Mi tentación más inoportuna Capítulo 15 #2
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Capítulo 15 #2

—Quizás es una persona educada.

—Quizás tú eres un cobarde.

Abandonó la butaca antes de que pudiera contestar y abrió la puerta, convencida de haber ganado una discusión que nunca debí permitirle iniciar.

La cena confirmó que Sarah encajaba en nuestra mesa con una facilidad sorprendente.

Anne había preparado pescado, verduras asadas y una tarta de manzana que Rory exigió probar pese a los dulces de la tarde.

Hablamos del internado, de los planes universitarios y del primer trabajo de Sarah, en una escuela donde debía compartir aula con una tubería que golpeaba la pared cada vez que encendían la calefacción.

Rory se mostró más comunicativo que en semanas.

Le contó historias de Eleanor, explicó que su madre podía convertir cualquier trayecto en una excursión y confesó que fue ella quien le enseñó a leer escondidos bajo la mesa del comedor, porque a los cuatro años había decidido que las letras solo resultaban interesantes dentro de una fortaleza construida con manteles.

—Habría disfrutado mucho este fin de semana —comentó Sarah.

—Sí —confirmé—. Y probablemente habría organizado la mitad del festival antes de que llegáramos.

La referencia a Eleanor no alteró la velada ni impuso esa prudencia con la que otras personas pronunciaban su nombre.

Sarah escuchó, preguntó y permitió que estuviera presente en la conversación sin convertir su ausencia en el centro de la mesa. Lo agradecí más de lo que habría podido expresarle.

Tabitha se marchó cerca de las diez. Besó a Rory, abrazó a Sarah y me aconsejó por lo bajo que no estropeara una noche prometedora hablando de presupuestos. Cuando cerré la puerta tras ella, la casa recuperó un sosiego al que llevaba horas sin prestar atención.

Rory anunció que se acostaba porque Caleb llegaría temprano. Antes de subir, tomó dos porciones de tarta y aseguró que una era para desayunar. Le indiqué que no comiera en la cama; aceptó la orden con tanta docilidad que supe que pensaba ignorarla.

Sarah y yo quedamos solos en el salón. Había dejado los zapatos junto a una butaca y recogido las piernas bajo el vestido sencillo que se había puesto para cenar. Tenía un libro abierto, aunque lo cerró cuando me acerqué.

—¿Te apetece tomar una copa? —le propuse—. El guía turístico se ha retirado y Tabitha ya no puede difundir rumores sobre nosotros. Al menos, hasta mañana.

—En ese caso, deberíamos aprovechar este periodo de libertad.

Fuimos a la sala de música en lugar de al estudio. Serví whisky para mí y un licor de hierbas para ella, después de ofrecerle varias opciones que descartó con una seguridad nacida de la experiencia.

Sarah recorrió los estantes donde se conservaba la colección de discos y extrajo uno cuya portada reconocí antes de que pudiera leerla.

—No esperaba encontrar rock progresivo de los setenta en esta casa —admitió—. Te imaginaba escuchando música clásica mientras revisabas informes.

—También escucho clásica, pero los informes financieros mejoran cuando duran menos que una pieza de veinte minutos con tres solos instrumentales.

Seleccionó otro disco, esta vez de folk británico, y me preguntó si la colección pertenecía a Eleanor. Le expliqué que buena parte era mía; mi mujer prefería el soul y se burlaba de aquellas composiciones que necesitaban cambios de compás para contar una historia sencilla.

—Me gusta el soul —comentó Sarah—, pero también el folk antiguo, el rock sinfónico y ese jazz oscuro que parece escrito para ciudades después de medianoche.

La última coincidencia me sorprendió. Pocas personas soportaban aquel estilo durante más de dos canciones, y todavía menos entendían el atractivo de sus ritmos pausados, los metales graves y los pianos que parecían conversar desde extremos distintos de una habitación.

—Tengo algo que debes escuchar.

Busqué un disco en uno de los estantes inferiores y lo coloqué en el equipo. La primera pieza comenzó con una línea de contrabajo, seguida por una percusión discreta y un saxofón que avanzaba sin prisa.

Sarah se sentó en la alfombra junto a la mesa baja, con la copa entre las manos, y reconoció el estilo antes de que entrara el piano.

—Esto es maravilloso —murmuró—. ¿Cómo no conocía esta grabación?

—Porque pasas demasiado tiempo enseñando a adolescentes que una novela contiene algo más que persecuciones.

—Rory te ha contado esa discusión.

—Rory cuenta todas las discusiones en las que cree haber ganado.

Me senté a poca distancia y hablamos de música mientras el disco seguía girando.

Descubrimos que ambos preferíamos las voces ásperas a las demasiado perfectas, los arreglos de cuerda que no intentaban manipular cada emoción y las canciones capaces de desarrollarse durante ocho minutos sin repetirse.

También compartíamos una debilidad por el blues eléctrico, aunque Sarah defendía las grabaciones en directo y yo prefería los estudios donde cada instrumento encontraba su lugar.

La conversación se alejó después de la música.

Me habló de su infancia, de un padre que reparaba radios y llenaba la casa de aparatos abiertos, y de las tardes en las que elegían emisoras extranjeras para adivinar el país antes de escuchar el idioma.

Le conté que Eleanor y yo habíamos comprado el tocadiscos durante nuestro primer año de matrimonio y que Rory, con apenas dos años, consiguió estropear una aguja intentando averiguar de dónde salía la voz.

La medianoche nos encontró todavía en el suelo, con las copas casi intactas y varios discos fuera de sus fundas.

Sarah se inclinó para escoger el siguiente al mismo tiempo que yo y nuestros dedos coincidieron sobre el borde de una portada. Ninguno retiró la mano enseguida.

La proximidad me permitió apreciar unas pequeñas pecas junto a su nariz que nunca había distinguido en el internado y la curva de una sonrisa que ya no tenía nada de profesional.

—Deberíamos dormir —murmuró—. Mañana Rory nos acusará de sabotear el festival si llegamos tarde.

—Rory nos acusará de algo independientemente de la hora.

Sarah retiró la mano y se levantó, aunque aceptó que pusiera una última canción.

Me decanté por una pieza de folk de instrumentación escasa, una de esas melodías antiguas que parecían conservar las historias de varias generaciones.

Permanecimos de pie junto al tocadiscos mientras sonaba, sin apresurarnos hacia la puerta ni buscar otra conversación que prolongara la noche de manera artificial.

Cuando terminó, la acompañé hasta la escalera. Sarah se detuvo en el primer peldaño y volvió la cabeza hacia mí.

—Me alegro de haber venido, Nicholas.

—Yo también.

Subió después de desearme buenas noches. Seguí sus pasos hasta que desapareció en la galería y regresé a la sala de música para guardar los discos, aunque terminé seleccionando de nuevo la última canción.

La casa había recuperado una música que llevaba demasiado tiempo sin escuchar.