Capítulo 6
Caleb regresó unas horas después. Escuché el coche recorrer el camino de entrada y abandoné el estudio antes de que se detuviera frente a la casa.
Había pasado la última hora revisando un informe sin asimilar más de dos páginas y comprobando el reloj con una frecuencia que habría negado bajo juramento.
Rory salió del vehículo antes de que Caleb pudiera abrirle la puerta.
Llevaba una mochila al hombro, una bolsa deportiva en la mano y la corbata de St. Bartholomew metida en el bolsillo de la americana.
Su aspecto desordenado no difería demasiado del de cualquier otro chico, y la sonrisa que mostró al verme terminó de desmontar la imagen de adolescente hostil que Sarah Fletcher llevaba varios días empeñada en construir.
—¿Has salido para recibirme? —me preguntó—. Debo de estar en más problemas de los que pensaba.
—Tu bienvenida oficial está dentro. Rose lleva dos días preparando comida.
—Entonces no ha perdido la esperanza de que crezca unos centímetros más.
Dejó la bolsa en el suelo y me abrazó. No fue el gesto breve y tenso con el que se había despedido de mí en el internado, sino el abrazo despreocupado de siempre.
Olía a césped, a desodorante y al interior de un vestuario donde probablemente nadie consideraba urgente abrir una ventana.
Basil apareció por la puerta principal y se lanzó hacia él. Rory tuvo tiempo de agacharse antes de que el perro apoyara las patas delanteras sobre su pecho y comenzara a lamerle la barbilla.
—¡Yo también te he echado de menos! —exclamó mientras trataba de protegerse la cara—. Aunque esperaba que en mi ausencia aprendieras a respetar los límites.
—Vive conmigo. No ha tenido un buen ejemplo.
—¿Sigue durmiendo en tu dormitorio?
—No duerme en mi dormitorio.
Rose, que apareció en ese momento, traía una manta azul cubierta de pelos y la sostuvo entre dos dedos.
—La encontré esta mañana sobre la cama del Señor Miller —informó.
Rory me miró con una satisfacción que le delataba.
—Me alegra saber que alguien te acompaña por las noches.
—Entra en casa.
Recogió la mochila entre risas y cruzó el vestíbulo con Basil pegado a las piernas.
Saludó a Rose con otro abrazo y se dejó examinar mientras ella le acomodaba el cuello de la camisa, le reprochaba que estuviera demasiado delgado y preguntaba si en St. Bartholomew habían dejado de alimentar a los alumnos.
—Nos dan cuatro comidas al día —explicó—. El problema es que el menú está diseñado por alguien que odia a los adolescentes.
—Anne ha preparado pastel de carne.
—Por eso he vuelto.
—Y yo creyendo que querías verme —comenté.
—También. Pero tú no llevas hojaldre.
Subió a dejar sus cosas. Lo oí recorrer el pasillo de la planta superior, abrir varias puertas y silbar para que Basil lo siguiera hasta su habitación.
Todo parecía recuperar su lugar con su regreso: el ruido en la escalera, una zapatilla abandonada en el vestíbulo y Rose elevando la voz para recordarle que no permitiera al perro subir a la cama.
Sarah podía llamarlo hostil cuanto quisiera. En casa seguía siendo Rory.
Tabitha apareció veinte minutos después. Entró con la bolsa de la librería, una caja de dulces y la explicación de que no pensaba esperar más tiempo para comprobar si su sobrino había sido corrompido por la educación privada.
—Tú también estudiaste en un internado —le recordé mientras la acompañaba al salón.
—Precisamente. Sé lo que ocurre dentro.
—¿Qué ocurre? —preguntó Rory desde la escalera.
Se había cambiado el uniforme por unos vaqueros y un jersey gris. Llevaba el cabello húmedo, señal de que había dedicado tres minutos a ducharse y ninguno a secárselo.
—Tu padre dice que te has convertido en un delincuente.
—He dicho que su tutora está preocupada por su conducta.
—En el idioma de Nicholas, eso significa que ya ha escogido abogado.
Tabitha lo abrazó y le entregó la bolsa. Rory extrajo el libro, leyó el título y volvió a besarla en la mejilla con un entusiasmo que demostró que ella conocía mejor sus gustos que yo.
—Eres mi pariente favorita.
—Soy tu única tía.
—No permitas que los detalles resten valor al premio.
Rose anunció el almuerzo antes de que la conversación pudiera derivar hacia mis defectos como padre y cuñado.
Nos instalamos en el comedor pequeño, el que Eleanor había elegido para las comidas familiares, esas que había que disfrutar. Anne sirvió el pastel de carne y dejó una fuente de patatas en el centro.
Rory comió durante los primeros minutos con la concentración de quien temía que alguien fuera a arrebatarle el plato. Tabitha esperó hasta que repitió para iniciar el interrogatorio que me había prohibido realizar.
—Cuéntanos qué has hecho para aterrorizar a St. Bartholomew.
—Existir, principalmente.
—La señorita Fletcher sostiene otra versión —intervine.
Mi hijo alzó los ojos.
—Sarah Fletcher sostiene que dejar una coma sin vigilancia puede provocar la caída de la civilización occidental.
—Es profesora de literatura —argumentó Tabitha—. Quizás tenga razón.
—La semana pasada dedicó quince minutos a explicarnos que una coma mal colocada podía cambiar el significado de una condena a muerte.
—¿Y puede?
—Sí, pero somos alumnos, no verdugos. Las posibilidades de que tengamos que puntuar una orden de ejecución antes del examen final son escasas.
Tabitha ocultó la risa tras la copa de agua. Yo me limité a observarlo. Estaba relajado, comía con apetito y parecía encantado de encontrarse en casa. Ninguna de aquellas características encajaba con un joven atrapado en un problema serio.
—Te marchaste de su clase antes de que terminara —le recordé.
—Me encontraba mal.
—No mencionaste eso en el internado.
—Porque no era relevante.
—Lo suficiente para abandonar el aula.
Dejó el tenedor y adoptó una expresión grave.
—Empecé a sentir un dolor muy intenso.
—¿Dónde? —preguntó su tía.
—En el orgullo. Estábamos analizando un poema que ya habíamos estudiado el curso pasado.
—Rory.
—Fui a la enfermería —añadió, ya más serio—. Me dolía la cabeza desde el entrenamiento y pensé que iba a tener una migraña. La enfermera no estaba, así que regresé a mi residencia.
—¿Por qué no se lo explicaste a tu profesora?
—Se lo expliqué. Decidió que debería haber levantado la mano, solicitado permiso, esperado a que terminara de hablar y rellenado una solicitud por triplicado.
—Dudo que dijera eso.
—No con esas palabras. Ella tarda muchas más en decir cualquier cosa.
Tabitha rio abiertamente y me señaló con el cuchillo.
—Eso no demuestra que la mujer le tenga manía. Demuestra que tu hijo tiene diecisiete años.
—Gracias —repuso Rory—. Por fin alguien reconoce mi enfermedad.
—No he terminado. También demuestra que eres lo bastante mayor para avisar antes de marcharte.
—La próxima vez enviaré una invitación formal.
—Con las comas bien colocadas —añadió ella.
El intercambio consiguió que también yo sonriera, aunque todavía quedaban varias preguntas. Esperé a que Anne retirara los platos y nos sirviera el postre antes de abordar la tutoría a la que no había acudido.
—La olvidé —respondió él—. Entrenamos a primera hora y cambiaron el horario. Cuando me acordé, la señorita Fletcher ya estaba en clase.
—¿Varios retrasos también se explican por cambios de horario?
—Dos fueron porque el reloj de la torre va adelantado.
—Cuatro minutos.
—Cuatro minutos bastan para llegar tarde.
—¿Y los otros?
Rory empezó a enumerarlos con los dedos.
—Una alarma que no sonó, dos duchas ocupadas, una corbata perdida, un zapato que apareció en otra habitación y un desayuno que requirió más esfuerzo del previsto.
—El desayuno no es una causa de fuerza mayor —señalé.
—No viste los huevos.
Tabitha dejó la cuchara y se volvió hacia mí.
—La defensa solicita que esos huevos sean examinados por un perito independiente.
—La defensa debería guardar silencio.
—La defensa considera que estás prejuzgando al acusado.
Rory se sirvió otra porción de tarta.
—Quiero que conste que mi tía recibe el libro que le regalé como única retribución por sus servicios.
—El libro te lo he regalado yo.
—En ese caso, estamos ante un grave conflicto de intereses.
Las excusas resultaban endebles, pero no imposibles. Recordaba mis propios años en un internado: los despertadores que desaparecían, las duchas ocupadas y las prendas que recorrían habitaciones sin conocimiento de sus propietarios.
A los diecisiete años, la vida diaria generaba contratiempos que los adultos convertíamos en faltas de disciplina.
—En St. Bartholomew parecen ocurrir muchos fenómenos inexplicables —le vacilé.
—Es un edificio antiguo. Quizás tengamos un fantasma.
Tabitha volvió a intervenir antes de que pudiera insistir.
—Nicholas, lleva una hora en casa. Si continúas así, pedirá que Caleb lo devuelva al internado antes del café.
—Solo estoy intentando aclarar lo ocurrido.
—Pues ya lo has aclarado —replicó Rory—. He llegado tarde, olvidé una tutoría y discutí con un imbécil. No escondo cadáveres en la capilla ni he organizado una red de apuestas entre los profesores.
—Me tranquiliza que hayas establecido el límite.
—Sarah Fletcher no estaría de acuerdo. Si estornudo durante una de sus clases, probablemente convocará una reunión para estudiar mi hostilidad hacia la salud pública.
—No parece que le tengas demasiado aprecio —observó su tía.
—Al principio me caía bien. Es lista y consigue que incluso los alumnos más inútiles lean los libros. Pero después decidió vigilarme. Cada vez que pasa algo, me mira primero a mí.
—Quizás porque siempre tienes preparada una explicación —sugerí.
—Eso se llama capacidad de razonamiento. Deberías estar orgulloso.
Rose entró para anunciar que había dejado café en el salón y poner fin a la conversación. Rory recogió su plato sin que nadie se lo pidiera, lo llevó a la cocina y regresó con una pelota de tenis que Basil reconoció de inmediato.
Pasamos la tarde en el exterior. El tiempo se mantuvo despejado y Rory propuso aprovecharlo antes de que regresara la lluvia.
Lanzamos la pelota a Basil por el jardín hasta que el perro descubrió que resultaba mucho más divertido obligarnos a perseguirlo para recuperarla. Después jugamos al tenis en la pista situada detrás de la piscina.
Tabitha formó pareja con su sobrino y anunció que la juventud compensaría su falta de talento. Perdieron los dos primeros juegos porque Rory dedicó más tiempo a discutir las decisiones que a devolver la pelota.
—Ha sido fuera —protestó tras uno de mis servicios.
—Ha tocado la línea.
—La línea forma parte de fuera desde una perspectiva filosófica.
—Por eso tu profesora está preocupada —repuse—. Tienes una relación conflictiva con los hechos.
—Y tú has comprado al árbitro.
—No hay árbitro —le recordó su tía.
—Exacto. Una irregularidad más.
Terminamos cerca de las siete agotados y con Tabitha exigiendo una revancha para la siguiente vez. Rory se lanzó a la piscina exterior vestido con los pantalones cortos y estuvo a punto de arrastrarme con él. Al final consiguió tirar a su tía, que emergió jurando que lo eliminaría de su testamento.
—No tienes hijos —le recordó él desde una distancia prudente—. Soy tu mejor opción.
—Dejaré todo a Basil.
—Se gastará el dinero en pollo y decisiones equivocadas.
Cenamos en la cocina porque ninguno quiso cambiarse para ocupar el comedor.
Rory habló de sus asignaturas, del equipo de rugby y de un profesor de Historia que confundía los nombres de los alumnos, pero compensaba el defecto inventándoles biografías completas.
Relató varias anécdotas del internado y mencionó a media residencia. Ningún nombre pareció revestir una importancia especial.
No vi temor, preocupación ni culpa. Tampoco advertí hostilidad cuando recibió una notificación de St. Bartholomew y comprobó el teléfono delante de nosotros. Era un recordatorio sobre un trabajo pendiente.
Protestó por la crueldad de mandar deberes durante el fin de semana y dejó el móvil boca abajo.
Tabitha se marchó después de las diez. Rory y yo vimos parte de una película en el salón, aunque él se quedó dormido antes de la mitad con Basil tumbado sobre los pies.
Lo contemplé desde el otro extremo del sofá. Seguía teniendo las facciones de Eleanor alrededor de los ojos y la misma forma de fruncir el ceño durante el sueño.
Sarah Fletcher aseguraba que algo estaba cambiando en su conducta. Quizás fuera cierto. Mi hijo ya no era el niño que contaba cuanto le ocurría en cuanto cruzaba la puerta de casa.
Tenía diecisiete años, vivía lejos de nosotros y empezaba a reservarse parcelas de su vida que no me correspondía invadir.
Pero aquella tarde había reído, comido, discutido y hecho trampas al tenis con el entusiasmo habitual. No parecía un joven metido en dificultades, sino un adolescente aprovechando el fin de semana para escapar de las normas del internado.
Le coloqué una manta encima y apagué el televisor.
Por una vez, decidí creer la explicación más sencilla: Rory estaba bien y Sarah Fletcher se equivocaba.