Capítulo 7
El domingo me despertó el ruido de unos cajones abriéndose en la cocina. Eran poco más de las ocho y, por la cantidad de golpes, quien estuviera preparando el desayuno carecía de experiencia o mantenía una disputa personal con los utensilios.
Encontré a Rory frente a los fogones, todavía en pijama, tratando de despegar una tortita de la sartén. Había harina sobre la encimera, una cáscara dentro del fregadero y dos platos en los que se acumulaban varios intentos de formas difíciles de identificar.
—¿Qué haces?
—Desayunar.
—Anne dejó comida preparada.
—Quería tortitas.
—Podrías habérselo pedido a Rose.
—Es domingo. Hasta las nueve no se permite molestarla.
Aquella norma no existía. Rose se levantaba antes que todos los habitantes de la casa y probablemente llevaba una hora despierta, pero agradecí que Rory hubiese decidido respetar su descanso imaginario.
Me acerqué a inspeccionar la sartén.
—Eso está quemado.
—Está caramelizado.
—No contiene caramelo.
—Entonces resulta aún más impresionante.
Le quité la espátula y preparé la siguiente. La cocina nunca había formado parte de mis responsabilidades domésticas, pero dominaba cuatro recetas sencillas, y las tortitas eran una de ellas.
Eleanor me enseñó a hacerlas cuando Rory tenía cinco años y decidió que los domingos debían empezar con sirope, independientemente de nuestros planes.
Mi hijo observó cómo vertía la masa.
—Llevas años fingiendo que no sabes cocinar.
—Sé cocinar esto.
—También haces huevos.
—No confundas romper una cáscara con poseer una habilidad.
Desayunamos en la isla de la cocina antes de que aparecieran Rose y Anne.
Rory cubrió las tortitas con una cantidad de sirope que habría bastado para conservarlas hasta su jubilación y me contó que St. Bartholomew organizaba un viaje a Stratford-upon-Avon al final del trimestre.
Quería asistir porque incluía una representación teatral y dos noches lejos del horario habitual.
—Creía que detestabas la literatura —comenté.
—Detesto analizar durante una hora por qué una cortina es azul. El teatro tiene gente moviéndose.
—Una distinción académica importante.
—Además, si voy al viaje, la señorita Fletcher tendrá que soportarme durante todo un fin de semana. Sería irresponsable privarla de esa alegría.
No había rastro de enfado cuando habló de ella. Sarah se había convertido en un personaje dentro de sus historias, la profesora estricta a la que atribuía un interés desmedido por vigilarlo. Incluso aquella supuesta manía parecía divertirle más de lo que le preocupaba.
Después de desayunar le propuse salir antes de que tuviera que regresar al internado. Rory dudó al mirar por la ventana. El cielo estaba cubierto y el césped conservaba la humedad de la noche.
—¿Es una excursión de verdad o una forma de interrogarme lejos de mis abogados?
—Tu tía se marchó ayer.
—Puedo llamarla.
—Tienes cinco minutos para vestirte.
Subió en cuatro y apareció en siete, lo bastante cerca del plazo para proclamar una victoria. Sacamos el todoterreno que utilizábamos en la finca y metimos a Basil en la parte trasera. El perro ocupó el asiento con la actitud de quien había financiado el vehículo.
Condujimos hasta una zona boscosa situada a varios kilómetros de casa. Eleanor había descubierto aquel sendero cuando Rory era pequeño y durante años fuimos allí los domingos en los que el tiempo permitía caminar sin regresar cubiertos de barro hasta las rodillas.
El recorrido bordeaba un arroyo, atravesaba un bosque de hayas y terminaba en una elevación desde la que se distinguían los campos de los alrededores.
Rory dejó su teléfono en el coche por voluntad propia. Avanzó por el sendero lanzándole una rama a Basil y burlándose de mi elección de calzado. Hablamos de rugby, de sus solicitudes universitarias y del coche que esperaba que le comprara cuando cumpliera dieciocho.
—No voy a comprarte un coche deportivo.
—No he dicho deportivo.
—Me enviaste tres modelos.
—Dos eran cupés.
—Con motores capaces de infringir el límite de velocidad sin abandonar el garaje.
—Eso demuestra eficiencia.
Me preguntó si podría trabajar durante las vacaciones en alguno de los hoteles. No buscaba un puesto en las oficinas ni un título decorativo: quería pasar unas semanas en recepción o acompañar al equipo que organizaba eventos. La petición me sorprendió lo suficiente para detenerme.
—¿Qué ocurre? —quiso saber—. ¿Temes que descubra que la empresa funciona sin ti?
—Lo sospecho desde hace años.
—Entonces déjame hacerlo.
—Hablaré con recursos humanos.
—Eso significa que sí.
—Significa que hablaré con recursos humanos.
—En tu idioma, es lo más parecido a un sí que voy a conseguir.
Continuamos hasta el mirador. La niebla se había retirado y una franja de sol atravesaba los campos.
Rory intentó fotografiar a Basil, pero el perro decidió sentarse de espaldas a la cámara. Terminó haciéndonos una foto a los tres con el brazo extendido. En la imagen aparecí con los ojos medio cerrados, Rory sonriendo y Basil interesado en algo situado fuera del encuadre.
—Perfecta —sentenció.
—Bórrala.
—Ya se la he enviado a tía Tabitha.
De regreso, dejé que condujera el último tramo dentro de la finca. Tenía permiso provisional y una confianza muy superior a su experiencia. Se acercó demasiado a un seto, frenó tarde ante la curva del garaje y estacionó ocupando dos plazas.
—Impecable —declaró después de apagar el motor.
—Si las plazas fueran continentes distintos.
—No puedes exigir precisión después de someterme a condiciones extremas.
—Hemos circulado a treinta kilómetros por hora.
—Con Basil respirándome en la nuca.
Rose nos esperaba en el vestíbulo cuando entramos. Había preparado bocadillos para el trayecto, fruta, dos porciones de tarta y una bolsa de galletas que Rory guardó antes de que yo pudiera recordarle que el internado también disponía de comida.
A las doce, Caleb colocó el equipaje en el maletero. Rory abrazó a Rose y soportó que le alisara el cabello.
—Volveré pronto —le prometió—. Antes de que Basil olvide quién es su dueño de verdad.
—El próximo fin de semana —exigió ella.
—Tengo partido.
—El siguiente, entonces.
—No puedo prometerlo.
También se despidió de Anne, recibió instrucciones sobre los recipientes que debía devolver y salió con provisiones suficientes para sobrevivir a un asedio. Junto al coche, me abrazó antes de abrir la puerta.
—Hablaré con la señorita Fletcher —aseguró—. Llegaré puntual, iré a la tutoría y procuraré que mi existencia deje de ofenderla.
—Con que cumplas las normas será suficiente.
—Eso es mucho más difícil, pero haré un esfuerzo.
Se acomodó en el asiento trasero y bajó la ventanilla mientras Caleb arrancaba. Basil corrió unos metros junto al coche hasta que Rose lo llamó.
Vi a Rory despedirse con la mano antes de que el vehículo desapareciera al final del camino.
El fin de semana había disipado buena parte de mis dudas. Mi hijo no estaba asustado, abatido ni fuera de control. Seguía siendo alegre, cariñoso y capaz de discutir cualquier acusación hasta convertirla en una comedia.
Regresó a St. Bartholomew prometiendo comportarse. Y yo le creía.