Capítulo 13
La llamada de Harry Tyler llegó cuando habíamos pedido el postre y Rory comenzaba a defender que una tarta de chocolate podía considerarse una fuente legítima de proteínas si contenía suficientes huevos.
El teléfono vibró sobre la mesa; al ver el nombre del director, mi hijo abandonó el tenedor y perdió de golpe todo interés por aquella teoría nutricional.
Me levanté para atender junto a la entrada del comedor, aunque el director no prolongó la incertidumbre.
El consejo había acordado revocar la expulsión y sustituirla por una sanción de dos semanas sin actividades deportivas, varias sesiones con la responsable de convivencia y la obligación de colaborar en un programa contra el acoso.
Samuel Astor, por el contrario, sería expulsado de manera definitiva en cuanto terminara el procedimiento disciplinario iniciado contra él.
—Rory puede incorporarse mañana —concluyó Harry Tyler—. Imagino que no necesitarás mucho tiempo para devolver sus pertenencias.
—Continúan guardadas en las bolsas desde que salió del internado.
—Entonces confío en verlo antes del comienzo de las clases.
Regresé a la mesa sin revelar aún la decisión. Sarah buscó alguna pista en mi expresión, mientras Rory sujetaba el tenedor con tanta fuerza que no habría necesitado un cuchillo para partir la tarta.
—Debes presentarte mañana a las ocho —le comuniqué—. Has sido readmitido.
Durante un par de segundos no reaccionó; después se levantó, rodeó la mesa y me abrazó con tal impulso que estuvo cerca de derribar mi silla.
Varias personas se volvieron hacia nosotros, aunque Rory no pareció recordarlas hasta que se apartó y descubrió a Sarah secándose una lágrima con la yema de un dedo.
—¿Está llorando por mí, señorita Fletcher?
—Me ha entrado algo en el ojo —repuso ella, mientras doblaba la servilleta con una dedicación sospechosa—. Quizás una partícula de tu modestia.
—Eso explicaría que sea microscópica.
Rory regresó a su asiento y empezó a hablar del internado, de Leo y de todos los objetos que no recordaba haber guardado en su precipitada salida.
La inquietud de las últimas horas había desaparecido y, por primera vez desde la expulsión, volvió a parecer un muchacho de diecisiete años cuyo principal problema era haber dejado dos libros de la biblioteca debajo de la cama.
A la mañana siguiente, Caleb lo llevó a St. Bartholomew antes de las ocho.
Lo despedí junto al coche después de repetirle que la readmisión no borraba su responsabilidad y que debía cumplir cada medida impuesta por el consejo.
Rory escuchó con una paciencia extraordinaria, propia de quien temía que cualquier protesta pudiera devolverlo a su dormitorio.
—No colocaré drogas en ninguna taquilla —me prometió—. Tampoco golpearé a nadie, abandonaré las aulas ni protegeré a un amigo sin presentar antes una solicitud por triplicado.
—Con que acudas a un adulto será suficiente.
—Eso resulta mucho menos burocrático.
Lo vi marcharse con un alivio que no habría sabido explicar unos días atrás.
La semana recuperó después su ritmo: reuniones, informes sobre Brighton y varias negociaciones que Celia había mantenido en funcionamiento durante la crisis.
Rory llamó cada tarde, asistió a las sesiones de convivencia sin protestar y me informó de que Leo había regresado a clase, aunque todavía evitaba permanecer solo en los pasillos.
St. Bartholomew celebró su jornada familiar el sábado de la semana siguiente.
La dirección del centro la describió en la invitación como una actividad destinada a reforzar la convivencia entre alumnos, familias y profesores.
Rory, por su parte, me advirtió que consistía en exponer a los padres a varias humillaciones públicas para equilibrar los castigos impuestos a sus hijos durante el curso.
Tabitha se ofreció a acompañarme en cuanto supo que el programa incluía competiciones por equipos. Llegó a casa con zapatillas deportivas, una gorra roja y la certeza de que cualquier prueba podía ganarse mediante la intimidación del contrario.
—No pienso participar en una carrera de sacos —le advertí durante el trayecto.
—Nadie te lo ha pedido todavía.
—Te conozco. Llevas diez minutos estudiando el programa y sonriendo.
—Solo estoy comprobando cuántas oportunidades tendré de demostrar que la coordinación física no se hereda necesariamente con una cadena hotelera.
El recinto presentaba un aspecto muy distinto al de nuestra última visita. Varias banderolas identificaban las zonas de actividad, las mesas del almuerzo ocupaban el césped próximo al edificio principal y un grupo de alumnos repartía pulseras de colores para formar los equipos.
En el campo de rugby habían instalado una pista de obstáculos, redes, cubos de agua y unas estructuras de madera cuya finalidad preferí no preguntar.
Rory nos esperaba junto a la entrada con la pulsera verde alrededor de la muñeca. Había recuperado el aire despreocupado de siempre, aunque llevaba la corbata bien anudada y saludó a dos profesores sin que ninguno tuviera que recordárselo.
—Habéis venido vestidos para competir —observó al reparar en las zapatillas de Tabitha.
—Tu padre cree que está por encima de las carreras de sacos —le explicó ella—. He venido para documentar su caída.
—Pensaba que la familia debía apoyarse.
—Lo haré en cuanto caiga. Quizás incluso lo ayude a levantarse.
Sarah apareció detrás de Rory con una carpeta en una mano y varias pulseras verdes en la otra.
Vestía pantalones oscuros, una camiseta del internado y el cabello recogido en una trenza que le caía sobre un hombro. Al encontrarnos, me entregó una pulsera y reservó la siguiente para Tabitha.
—Formamos parte del equipo de Cromwell —nos explicó—. La primera actividad comienza dentro de diez minutos y puntúa la cooperación familiar.
—¿Se permite cambiar de familia? —le preguntó Rory—. La mía ha iniciado una guerra antes de inscribirse.
—No. El reglamento exige que sufráis juntos las consecuencias de vuestra educación.
La primera prueba consistió en trasladar seis objetos a través de una pista sin tocarlos con las manos.
Rory y yo debíamos sostener una pelota entre los hombros mientras Tabitha avanzaba delante con un aro sujeto entre las rodillas.
Perdimos la mitad de los puntos cuando mi cuñada decidió que caminar resultaba demasiado lento, intentó saltar y cayó sentada sobre el césped.
Aseguró que alguien había alterado el terreno, pese a que la única irregularidad visible era el aro atrapado alrededor de sus tobillos.
Sarah ejercía de jueza y tuvo que cubrirse la boca con la carpeta para ocultar la risa.
—Espero que esté descontando puntos al equipo responsable de sabotearnos —protestó Tabitha mientras Rory la ayudaba a levantarse.
—Estoy intentando decidir si concederos puntos adicionales por entretenimiento.
—La dignidad de mi familia no es un espectáculo —declaré.
Rory recogió la pelota y me la colocó bajo el brazo.
—Eso deberías habérselo explicado a tía Tabitha antes de dejarla participar.
Continuamos con un concurso de preguntas sobre literatura, historia y cultura popular, donde Sarah no podía ayudarnos y Rory descubrió con espanto que yo desconocía el nombre del protagonista de una saga cinematográfica que, según él, definía a toda su generación.
Recuperé parte de nuestro prestigio al identificar varias citas de Shakespeare, un conocimiento que atribuí a Eleanor antes de que mi hijo pudiera acusarme de haber estudiado a escondidas.
Después llegó una prueba de construcción. Cada familia recibió cartón, cinta adhesiva y varias cañas de madera para fabricar una embarcación capaz de transportar dos huevos por un canal de agua.
Tabitha se proclamó directora del proyecto, Rory discutió cada decisión y yo terminé realizando casi todo el trabajo mientras ambos debatían sobre el nombre del barco.
—Deberíamos llamarlo Eleanor —propuso Rory cuando colocamos los huevos en el interior—. Mamá se reiría al vernos.
Aceptamos sin necesidad de votar. La pequeña embarcación avanzó con una preocupante inclinación hacia la izquierda, chocó contra dos rivales y alcanzó la meta con uno de los huevos intacto.
El otro desapareció bajo el agua durante una maniobra que Tabitha calificó de sacrificio estratégico.
Fue al terminar la prueba cuando vi a Leo. Estaba junto a sus padres cerca de una de las mesas, escuchando algo que le contaba un alumno de su residencia.
Había recuperado el color de las mejillas y su uniforme ya no parecía colgar de unos hombros demasiado frágiles; incluso daba la impresión de haber ganado algo de peso. Cuando descubrió a Rory, levantó una mano y vino hacia nosotros sin encogerse al cruzar el campo.
—Te estaba buscando —le comentó—. Mis padres quieren conocerte.
Rory perdió parte de su desenvoltura. Miró a Sarah, que acababa de acercarse para recoger el material de la prueba, y después me indicó que lo acompañara. Tabitha se unió sin solicitar permiso, de modo que terminamos avanzando todos hacia el matrimonio Brown.
La madre de Leo fue la primera en saludarlo. Tendría poco más de cuarenta años, llevaba el cabello corto y sujetaba una cámara con la que debía de haber fotografiado cada actividad de la tarde. Le tomó las manos a Rory antes de que este pudiera prepararse.
—No sé cómo darte las gracias —le confesó—. Leo nos ha contado todo lo que hiciste por él. Ojalá hubiera acudido antes a nosotros, pero nunca olvidaremos que estuviste a su lado cuando creía que no tenía a nadie.
El padre se aproximó y le estrechó la mano con una solemnidad que pareció abrumarlo todavía más.
—Te arriesgaste demasiado, muchacho, y no deberías haber tenido que asumir esa responsabilidad. Aun así, protegiste a nuestro hijo cuando ningún adulto supo ver lo que ocurría. Siempre tendrás un lugar en nuestra casa.
Rory buscó una respuesta y, al no encontrarla, se volvió hacia Leo.
—No hice nada especial.
—Te expulsaron por mí —le recordó su amigo.
—Solo durante unos días. Ni siquiera llegué a disfrutar de las ventajas de no tener clase.