Capítulo 10 #2
Sarah negó y aceptó mi propuesta. Saqué el teléfono para avisar a Celia de que no regresaría, pero, antes de marcar, recordé la reserva que debía de estar cancelando en aquel momento.
—Acompáñeme. Podrá explicármelo mientras almorzamos.
Llamé a Celia desde el vestíbulo y le pregunté si ya había anulado la mesa.
—Tengo el teléfono en la mano para hacerlo —me contestó—. ¿Por qué?
—No lo hagas. Vamos a aprovecharla.
Hubo una pausa breve al otro lado.
—¿Vamos?
—Sarah Fletcher y yo. Ha surgido algo relacionado con Rory.
Celia respondió que avisaría al restaurante de que llegaríamos unos minutos tarde. Su tono conservó la eficiencia habitual, era un primor.
El restaurante ocupaba la planta baja de un edificio georgiano situado a las afueras de Londres. Celia había reservado en una zona resguardada del comedor, lejos del tránsito de los camareros, donde Sarah podría hablar sin temor a que alguien reconociera el nombre del internado.
Pedimos algo sencillo y, en cuanto nos dejaron solos, abrió la carpeta.
—Jamás le tuve manía a Rory —comenzó—. Todo lo que le conté era cierto.
Sin embargo, después de su expulsión, comprendí que algunas cosas no encajaban.
Rory podía negar una falta o inventar una excusa, pero no tenía sentido que aceptara una acusación capaz de destruir su futuro sin intentar defenderse.
Sacó una fotografía y la colocó sobre la mesa.
Reconocí al instante al muchacho delgado que había visto en uno de mis primeros encuentros con Sarah.
Caminaba por un pasillo con varios libros apretados contra el pecho y, cuando nos cruzamos, se apartó con tanta precipitación que estuvo a punto de golpearse contra la pared.
—Leo Brown, así se llama. Es uno de los amigos cercanos de Rory.
Samuel lleva meses acosándolo, según acabo de saber.
Empezó con burlas por su aspecto y por sus calificaciones; después llegaron las amenazas, los empujones y el dinero que le obligaba a entregar.
Leo es un chico muy sensible y Samuel aprovechaba cualquier lugar sin vigilancia para acorralarlo.
Le advirtió que, si hablaba con un profesor, conseguiría que los demás alumnos se volvieran contra él.
Recordé la diferencia física entre ambos. Samuel parecía mayor que Rory y poseía la corpulencia de un adulto; Leo, en cambio, podía esconderse detrás de los libros que llevaba abrazados.
—¿Dónde estaba el colegio mientras ocurría todo eso?
La dureza de mi pregunta no la hizo retroceder. Dejó las manos sobre la mesa y asumió el reproche antes de continuar.
—No lo detectamos. Samuel se comportaba de forma impecable delante de los profesores y Leo ocultaba cada señal por miedo. Rory tampoco denunció el acoso; decidió protegerlo por su cuenta y, cada vez que intervenía, solo veíamos la infracción que había cometido.
Sarah fue reconstruyendo las últimas semanas con una precisión que transformó todo lo que yo creía saber.
Rory había faltado a varias clases para permanecer con Leo después de que Samuel lo encerrara durante casi una hora en uno de los almacenes del gimnasio.
Otro día abandonó el aula antes del término de la clase porque su amigo, enfermo y aterrorizado, le envió un mensaje diciendo que Samuel iba a buscarlo.
Incluso la negativa a asistir a las tutorías coincidía con las horas en las que Leo temía quedarse solo.
—¿Y la pelea? —le pregunté—. ¿Rory agredió a Samuel?
—Estoy segura de que fue quien lo golpeó —admitió—, pero ahora sabemos que encontró a Samuel acorralando a Leo detrás del pabellón deportivo.
Había vuelto a exigirle dinero y lo sujetaba contra la pared.
Rory intervino, Samuel lo provocó y acabaron peleándose.
No estuvo bien que recurriera a la violencia, pero no fue una agresión injustificada contra un compañero inocente.
El camarero dejó los platos y se retiró sin que ninguno tocara los cubiertos.
Cada explicación desenterraba una parte de mi hijo que siempre había estado ante mí: su lealtad, aquella necesidad de proteger a los demás y su convencimiento de que podía solucionar cualquier conflicto sin recurrir a un adulto.
—¿Qué relación tiene todo eso con la marihuana?
Sarah deslizó hacia mí varias hojas con las declaraciones manuscritas de Leo.
—Samuel decidió pasar a mayores. Consiguió marihuana y la colocó en la taquilla de Leo para que alguien la encontrara durante una inspección.
Leo descubrió las bolsas antes de que eso ocurriera y acudió a Rory, muerto de miedo.
Según nos ha contado, murmuró que ojalá aparecieran en la taquilla de Samuel para que supiera lo que se sentía.
No pretendía pedirle que hiciera nada, pero Rory tomó nota.
Me cubrí la boca con una mano mientras comprendía el resto. Mi hijo había retirado la droga de la taquilla de Leo y había intentado devolvérsela a quien había preparado la trampa. Sarah lo sorprendió antes de que terminara.
—¿Por qué no contó la verdad cuando lo acusaron?
—Por lealtad a su amigo. Para defenderse, debía revelar que Samuel acosaba a Leo y explicar que las bolsas habían aparecido primero en su taquilla.
Rory sabía que Leo estaba aterrorizado y creyó que, si guardaba silencio, podría cargar solo con las consecuencias.
—Sarah desplazó el plato para dejar más espacio a los documentos—.
Leo tampoco habló entonces, pues se marchó a su casa supuestamente enfermo.
Y lo estaría, pero de miedo. Samuel seguía en el internado y le había hecho creer que nadie podría protegerlo. Sin Rory allí, se quedó solo.
—¿Qué lo hizo confesar ahora?
—Llevo dos días interrogando a alumnos, revisando incidencias y hablando con los profesores de la residencia.
Esta mañana Leo regresó y le expuse todas las coincidencias.
Cuando le comuniqué que Rory había sido expulsado y que Samuel permanecía en el centro, se derrumbó.
Nos contó el acoso, la trampa y todo lo que Rory hizo para protegerlo.
Sarah respiró hondo antes de continuar. El cansancio se apreciaba en sus facciones y en las pequeñas arrugas que se habían formado en el documento de tanto sujetarlo.
—Siento no haberlo descubierto antes. Me concentré en el comportamiento de Rory y no investigué qué lo provocaba.
Usted tenía razón en algo: no vi el comienzo de la pelea y juzgué lo que encontré al llegar.
Si hubiera formulado las preguntas adecuadas, quizás ninguno de los dos muchachos habría tenido que soportar esto.
La confesión no me produjo la satisfacción que habría esperado días atrás.
Recordé cada acusación que lancé contra Rory, el golpe sobre la mesa y la facilidad con la que terminé convencido de lo peor. Mientras mi hijo renunciaba al internado para proteger a un amigo, yo le había advertido que no volvería a confiar en él.
—Le dije que estaba castigado de por vida —murmuré.
—Me parece que Rory sobrevivirá a que reduzca la condena.
La respuesta contenía una amabilidad prudente. Bajé la vista hacia la fotografía de Leo y traté de ordenar la mezcla de alivio y culpa que me impedía pensar con claridad.
—¿Qué ocurrirá ahora?
—El señor Tyler ha suspendido a Samuel y ha convocado al consejo disciplinario con carácter urgente.
Expondrá el caso completo y recomendará su expulsión definitiva.
En cuanto a Rory, el consejo tendrá muy en cuenta que actuó para proteger a una víctima de acoso, aunque deberá reconocer que tomó la marihuana y la introdujo en la otra taquilla.
Si explica lo sucedido y presenta unas disculpas sinceras, Harry está convencido de que revocarán la expulsión y será readmitido.
—¿Puede volver a St. Bartholomew?
—Sí. Samuel no regresará y Leo recibirá protección y apoyo psicológico. Pero necesitamos que Rory hable. No podemos defenderlo ante el consejo si continúa negándose a explicar lo que hizo.
Por primera vez en días, el problema tenía una solución. No era perfecta: Rory había recurrido a la violencia, ocultado el acoso y tratado de responder a una injusticia con otra, pero no era el muchacho cruel y descontrolado que había imaginado.
Seguía siendo mi hijo, con una lealtad tan feroz que preferiría destruir su propio futuro antes que traicionar a un amigo.
Saqué el teléfono y llamé a mi cuñada, quien me dijo que se acercaría a tratar de ver a su sobrino a esa hora.
—Necesito que te quedes con Rory hasta que vuelva —le pedí en cuanto respondió—. Y no permitas que salga de casa.
Mi cuñada soltó una exclamación indignada.
—Nicholas, lleva días sin salir. Creo que puedo garantizarte que no emprenderá una fuga.
Sarah escondió una sonrisa al otro lado de la mesa. Guardé los documentos, pedí la cuenta y miré la comida que ninguno había probado.
—Vamos a mi casa —le indiqué—. Esta vez abrirá la puerta, aunque tenga que sentarme frente a ella hasta mañana.
Ya no regresaba para exigirle una confesión. Regresaba para decirle que estaba enterado de lo sucedido.