Mi tentación más inoportuna Capítulo 9
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Capítulo 9

Rory salió de St. Bartholomew veinte minutos después con una mochila, el abrigo doblado sobre el brazo y una bolsa deportiva que alguien de su residencia le había ayudado a preparar.

No miró a Sarah, que permanecía cerca de la recepción junto a Harry Tyler, ni se despidió de ninguno de los dos. Atravesó el vestíbulo sin levantar la cabeza y se dirigió al coche en cuanto Caleb abrió la puerta trasera.

Celia se acomodó en el asiento delantero para dejarnos espacio. Agradecí el gesto, aunque no sirvió para facilitar la conversación. Mi hijo se sentó al otro extremo, pegado a la ventanilla, y colocó la mochila entre ambos a modo de frontera.

—Vamos a Brighton —le expliqué cuando el coche abandonó la finca—. Ha ocurrido un accidente en uno de los hoteles y no puedo regresar todavía a casa.

Rory no respondió.

—Permanecerás conmigo hasta que terminemos.

Continuó observando el exterior. Las casas y los campos se sucedieron detrás del cristal sin provocar reacción alguna. La corbata se le había desplazado hacia un lado y una mancha de tinta asomaba en el puño de la camisa.

Parecía el mismo adolescente que había regresado a casa el sábado cargado de bromas y excusas, pero aquella semejanza solo conseguía irritarme más.

—¿Has entendido lo que acabo de decirte?

—Sí.

Fue la única palabra que pronunció durante el resto del trayecto.

Celia atendió varias llamadas mientras Caleb tomaba de nuevo la ruta hacia el sur.

La policía había permitido acceder a parte del hotel, la huésped trasladada al hospital permanecía en observación y los técnicos empezaban a sospechar que el desprendimiento no guardaba relación con un fallo estructural.

Owen nos esperaba junto al director del establecimiento y había conseguido contener a la prensa con la promesa de una declaración a primera hora de la tarde.

Escuché los datos sin dejar de mirar de reojo a Rory. Mantenía los brazos cruzados y el cuerpo vuelto hacia la ventanilla. En dos ocasiones sacó el teléfono del bolsillo por puro hábito, recordó que pensaba quitárselo y volvió a guardarlo sin desbloquear la pantalla.

Cuando llegamos a Brighton, la entrada principal del Miller Grand estaba rodeada de periodistas, cámaras y varios curiosos que fotografiaban la fachada. Caleb accedió por la zona de servicio y detuvo el coche en el aparcamiento reservado a la dirección.

—Te quedarás con nosotros —le indiqué a Rory antes de bajar—. No quiero que salgas del hotel ni que hables con nadie sobre lo ocurrido en el internado.

Mi hijo tomó la mochila y abrió la puerta. Su obediencia silenciosa me inquietó más que cualquiera de sus habituales protestas.

El interior del Miller Grand mostraba una actividad que contrastaba con la elegancia estudiada del vestíbulo.

Los empleados desplazaban equipajes, ofrecían habitaciones alternativas y guiaban a los huéspedes lejos del ala acordonada. Olía a café, a yeso húmedo y al producto utilizado para limpiar el polvo que había alcanzado parte del corredor principal.

Owen nos recibió frente a los ascensores. Llevaba el traje arrugado, el teléfono en una mano y varios planos doblados bajo el brazo.

—La buena noticia es que no se está cayendo el edificio —anunció mientras nos conducía hacia una sala de reuniones—. La mala es que alguien perforó una tubería durante una intervención de mantenimiento y no informó de la fuga.

—¿Cuándo ocurrió? —le preguntó Celia, que ya había abierto su carpeta.

—El jueves. Cerraron la llave, repararon la tubería y dieron el asunto por resuelto, pero el agua llevaba horas filtrándose sobre el falso techo. El peso terminó por vencer los anclajes esta mañana.

Aquello explicaba la fisura que había visto el camarero y también convertía un accidente fortuito en una cadena de negligencias. El responsable de mantenimiento esperaba dentro de la sala junto al director del hotel, dos abogados y el arquitecto encargado de la inspección.

Le indiqué a Rory que se sentara en un extremo y comenzamos la reunión. Durante la siguiente hora reconstruimos lo ocurrido desde el momento en que un operario perforó la tubería hasta el desprendimiento del techo.

El supervisor había recibido el aviso, pero decidió no cerrar el comedor porque la humedad parecía limitada a una esquina y el hotel alojaba un congreso con más de doscientos asistentes.

—¿Vio la grieta el viernes? —le pregunté.

El hombre mantuvo la atención fija en la mesa.

—Sí, señor.

—¿Y permitió que sirvieran el desayuno debajo de ella?

—Pensé que solo se había dañado el revestimiento. Ordené que el equipo técnico la revisara hoy después del servicio.

Tuve que contenerme para no elevar la voz. A pocos metros, Rory continuaba sentado con las manos entrelazadas. No sabía si seguía la conversación, pero, al mencionar el ingreso hospitalario de la huésped, cerró los dedos hasta que los nudillos perdieron el color.

—Su obligación no era pensar —le respondí al supervisor—, sino aplicar el protocolo. Debió clausurar el comedor en cuanto apareció la fisura.

El director asumió la responsabilidad por no haber comprobado personalmente el aviso. Ordené suspender al supervisor hasta que terminara la investigación interna y encargué una revisión completa de las instalaciones, no solo del ala afectada.

El arquitecto confirmó que la estructura principal no presentaba daños y que el hotel podría reabrir el comedor en pocos días, una vez sustituido el falso techo y revisado todo el sistema de tuberías.

La información del hospital llegó poco antes de las dos. La mujer herida había sufrido una brecha en la frente y una leve conmoción, pero recibiría el alta aquella misma tarde. Otros cuatro huéspedes fueron atendidos por cortes y golpes de poca consideración. Ninguno necesitó permanecer ingresado.

La noticia alivió parte de la presión, aunque no reparaba nuestra responsabilidad.

Celia se ocupó de contactar con los afectados. Les ofreció cubrir los gastos médicos, devolver el importe de la estancia y alojarlos gratuitamente cuando desearan regresar, aparte de una generosa indemnización.

Después preparó con los abogados una declaración que reconocía el fallo sin adelantar conclusiones que todavía debía confirmar la investigación.

Mientras hablábamos, hicieron traer comida a la sala. Encontré una bandeja frente a Rory cuando regresé de inspeccionar el comedor. El sándwich seguía intacto y el vaso de agua conservaba el envoltorio de papel sobre la parte superior.

—Come algo —le ordené.

Negó sin mirarme.

—No te lo estoy preguntando.

—No tengo hambre.

—No has desayunado en el internado y son más de las dos.

—He dicho que no tengo hambre.

La respuesta mostró por fin parte de la rabia que llevaba horas conteniendo. Sus dedos agarraron el borde de la silla, pero no añadió nada. Tenía los labios secos y el rostro más pálido que cuando salimos de St. Bartholomew.

—Déjalo un momento —me aconsejó Celia desde el otro lado de la mesa.

—No te he pedido que intervengas.

Ella recibió el comentario sin alterarse. Cerró la carpeta y se inclinó hacia Rory, aunque mantuvo una distancia prudente.

—Guardaremos la comida para el coche —le propuso con voz suave—. Quizás más tarde te apetezca.

Mi hijo no respondió. Celia envolvió el sándwich y lo introdujo en una bolsa sin esperar mi aprobación.

El gesto me irritó porque era razonable y porque yo había sido incapaz de obtener de Rory algo tan sencillo como que diera un mordisco.

A las tres comparecimos ante la prensa en una sala próxima al vestíbulo. Celia permaneció a un lado junto al director del hotel, mientras Owen coordinaba la entrada de los medios. Rory se quedó en el despacho de dirección, acompañado por Caleb.

Expliqué que el desprendimiento se había producido por una filtración localizada, confirmé que la estructura del edificio era segura y anuncié una investigación interna para determinar por qué no se cerró el comedor al detectarse los primeros indicios.

No traté de convertir una negligencia en un accidente inevitable ni eludí las preguntas sobre nuestra responsabilidad.

—El hotel falló al no proteger a sus huéspedes —reconocí ante las cámaras—. Pediremos disculpas personalmente a todas las personas afectadas y asumiremos las consecuencias. Nuestra prioridad es reparar el daño y garantizar que no vuelva a suceder.

La comparecencia se prolongó cerca de media hora. Preguntaron por las obras, por el supervisor y por el estado de la mujer trasladada al hospital.

Cuando terminamos, Celia recibió una llamada de nuestro gabinete de comunicación y me informó de que la respuesta estaba siendo favorable. Haber comparecido el mismo día y admitir el fallo evitaba que otros llenaran los vacíos con especulaciones.

Poco después, el hospital confirmó el alta de la huésped. Fuimos a verla antes de abandonar Brighton. Se encontraba dolorida y enfadada, pero aceptó mis disculpas y agradeció la atención de los empleados que la ayudaron a salir del comedor.

Al regresar al hotel, Rory seguía en el mismo lugar. La comida permanecía dentro de la bolsa y Caleb me confirmó que no había pronunciado una sola palabra durante nuestra ausencia.

Iniciamos el viaje de vuelta cuando ya empezaba a oscurecer. Celia se sentó otra vez delante y dedicó buena parte del trayecto a informar a Graham y Owen de las decisiones tomadas.

La crisis estaba controlada: los heridos evolucionaban bien, la zona afectada permanecería cerrada, el resto del edificio podía funcionar y los medios habían recogido nuestra versión sin acusarnos aún de ocultar información.

En cualquier otro día, habría considerado que habíamos resuelto una situación desastrosa con bastante eficacia. Sin embargo, detrás de mí viajaba un problema para el que no existían protocolos, abogados ni declaraciones preparadas.

Rory rechazó por segunda vez el sándwich. No le pregunté nada más hasta que dejamos atrás Londres y el tráfico disminuyó. Entonces cerré el informe que fingía leer y me volví hacia él.

—Necesito que me expliques qué ocurrió.

Sus ojos continuaron fijos en el cristal.

—Rory, mírame.

Obedeció. Tenía la mandíbula rígida y los ojos enrojecidos, aunque no había llorado. Esperé que dijera algo, cualquier cosa que me permitiera comprender por qué había arruinado su expediente intentando incriminar a otro alumno.

En lugar de hablar, apretó los puños sobre las piernas. Vi cómo tragaba saliva y desviaba el rostro de nuevo hacia la oscuridad.

—No puedo ayudarte si continúas así —le advertí, dominando el impulso de zarandear una respuesta fuera de él—.

Hoy has perdido el colegio, pero puedes perder mucho más.

Si esa marihuana era tuya, necesito saber de dónde la sacaste.

Si alguien te obligó a ponerla allí, tienes que decirlo.

Y si querías vengarte de Samuel por la pelea, admitirlo será menos grave que seguir mintiendo.

Los músculos de sus manos se tensaron todavía más.

—No voy a hablar.

No hubo desafío en su voz. Sonó cansado, casi quebrado, y eso consiguió que mi enfado se mezclara con un temor que no sabía manejar.

—Entonces tampoco esperes que confíe en ti.

Rory cerró los ojos y no volvió a pronunciar palabra.

Dejamos a Celia en su casa antes de continuar hacia la finca. Se despidió de mí con la promesa de encargarse del informe para el consejo y dirigió hacia Rory una mirada cargada de preocupación. Él no reaccionó.

Rose nos esperaba en el vestíbulo. Su alegría al verlo se desvaneció cuando reparó en la bolsa del internado y en la expresión de ambos.

—¿Qué ha pasado?

—Luego te lo explicaré —le contesté.

Rory subió la escalera sin quitarse siquiera la americana. Rose lo llamó, pero él no se detuvo. Segundos después, la puerta de su dormitorio se cerró en la planta superior.

Anne había dejado la cena preparada. Eran más de las ocho y mi hijo no había comido en todo el día, de modo que serví un plato y lo llevé personalmente. Llamé dos veces.

—Déjame en paz —pidió desde dentro.

—Abre la puerta.

—No quiero cenar.

Probé el picaporte. Había echado el pestillo.

—No has comido nada desde ayer. Abre ahora mismo.

No respondió. Permanecí en el pasillo con el plato entre las manos, escuchando un silencio que ya no podía confundir con rebeldía. Al final dejé la comida en el suelo y bajé antes de hacer algo de lo que pudiera arrepentirme.

Tabitha llegó poco después de las nueve. Entró sin esperar a que Rose terminara de abrir y vino directa al estudio, donde yo había servido un whisky que todavía no había probado.

—Celia me ha contado lo ocurrido —anunció. Se quitó el abrigo y lo dejó sobre una butaca—. ¿Dónde está Rory?

—Encerrado en su dormitorio. No habla, no come y no explica por qué intentó colocar marihuana en la taquilla de Samuel Astor.

Mi cuñada cerró los ojos durante unos instantes. Cuando los abrió, su preocupación había desplazado a la sorpresa.

—Hablaré con él.

—No te abrirá.

—Tú eres su padre y llevas todo el día enfadado. Yo todavía conservo alguna posibilidad.

Subió sin concederme tiempo para responder. Rose y yo permanecimos al pie de la escalera mientras Tabitha llamaba a la puerta.

—Rory, soy yo —dijo con una suavidad que rara vez utilizaba conmigo—. No he venido a regañarte. Solo quiero verte.

No obtuvo respuesta.

Volvió a intentarlo. Le recordó el libro que le había regalado, prometió que no haría preguntas y hasta se ofreció a permanecer sentada en el suelo si no quería dejarla entrar.

—Puedes guardar silencio todo el tiempo —añadió—. Pero abre la puerta para que sepa que estás bien.

Desde el dormitorio llegó por fin la voz apagada de Rory.

—Estoy bien, tía Tabitha. Por favor, vete.

Ella apoyó una mano contra la madera y esperó unos segundos antes de regresar a la planta baja. Al verme, negó con la cabeza.

—No va a abrir.

Miré hacia el piso superior. El plato continuaba frente a la puerta, intacto.

Esa mañana había salido de casa preocupado por un hotel. Al terminar el día, el techo estaba asegurado y la crisis empezaba a quedar bajo control.

Mi hijo, en cambio, se encontraba a pocos metros de mí y nunca me había parecido tan lejos.