Capítulo 18 #2
Almorzamos cerca del río después de abandonar el archivo. El viento había ganado fuerza y nos obligó a buscar una zona resguardada de la terraza, donde el ruido del paseo llegaba amortiguado por los paneles.
Rory repasó las fotografías que le permitieron tomar y eligió varias para enseñárselas a Leo. Sarah le propuso utilizar la visita en su próximo trabajo, aunque prometió no descontarle puntos si renunciaba a trasladar la obra a una estación espacial.
La conversación se desplazó hacia el regreso al internado. Rory tenía una sesión con la responsable de convivencia el lunes y debía participar aquella semana en la preparación del programa contra el acoso.
Lejos de considerar ambas medidas un castigo, quería proponer un sistema para que los alumnos pudieran comunicar problemas sin exponerse delante de sus compañeros.
—Leo habría hablado antes si hubiese podido hacerlo sin acudir directamente a un profesor —argumentó—. No porque no confiara en vosotros, sino porque temía que Samuel lo viera entrar en un despacho.
—Es una buena idea —le reconoció Sarah—. Podemos preparar la propuesta juntos y presentarla a Harry.
—Eso no significa que vayas a librarte del resto de la sanción —le advertí.
—Papá, estoy intentando mejorar el internado. Deberías emocionarte y retirar al menos lo de quedarme sin coche.
—No tienes coche.
—Precisamente. Es una sanción que puede prolongarse durante años.
Tabitha lo apoyó y defendió que la ausencia de un vehículo deportivo constituía una vulneración grave de sus derechos.
Terminé amenazando con comprarle una bicicleta usada cuando cumpliera dieciocho, una solución que Sarah consideró adecuada siempre que incluyera casco.
Pasamos las primeras horas de la tarde recorriendo los últimos puestos del festival.
Sarah compró varios libros para sus clases y Rory añadió otros dos a una colección que ya desbordaba la bolsa.
Encontré una edición ilustrada de la obra que Eleanor le leía cuando era pequeño y se la entregué sin explicar por qué la había escogido. Mi hijo reconoció la cubierta, abrió el ejemplar y permaneció unos segundos contemplando las primeras páginas.
—La nuestra sigue en la biblioteca —me comentó.
—Lo sé. Esta es para que la lleves al internado.
Me abrazó con un brazo, sin soltar el libro, y después se adelantó para enseñárselo a Sarah.
Ella comprendió la importancia del regalo y escuchó la historia de las lecturas bajo la mesa del comedor, aunque Rory añadió nuevos detalles en cada versión y terminó atribuyendo a Eleanor una fortaleza construida con seis sillas, tres manteles y un sistema de túneles.
Tabitha se despidió cerca de las cuatro. Tenía asuntos que resolver en casa y se negó a regresar con nosotros después de comprobar que podía tomar un taxi sin perder la oportunidad de dejarme una última advertencia.
—La próxima vez que tu hijo salga, asegúrate de que no regrese antes de tiempo.
Sarah estaba despidiéndose de Rory a unos metros y no pudo oírla.
—No sé de qué hablas.
—Mi sobrino me cuenta las cosas…
Me besó en la mejilla y se marchó antes de que pudiera expulsarla de una actividad que ya había terminado. Me reuní con Sarah y Rory, ambos cargados de libros, y llamé a Caleb para indicarle que podía recogernos.
El camino de vuelta fue más tranquilo. Rory terminó dormido con la cabeza sobre el respaldo, exhausto después de dos días de actividades y una noche que, según sospechaba, había incluido más emociones de las que pensaba contarme.
Sarah y yo hablamos en voz baja, aunque cada pausa recuperaba la proximidad de la noche anterior.
Llegamos a casa poco después de las cinco. El fin de semana terminaba allí: Rory debía regresar a St. Bartholomew antes de la cena y Sarah necesitaba preparar las clases del lunes.
Subieron a recoger sus pertenencias mientras yo guardaba las entradas, los programas y los libros que habían dejado repartidos por el vestíbulo.
Basil descubrió las maletas antes de que nadie anunciara la marcha. Se instaló delante de la puerta y apoyó una pata sobre la bolsa de Rory, dispuesto a impedir que la movieran.
Mi hijo trató de sobornarlo con una galleta; el perro se la comió sin abandonar su puesto.
—Es admirable su compromiso —comentó Sarah mientras bajaba con su bolsa de lona—. Acepta el soborno y mantiene la protesta.
Se agachó para acariciarlo. Basil dejó la maleta de Rory y colocó la cabeza sobre sus rodillas, una deserción que mi hijo consideró una traición imperdonable. Sarah le prometió regresar, aunque el animal respondió siguiéndola hasta el coche y sentándose junto a la puerta trasera.
Caleb guardó el equipaje. Rory abrazó a Basil, después a mí, y me recordó que volvería a casa el fin de semana siguiente si sus obligaciones académicas lo permitían.
—Eso dependerá de tus profesores.
—Tengo influencias —repuso, señalando a Sarah.
—Tus influencias opinan que debes entregar dos trabajos antes del viernes —le recordó ella.
Rory subió al coche y nos dejó unos minutos junto a la entrada. Sarah sujetaba el asa de su bolsa, aunque Caleb ya había intentado quitársela dos veces.
—Gracias por el fin de semana —me expresó—. Por la casa, por el festival y por anoche.
Se acercó para despedirse y me besó en la mejilla; lo hizo despacio, con una cercanía que volvió inútil cualquier pretensión de interpretar el gesto como una mera cortesía.
—Nos veremos pronto —me prometió.
Caleb recibió por fin la bolsa y Sarah entró en el coche. Rory bajó la ventanilla para despedirse, mientras Basil recorría la longitud del vehículo buscando una puerta por la que pudiera acompañarlos. Tuve que sujetarlo del collar cuando Caleb arrancó.
Los vi alejarse por el camino hasta que el coche desapareció detrás de los árboles.
Basil tiró de mí durante varios metros y acabó sentado sobre la grava, pendiente del lugar por el que se habían marchado. Al comprender que no regresarían, volvió despacio hacia la casa y recorrió el vestíbulo olfateando las habitaciones que acababan de quedarse vacías.
Encontró una de las zapatillas viejas de Rory bajo un banco y la llevó al salón. Después se tumbó junto a ella con la cabeza entre las patas. Incluso él parecía echarlos de menos, aunque no habían transcurrido ni cinco minutos.
La casa recuperó sus dimensiones habituales y, por primera vez, me parecieron excesivas.
Quedaban una taza utilizada por Sarah en la cocina, varios discos fuera de lugar y una de sus horquillas junto al piano.
El fin de semana había removido cada espacio sin alterar apenas los objetos: risas en habitaciones acostumbradas al orden, conversaciones sobre futuros que llevaba años sin imaginar y una mujer sentada ante el instrumento de Eleanor, llenándolo de una música distinta que no había provocado culpa.
Subí hasta la habitación de invitados. La cama estaba hecha, las toallas dobladas y el armario vacío.
Sarah había dejado una nota sobre la cómoda para agradecer a Anne y a Rose las atenciones, y añadir que nunca había probado una tarta de peras mejor.
Tomé el papel, lo leí dos veces y volví a dejarlo en su sitio.
Durante años había aprendido a soportar las despedidas organizando el día siguiente.
Después de que Eleanor muriera, convertí el trabajo en una estructura capaz de mantenerme en pie; cada reunión, viaje y problema proporcionaba una tarea concreta, algo que podía resolverse sin preguntar qué quedaría cuando terminara.
Aquel domingo no funcionó.
Regresé a la sala de música y encontré la banqueta desplazada unos centímetros.
Me senté frente al piano, aunque no levanté la tapa. Todavía podía recordar la pieza de Sarah, sus manos sobre las teclas y el instante en que volvió el rostro hacia mí. También recordaba el golpe de la puerta y la voz de Rory proclamando su puntualidad.
Sonreí, pero la diversión no consiguió ordenar cuanto había ocurrido.
En apenas dos días, Sarah había recorrido la casa que Eleanor y yo compramos juntos, escuchado nuestras historias, tocado su piano y encontrado un lugar entre Rory, Tabitha y hasta Basil sin forzar una sola puerta.
Había despertado una ilusión que ya no podía atribuir únicamente al bienestar de mi hijo.
Un tsunami emocional había atravesado mi vida durante el fin de semana y se había retirado dejando cada certeza fuera de su lugar.
Basil entró con la zapatilla de Rory entre los dientes y se tumbó a mis pies. Permanecimos allí, rodeados por los discos que Sarah y yo habíamos escuchado, mientras la tarde desaparecía tras los cristales.
Por primera vez en seis años, la soledad no se parecía a la paz. Se parecía a echar de menos a alguien nuevo.