empresa.
Elegí terreno neutral porque no quería que la primera cena a solas se desarrollara bajo la vigilancia de empleados acostumbrados a tratar cada decisión mía como una orden.
El jueves llegué a Guildford poco después de las dos. La reunión se prolongó más de lo previsto, aunque resolvimos el desacuerdo al sustituir parte de la ampliación por salas modulares que podían adaptarse a distintos eventos.
Recorrí después las habitaciones reformadas y corregí varios detalles que Owen habría detectado sin necesidad de que yo abandonara Londres.
A las seis, cuando ya no quedaba ninguna razón profesional para permanecer allí, subí a una de las suites reservadas para dirección, me duché y cambié el traje por un pantalón oscuro y una camisa.
Caleb me dejó frente al restaurante a la hora acordada.
Sarah había llegado antes y esperaba bajo la cubierta de la entrada, revisando la carta expuesta en un atril.
Llevaba un vestido verde oscuro, botas y un abrigo claro que sostenía cerrado con una mano.
Al verme, dobló los labios en una sonrisa que justificó por sí sola el viaje.
—Espero que la reunión haya existido —me comentó después de saludarme—. Sería preocupante que hubieras inventado una crisis hotelera para cenar conmigo.
—Tengo documentos, arquitectos enfadados y un presupuesto modificado que pueden demostrarlo.
—Entonces admito la coincidencia geográfica.
Nos condujeron hasta una mesa situada en una zona recogida del comedor, cerca de una estantería donde se mezclaban botellas y libros de cocina. Las paredes conservaban parte de los antiguos casilleros postales, y el menú se reducía a pocos platos que cambiaban cada semana.
La conversación comenzó con facilidad. Sarah me contó que Rory había entregado los trabajos pendientes y que Leo participaba cada vez más en las actividades del internado.
El programa contra el acoso había recibido propuestas de otros alumnos; Harry pensaba presentarlo ante el consejo como una iniciativa permanente y se mostraba dispuesto a permitir que Rory interviniera en una de las reuniones.
—Le encantará disponer de público —comenté mientras servía vino—. Lleva diecisiete años ensayando discursos en casa.
—Es bueno hablando. También escucha mejor de lo que pretende.
—Eso lo ha heredado de su madre. Eleanor parecía distraída hasta que repetía una conversación entera días después.
Sarah recibió la referencia sin bajar la voz ni cambiar de tema.
Me preguntó por la ampliación del hotel y terminó interesándose por el pequeño establecimiento costero que le había mencionado durante nuestra cena en casa.
Recordaba el proyecto con una precisión inesperada y quiso saber si había decidido defenderlo ante el consejo.
—Todavía no.
—Creía que eras un hombre acostumbrado a conseguir cuanto desea.
—Conseguir algo requiere primero decidir qué se desea. Además, en estos momentos estamos con un proyecto muy fuerte que requiere toda mi atención.
La respuesta modificó su expresión. Dejó la copa sobre la mesa y bajó el rostro hacia el borde del mantel, donde sus dedos alisaron una arruga que apenas existía.
—Eso nos conduce a una conversación que deberíamos mantener.
Esperé a que continuara. Alrededor, el servicio avanzaba sin prisa y otras conversaciones llenaban el comedor, aunque nuestra mesa pareció separarse del resto en cuanto Sarah respiró hondo.
—Nunca he hecho algo así con el padre de un alumno —me confesó—. Nunca he quedado con uno por motivos que no fueran académicos, no he pasado un fin de semana en su casa y, desde luego, nunca he estado a punto de besarlo en una sala de música.
—Define “algo así”.
Sarah levantó los ojos y encontró la diversión que no había conseguido ocultar.
—No utilices mis propias preguntas contra mí.
—Necesito saber qué te preocupa exactamente.
Tomó la copa, aunque no llegó a beber. La seguridad con la que solía enfrentarse a mí había cedido espacio a una vulnerabilidad que no la debilitaba; por el contrario, obligaba a responderle con la misma honestidad.
—Me siento atraída por ti —admitió—. Mucho más de lo que debería y bastante más de lo que pensaba permitir cuando empezamos a vernos para discutir cada problema de Rory. El fin de semana fue maravilloso, pero también me hizo comprender que esto puede avanzar deprisa.
—No eres la única que lleva toda la semana pensando en lo ocurrido frente al piano.
—Esa es la parte agradable. La otra es que eres Nicholas Miller. Diriges una empresa enorme, posees hoteles, estás acostumbrado a que la gente reorganice su vida cuando levantas el teléfono y podrías tener a la mujer que desearas.
—No a cualquiera.
—Sabes lo que quiero decir. —Dejó la copa y unió las manos sobre la mesa—.
No quiero convertirme en una distracción que te resulte interesante durante unas semanas.
Tampoco soy una mujer que se acueste con cualquiera porque la cena haya sido buena o porque el hombre pueda abrir una suite con su apellido.
No juzgo a quienes viven así, pero yo no puedo separar el sexo de todo lo demás y fingir después que no me importa.
La claridad de sus palabras eliminó cualquier posibilidad de refugiarme en una respuesta seductora. Sarah no me pedía promesas imposibles; exigía saber si la veía o si solo representaba una novedad después de seis años de viudedad.
—No es eso lo que busco en ti —le aseguré—.
Si solo quisiera acostarme contigo, no habría pasado días recordando cada conversación que tuvimos, ni habría estado a punto de llamar tres veces sin encontrar una excusa que no insultara tu inteligencia.
Me atraes, por supuesto, pero también quiero saber por qué no terminaste aquella pieza, leer lo que algún día escribas y descubrir si eres capaz de viajar sin reservar al menos la primera noche.