Capítulo 18
Rory permaneció en la entrada de la sala de música el tiempo suficiente para comprobar que su interrupción había producido exactamente el efecto que sospechaba.
Sarah retiró la mano del banco y se levantó con la excusa de guardar la copa, mientras yo lo observaba con fingida naturalidad.
—No has interrumpido nada —le aseguré.
Mi hijo contempló las dos teclas que todavía vibraban bajo la cubierta, la cercanía de los asientos y el color que había aparecido en las mejillas de Sarah.
—Por supuesto. Estabais comprobando la acústica de la habitación desde una distancia muy concreta.
Después nos deseó buenas noches con una sonrisa insolente y subió a su dormitorio antes de que pudiera interrogarlo sobre su salida.
Sarah tampoco prolongó la velada. Recogió su copa, me agradeció otra vez que le hubiera permitido tocar y escapó hacia la escalera con una rapidez impropia de alguien que, unos segundos antes, no parecía tener prisa por alejarse.
Me quedé en la sala, frente al piano de Eleanor, intentando decidir qué habría ocurrido si Rory hubiese dedicado los cuatro minutos de adelanto a cualquier otra actividad.
La respuesta me acompañó hasta la mañana siguiente.
Había dormido poco cuando Basil comenzó a arañar la puerta de mi dormitorio. El perro consideraba que los fines de semana autorizaban a toda la casa a retrasar sus horarios, excepto el suyo, de modo que a las siete y media ya recorría el pasillo en busca de alguien dispuesto a servirle el desayuno.
Bajé con él un rato después y encontré una nota de Rory sobre la mesa de la cocina: “No despertar antes de las nueve. Anoche cumplí mi condena regresando pronto”. Debajo había añadido que cualquier vulneración de aquel derecho sería denunciada ante tía Tabitha.
Sarah apareció cuando terminaba de preparar café. Vestía un pantalón oscuro y un jersey de cuello vuelto; se había recogido el cabello en una coleta baja que realzaba sus bonitas facciones.
—Buenos días —me saludó desde la puerta.
—Buenos días.
La naturalidad de dos palabras tan sencillas requirió un esfuerzo desproporcionado. Aceptó una taza y centró la atención en Basil, que acudió a recibirla con la pelota entre los dientes. El animal la había conocido dos días atrás, pero ya parecía dispuesto a abandonar a toda la familia por ella.
—Creo que quiere jugar —observó.
—Quiere comprobar cuánto tardas en cansarte. No le concedas esa ventaja.
Sarah lanzó la pelota hacia el pasillo y Basil salió detrás, golpeó una consola durante la carrera y regresó con el trofeo antes de que pudiéramos probar el café. Repitió la operación varias veces, satisfecho de haber encontrado una invitada que todavía no conocía sus tácticas de agotamiento.
—Sobre anoche... —comenzó ella cuando el perro se distrajo con un ruido procedente del jardín.
Dejé la taza sobre la mesa. Sarah sostuvo la suya entre ambas manos y buscó las palabras con un cuidado que me puso sobre aviso.
—Rory llegó cuatro minutos antes —la interrumpí—. Considero que fue una provocación calculada.
La broma alivió parte de la prudencia con la que había iniciado la conversación.
—No creo que supiera qué iba a encontrar.
—Ahora lo sabe o ha inventado una versión mucho más interesante.
—¿Te preocupa?
La pregunta merecía una respuesta sincera. Me preocupaba que Rory confundiera la cercanía entre su profesora y yo con una decisión que todavía no habíamos tomado; también que Sarah temiera perjudicar su relación con él o su puesto en el internado.
—Me preocuparía que pensara que pretendemos ocultarle algo. Pero no hicimos nada que necesitemos ocultar.
—Estuvimos a punto.
—Sí.
Sarah tomó un sorbo de café y aceptó la afirmación sin apartarse. No intentamos definir qué significaba aquel casi beso ni establecer reglas para el resto del día.
La atracción existía, ambos la habíamos reconocido y Rory acababa de descubrirla con la eficacia de un inspector demasiado satisfecho consigo mismo.
Mi hijo apareció a las nueve y cinco, despeinado y con una camiseta que mostraba señales de haber dormido con ella. Entró en la cocina, nos vio a Sarah y a mí compartiendo un desayuno que alargamos adrede y saludó con una cortesía exagerada.
—Me alegra comprobar que el buen rollo continúa esta mañana.
—Siéntate y come —le ordené.
—¿No vas a preguntarme por la salida?
—Lo haré cuando Sarah no pueda impedir que utilice métodos de interrogatorio más eficaces.
—Te recuerdo que continúa siendo menor —me advirtió ella, aunque acercó a Rory una cesta con pan—. Y, en calidad de tutora, debo informar de cualquier amenaza.
Rory ocupó un asiento y comenzó a servirse una cantidad de comida que parecía incompatible con la hora.
Contó que sus amigos permanecieron en el mismo local, que Caleb lo recogió a tiempo y que una chica (cuya existencia admitió después de varias evasivas) le caía sensacional.
Estudiaba en otro colegio y se llamaba Sophie.
Rechazó facilitar más datos porque, según él, mi interés había superado los límites establecidos por la legislación europea.
Tabitha llegó al poco, vestida con un abrigo rojo y una energía que ninguno compartía. Al encontrarnos a Rory, Sarah y a mí charlando, examinó la distribución de los asientos y lamentó no haber acudido antes.
—¿Me he perdido algo? —preguntó mientras aceptaba el café que le ofrecía Sarah.
—Nada —respondimos los tres a la vez.
Mi cuñada sonrió y bebió un sorbo.
—Muchísimo, entonces.
Caleb vino a buscarnos media hora después. Las acreditaciones permitían acceder a una colección teatral que el festival exhibía durante aquel fin de semana, junto con una visita guiada por varias zonas de conservación.
Rory llevaba las cuatro entradas en el teléfono y comprobó su presencia durante todo el trayecto, convencido de que yo terminaría extraviando las copias impresas que guardaba en la chaqueta.
La exposición ocupaba un edificio anexo al centro cultural. Nos recibió una conservadora que explicó las normas antes de conducir al grupo hacia una primera sala llena de vitrinas, archivadores y mesas de consulta.
Allí se conservaban cuadernos de dirección, versiones corregidas de libretos, diseños de vestuario y fotografías tomadas durante ensayos de distintas décadas.
Sarah perdió cualquier reserva en cuanto la guía mostró un ejemplar cubierto de anotaciones.
Se inclinó sobre la vitrina, identificó las diferencias entre el texto original y la adaptación y empezó a comentarlas con Rory.
Mi hijo discutió una de las decisiones del director; ella defendió que el corte agilizaba la escena, aunque terminó concediéndole que eliminaba una motivación importante del protagonista.
—Llevan diez minutos delante de una página tachada —me señaló Tabitha al oído—. Están hechos el uno para el otro.
—Sarah tiene bastantes más años.
—Hablaba de su relación académica. La otra relación destinada a prosperar es la tuya, si alguna vez dejas de poner esa cara cada vez que se acerca.
—¿Qué cara?
—Precisamente esa.
Se alejó antes de que pudiera pedirle una descripción menos ofensiva. La guía nos condujo a la zona de vestuario, donde varios maniquíes exhibían prendas utilizadas en producciones históricas.
Tabitha se interesó por una capa bordada y preguntó si podía probársela; la conservadora rechazó la petición con una expresión que indicaba que no era la primera visitante obligada a recordar el significado de la palabra “archivo”.
Rory encontró una corona de utilería dentro de una vitrina y sugirió comprar una parecida para Tabitha, de modo que pudiera acudir a la oficina con un símbolo adecuado a su concepto de autoridad.
—No la necesita —intervine—. Ya se comporta como propietaria.
—Trabajo allí desde antes de que tú supieras dirigir una reunión —me recordó mi cuñada.
—Trabajas allí porque Eleanor me convenció de que contratarte no destruiría la empresa.
—Y tenía razón.
La mención de mi mujer no alteró el tono.
Tabitha compartió varias anécdotas de aquellos primeros años con Sarah: reuniones que Eleanor interrumpía para obligarme a comer, viajes de trabajo que terminaban convertidos en vacaciones familiares y el modo en que la casa se llenó de planos durante la reforma.
Sarah escuchó con interés, consciente de que aquella vivienda no era una herencia de los Miller, sino el proyecto que Eleanor y yo habíamos elegido y transformado juntos.
En la siguiente sala nos permitieron examinar reproducciones de antiguos cuadernos de escena. Cada visitante debía seleccionar un fragmento y proponer una forma de representarlo con recursos limitados.
Rory decidió trasladar una tragedia medieval a una estación espacial, Sarah defendió una versión bastante estrambótica y Tabitha convirtió el conflicto en una disputa empresarial donde todos acababan despedidos.
—¿Y tú? —me preguntó Sarah al ver que no había escrito nada.
—Financiaría la propuesta que requiriera menos presupuesto.
—Eso no es una decisión artística.
—Es la decisión que permite que las artísticas lleguen al escenario.
Acabamos trabajando juntos en una idea intermedia. Sarah dibujó la distribución del espacio, Rory añadió una proyección y yo propuse un sistema de paneles móviles que evitaría construir varios escenarios.
La guía elogió el resultado y Tabitha quiso atribuirse todo el mérito.
La visita terminó con una colección de grabaciones sonoras. Entramos en pequeñas cabinas donde podían escucharse versiones radiofónicas, entrevistas y ensayos recuperados.
Sarah y yo compartimos unos auriculares para oír una adaptación musical.
La cercanía devolvió parte de lo ocurrido frente al piano; nuestras sienes casi se rozaron cuando ambos intentamos ajustar el volumen, aunque esta vez Rory se encontraba al otro lado del cristal y levantó dos dedos frente a sus ojos antes de señalarnos.
Sarah soltó una risa y se separó.
—Tu hijo nos vigila.
—Ha heredado las peores cualidades de Tabitha.
—Te he oído —protestó mi cuñada desde la cabina contigua.