Capítulo 17 #2
El consejo consideraba que ofrecía pocas habitaciones y un beneficio incierto; yo llevaba dos años negándome a venderlo.
—Ese es un proyecto insólito para ti —dedujo Sarah.
—Es el único que todavía no he permitido que otros transformen en una hoja de cálculo.
—Entonces deberías hacerlo. No todos los sueños tienen que justificar su existencia mediante un porcentaje.
Su confianza me recordó a Eleanor, aunque la semejanza terminó en la capacidad de creer en algo que yo todavía no había defendido.
Sarah no la imitaba, no ocupaba su lugar ni despertaba las mismas emociones; me obligaba a mirar hacia una parte distinta de mi vida, una que llevaba años posponiendo porque resultaba más sencillo administrar lo construido que preguntarme qué deseaba construir después.
Recogimos los platos entre los dos. Intenté impedir que colaborara, pero Sarah ignoró mi protesta y empezó a guardar las sobras mientras yo cargaba el lavavajillas.
La tarea doméstica, realizada con el cabello húmedo, los pies cubiertos por unos calcetines de andar por casa y una conversación interrumpida por la búsqueda de recipientes, produjo una intimidad inesperada.
No necesitábamos que la noche fuera extraordinaria; precisamente su sencillez la volvía distinta.
Tomamos la tarta de peras en la cocina y terminamos la botella de vino sin prisa. Cuando retiré los últimos platos, Sarah consultó la hora y comprobó que todavía faltaba más de una hora para que Rory regresara.
—¿Otra copa y algo de música? —le propuse.
—Pensaba que no ibas a preguntar.
Fuimos a la sala de música. La había dejado ordenada después de la madrugada anterior, aunque varios discos continuaban separados del resto porque ninguno recordaba su lugar exacto.
Sarah eligió una grabación de blues eléctrico y se sentó en la alfombra para revisar las portadas, mientras yo servía dos copas pequeñas.
Escuchamos varias canciones y reanudamos algunas discusiones pendientes.
Ella defendía que las imperfecciones de una actuación en directo revelaban más del músico que una grabación de estudio; yo argumentaba que la precisión no eliminaba la emoción, siempre que el intérprete no confundiera control con frialdad.
Terminamos aceptando que ninguno convencería al otro y escogimos un disco de folk para establecer una tregua.
Fue entonces cuando Sarah prestó atención al piano.
El instrumento ocupaba un lugar próximo a los ventanales, separado de los estantes y del equipo de música. El mueble de madera oscura conservaba algunas marcas pequeñas en un lateral, recuerdos de los años en que Rory corría por la casa con juguetes demasiado grandes.
Nadie lo tocaba desde la muerte de Eleanor. Se afinaba cada cierto tiempo porque nunca tuve valor para permitir que se deteriorara, aunque la tapa permanecía cerrada y el banco en la misma posición en que ella lo había dejado.
Sarah se levantó y se acercó. Pasó los dedos por el borde sin abrirlo, respetando una frontera que no había necesitado explicarle.
—¿Puedo tocarlo?
La petición desordenó la comodidad de la noche. La imagen de Eleanor sentada allí regresó con una precisión que no esperaba: el cabello recogido antes de la cena, Rory tumbado bajo el piano y una melodía interrumpida cada vez que él le pedía que comenzara de nuevo. Tardé demasiado en contestar.
Sarah retiró la mano.
—Perdona. Era suyo y no debería habértelo pedido.
—No tienes que disculparte.
—He visto tu cara. Olvida que lo he mencionado.
Se volvió hacia los discos, pero la idea de mantener el piano cerrado por miedo a escuchar una música distinta me resultó de pronto injusta. Eleanor lo había llenado durante años; convertirlo en una pieza intocable no conservaba aquello que fue, solo prolongaba su ausencia.
—Sarah, espera. —Me acerqué y levanté la tapa antes de que pudiera negarse otra vez—. Quiero que toques.
—No tienes que demostrarme nada.
—No intento demostrarlo. El piano lleva años esperando a que alguien recuerde para qué sirve.
Me estudió durante unos segundos, pendiente de cualquier vacilación que desmintiera mis palabras. Después dejó la copa sobre una mesa, ocupó el banco y probó varias teclas. El primer acorde se extendió por la estancia con una claridad que alteró la memoria del lugar sin borrarla.
—Está muy bien afinado —comentó.
—Me ocupo de que lo revisen.
—Aunque nadie lo toque.
—Aunque nadie lo toque.
Sarah acomodó las manos sobre el teclado y comenzó con una pieza lenta que no reconocí.
La melodía compartía algo del jazz oscuro que nos gustaba, aunque incorporaba giros procedentes del folk y una sucesión de acordes que parecían avanzar, retroceder y encontrar después un camino diferente. Tocaba sin partitura, con los hombros relajados y la atención concentrada en cada variación.
No había mencionado que supiera tocar. Mucho menos que lo hiciera de aquella manera.
La música creció poco a poco, llenó los techos altos y atravesó la casa que Eleanor y yo habíamos comprado para construir una vida juntos.
No sentí que Sarah invadiera un recuerdo. Su interpretación encontró un espacio propio entre todo lo que había existido allí, y la belleza de aquel sonido me erizó la piel desde los brazos hasta la nuca.
Cuando terminó, mantuvo las manos sobre las teclas hasta que la última nota se extinguió.
—¿Qué era? —le pregunté.
—Una pieza que empecé a componer hace años. Nunca la terminé.
—No parecía inacabada.
—Porque he aprendido a detenerme en un punto que finge ser el final.
Me senté a su lado en el banco. El espacio era suficiente, aunque nuestros hombros quedaron muy cerca y la rodilla de Sarah rozó la mía cuando se volvió.
—¿Por qué no me contaste que tocabas?
—No surgió durante el interrogatorio sobre mis gustos musicales.
—Anoche hablamos durante horas.
—Y aun así conservaba algún misterio.
Sonrió, pero la emoción provocada por la música continuaba presente en sus facciones. Le pedí que tocara otra vez; negó con suavidad y cerró la tapa antes de mantener la mano sobre la madera.
—Gracias por dejarme.
—Gracias por devolverle la música.
La distancia entre ambos se había reducido sin que recordara cuál de los dos se movió primero. Sarah levantó el rostro y mis ojos descendieron hacia su boca antes de que pudiera fingir otro interés. No retrocedió. Sus dedos abandonaron la tapa del piano y rozaron mi mano sobre el banco.
Me incliné despacio, concediéndole tiempo para detenerme. Sarah cerró los ojos cuando apenas nos separaba una respiración.
La puerta principal se abrió con un golpe.
—¡Ya estoy en casa! —anunció Rory desde el vestíbulo—. ¡Y he llegado cuatro minutos antes de la hora convenida, para que conste!
Sarah y yo nos apartamos con una rapidez que hizo sonar dos teclas bajo mi codo.
Rory apareció en la entrada de la sala de música, se detuvo al encontrarnos sentados juntos frente al piano y dirigió la atención hacia nuestras copas, después hacia la escasa distancia que todavía nos separaba.
—Vaya —murmuró—. Espero no haber interrumpido nada.