Mi tentación más inoportuna Capítulo 17
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Capítulo 17

La expresión de inocencia de Rory no mejoró cuando añadió que sus amigos se encontraban en un local próximo a Covent Garden y que varios de ellos permanecerían allí hasta medianoche.

Conocía a dos de los muchachos, aunque mi experiencia reciente desaconsejaba aceptar cualquier plan basado únicamente en su capacidad para parecer inofensivos.

—¿Qué amigos? —le pregunté.

Rory enumeró cuatro nombres, especificó dónde pensaban cenar y se apresuró a aclarar que uno de los padres había reservado una zona del local.

No habría discotecas, fiestas privadas ni cambios de destino sin consultarme; además, el grupo incluía a dos compañeros de St. Bartholomew a quienes Sarah había dado clase.

Busqué en ella una confirmación. Dejó la bolsa de libros sobre una silla y valoró los datos que acababa de escuchar.

—Son buenos chicos —me aseguró con sorna—. Al menos, ninguno ha intentado colocar drogas en una taquilla durante las últimas semanas.

—Su nivel de exigencia ha descendido muchísimo desde que me readmitieron —protestó Rory.

—La realidad obliga a revisar los criterios.

Mi hijo aprovechó aquella valoración favorable y prometió enviarme su ubicación, atender cada llamada y regresar a la hora que estableciera.

Después de la expulsión, una parte de mí se resistía a permitir que saliera sin vigilancia; otra comprendía que encerrarlo durante meses no repararía sus errores ni demostraría que había aprendido algo.

—Caleb te llevará y volverá a buscarte a las once y media —resolví—. No abandonarás el local sin avisar, mantendrás el teléfono encendido y regresarás directamente a casa.

—Todos estarán hasta las doce.

—Tú no eres todos.

Rory inclinó la cabeza para esconder una sonrisa y aceptó las condiciones antes de que decidiera adelantar la recogida.

Llamó a Caleb mientras subía la escalera, anunció que necesitaría diez minutos para cambiarse y reapareció casi media hora después con ropa distinta, el cabello arreglado y una cantidad de colonia suficiente para perfumar el vestíbulo.

—Creía que ibas a encontrarte con unos amigos —le comenté.

—Eso voy a hacer.

—¿Alguno de ellos responde al nombre de una chica?

Sarah se llevó la mano a la boca, aunque sus ojos descubrieron la risa que pretendía ocultar. Rory besó su mejilla al pasar y después me entregó un abrazo apresurado.

—No me esperéis despiertos —bromeó.

—Te esperaré despierto y comprobaré la hora exacta a la que cruces la puerta.

—Debí preverlo.

Caleb tocó el claxon desde el exterior. Rory recogió el abrigo y salió después de repetir que podía confiar en él.

Permanecí junto a la puerta hasta que el coche se perdió al final del camino, todavía dividido entre el deseo de seguirlo y la certeza de que, a los diecisiete años, necesitaba recuperar la normalidad que había perdido durante la última semana.

Cuando cerré, descubrí a Sarah observándome desde el pie de la escalera.

—Va a estar bien —me garantizó—. Si sirve de algo, son buenos chicos.

Recogió la bolsa de libros y subió el primer peldaño.

—Esa no es mucha información. Para mí que han quedado con un grupo de chicas…

—El deber de confidencialidad de una tutora abarca asuntos de enorme trascendencia académica.

—Sarah…

—Confía en él, Nicholas. Tendrás que interrogarlo a su regreso.

Llegó a la galería antes de que pudiera convencerla para que traicionara a mi hijo.

La escuché reír cuando le advertí que proteger información semejante podía perjudicar su estancia en la casa, aunque la amenaza perdió toda credibilidad al acompañarla con la propuesta de cenar media hora después.

También subí. El día en Londres había dejado en mi ropa el olor de las calles, los restaurantes y el auditorio lleno, de modo que me duché y cambié la camisa por un jersey fino y unos pantalones cómodos.

Al pasar frente al espejo, comprobé que el resultado no pareciera preparado con un interés excesivo; después me recriminé por analizarme con lupa.

Sarah bajó poco después. Se había puesto un pantalón ancho de punto y un jersey color crema cuyas mangas le cubrían parte de las manos.

Llevaba el cabello todavía húmedo, peinado hacia un lado, y carecía de cualquier rasgo que la relacionara con la mujer que dirigía tutorías o declaraba ante un consejo disciplinario.

Parecía más joven, cercana y peligrosamente cómoda dentro de mi casa.

—Anne ha dejado una nota en la cocina —le expliqué, procurando que el efecto de su aparición no se reflejara en mi voz—. Hay cena suficiente para alimentar a todos los asistentes del festival.

—¿Tenemos que calentarla o has previsto que el personal permanezca escondido hasta que lo necesitemos?

—Anne se marchó a primera hora de la tarde. Rose libra y Tabitha estará atormentando a su amiga durante la cena. Estamos solos.

La última precisión se deslizó dentro de la conversación con una relevancia que ambos advertimos. Sarah miró hacia la entrada, donde el abrigo de Rory ya no colgaba, y después me acompañó a la cocina.

Anne había preparado ternera guisada con vino tinto, un gratinado de patatas y verduras asadas, además de una tarta de peras que esperaba en el frigorífico.

Las instrucciones ocupaban una hoja completa y contenían varias advertencias destinadas a evitar que yo arruinara su trabajo.

—Aquí pone que no debes tocar la salsa hasta que empiece a hervir —leyó Sarah por encima de mi hombro—. Lo ha subrayado dos veces.

—Tiende a sobrevalorar las dificultades culinarias.

—También ha escrito: “Nicholas, no aumente la temperatura para terminar antes”.

Le quité la nota y abrí el horno. Sarah se encargó del gratinado mientras yo calentaba la carne, aunque intervino en cuanto me vio acercar una cuchara a la cazuela.

—Anne ha prohibido que la toques.

—Necesito comprobar el punto de sal.

—Tu nombre figura en una advertencia expresa. Me temo que careces de competencias.

—Es mi cocina.

—Eso no te concede inmunidad.

Terminamos preparando la cena entre bromas, disputándonos los utensilios y consultando unas instrucciones que Sarah aplicaba con el rigor de un texto legal.

Cuando todo estuvo listo, propuse utilizar el comedor pequeño, pero ella prefirió que cenáramos en la propia cocina.

Servimos los platos, abrimos una botella de vino y ocupamos dos asientos contiguos en la isla central, sin manteles, vajilla formal ni ninguna de las ceremonias que la casa parecía exigir a los invitados.

La informalidad modificó la conversación. Ya no estábamos en el internado, en un restaurante ni bajo la vigilancia divertida de Tabitha y Rory.

Sarah probó el guiso, declaró que Anne merecía un aumento y me preguntó si en todos los hoteles de la cadena cocinaban mejor que su propietario.

—Mi trabajo consiste en encontrar personas capaces de hacer cosas que yo no sé hacer —le expliqué—. Es una estrategia empresarial muy respetada.

—¿También se aplica a la vida doméstica?

—Sobre todo a la vida doméstica.

Hablamos de viajes mientras cenábamos. Sarah había recorrido parte de Europa durante los veranos universitarios, casi siempre con poco dinero, una mochila y la costumbre de elegir el destino según el precio del billete.

Recordaba una noche en una estación del norte de Italia, un hostal portugués donde compartió habitación con siete estudiantes y un recorrido en tren por varias ciudades centroeuropeas que terminó dos días después de lo previsto porque perdió una conexión.

—Nunca he viajado así —le confesé—. Eleanor planificaba cada alojamiento con meses de antelación.

—¿Nunca has llegado a una ciudad sin saber dónde vas a dormir?

—No.

—Te falta formación esencial.

—He dormido en aeropuertos.

—Por retrasos de trabajo y con acceso a una sala privada. No cuenta.

Me propuso que algún día viajara sin reserva y permitiera que una ciudad decidiera el itinerario. Rechacé la idea al principio, aunque terminé admitiendo que me gustaría recorrer varios lugares sin inspeccionar hoteles, asistir a reuniones ni calcular el rendimiento de una propiedad.

—¿Cuál sería el primero? —me preguntó.

Pensé en destinos que conocía por trabajo, en ciudades asociadas a inauguraciones y cenas con inversores. Elegí una región costera del norte de España que había visitado durante apenas unas horas y de la que conservaba el recuerdo de las montañas descendiendo hacia el mar.

—Alquilaría un coche y recorrería la costa sin una ruta cerrada.

—Acabas de incluir un coche de alquiler y una dirección general. Para ti, eso ya debe de ser una aventura salvaje.

—Podría reservar solo la primera noche.

—Empezamos a progresar.

Sarah quería regresar a algunas islas escocesas donde pasó un verano durante la universidad y soñaba con conocer varios países asiáticos, aunque no mediante viajes organizados que convirtieran cada jornada en una lista de monumentos.

Le interesaban los mercados, las bibliotecas pequeñas, los teatros locales y los barrios donde la vida no hubiera sido preparada para los visitantes.

—También me gustaría escribir —admitió cuando le pregunté qué proyecto mantenía aplazado—. No sé si una novela, un ensayo o algo que no encaje bien en ninguna categoría. Llevo años tomando notas y siempre encuentro un motivo para no empezar.

—Obligas a tus alumnos a entregar sus trabajos.

—Esa es una de las ventajas de ser profesora: puedo imponer a otros la disciplina de la que carezco.

—Deberías fijarte una fecha.

—¿Vas a ejercer de tutor?

—Tengo experiencia consiguiendo que las personas cumplan plazos.

—Mediante amenazas, según Rory.

—Las amenazas son un recurso de última instancia.

La conversación pasó a mis propios proyectos. Al margen de la gran operación que me traía de cabeza, le hablé de un edificio costero que adquirí un par de años atrás y que pretendía convertir en un hotel pequeño, alejado del lujo ostentoso de algunos establecimientos de la cadena.

Quería conservar su estructura original, trabajar con artesanos de la zona y crear un lugar al que los huéspedes acudieran para descansar, no para ser vistos.