Capítulo 16
Me desperté poco después de las siete, tras haber dormido menos de cinco horas y bastante mejor que durante cualquiera de las noches anteriores.
La última canción que Sarah y yo escuchamos continuaba rondándome la cabeza mientras me vestía; también recordaba sus dedos sobre la portada del disco, la cercanía que ninguno se apresuró a interrumpir y aquella confesión sencilla antes de subir: se alegraba de haber venido.
Bajé a la cocina esperando encontrarla vacía. Anne no llegaría hasta las ocho y Rose libraba aquel fin de semana, pero alguien había puesto café y abierto varios armarios en busca de algo que, por el estrépito, ofrecía bastante resistencia.
Encontré a Sarah subida a uno de los escalones plegables que se guardaban junto a la despensa.
Llevaba vaqueros, una camisa azul y el cabello recogido a lo loco para evitar que le cayera sobre la cara.
En una mano sostenía un paquete de café; con la otra intentaba alcanzar unas tazas situadas en el estante superior.
—Podrías haberme despertado —le comenté mientras me acercaba para bajar las tazas—. La cocina contiene más mecanismos de seguridad que algunos de los hoteles.
—Ya he descubierto uno. El armario del azúcar se ha resistido durante cinco minutos.
—Ese armario solo tiene un tirador.
—Uno muy hostil.
Le entregué una taza y comprobé que había preparado café suficiente para varias personas.
Sarah admitió que se despertó temprano y no quiso permanecer en la habitación esperando a que empezara el día.
La casa todavía le resultaba demasiado nueva para moverse sin vacilar ante cada puerta, aunque había conseguido llegar a la cocina sin terminar en la piscina interior ni fundar la civilización que Rory había pronosticado.
—¿Dormiste bien? —le pregunté.
—Muy bien. La habitación es preciosa y la cama podría absorber a una persona durante varios días. ¿Y tú?
—Dormí poco, pero no por culpa de la cama.
Sarah demoró un instante la respuesta, con la taza detenida cerca de los labios. La alusión a nuestra conversación nocturna había quedado expuesta con más claridad de la que pretendía, aunque su sonrisa impidió que intentara corregirla.
—Quizás escogimos demasiados discos.
—Escogimos exactamente los necesarios.
Rory irrumpió en la cocina antes de que la conversación avanzara por un terreno menos seguro.
Vestía una sudadera oscura, llevaba el cabello húmedo y consultaba el programa del festival en el teléfono mientras caminaba.
Nos descubrió juntos frente a la cafetera y alternó la atención entre ambos con un interés que no procuró disimular.
—Habéis madrugado.
—Tú también —le recordé.
—Tengo una razón. A las diez y media empieza el encuentro con el autor y debemos estar allí antes de las diez. —Abrió el frigorífico, examinó su contenido y regresó a nosotros con una botella de zumo—. ¿Lleváis mucho tiempo aquí?
—El suficiente para que Sarah declare la guerra al armario del azúcar.
—Lo sabía. Tiene un cierre magnético.
Sarah me miró con incredulidad.
—Me has dejado luchar contra él y no has mencionado ese detalle.
—Quería conocer el resultado.
Rory soltó una carcajada y se sirvió zumo.
La sospecha con la que había entrado se disolvió al empezar a explicarnos el programa: después del encuentro con el escritor visitaríamos la exposición sobre adaptaciones literarias, almorzaríamos en la zona del festival y asistiríamos a una lectura dramatizada a media tarde.
Había calculado incluso el tiempo necesario para recorrer las librerías temporales, aunque su planificación no incluía a Tabitha, cuya relación con los horarios solía consistir en ignorarlos.
Mi cuñada llegó diez minutos antes de la hora acordada, una anomalía que atribuí a su deseo de controlar la jornada desde el principio. Entró con una bolsa pequeña cruzada sobre el cuerpo y unas zapatillas que parecían preparadas para recorrer Londres de extremo a extremo.
—Espero que tengáis comida —anunció desde la puerta—. He salido de casa sin desayunar para no retrasaros y exijo que se reconozca mi sacrificio.
—Has llegado temprano una vez en quince años —le respondí—. No encargaremos una placa conmemorativa.
Sarah apareció desde la mesa con una tostada y se la ofreció. Tabitha la aceptó, me dedicó una mirada triunfal y se inclinó hacia mí mientras mi invitada regresaba a por otra.
—Tu futura esposa ya me trata mejor que tú.
—Anoche era la futura madrastra de Rory.
—Puede desempeñar ambos cargos. No son incompatibles.
La aparté antes de que Sarah volviera y le advertí que cualquier comentario parecido la condenaría a quedarse en el porche.
Tabitha consideró la amenaza, observó el cielo cubierto a través de la entrada y prometió comportarse.
Caleb nos esperaba a las nueve. Rory ocupó el asiento delantero para explicarle la ruta, aunque el navegador ya mostraba el Southbank Centre como destino. Sarah y Tabitha se acomodaron detrás, dejándome entre ambas, una disposición que mi cuñada pareció encontrar particularmente entretenida.
Durante el trayecto, Rory sometió a Sarah a un cuestionario sobre las novelas de su escritor favorito.
Cada respuesta correcta provocaba una protesta porque, según él, los profesores de literatura poseían ventajas ilegítimas en cualquier competición relacionada con libros.
Tabitha intervino para defender que leer las obras antes de acudir a un encuentro con el autor constituía una forma de trampa; cuando Sarah le preguntó cuántas había leído, reconoció que ninguna, aunque había visto dos adaptaciones cinematográficas y se consideraba capacitada para juzgar el conjunto.
El tráfico se volvió más lento al acercarnos al río. Caleb nos dejó en una zona próxima al recinto y acordó recogernos a las seis.
El festival ocupaba varios espacios del centro cultural y se extendía hacia el exterior mediante puestos de libros, escenarios pequeños y paneles dedicados a autores de distintas épocas. El aire olía a café, papel nuevo y comida procedente de los puestos instalados junto al paseo.
Rory avanzaba unos metros por delante, deteniéndose cada vez que algo reclamaba su atención.
Sarah lo seguía con el programa doblado en una mano y compartía su entusiasmo sin adoptar el tono didáctico que utilizaba en el internado.
Los vi discutir frente a una instalación sobre la construcción de personajes y comprendí por qué mi hijo había terminado confiando en ella pese a la convicción inicial de que le tenía manía: Sarah no rebajaba una conversación para adaptarla a sus alumnos, sino que los obligaba a elevarse hasta alcanzarla.
—Deja de observarlos con expresión satisfecha —me aconsejó Tabitha por lo bajo—. Pareces un hombre contemplando el catálogo de su futura familia.
—Has prometido comportarte.
—No iba en serio.
El encuentro se celebró en un auditorio casi completo. Rory había conseguido asientos en una de las primeras filas y ocupó el extremo más próximo al pasillo para llegar al micrófono durante las preguntas. Sarah se sentó a su lado; yo quedé junto a ella y Tabitha cerró la fila.
El escritor habló sobre su última novela, el uso de la memoria en las historias de espionaje y la dificultad de construir una sorpresa sin engañar al lector.
Rory escuchó con una atención que no siempre dedicaba a las clases y tomó varias notas en el reverso del programa. Sarah también escribió algo, aunque me mostró la frase al advertir que intentaba leerla: “Cinco minutos y todavía no ha explicado por qué sus mujeres pierden el juicio al enamorarse”.
La pregunta llegó al final. Rory levantó la mano, consiguió que le acercaran el micrófono y formuló la crítica con una educación que no ocultaba su propósito.
El autor se rio, admitió que había recibido observaciones parecidas y prometió que la protagonista de su siguiente libro conservaría el sentido común incluso en presencia de un hombre atractivo.
—No le creo —me susurró Sarah mientras el público aplaudía—, pero ha sobrevivido con dignidad.
En el vestíbulo se formó una cola para la firma de libros.
Rory compró un ejemplar para Leo, quien también tenía previsto acudir con su familia y un contratiempo hizo que cancelaran.
Le pidió al autor que incluyera una dedicatoria relacionada con las segundas oportunidades, aunque se negó a explicarle el motivo.
Para sí mismo eligió la última novela y permitió que Sarah añadiera, bajo la firma, una nota recordándole que debía entregar el trabajo pendiente antes del lunes.
—Eso reduce muchísimo el valor del ejemplar —protestó.
—Al contrario. Mi anotación lo convierte en una pieza única.
Tabitha adquirió el primer libro de la saga y anunció que lo leería para comprobar si habían exagerado los defectos. Después localizó una novela romántica en otro puesto y la depositó en mis manos.
—Esta te conviene más.
—¿Cuánto has pagado por esto?
—El entretenimiento no tiene precio.
Sarah se acercó antes de que pudiera esconder el libro. Leyó parte del resumen, levantó los ojos hacia mí y después buscó a Tabitha, que ya se alejaba con Rory hacia otro puesto.
—¿Tu cuñada intenta enviarte algún mensaje?
—Lleva haciéndolo desde hace años.
Sarah me devolvió la novela, entre risas. La guardé en la bolsa con los demás libros, aunque estaba decidido a abandonarla en el primer lugar donde mi cuñada no pudiera recuperarla.
Almorzamos en uno de los restaurantes del complejo. Rory pasó buena parte de la comida leyendo la dedicatoria destinada a Leo y negando que quisiera escribir alguna vez, pese a que Sarah aseguró que sus análisis contenían demasiadas opiniones para pertenecer a alguien sin aspiraciones literarias.
Tabitha lo animó a publicar unas memorias familiares en cuanto yo muriera, de forma que evitáramos demandas por difamación.
—Mi padre piensa vivir hasta los ciento veinte —respondió Rory—. Para entonces, nadie recordará a los afectados.
—Puedo proporcionarte información para un primer volumen —se ofreció ella—. Empezaremos por su adolescencia.
—No habrá primer volumen —sentencié—. Y tú firmaste un acuerdo de confidencialidad cuando entraste en la empresa.
—Ese acuerdo no incluía tus asuntos personales.
Sarah bebió agua para ocultar la risa. La conversación siguió con historias de la oficina, la primera vez que Rory visitó uno de los hoteles y el día en que Eleanor lo perdió durante veinte minutos en un congreso porque el niño decidió seguir a un camarero que transportaba una bandeja de pasteles.
Nunca estuvo en peligro: lo encontraron sentado en la cocina, rodeado de empleados y comiendo fresas.
—Mamá sostuvo hasta el final que había sido culpa del hotel —recordó—. Dijo que un establecimiento de lujo debía disponer de mejores sistemas para localizar niños hambrientos.
—Tu madre podía defender cualquier teoría si la formulaba con suficiente seguridad —admití.
Sarah escuchó aquellas historias con el mismo interés de la noche anterior. Su presencia no desplazaba a Eleanor ni convertía los recuerdos en algo que debiera esconderse; por el contrario, permitía que Rory y yo habláramos de ella sin esa tristeza que a veces nos obligaba a cambiar de tema.
La exposición ocupaba dos plantas y proponía un recorrido por distintas adaptaciones de novelas al teatro, el cine y la radio.
Había guiones anotados, diseños de vestuario, maquetas de escenarios y varias cabinas donde podían compararse escenas construidas a partir de un mismo texto.
Rory y Sarah se detuvieron ante cada versión para discutir qué cambios respetaban la obra y cuáles destruían su sentido.
En una zona interactiva nos invitaron a representar un fragmento breve. Tabitha eligió el papel de una reina que descubría la traición de su consejero y me asignó al traidor sin someterlo a votación.
Sarah ejerció de narradora; Rory, encargado de los efectos sonoros, convirtió una escena trágica en una persecución acompañada por truenos, campanas y el ruido de un caballo que no figuraba en el texto.
—La obra necesitaba más acción —argumentó cuando terminamos.
—La escena transcurría en un dormitorio —le recordó Sarah.
—Eso demuestra la falta de ambición del autor.
La lectura dramatizada comenzó a las cuatro. Cuatro intérpretes representaron una selección de textos sobre Londres, enlazados mediante música y proyecciones de distintas épocas de la ciudad. Sarah permaneció absorta durante toda la función.
En un momento determinado, buscó mi brazo para advertirme que uno de los fragmentos pertenecía a una novela que habíamos comentado la noche anterior; mantuvo la mano allí unos segundos más de los necesarios, y aquella presión breve me interesó bastante más que el cambio de escenario.
Al salir, la tarde empezaba a oscurecer y el paseo junto al río estaba lleno.
Compramos café y recorrimos varios puestos antes de que Caleb viniera a buscarnos.
Tabitha anunció que no regresaría a casa con nosotros porque había quedado para cenar con una amiga; su decisión no me sorprendió, aunque la forma en que miró a Sarah antes de comunicarla reveló que consideraba cumplida su misión.
—Intentad no hacer nada que yo no haría —nos recomendó al despedirse.
—Esa prohibición eliminaría muy pocas conductas —le respondí.
Abrazó a Rory, se despidió de Sarah con la promesa de verla al día siguiente y me indicó por lo bajo que la vida es el aquí y el ahora. Después subió a un taxi, sin concederme la oportunidad de recordarle que aquella falta de delicadeza anulaba cualquier consejo sensato que pudiera haber incluido.
Caleb llegó pocos minutos más tarde. Los tres ocupamos la parte trasera porque Rory rechazó sentarse delante y perderse la discusión sobre la lectura.
Durante el trayecto siguió defendiendo sus efectos sonoros, mientras Sarah intentaba demostrarle que una adaptación no mejoraba por añadir caballos a escenas interiores.
Llegamos a casa cerca de las ocho. Anne había dejado la cena preparada y una nota con las instrucciones para calentarla. Entramos cargados de libros, programas y bolsas; Basil acudió a recibirnos con una atención exclusiva hacia cualquier paquete que pudiera contener comida.
Rory dejó sus compras sobre la mesa del vestíbulo y consultó el teléfono. Leyó un mensaje, escribió una respuesta y guardó el aparato antes de quitarse siquiera el abrigo. La vacilación con la que se volvió hacia mí despertó mis sospechas.
—Papá, antes de cenar quería preguntarte una cosa.
—Esa introducción nunca ha traído nada bueno.
Sarah se detuvo junto a la escalera, con su bolsa de libros entre las manos. Rory respiró hondo y adoptó una expresión de inocencia que conocía desde que aprendió a hablar.
—Unos amigos están en Londres esta noche y me han invitado a salir con ellos durante unas horas. ¿Me das permiso?
Vacilé unos segundos, aunque enseguida entendía que, después de todo lo sucedido, también él necesitaba un poco de aire fresco en su vida.