Mi tentación más inoportuna Capítulo 11
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Capítulo 11

Tabitha nos esperaba en el vestíbulo cuando regresamos a casa.

Salió a recibirnos con aspecto relajado, señal inequívoca de que pensaba permanecer allí hasta que la situación se resolviera, y sujetaba entre las manos la taza de té que Rose debía de haberle servido.

Siempre fue una más en nuestro hogar y desde la muerte de su hermana, en cierto modo, ocupaba un lugar mayor incluso en nuestros corazones.

Al ver entrar a Sarah conmigo, se incorporó con una pregunta preparada, aunque debió de encontrar algo tranquilizador en mi expresión porque no llegó a formularla.

—Sabemos qué ocurrió —le adelanté—. Rory estaba protegiendo a otro alumno.

Mi cuñada dejó la taza sobre una consola y dirigió una mirada hacia la planta superior.

—Entonces será mejor que se lo digas cuanto antes. Rose ha vuelto a subirle comida y ni siquiera ha recogido la bandeja.

Sarah se quitó el abrigo mientras ambas se saludaban y le resumía lo que Leo había confesado.

Tabitha escuchó con los labios apretados, cada vez más indignada, y solo me interrumpió cuando mencioné que Samuel llevaba meses acosando al muchacho.

—¿Y nadie en ese colegio se había enterado? —le preguntó a Sarah, sin molestarse en disimular el reproche—. Porque Rory no es precisamente un maestro de la discreción. Si estuvo metiéndose en problemas cada vez que intentaba defender a Leo, alguien debería haber relacionado una cosa con la otra.

—Tiene razón —admitió Sarah—. No detectamos el acoso y, cuando empezaron las infracciones, nos concentramos en corregirlas por separado. He venido, entre otras cosas, porque le debo una disculpa a Rory.

Tabitha la examinó durante unos segundos antes de asentir. Era de las que contaba hasta diez antes de seguir hablando.

Conocía demasiado bien la obstinación de su sobrino y también la mía, de modo que pareció aceptar que necesitaríamos toda la ayuda disponible para conseguir que abriera la puerta.

Subimos los tres. El plato que Rose había dejado a la hora del almuerzo continuaba en el suelo, cubierto con una servilleta, y las cortinas del pasillo ya estaban corridas para proteger los muebles del sol de la tarde.

Me detuve frente al dormitorio, llamé con los nudillos y esperé una respuesta que no llegó.

—Rory, soy yo. Sarah Fletcher está conmigo y necesitamos hablar contigo.

Al otro lado se produjo un leve ruido, quizás el movimiento de una silla, pero no contestó. Tabitha se situó unos pasos detrás de nosotros; por una vez, renunció a intervenir y me permitió elegir las palabras.

—Leo ha contado la verdad —añadí—. Sabemos que Samuel colocó la marihuana en su taquilla y que intentaste protegerlo.

El pestillo se descorrió con tanta rapidez que apenas tuve tiempo de apartarme. Rory abrió la puerta vestido con el mismo pantalón de chándal y la camiseta que llevaba la noche anterior.

Tenía el cabello aplastado en un lado, varias marcas rojas en la mejilla y el cansancio de quien había dormido poco durante varias noches consecutivas. Primero me miró a mí; después descubrió a Sarah y perdió parte del color que le quedaba.

—¿Qué ha contado Leo? —me preguntó.

Su voz sonaba áspera por el desuso. Me obligué a no abrazarlo todavía, aunque verlo fuera de aquella habitación ya constituía un alivio suficiente para debilitar toda mi resistencia.

—Todo —le explicó Sarah—. Ha contado que Samuel lo acosaba, que puso la hierba en su taquilla y que acudió a ti cuando las encontró. También ha reconocido que deseó que aparecieran en la de Samuel y que tú decidiste concederle ese deseo.

Rory bajó la atención hacia el suelo. Tabitha avanzó para tocarle el brazo, pero él retrocedió hacia el dormitorio y se sentó en el borde de la cama.

La habitación estaba desordenada de una forma impropia en él: la ropa del internado se acumulaba sobre una butaca, las cortinas permanecían cerradas y los calcetines aparecían esparcidos sobre el suelo.

Entramos detrás de él, aunque Sarah se mantuvo cerca de la puerta para no invadir el espacio más de lo necesario.

—No debía haber hablado —murmuró Rory—. Samuel irá a por él en cuanto se entere.

—Samuel ha sido suspendido y no puede acercarse a Leo —le aclaró Sarah—. El señor Tyler pedirá su expulsión definitiva ante el consejo. Además, Leo contará con la protección de los profesores, de su familia y de un profesional que lo ayudará a superar lo ocurrido. Ya no está solo.

Mi hijo se frotó las manos sobre el pantalón. Parecía extremadamente agotado y nervioso al mismo tiempo.

La noticia debería haberlo tranquilizado, pero la responsabilidad que asumió durante semanas no desaparecía porque un grupo de adultos hubiera decidido intervenir por fin.

—No quería que lo expulsaran —comenzó—. Leo ya estaba convencido de que todo el mundo pensaba que era un bicho raro. Si encontraban la droga, nadie lo creería cuando explicara que no era suya. Samuel llevaba meses diciéndole que podía conseguir que lo echaran cuando quisiera.

—¿Por qué no acudiste a un profesor? —le pregunté, procurando que la preocupación no convirtiera la pregunta en una acusación.

Rory levantó la cabeza y señaló a Sarah con un gesto breve.

—Porque ya pensaba que ella me odiaba. ¿Qué iba a ocurrir si acusaba a Samuel? Él se comportaba como el alumno perfecto y yo llevaba semanas señalado. Habrían creído que intentaba vengarme por la pelea.

Sarah aceptó el golpe sin defenderse de inmediato. Se acercó a la cama y ocupó la silla del escritorio, que giró para quedar frente a él.

—Jamás te odié, Rory. Todo lo contrario.

—Demoró unos segundos la continuación, mientras retiraba del asiento una camisa arrugada y la doblaba sobre sus rodillas—.

Me preocupabas porque sabía que ocurría algo y no conseguía que confiaras en mí.

Vi tus faltas, tus mentiras y tus enfrentamientos con Samuel, pero no entendí que cada problema empezaba cuando intentabas ayudar a Leo.

Debería haber investigado mejor y siento no haberlo hecho.

—Me expulsaron porque usted me vio con la hierba.

—Te expulsaron porque la tenías y preferiste no explicar de dónde procedía. Conté exactamente lo que presencié; mi error fue interpretar aquel momento sin conocer todo lo anterior. Por eso estoy aquí y por eso declararé mañana ante el consejo que actuaste para proteger a una víctima de acoso.

Rory alzó la vista con una esperanza todavía desconfiada.

—¿Mañana?

Me senté a su lado. Había esperado varios días para obtener una explicación, pero, una vez la tenía, no podía permitir que la bondad del motivo borrara la gravedad de lo que había hecho.

—El director convocará al consejo con carácter urgente. Si cuentas la verdad y presentas tus disculpas, existe una posibilidad muy seria de que puedas volver a St. Bartholomew.

—¿Después de lo de la marihuana?

—Precisamente por eso tendrás que explicarlo todo, sin omitir ni adornar una sola parte.

—Esperé hasta que me prestó toda su atención—.

Lo que Samuel hizo fue cruel y debías ayudar a Leo, pero sacar la droga de una taquilla y colocarla en otra fue un error enorme.

Podrían haberte acusado de posesión, de distribución o de intentar perjudicar a un compañero.

Las consecuencias no habrían terminado con la expulsión; esa decisión podría haberte acompañado durante el resto de tu vida.

Rory tragó saliva y asintió. Ya no mostraba la actitud desafiante que utilizaba cuando creía que una disculpa le permitiría librarse de un castigo.

—Solo quería que Samuel recibiera lo que había preparado para Leo.

—Lo comprendo, pero no puedes combatir una injusticia cometiendo un grave error.

Si alguien corre peligro, debes buscar ayuda, aunque pienses que los adultos no vamos a escucharte.

Y, si el primero no lo hace, acudirás al segundo, al tercero o directamente a mí.

No vuelvas a decidir por tu cuenta que destruir tu futuro constituye un precio aceptable.

—Si hablaba, Leo tendría que contarlo todo.

—Leo necesitaba protección, no que tú ocuparas su lugar como víctima —intervino Tabitha desde los pies de la cama—. Lo que hiciste por él requiere valor, cariño y una cantidad preocupante de estupidez. Las tres cosas pueden coexistir; en tu familia tenemos bastante experiencia.

Rory dirigió hacia ella una mueca que estuvo cerca de convertirse en sonrisa.

Aquella mínima reacción, después de dos días contemplando una puerta cerrada, terminó con la distancia que todavía intentaba mantener. Le rodeé los hombros y lo atraje hacia mí.

Al principio permaneció rígido, quizás porque no esperaba que el abrazo llegara antes del final de la reprimenda.

Después se aferró a mi camisa y escondió el rostro contra mi hombro.

Había crecido lo suficiente para discutir conmigo, conducir por la finca y creer que podía resolver el mundo sin ayuda, pero seguía siendo el niño que se colaba en mi cama durante las tormentas para asegurar que quien tenía miedo era Basil, el cual también entró en la habitación y se acurrucó en sus zapatillas.

—Has sido muy valiente —le murmuré, sin soltarlo—, pero también muy temerario. No volverás a hacer algo semejante.

—No pensaba que me expulsarían.

—Esa frase demuestra precisamente que no pensaste lo suficiente.

Rory dejó escapar una risa quebrada y se apartó para secarse los ojos con el dorso de la mano.

Tabitha le alcanzó un pañuelo sin hacer comentarios, un acto de generosidad extraordinario en una mujer que guardaría cualquier oportunidad de avergonzarlo para utilizarla cuando cumpliera treinta años.

Sarah se levantó y dejó la camisa doblada sobre el escritorio.

—Debo regresar al internado para preparar la comparecencia. Te espero mañana a las diez en el despacho del director, y confío en que esta vez no llegarás tarde.

—Dependerá del tráfico —repuso Rory, aunque su voz había recuperado parte de la vivacidad habitual.

—Vivirás más años si no utilizas esa excusa delante del consejo.

Antes de dirigirse a la puerta, Sarah le revolvió el flequillo con un gesto rápido. Mi hijo fingió sentirse ofendido y trató de recomponérselo con los dedos.

—De verdad, Rory, jamás te tuve manía —le aseguró—. Me caes demasiado bien, lo cual resulta irritante porque te esfuerzas mucho en dificultarlo.

—Sabía que terminaría confesándolo.

La acompañé hasta la entrada. Acordamos encontrarnos al día siguiente en St. Bartholomew y le agradecí cuanto había hecho desde la expulsión. Sarah rechazó el elogio con una seriedad que no permitió convertir su investigación en un mérito.

—Debí descubrirlo antes. Ahora procuraré que el colegio repare el daño.