Mi tentación más inoportuna Capítulo 10
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Capítulo 10

Durante los días posteriores a la expulsión, Rory no abrió el pico.

Había permanecido encerrado en su dormitorio desde su regreso y solo salía para recoger las bandejas que Rose dejaba frente a su puerta.

Comía muy poco, se negaba a recibir visitas y no contestaba cuando alguno intentaba hablar con él.

Había requisado su teléfono la primera noche, pero el castigo perdió pronto cualquier relevancia: mi hijo no pidió que se lo devolviera, no trató de utilizar el fijo ni buscó la menor forma de contactar con sus amigos.

La primera mañana me marché a la oficina después de pasar casi diez minutos al otro lado de su puerta.

Le expliqué que no podía ayudarlo mientras siguiera ocultándome la verdad, le pedí que bajara a desayunar e incluso prometí escucharlo sin interrumpir, aunque ambos sabíamos que esa última parte requeriría de mí un esfuerzo considerable.

Rory no respondió. Podría haber entrado por la fuerza, pero la posibilidad de derribar aquella última barrera y encontrarlo todavía más destrozado consiguió detenerme.

El siguiente día se repitió la misma escena. Rose había colocado una silla en el pasillo y permanecía allí durante horas, tejiendo algo que deshacía cada vez que se equivocaba.

Tabitha volvió a intentarlo antes de acudir al trabajo, y ni siquiera consiguió que Rory le confirmara que se encontraba bien. La única prueba de que continuaba detrás de la puerta era el vaso vacío que dejaba junto a las bandejas.

En la oficina tampoco lograba concentrarme.

El accidente del Miller Grand estaba controlado, la mujer herida se recuperaba en casa y la revisión completa del edificio había descartado daños adicionales; sin embargo, cada informe que abría terminaba apartado por una llamada a Rose o por el impulso de consultar un teléfono en el que no iba a aparecer el nombre de mi hijo.

Celia se mantuvo pendiente de mí desde que llegué. Reorganizó las reuniones menos urgentes, se ocupó de que Owen presentara el informe al consejo y me llevó dos cafés que olvidé beber.

Cerca de las once entró en mi despacho con varios documentos para firmar y me encontró leyendo por tercera vez el mismo correo.

—Sigues en la primera página —me señaló, mientras depositaba las carpetas sobre la mesa—. Hace veinte minutos, cuando vine a buscar el contrato de Pembroke, estabas exactamente en el mismo párrafo.

—Quizás el abogado debería aprender a escribir correos que no parezcan tratados internacionales —objeté, aunque cerré el mensaje sin haber comprendido su contenido.

Celia rodeó la mesa y se sentó frente a mí. Había dejado de fingir que solo entró para hablar de trabajo; cruzó las piernas, apartó las carpetas a un lado y aguardó hasta que renuncié a mantener la atención en la pantalla.

—¿Cómo está Rory?

Aquella pregunta, formulada sin curiosidad y sin la cautela excesiva que todos habían adoptado conmigo, acabó con las pocas ganas que conservaba de ofrecer una respuesta tranquilizadora.

—No lo sé —le confesé—. Lleva dos días encerrado y se niega a hablar con cualquiera. Come lo suficiente para que Rose no tire la puerta abajo, pero nada más. Esta mañana permanecí fuera de su habitación durante diez minutos y ni siquiera me mandó al infierno.

—Tu hijo nunca haría eso.

La observación consiguió arrancarme una sonrisa breve, aunque desapareció al recordar su rostro durante el regreso desde Brighton.

—No comprendo por qué no habla. Tampoco por qué lo ha hecho. Ha perdido la posibilidad de graduarse allí, ha perjudicado su futuro y me inclino a pensar lo peor.

Me pasé una mano por la nuca y abandoné por fin la silla.

—Relájate, sabes que puedes contarme lo que sea.

—Llevo dos días preguntándome en qué momento dejé de conocerlo. Creía que sus mentiras se reducían a las clases, a los retrasos y a esas pequeñas infracciones que todos cometimos a su edad. Resulta que era capaz de intentar expulsar a otro alumno y ni siquiera detecté que algo iba mal.

Celia siguió mis pasos mientras me acercaba al mueble donde guardaba las bebidas. Eran poco más de las once, por lo que descarté el whisky y me serví agua; necesitaba mantener las manos ocupadas, aunque aquella solución no ofreciera el consuelo del alcohol.

—Has cometido errores, Nick, pero no creo que desconocieras por completo a tu hijo —me respondió—. Rory te adora. Se nota cada vez que está contigo, incluso cuando dedica la mitad del tiempo a provocarte.

—Eso no convierte mis ausencias en una virtud.

—Tampoco te convierte en el responsable de cada decisión que tome. Has criado a un adolescente, no fabricado una máquina cuyo funcionamiento puedas controlar.

Apoyé el vaso sobre el mueble y me volví hacia ella. Tenía muchas cosas que agradecerle, era innegable.

En los últimos días encontró mil formas de acompañarme sin resultar invasiva: se ocupó de Brighton cuando tuve que atender a Rory, avisó a Tabitha porque supuso que necesitaríamos ayuda y había protegido mi agenda sin obligarme a pedirlo.

Su presencia facilitaba cada problema, y empezaba a dar por sentado que siempre estaría cerca para recoger aquello que yo dejaba caer.

—No sé qué haría sin ti —admití.

Celia bajó la atención hacia sus manos, pero no pudo esconder la satisfacción que suavizó sus facciones.

—Probablemente, llegar tarde a todas partes y olvidar la mitad de tus reuniones. En cuanto a la otra mitad, improvisarías alguna excusa sobre una crisis internacional.

—Tengo hoteles en bastantes países. La crisis internacional siempre resulta creíble.

—En ese caso, vamos a evitar una hoy. —Recuperó las carpetas y se levantó—.

Almuerza conmigo. He reservado mesa a la una y media; durante una hora no hablaremos del consejo, de techos ni de alumnos expulsados.

Puedes contarme lo que necesites o limitarte a comer algo que no haya salido de una máquina.

Acepté antes de buscar una razón para negarme.

La casa se había convertido en el escenario de una espera interminable y la oficina no conseguía mantener mi cabeza ocupada; necesitaba compañía, aunque solo fuera para atravesar una hora sin imaginar a Rory sentado en la oscuridad de su dormitorio, pues no abría ni las ventanas.

A la una y media, Celia apareció en mi despacho con el bolso colgado del hombro y una amplia sonrisa que anunciaba su intención de cumplir el acuerdo.

Se había peinado de un modo más informal, y el cambio, unido al abrigo de corte militar que llevaba sobre el brazo, le otorgaba un aspecto más cercano al de la mujer con la que había cenado por su cumpleaños que al de mi secretaria.

—He elegido un restaurante donde no conocen tu apellido —me informó—. Eso significa que no podrán preguntarte por Brighton ni ofrecerte la mejor mesa antes de que cruces la puerta.

Acababa de ponerme la chaqueta cuando sonó el teléfono del despacho. Estuve a punto de ignorarlo, pero la pantalla mostró el número de Tabitha. Contesté mientras Celia recogía del escritorio las llaves que había dejado olvidadas.

—Dime que ha salido de su habitación. ¿Te han hablado de la casa?

—No. Ojalá pudiera decirte eso —me respondió mi cuñada—.Pero te tengo una noticia. Sarah Fletcher asegura que necesita hablar contigo de inmediato. Está aquí, en recepción.

El nombre de la profesora alteró en un instante todos mis planes. Pregunté qué hacía allí, aunque Tabitha solo pudo explicarme que había llegado desde St. Bartholomew y se negaba a marcharse sin verme.

—Dile que suba, por favor.

Terminé la llamada y resoplé. Ella había escuchado la conversación y se hizo cargo.

—Anularé la reserva —se ofreció—. Comeré algo ligero y aprovecharé la tarde para terminar el informe del consejo.

—Lo siento. Sarah no habría venido hasta aquí si no se tratara de algo importante.

—Por supuesto. Averigua qué ocurre; nuestro almuerzo puede esperar.

La facilidad con la que aceptó la cancelación, después de haber dedicado la mañana a animarme, despertó una gratitud que no supe expresar con palabras. Le sujeté el brazo antes de que empezara a marcar y deposité un beso en su mejilla.

—Eres un amor.

Durante un instante pareció olvidar qué pretendía hacer con el teléfono. Después sonrió, se recogió un mechón detrás de la oreja y retrocedió para dejarme pasar.

—Recuérdalo la próxima vez que discutamos mi aumento de sueldo.

Tabitha me recibió en recepción y señaló la sala de espera.

Sarah estaba de pie frente a una de las estanterías, todavía con el abrigo puesto y una carpeta bajo el brazo.

No debía de haber impartido clase aquella mañana, porque llevaba vaqueros y un jersey verde en lugar de la ropa sobria con la que la había visto en el internado. En cuanto aparecí, avanzó hacia mí sin dedicar tiempo a los saludos.

—Gracias por atenderme tan pronto. Sé que debería haberlo llamado antes de presentarme, pero esto no podía esperar. El señor Tyler está de acuerdo en que hable con usted y me ha autorizado a explicarle todo lo que hemos averiguado.

—¿Tiene relación con la expulsión?

—Por completo, aunque antes necesito saber cómo está Rory.

La pregunta me sorprendió. Pocos días atrás, Sarah había defendido que mi hijo tenía un problema y presenció su expulsión sin cuestionar la decisión del consejo; en ese momento parecía más preocupada por él que por comunicarme cualquier hallazgo.

—Fatal —reconocí—. No sale de su dormitorio, apenas come y se niega a dirigirnos la palabra. Ni siquiera le abre la puerta a su tía, con la que tiene mucha complicidad.

Sarah cerró los ojos durante unos segundos y apretó la carpeta contra el cuerpo.

—Es normal. Ha soportado mucha presión y, durante semanas, ha intentado resolver solo algo que ningún alumno debería afrontar.

La observé, convencido de que no había entendido bien.

—¿Qué presión? Rory fue quien puso la marihuana en la taquilla de Samuel —observé.

—Sí, pero todo este problema lo ha causado Samuel Astor.

Cada respuesta conseguía que comprendiera menos que con la anterior.

—Íbamos a almorzar cuando llamó Tabitha —recordé—. ¿Ha comido?