Mi tentación más inoportuna Capítulo 8
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Capítulo 8

El lunes comenzó con la confirmación de que los Pembroke habían aceptado la última propuesta de financiación y continuó, apenas cuarenta minutos después, con una llamada desde Brighton que convirtió aquel avance en una noticia secundaria.

El hotel Miller Grand ocupaba un edificio victoriano frente al paseo marítimo. Llevábamos casi dos años renovándolo por fases para evitar un cierre completo, aunque las obras se habían limitado hasta entonces a las habitaciones y los espacios destinados a eventos.

A las nueve y veinte de la mañana, una parte del techo del comedor principal se desprendió durante el desayuno.

Owen me comunicó los primeros datos mientras yo salía de una reunión con Graham.

Varios huéspedes sufrieron cortes y contusiones; una mujer fue trasladada al hospital después de recibir el impacto de una lámpara, y los bomberos ordenaron desalojar toda el ala este hasta comprobar la estabilidad de la estructura.

Aún no conocíamos la causa, pero las fotografías publicadas por dos clientes mostraban yeso, cristales y mesas volcadas bajo un titular que incluía las palabras “hotel de lujo” y “derrumbe”.

En menos de media hora, las imágenes llegaron a varios medios nacionales.

—El director asegura que la viga estaba en perfecto estado durante la última inspección —me explicó Owen a través del teléfono—.

El arquitecto se dirige hacia allí, pero tardará una hora.

La policía ha acordonado el comedor y alguien ha informado a la prensa de que existían grietas desde la semana pasada.

Me detuve frente a los ventanales de mi despacho. Celia permanecía al otro lado de la mesa, consultando su móvil mientras escuchaba la conversación.

Había vuelto a vestirse con un traje menos convencional que los que solía llevar antes de su cumpleaños: pantalones color crema, chaqueta rosa empolvado y una blusa que sustituía la habitual rigidez de sus camisas. Su cabello conservaba los reflejos claros que había estrenado la semana anterior.

—¿Existían? —pregunté.

—El director de mantenimiento sostiene que no. Uno de los camareros dice que vio una fisura el viernes y avisó a su supervisor.

—Quiero el informe de mantenimiento, las grabaciones del comedor y los datos de la última revisión estructural. Que nadie hable con la prensa hasta que sepamos qué ha ocurrido.

Celia ya estaba tomando notas. Cuando terminé la llamada, se acercó a la mesa y giró el ordenador hacia mí. En la pantalla aparecía un vídeo grabado por un huésped poco después del accidente. Dos empleados ayudaban a salir a una mujer, mientras una nube de polvo cubría el fondo del comedor.

—No puedes gestionar esto desde Londres —afirmó—. Si los huéspedes afectados presentan una denuncia y se demuestra que el hotel conocía la grieta, tendremos un problema mucho más grave que un techo derrumbado.

—Lo sé. Pide a Caleb que prepare el coche.

—Voy contigo.

Levanté la vista. Su decisión no parecía admitir objeciones; había cerrado la agenda y ya buscaba el número de nuestro gabinete de comunicación.

—No es necesario. Quédate y continúa con los Pembroke.

—La negociación puede avanzar sin nosotros durante unas horas.

Brighton necesita a alguien que coordine a los abogados, a la aseguradora y al equipo de prensa, y tú intentarás hacerlo todo mientras interrogas al director del hotel.

—Guardó el teléfono y recogió dos carpetas—.

Además, si apareces solo y con esa expresión, los empleados pensarán que vas a ordenar una ejecución pública.

—¿Qué expresión?

—La misma que utilizas cuando preguntas qué expresión.

No tenía tiempo para discutir. Acepté que viniera y abandonamos la oficina poco antes de las diez.

Caleb nos esperaba en el aparcamiento con el motor en marcha. Una vez dentro, Celia comenzó a distribuir tareas por teléfono mientras yo revisaba los informes que llegaban desde Brighton.

Tomamos la ruta hacia el sur. El tráfico era más denso de lo habitual y la aplicación calculaba casi dos horas hasta el hotel.

Durante los primeros kilómetros, no levantamos la atención de las pantallas. La aseguradora exigía una valoración preliminar, el hospital se negaba a facilitar información sobre los huéspedes y tres cadenas de televisión habían enviado equipos al paseo marítimo.

Una nueva llamada de Owen confirmó que el techo no formaba parte de la zona reformada. La noticia debía tranquilizarme, pero solo trasladaba el problema a una instalación que creíamos segura.

Mi teléfono vibró poco después de incorporarnos a la M23. Esperaba otra llamada desde Brighton y atendí sin mirar la pantalla.

—Nicholas Miller.

—Señor Miller, soy Sarah Fletcher.

Su voz consiguió apartar mi atención de los informes. Sarah nunca me había llamado sin acordarlo antes. Hasta entonces prefirió los mensajes, los correos y aquella precisión escrita con la que convertía cada retraso de Rory en un hecho digno de archivo.

—¿Qué ocurre ahora? —le pregunté.

Celia dejó de hablar con el responsable de comunicación y volvió la cabeza hacia mí.

—Necesito que venga a St. Bartholomew de inmediato —respondió Sarah—. El director está esperando para hablar con usted.

—No puedo ir. Me dirijo a Brighton por una emergencia.

—Tendrá que cambiar de rumbo.

La seguridad de aquella afirmación me irritó. Al otro lado del cristal, el tráfico avanzaba con lentitud bajo un cielo gris.

Teníamos un hotel evacuado, un problema monumental y decenas de empleados pendientes de instrucciones. No estaba dispuesto a abandonar todo aquello porque Rory hubiera faltado a otra tutoría.

—No estoy para tonterías, señorita Fletcher. Si mi hijo ha vuelto a llegar tarde o ha abandonado una clase, hablaré con él cuando regrese a casa.

Sarah tardó un instante en contestar. Cuando lo hizo, la contención que caracterizaba su voz había desaparecido.

—No lo llamaría si se tratara de un retraso. Ha ocurrido algo muy serio.

—Eso mismo afirmó la última vez y acabamos hablando de una discusión entre dos alumnos que nadie presenció desde el principio.

—No compare ambas situaciones.

—Me resulta difícil no hacerlo cuando cada incidente adquiere proporciones de catástrofe en cuanto usted interviene. He pasado el fin de semana con Rory y se encuentra perfectamente. Quizás su comportamiento no sea modélico, pero no tiene el problema que lleva semanas empeñada en atribuirle.

Escuché una respiración brusca al otro lado. Sarah respondió a alguien que se encontraba cerca de ella y regresó a la llamada con un tono más bajo, aunque cargado de furia.

—Puede pensar lo que quiera de mí, Señor Miller, pero esta vez no dispone de ninguna explicación que convierta los hechos en una travesura. Su hijo está en el despacho del director y debe presentarse aquí.

—Le he dicho que voy camino de una emergencia.

—¡Y yo le estoy diciendo que venga! —gritó.

La fuerza de su voz me obligó a apartar el teléfono unos centímetros. Celia arqueó las cejas, sorprendida. También Caleb me observó a través del retrovisor.

Sarah Fletcher nunca gritaba. Corregía, argumentaba y conseguía que cada frase sonara a una reprimenda sin necesidad de elevar el volumen. Oírla perder el control provocó algo que mi irritación no había permitido hasta entonces: miedo.

—¿Está herido? —le pregunté.

—No. Rory está bien, al menos físicamente. No puedo explicarle nada más por teléfono.

Miré la carretera y calculé la distancia. St. Bartholomew se encontraba en Surrey, al oeste de nuestra ruta. El desvío nos retrasaría cerca de una hora antes de que pudiéramos continuar hacia Brighton.

—Llegaremos en cuarenta minutos.

Terminé la llamada y me incliné hacia el asiento delantero.

—Caleb, cambia de rumbo. Vamos al internado.

Él consultó el navegador y tomó la siguiente salida sin hacer preguntas. Celia permaneció en silencio hasta que la nueva ruta apareció en la pantalla.

—¿Qué ha hecho Rory?

—No ha querido decírmelo.

—¿Y vas a dejar Brighton?

—No he tenido más remedio.

Lo dije sin pensar. Celia me observó unos segundos, pero no realizó ningún comentario.

Abrió la carpeta, contactó con Owen y comenzó a organizar nuestra llegada al hotel para más tarde. La escuché trasladar reuniones, ordenar que un abogado nos esperara en Brighton y convencer al gabinete de prensa de que retrasara cualquier declaración.

Volvía a ser la mujer capaz de contener una crisis sin permitir que se reflejara en su voz.

Aun así, cuando guardó el teléfono, su expresión ya no mostraba la euforia de los últimos días.

Llegamos a St. Bartholomew poco antes de las once. No había bullicio en el vestíbulo ni alumnos corriendo hacia el comedor. Las clases continuaban y nuestros pasos resonaron sobre el suelo de piedra mientras una recepcionista nos indicaba cómo llegar al área administrativa.

Sarah aguardaba frente a la puerta del director. Vestía una falda gris, un jersey oscuro y llevaba el cabello sujeto en una coleta baja. Su rostro carecía de color; apretaba una carpeta contra el cuerpo y no se movió cuando nos acercamos.

—Señor Miller —me saludó, antes de reparar en Celia.

—Celia Winslow, mi secretaria —expliqué—. ¿Dónde está Rory?

—En una sala contigua, acompañado por el tutor de su residencia. El señor Tyler quiere hablar primero con usted.

Celia avanzó conmigo, pero Sarah levantó una mano para detenerla.

—La reunión debe celebrarse en privado. Es un asunto muy delicado.

—Celia está al corriente de todos mis asuntos —repliqué, molesto por una exigencia más—. Se quedará.

La frustración cruzó las facciones de Sarah. Bajó la mano y abrió la puerta sin discutir. Si el problema consistía en otra infracción escolar, su dramatismo empezaba a rozar lo intolerable.

Harry Tyler se levantó detrás de su escritorio al vernos entrar. Rondaría los sesenta años y su aspecto resultaba tan tradicional como el propio internado: traje oscuro, chaleco, corbata de rayas y cabello plateado peinado hacia atrás.

Lo había conocido durante el proceso de admisión de Rory y siempre se mostró cortés, incluso deferente. Aquella mañana no me ofreció la mano.

—Nicholas, gracias por venir con tan poca antelación.

—Debería estar camino de Brighton. Espero que esto lo justifique.

Harry señaló las sillas situadas frente a su mesa. Sarah ocupó una a un lado, mientras Celia se sentaba junto a mí y colocaba la carpeta sobre sus rodillas.

—Voy a ser directo —anunció el director—. El consejo disciplinario se ha reunido y ha decidido expulsar a Rory de St. Bartholomew con efecto inmediato.

Durante unos segundos, las palabras no adquirieron sentido. Miré a Sarah esperando alguna aclaración y después regresé al hombre que acababa de pronunciarlas.

—¿Se ha vuelto loco?

—Comprendo que esté alterado, pero la decisión se ajusta al reglamento.

—No comprendes nada. No se expulsa a un alumno con un expediente como el de Rory por llegar tarde ni por discutir con un compañero.

—No estamos hablando de ninguna de esas faltas.

Harry abrió una carpeta y extrajo una pequeña bolsa transparente. Dentro distinguí varios envoltorios y una cantidad de materia vegetal que no necesité examinar para identificar.

—Esta mañana han encontrado a Rory introduciendo marihuana en la taquilla de Samuel Astor —me comunicó—. La señorita Fletcher lo sorprendió mientras lo hacía.

Sentí que la habitación se inclinaba. Volví a mirar la bolsa, después a Sarah.

—Eso es imposible.

Ella mantuvo mis ojos, aunque sus dedos se cerraron con fuerza sobre la carpeta.

—Lo vi yo misma.

—¿Qué vio exactamente? Porque la última vez llegó después de que todo hubiera ocurrido y decidió completar los espacios con su imaginación.

Sarah se levantó de la silla.

—Entré en el vestuario y encontré a Rory frente a la taquilla de Samuel. Tenía una de esas bolsas en la mano y estaba colocando las demás en el interior.

—¿Estaba solo?

—Sí.

—¿Registró usted la taquilla? ¿Tocó las bolsas? ¿Cómo sabe que eran suyas?

—Nicholas —intervino Harry, poniéndose también en pie—, no convierta esto en un interrogatorio. Sarah informó de lo ocurrido y otro profesor acudió antes de que nadie tocara nada. Seguimos el procedimiento establecido.

—¿El procedimiento establecido consiste en expulsar a mi hijo basándose en la palabra de una profesora que lleva semanas persiguiéndolo?

La acusación hizo que Sarah retrocediera. Su sorpresa duró poco y fue sustituida por una indignación que la encendió.

—¿Cuándo piensa abrir los ojos? —me preguntó—. He intentado advertirle desde el primer mensaje. Rory miente, se salta las normas y se niega a colaborar. Su hijo tiene un problema, y usted continúa buscando la forma de culparme por verlo.

Me puse en pie con tanta rapidez que la silla golpeó el suelo. Harry se situó entre ambos antes de que pudiera acercarme a ella.

—Mida sus palabras —me advirtió—. Sarah no ha tomado la decisión. La he tomado yo con el consejo disciplinario.

—Pues revóquela.

—No puedo hacerlo. La posesión de drogas ya constituye una falta grave. Utilizarlas para incriminar a otro alumno resulta incompatible con la permanencia en este centro.

Celia me tocó el brazo. Hasta entonces no había intervenido, pero cuando habló lo hizo con una serenidad que yo había perdido.

—¿Rory ha ofrecido alguna explicación?

Harry negó despacio.

—No ha negado los hechos. Se ha limitado a decir que no quiere declarar nada más.

Aquello me arrebató el último argumento. Sarah podía equivocarse; el director podía precipitarse y el consejo interpretar el reglamento con una severidad desmedida. Pero Rory había guardado silencio incluso después de saber que se exponía a una expulsión.

—Quiero verlo.

Harry acompañó a Celia y a Sarah hasta el pasillo mientras yo entraba en la sala contigua. Rory estaba sentado frente a una mesa, todavía con el uniforme. No parecía asustado. Mantenía la cabeza inclinada y observaba sus manos, unidas entre las rodillas.

El tutor abandonó la habitación y cerró la puerta.

—Dime que no lo hiciste —le exigí.

Levantó los ojos. Había desaparecido el adolescente alegre que dos días antes discutía sobre las líneas de la pista de tenis. En su lugar encontré una expresión hermética, adulta de una forma que no le correspondía.

—Me encontraron poniendo las bolsas en la taquilla.

—Eso ya lo sé. Quiero saber por qué.

—No puedo decírtelo.

—Acaban de expulsarte de St. Bartholomew. No puedes volver a clase, pierdes el curso y esa expulsión aparecerá en cualquier solicitud que presentes. Así que será mejor que empieces a hablar.

Su mandíbula se tensó, pero no respondió.

—¿Eran tuyas?

—No voy a decir nada más.

Golpeé la mesa con la palma y Rory dio un respingo.

—¡Se acabaron las excusas! Recogerás lo imprescindible y te marcharás conmigo. Caleb volverá mañana por el resto de tus cosas.

—Papá...

—No. Estás castigado. Sin teléfono, sin coche, sin amigos, sin rugby y sin cualquiera de las comodidades que has confundido con derechos. —Abrí la puerta y me volví hacia él—. A partir de ahora, y hasta que decidas contarme la verdad, estás castigado de por vida.

Rory bajó la cabeza otra vez. No negó haber colocado la marihuana. Tampoco pidió perdón.

Y yo salí de aquella habitación convencido de que Sarah Fletcher había tenido razón desde el principio.