Capítulo 14
La semana se convirtió en una sucesión de reuniones, informes y llamadas que apenas me concedieron tiempo para pensar en el viernes.
Brighton continuaba exigiendo atención: el falso techo ya había sido retirado, la aseguradora discutía el alcance de varias indemnizaciones y el consejo quería conocer cada fallo cometido desde la perforación de la tubería hasta el momento en que el supervisor decidió mantener abierto el comedor.
Aquel no era el único frente. Los Pembroke habían introducido modificaciones en el acuerdo de financiación, Owen reclamaba una decisión sobre la reforma del hotel de Edimburgo y Graham convocó dos reuniones extraordinarias para revisar los resultados del trimestre.
Celia y yo trabajamos hasta pasadas las ocho durante tres días consecutivos; el jueves, incluso cenamos en mi despacho mientras comparábamos presupuestos que parecían elaborados por empresas convencidas de que los Miller imprimíamos dinero en el sótano.
—Si vuelves a leer esa cifra con el ceño fruncido, no va a disminuir —me advirtió Celia desde el otro lado de la mesa.
—Pretendo intimidarla.
—Son doce millones de libras. Creo que puede permitirse ignorarte.
Alcé el informe y corregí una de las partidas. Habíamos pasado tantas horas juntos que Celia anticipaba cuándo necesitaba un documento antes de que se lo pidiera, apartaba las llamadas que podían esperar y aparecía con café cada vez que mi paciencia amenazaba con perjudicar una negociación.
Su ayuda resultó indispensable, aunque mi cabeza escapaba del trabajo en cuanto se producía una pausa.
Pensaba en el Festival de Literatura, en el programa que Rory me había enviado tres veces y, con una frecuencia que prefería no analizar, en la llegada de Sarah. Caleb los recogería el viernes después de las clases.
Había ordenado preparar uno de los dormitorios de invitados y revisé personalmente que las entradas continuaran guardadas en el cajón de mi escritorio.
También consulté el programa completo del festival. El sábado incluía la presentación del autor del que mi hijo era fan, una lectura dramatizada y un debate sobre las adaptaciones contemporáneas de Shakespeare.
El domingo había una visita a los archivos teatrales que Sarah mencionó durante la jornada familiar, pero para la que las plazas estaban agotadas. Hice dos llamadas y conseguí cuatro acreditaciones antes de recordar que aquella excursión debía interesarme principalmente por Rory.
El viernes por la mañana llegué a la oficina más temprano de lo habitual.
Había elegido una camisa que no necesitaba corbata para la cena y dejado instrucciones a Anne sobre la hora prevista de llegada.
No esperaba recibirlos hasta cerca de las siete, pero miré el reloj a las nueve y cuarto con la impaciencia de quien temía que la tarde pudiera retrasarse por negligencia del calendario.
Celia entró poco después con la agenda abierta y una lista de asuntos que debíamos cerrar antes del fin de semana.
—Graham quiere la versión definitiva del informe de Brighton antes de las cuatro —me explicó, mientras colocaba varios documentos para que los firmara—. Owen ha confirmado la videollamada de las once y los Pembroke aceptarán reunirse el lunes si reciben hoy nuestras observaciones.
—Terminaremos antes de las seis.
La seguridad de mi respuesta la hizo levantar la vista.
—Llevas toda la semana trabajando hasta tarde y hoy pretendes marcharte antes de que anochezca. ¿Debo llamar a un médico?
—Tengo planes.
—Eso explica la camisa.
Consulté mi ropa y descubrí que también había prescindido de la chaqueta. Celia sonrió antes de sentarse, aunque no preguntó qué pensaba hacer.
Revisamos las modificaciones de los Pembroke durante casi una hora y conseguimos enviar nuestra respuesta antes de la videollamada con Owen.
Cuando esta terminó, ya habíamos resuelto buena parte de las tareas y ella parecía compartir mi empeño por liberar la tarde.
Fue durante una pausa, mientras esperábamos que Graham regresara de otra reunión, cuando mencionó el sábado.
—Podríamos organizar algo informal mañana —me propuso—. Graham lleva semanas diciendo que deberíamos vernos fuera de la oficina, y Owen se quedará en Londres. Podríamos invitar también a los demás, reservar un comedor privado y olvidarnos de los hoteles durante unas horas.
En cualquier otro fin de semana, la idea me habría parecido conveniente. Las últimas semanas habían castigado al equipo y una reunión sin informes ni abogados podía aliviar la presión; sin embargo, el sábado ya estaba ocupado desde el desayuno hasta la noche.
—Es imposible. Tenemos un plan familiar.
Celia dejó el bolígrafo sobre la agenda. El pequeño intervalo que siguió me llevó a pensar que repasaba nuestros compromisos, aunque no había ningún acto familiar anotado en el calendario.
—No sabía que Rory volvía este fin de semana.
—Vendrá esta tarde. Iremos al Festival de Literatura de Londres y tenemos varias actividades previstas.
Asintió y recuperó el bolígrafo.
—Entonces podemos dejarlo para otro sábado.
No añadió preguntas ni mostró molestia por haber trabajado conmigo hasta tarde durante toda la semana sin que mencionara el plan.
Yo tampoco encontré necesario ampliar la explicación.
Sarah acudiría como profesora de Rory y se alojaría en casa porque la alternativa consistía en regresar al internado después del festival; no había nada extraordinario en aquello, aunque llevaba seis días esperando su llegada.
La puerta se abrió antes de que Graham apareciera. Tabitha entró sin llamar.
—He traído los pasteles que Rory pidió —me informó—. Si los dejaba en casa, Rose sería capaz de servirlos esta tarde y fingir que los había preparado ella.
—Rose no necesita atribuirse tus desastres culinarios.
—Los he comprado, criatura desagradable. —Se volvió hacia Celia y la saludó con una sonrisa—. ¿Te ha contado que este fin de semana ejercerá de anfitrión?
Celia miró primero a mi cuñada y después a mí.
—Ha mencionado un plan familiar.
—Rory ha organizado medio Londres. Festival, teatro, archivos y no sé cuántas cosas más. Aunque sospecho que mi cuñado solo recuerda que Sarah pasará el fin de semana en su casa.
El nombre quedó expuesto con la naturalidad con la que Tabitha habría comentado la previsión meteorológica. Celia mantuvo los dedos alrededor del bolígrafo y sus cejas se elevaron apenas unos milímetros.
—¿La señorita Fletcher se alojará contigo?
—Sí. Caleb la recogerá esta tarde junto a Rory.
—Eso no me lo habías contado.
Su sorpresa me hizo reír. No comprendía por qué debía haber incluido a Sarah en el resumen de nuestros planes, y la expresión de Celia parecía más divertida que ofendida.
—Tampoco te he contado qué vamos a cenar. Pensaba conservar algo de misterio.
Tabitha negó con la cabeza mientras sacaba la caja de pasteles de la bolsa.
—No le hagas caso. Lleva toda la semana fingiendo que las cuatro acreditaciones para el domingo aparecieron por intervención divina.
—Quedaban plazas —protesté.
—Después de que llamaras al director de uno de los patrocinadores.
Celia desvió la atención hacia las entradas que asomaban en el cajón abierto del escritorio. Después volvió a mirarme y una sonrisa pícara apareció en sus labios.
—Un plan estrictamente familiar, entonces.
—Rory, Sarah, Tabitha y yo. No encuentro por qué no.
—Por supuesto que no —me concedió, mientras negaba despacio con la cabeza—. Tú nunca te planteas nada cuando eres el principal implicado.
Tabitha soltó una carcajada y ambas intercambiaron una mirada que parecía contener una conversación completa a mis expensas.
Decidí no preguntar. La presencia de Sarah no tenía la trascendencia que pretendían atribuirle, y cualquier entusiasmo por mi parte se debía a que Rory había recuperado su vida después de una semana desastrosa.
O eso me repetí mientras volvía a consultar la hora. Todavía faltaban siete horas para que llegaran.