Capítulo 13 #2
La madre de Leo lo abrazó antes de que pudiera refugiarse en otra broma. Mi hijo recibió el gesto con los brazos separados y una expresión de desconcierto; después correspondió al abrazo y cerró los ojos durante un instante.
Sarah presenció el encuentro a poca distancia. La emoción le había suavizado el semblante, aunque no intervino hasta que la señora Brown le agradeció que hubiera investigado lo sucedido. Entonces rechazó cualquier mérito y señaló a Rory.
—Fue él quien sostuvo a Leo durante las semanas más difíciles. Nosotros solo llegamos tarde para ocupar el lugar que nos correspondía.
La tarde continuó con una búsqueda del tesoro por los jardines, una competición de tiro con arco de goma y un relevo en el que los alumnos debían guiar a sus familiares con los ojos vendados.
Cometí el error de confiar en las indicaciones de Rory y terminé dentro de un seto, mientras Sarah reía con tanta fuerza que tuvo que delegar el cronómetro en otro profesor.
—Ha dicho que girara a la derecha —me defendí después de quitarme varias hojas de la chaqueta.
—Dije “mi derecha” —aclaró mi hijo—. Debiste preguntar desde qué perspectiva.
—Eres consciente de que te has quedado sin coche hasta los cuarenta años.
—Me parece una sanción excesiva por un error geográfico.
Sarah consiguió serenarse lo suficiente para comprobar que no me había hecho daño, aunque volvió a reír cuando Tabitha aseguró que el seto había amortiguado la caída gracias a la densidad de mi orgullo.
Acepté las burlas porque la alternativa consistía en admitir cuánto me gustaba escuchar la risa de Sarah cuando se olvidaba de mantener la corrección profesional.
Nuestro equipo terminó segundo. Tabitha impugnó el resultado por considerar que el sistema de puntuación penalizaba la creatividad, y Rory le recordó que perder un huevo, derribar tres conos y extraviar al cabeza de familia no constituía una estrategia ganadora.
Recibimos una cinta verde y una caja de dulces que mi hijo se apropió antes de que pudiéramos repartirla.
Nos sentamos después en el césped con varias familias. Leo permaneció junto a Rory y participó en las bromas sin vigilar quién se acercaba por detrás.
Sus padres hablaban con Harry Tyler y con la responsable de convivencia, aunque no dejaron de comprobar de vez en cuando que su hijo continuaba allí.
Aquella vigilancia se relajaría con el tiempo; por el momento, me alegré de que Leo pudiera soportarla sin sentir que el miedo había ganado.
Poco antes de que terminara la jornada, Rory abrió la caja de dulces y anunció sus planes para el fin de semana siguiente.
—Voy a casa. El Festival de Literatura de Londres empieza el viernes y el sábado hay un encuentro con uno de mis autores favoritos.
—¿El autor de las novelas de espionaje? —le preguntó Sarah, interesada de inmediato.
—Presentará el último libro y después harán una lectura dramatizada. También habrá una exposición sobre adaptaciones literarias en el Southbank Centre.
—Eso es muy guay. Sus primeras novelas tienen una estructura magnífica, aunque destroza a los personajes femeninos cada vez que intenta escribir una relación.
Rory la señaló con una chocolatina.
—¡Exacto! Llevo tiempo intentando explicárselo a Leo, pero él cree que cualquier novela mejora si contiene una persecución.
—Porque es verdad —se defendió su amigo.
—Tenemos entradas para el sábado —intervine—. Rory me obligó a comprarlas en cuanto se anunció el programa.
En realidad, había adquirido cuatro, pensando en Tabitha y en otro amigo que Rory quisiera invitar. Mi cuñada debió de recordarlo al mismo tiempo, porque se volvió hacia Sarah con la misma expresión que precedía a todas sus decisiones más invasivas.
—Deberías venir con nosotros.
Sarah apartó la chocolatina que Rory le ofrecía y negó con una sonrisa.
—Gracias, pero tendría que regresar y, después de toda la semana en el internado, no me apetece conducir a esas horas.
—No tendrás que hacerlo. —Tabitha extendió una mano hacia mí, atribuyéndose una autoridad que nadie le había concedido—. En nombre de mi cuñado, te invito a instalarte en su casa durante el fin de semana.
La miré convencido de que rectificaría al advertir mi reacción. En lugar de hacerlo, arqueó las cejas y aguardó mi confirmación. Rory observaba la escena con un interés desmedido; incluso Leo había abandonado la disputa sobre las persecuciones.
—No querría causar molestias —objetó Sarah—. Además, Nicholas quizás ya tenga invitados.
—Nicholas dispone de más dormitorios que algunos de sus hoteles —repuso Tabitha—. Si consigue llenarlos, probablemente cobre por noche.
Tuve varias oportunidades de detener aquello. Podía explicar que la invitación había surgido sin consultarme, ofrecer un coche para que Sarah regresara al internado o limitar el plan a la actividad del sábado.
Sin embargo, la idea de compartir con ella un fin de semana lejos de St. Bartholomew, sin despachos ni expulsiones, despertó una expectación que procuré ocultar.
—Tabitha tiene razón —confirmé—. Hay espacio de sobra y nos encantará que vengas.
Rory sonrió con la boca llena de chocolate.
—Caleb puede recogernos a los dos el viernes. Así no tendrá ninguna excusa.
—¿También te has convertido en profesor? —le pregunté—. Ignoraba que pudieras organizar los traslados del personal.
—Estoy poniendo en práctica mis habilidades de cooperación familiar. El colegio las considera muy importantes.
Sarah demoró la respuesta, sorprendida por la naturalidad con la que todos parecían haber decidido su fin de semana.
Al final aceptó, aunque advirtió que llevaría trabajo y que no pensaba participar en ninguna prueba en la que se jugase la dignidad.
—Caleb vendrá a buscarnos el viernes después de las clases —concluyó Rory—. Primero pasaremos por la residencia para recoger mis cosas y luego por la zona de profesores.
—No necesitaré más de una bolsa —le recordó Sarah.
—Eso dicen todos hasta que conocen la piscina interior —intervino Tabitha.
Le dirigí una advertencia que decidió ignorar. Sarah se rio y prometió estar preparada a la hora acordada.
Cuando anunciaron el final de la jornada, Rory nos acompañó hasta la entrada. Abrazó a Tabitha, me entregó la cinta verde para que no perdiera el único premio obtenido por nuestra familia y regresó junto a Sarah.
Ambos quedaron al pie de la escalinata: él con las manos en los bolsillos y ella sujetando la carpeta que había utilizado para registrar nuestras sucesivas derrotas.
—Hasta el viernes —se despidió Rory—. Caleb nos recogerá a los dos.
—A los dos —repitió Sarah.
Subí al coche preguntándome en qué momento una jornada escolar había terminado con la profesora de mi hijo invitada a pasar un fin de semana en mi casa.
Tabitha ocupó el asiento contiguo y cerró la puerta con evidente satisfacción.
—No tienes que darme las gracias.
—No pensaba hacerlo.
—Lo harás el domingo.
Caleb arrancó mientras Rory y Sarah se despedían desde la escalinata.
Faltaban seis días para que fueran a casa, pero mi cuñada ya sonreía de una forma que anunciaba nuevas intromisiones. Ella era así, no siempre podía evitar actuar por impulso.
Lo peor era que empezaba a sospechar que volvería a permitírselas.