Mi tentación más inoportuna Capítulo 15
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Capítulo 15

Salí de la oficina antes de las seis, después de una semana en la que marcharme a esa hora llegó a parecer un privilegio reservado a quienes no dirigían una cadena hotelera.

Celia insistió en que podía encargarse de las últimas llamadas y Tabitha abandonó su despacho al mismo tiempo que yo, cargada con la caja de dulces que había encargado para Rory y una bolsa adicional cuyo contenido se negó a revelar.

—¿Por qué vienes a casa? —le pregunté con sorna mientras esperábamos el ascensor.

Sin duda que ella siempre tenía las puertas abiertas; la casa que fue de su hermana, también era su casa.

—Porque alguien tendrá que recibir a vuestra invitada con educación. Tú llevas toda la semana comportándote de una forma extraña y no confío en que recuerdes cómo se mantiene una conversación con una mujer.

—No me comporto de una forma extraña.

Tabitha apretó el botón de la planta baja y contempló mi camisa sin corbata, la chaqueta informal que había llevado aquella mañana y el hecho, difícil de negar, de que acabara de consultar la hora por tercera vez en menos de dos minutos.

—Claro que no. También imagino que has conseguido las acreditaciones del domingo por compromiso con la educación de Rory.

—Le interesan los archivos teatrales.

—Y a Sarah.

Las puertas del ascensor se abrieron antes de que pudiera responder. Mi cuñada salió con la caja entre los brazos y una sonrisa que anunciaba un fin de semana agotador, aunque no precisamente por el programa del festival.

Llegamos a casa al poco. Anne había preparado la habitación de invitados situada al final del corredor este, una estancia amplia que daba al jardín trasero y quedaba lo bastante alejada de la mía para que nadie pudiera atribuirme intenciones que todavía no había ordenado.

Revisé que todo cuanto Sarah pudiera necesitar; después regresé al vestíbulo, donde Tabitha ya había abierto la caja de dulces y discutía con Rose sobre cómo distribuirlos en una fuente.

—Eran para Rory —le recordé al descubrir que faltaban dos.

—He comprobado que no estuvieran envenenados —se defendió—. Puedes agradecerme el sacrificio cuando quieras.

El sonido de un coche sobre la grava interrumpió nuestra disputa.

No llegué a acercarme a la puerta antes de que Rory entrara con una mochila al hombro y una maleta pequeña arrastrándose detrás de él.

Saludó a Rose desde el umbral, localizó la fuente de dulces sobre la consola y dejó el equipaje abandonado en mitad del paso.

—Sabía que tía Tabitha no fallaría.

—Tu padre pretendía comprarte una triste caja de galletas —inventó ella—. He tenido que intervenir.

Sarah apareció detrás de mi hijo mientras Caleb sacaba una segunda maleta del coche. Llevaba un abrigo color burdeos, vaqueros y un jersey claro que le concedían un aspecto muy distinto al de la profesora que recorría St. Bartholomew con una carpeta pegada al cuerpo.

El cabello le caía suelto sobre los hombros y sujetaba una bolsa de lona en la que asomaban dos libros, prueba de que pensaba cumplir la amenaza de trabajar durante el fin de semana.

—Espero no haber traído demasiadas cosas —me comentó después de saludarme—. Rory asegura que necesitaremos tres cambios de ropa y calzado apto para una expedición.

—Mi padre convierte cualquier salida en una operación militar —se justificó él—. Prefiero estar preparado.

—Amenazas con utilizar más ropa que en un trimestre entero en el internado.

—Allí llevo uniforme. La tiranía de la moda resulta menos exigente.

Caleb dejó el equipaje dentro y se marchó después de confirmar la hora a la que debía venir a buscarnos por la mañana.

Sarah avanzó unos pasos hacia el vestíbulo, pero el techo elevado y la escalera doble consiguieron detenerla antes de que se quitara el abrigo. Recorrió con la vista las galerías superiores, el suelo de mármol claro y las puertas abiertas hacia el salón, desde donde se distinguía parte del jardín.

—Rory me había explicado que la casa era grande —admitió—, pero creo que ha omitido varios detalles.

—Intenté prepararla —protestó mi hijo—. Le dije que había habitaciones en las que papá no entra desde hace años.

—Eso no constituye una descripción arquitectónica.

—Es una advertencia. Podrías perderte y fundar una nueva civilización antes de que te encontráramos.

La expresión de asombro de Sarah me hizo contemplar la casa desde una perspectiva que había olvidado.

En cuanto a Basil, se acercó, la olisqueó y su gesto de total conformidad nos indicó que la profesora le había encantado.

—Ven, te la enseñaré —se ofreció Rory con un entusiasmo que no utilizaba desde que tenía doce años—. Empezaremos por el salón y después iremos a la piscina. La interior, porque también hay una exterior.

—No necesitas enseñarle todas las habitaciones de golpe —le advertí.

—Solo las importantes. También tiene que conocer la biblioteca, la sala de cine y el lugar donde papá esconde el whisky caro.

Sarah dejó escapar una carcajada y permitió que se llevara su bolsa. Comenzó así una visita durante la que Rory atribuyó la decoración acertada a su madre y cualquier elemento sobrio a mis decisiones posteriores.

Le mostró el salón principal, el comedor, el estudio y una sala de música que llevábamos varios años utilizando menos de lo que merecía.

Sarah se interesó por el piano de Eleanor y pasó los dedos por la tapa cerrada, aunque no formuló ninguna pregunta al advertir que Rory había perdido parte de su alegría.

Mi hijo se recuperó al llegar a la biblioteca. Abrió las puertas con la solemnidad de quien presentaba la mejor estancia de la casa y aguardó la reacción de su profesora.

Los estantes ocupaban dos paredes completas, una escalera corredera permitía alcanzar los volúmenes superiores y varias butacas rodeaban una mesa baja cubierta por los libros que había dejado durante su última visita.

—Esto debería figurar en el anuncio de la plaza —comentó Sarah mientras se acercaba a los estantes—. “Profesora de literatura: alojamiento ocasional con acceso a biblioteca privada”.

—No le des ideas —intervine—. Rory ya se considera propietario de todos los libros.

—Los libros pertenecen a quien los lee. Tú utilizas esta habitación para beber.

Tabitha caminaba a mi lado y esperó a que Rory condujera a Sarah hacia una primera edición protegida por cristal. Después se inclinó lo suficiente para que solo yo pudiera oírla.

—A tu hijo le encanta su futura madrastra.

Casi tropecé con la esquina de una butaca.

—No vuelvas a llamarla así.

—¿Delante de él o delante de ella?

—Delante de nadie.

Mi cuñada examinó a Sarah, que atendía a una explicación de Rory sobre el sistema de catalogación que jamás se había molestado en respetar.

—De acuerdo. Guardaré el término hasta el desayuno.

Le indiqué la puerta con una cortesía que habría resultado convincente si no hubiera pronunciado una amenaza entre dientes. Tabitha se alejó riéndose y se unió a la visita antes de que pudiera expulsarla de una casa a la que entraba sin permiso desde siempre.

La piscina interior provocó en Sarah una reacción parecida. El espacio ocupaba una extensión construida en la parte trasera, con amplios paneles de cristal orientados hacia el jardín y un techo de madera que evitaba la apariencia impersonal de los centros deportivos.

Rory le explicó que yo nadaba de madrugada cuando no podía dormir y mencionó mi costumbre de recorrer un número de largos que variaba según el tamaño del problema que intentaba resolver.

—¿Y funciona? —me preguntó Sarah.

—Los problemas continúan al salir, pero al menos estoy demasiado cansado para discutir con ellos.

—No siempre —la corrigió Tabitha—. Algunas mañanas llega a la oficina con energía suficiente para discutir también con las personas.

La visita terminó en la habitación de Sarah. Rose había colocado flores frescas sobre una cómoda y dejado abierta la puerta del vestidor, cuyo tamaño provocó otra observación de Rory sobre la posibilidad de establecer allí un apartamento independiente.

Sarah depositó la bolsa sobre la cama y se volvió hacia mí con una gratitud que consiguió que todos los preparativos me parecieran insuficientes.

—Es preciosa. Gracias por invitarme, Nicholas.

—Agradece a Tabitha la invitación. Se apoderó de mi casa antes de consultarme.

—Y él tardó unos tres segundos en confirmar que quería que vinieras —añadió mi cuñada—. Dos y medio, si descontamos el tiempo que necesitó para disimular la alegría.

Rory soltó una risa y Sarah miró hacia el jardín, aunque no con la rapidez suficiente para ocultar su sonrisa.

Decidí poner fin a la visita antes de que Tabitha compartiera otros datos obtenidos mediante su peculiar interpretación de la intimidad.

Rose preparó té, café y chocolate para Rory, y distribuyó los dulces que habían sobrevivido a la inspección de Tabitha.

La conversación giró alrededor del programa del día siguiente. Sarah y mi hijo discutieron qué actividades merecían prioridad, mientras mi cuñada defendía que nadie debería madrugar un sábado para escuchar a un escritor explicar durante una hora cómo escribía.

—Trabajas con personas que pasan dos horas explicando un balance —le recordé.

—Por eso protejo mis fines de semana.

Rory le ofreció uno de los pasteles para comprar su cooperación y consiguió que le sonriera a baba caída. Sentía pasión por su sobrino.

Después, Sarah y Rory elaboraron una lista de preguntas que pensaban formularle al escritor, aunque varias pretendían averiguar por qué sus protagonistas femeninas perdían el sentido común en cuanto aparecía un hombre atractivo.

La merienda se prolongó hasta que Anne advirtió que la cena estaría lista en menos de dos horas.

Sarah subió para instalarse, Rory desapareció con la excusa de deshacer su maleta y Tabitha me acompañó al estudio. Cerró la puerta y se acomodó en una de las butacas con la expresión satisfecha de quien se atribuía el éxito de la tarde.

—Le gustas —sentenció.

—Lleva dos horas en casa y la has interrogado más que el consejo disciplinario.

—No necesito interrogar a nadie. Ha sonreído siete veces cuando hablabas, incluso cuando no eras gracioso.