Capítulo 5
Durante los días siguientes, la operación con los Pembroke avanzó con una facilidad que ninguno de nosotros se atrevía a celebrar en voz alta.
Los abogados intercambiaron los primeros borradores del contrato definitivo, el banco aprobó la sustitución de garantías propuesta por Celia y seis de los ocho propietarios confirmaron por escrito su intención de respetar el acuerdo.
Los dos restantes no se opusieron. Se limitaron a pedir tiempo para revisar unas condiciones que ya habían revisado tantas veces que Graham empezaba a sospechar que cobraban por hora.
El miércoles recibimos la valoración actualizada de los terrenos de Richmond.
Superaba nuestras previsiones en algo más de un ocho por ciento y despejaba una de las principales objeciones del consejo.
Owen consiguió, además, cerrar un acuerdo provisional con la empresa que asumiría la renovación de tres establecimientos sin obligarnos a suspender la actividad durante la temporada alta. Por primera vez desde que comenzamos las negociaciones, todas las piezas parecían dispuestas a encajar.
Celia se encontraba en el centro de cada una.
Llegaba antes que yo, abandonaba la oficina más tarde que casi todos y conocía el contenido de los contratos mejor que algunos de los abogados que los habían redactado.
Coordinaba las llamadas con los Pembroke, comprobaba las cifras de Graham y aún encontraba tiempo para anticiparse a cualquier solicitud que pudiera hacerle.
Si preguntaba por un informe, ya lo tenía impreso. Si buscaba una fecha, aparecía señalada en mi agenda. Cuando alguien trataba de localizarme durante una reunión, ella decidía si el asunto merecía interrumpirme con una precisión que rozaba la telepatía.
Sin embargo, había algo distinto en ella.
Lo advertí el martes por la mañana, cuando entró en mi despacho con dos cafés y una carpeta bajo el brazo. Su cabello mostraba reflejos más claros que se hacían visibles al pasar frente a los ventanales.
También llevaba un traje verde de corte moderno que no recordaba haber visto antes y unos pendientes dorados en lugar de las discretas perlas que utilizaba casi todos los días.
Dejó mi café junto al ordenador y abrió la carpeta.
—Los abogados de Pembroke han aceptado nuestra redacción de la cláusula de conservación de plantilla —anunció —. También renuncian a exigir una penalización si retrasamos las obras de Bath por causas estructurales.
—Eso elimina dos de las reservas de sir Malcolm.
—Tres. Esta mañana he hablado con el arquitecto y nos enviará un informe que descarta la necesidad de intervenir en la fachada durante el primer año.
La observé mientras ordenaba los documentos.
Parecía descansada pese a que la noche anterior me había enviado un correo cerca de las once.
Había algo más luminoso en su expresión y sonreía con una facilidad poco habitual durante una negociación capaz de mantener despierto a Graham, lo cual constituía un fenómeno digno de estudio.
—Te has cambiado el pelo.
Sus manos se detuvieron sobre la carpeta.
—Me lo aclaré un poco.
—Te queda bien.
La sonrisa se amplió antes de que bajara la cabeza para consultar una de las hojas.
—Gracias.
—¿Hay algún motivo especial?
—¿Necesito uno?
—No. Pero te noto distinta. Y de muy buen humor, por cierto.
—La operación avanza, el consejo ha dejado de amenazar con un motín y Charles Beaumont no ha conseguido desbaratar el acuerdo. Tengo motivos.
—Ayer Graham confundió la estimación de costes de Edimburgo con la de Manchester y te reíste. Normalmente habrías solicitado que lo examinaran por deterioro cognitivo.
—Cumplir años me ha vuelto tolerante.
—Fue hace unos días. El efecto debería estar desapareciendo.
Celia soltó una carcajada y rodeó la mesa para mostrarme una modificación contractual.
Reparé entonces en que también había cambiado de perfume. El nuevo resultaba más suave que el anterior, aunque permaneció en el aire cuando se inclinó a mi lado.
—Aquí —me indicó, señalando un párrafo—. Hemos limitado el derecho de los Pembroke a supervisar las reformas. Podrán formular observaciones, pero la decisión final será nuestra.
Leí la cláusula y añadí una nota en el margen. Tenía una reunión con el comité financiero en veinte minutos, una lista de informes pendientes y un mensaje de Sarah Fletcher que llevaba casi una hora sin abrir.
Celia se irguió y recogió su café.
—Reservé mesa para el almuerzo del lunes con los representantes del banco.
—Cancélala. La reunión del consejo se ha adelantado.
—Ya la he trasladado al martes.
—Claro.
Permaneció unos segundos junto a la mesa, como si aguardara algo. Después cerró la carpeta y se dirigió a la puerta.
—Celia.
Se volvió con demasiada rapidez.
—Buen trabajo —añadí—. Con todo esto.
Su expresión vaciló apenas un instante antes de recuperar la sonrisa.
—Todavía no hemos terminado.
—Pero ya te lo voy adelantando.
Cuando salió, abrí el mensaje de Sarah.
Sarah Fletcher: “Buenos días, Señor Miller. Lamento insistir, pero Rory continúa mostrándose hostil y poco colaborador. Esta mañana se ha negado a cumplir una indicación de su tutor de residencia y ha abandonado el aula antes de que finalizara la clase. Me gustaría que hablara con él antes del fin de semana.”
Lo leí dos veces. La palabra “hostil” me pareció desproporcionada. Rory podía ser sarcástico, impaciente y capaz de convertir una petición sencilla en una negociación internacional, pero no hostil. Sarah Fletcher seguía acumulando adjetivos donde bastaban los hechos.
Respondí que hablaría con él cuando regresara a casa y dejé el teléfono sobre la mesa.
Cinco minutos después llegó otro mensaje.
Sarah Fletcher: “Se lo agradezco. Conviene que comprenda que no nos preocupa un episodio aislado, sino el cambio general de su conducta.”
No contesté. La insistencia empezaba a producirme el mismo efecto que el sonido de una alarma averiada: quizás avisara de algo importante, pero no por eso resultaba menos irritante.
Celia regresó antes de la reunión acompañada por Graham y la jornada se llenó de cifras, previsiones y garantías.
Cuando abandonamos la sala, pasadas las dos, el director financiero había aceptado recomendar la operación al consejo siempre que obtuviéramos una última confirmación del banco. Celia telefoneó desde el pasillo y consiguió que nos la prometieran para la mañana siguiente.
—Si continúa así, firmaremos antes de final de mes —comentó Graham.
—No digas eso en voz alta —le advirtió ella—. Los Pembroke podrían oírte desde Hampshire y reclamar otra modificación.
—Creía que hoy eras tolerante.
—Contigo he agotado la cuota.
Volvió a reírse. Graham me miró, sorprendido, y yo me limité a encoger un hombro.
No sabía qué le ocurría a Celia, pero su entusiasmo estaba beneficiando a la empresa y no disponía de tiempo para examinarlo con mayor profundidad.
El viernes, poco antes del mediodía, Tabitha entró en mi despacho sin anunciarse. Llevaba varios documentos del departamento jurídico y una bolsa de una librería que dejó sobre el sofá.
—Los Pembroke aceptan someter cualquier conflicto a arbitraje antes de acudir a los tribunales —me informó—. El único punto pendiente es determinar quién asumirá los gastos si deciden vender alguna propiedad antes de que firmemos.
—No deberían vender nada mientras esté vigente la exclusividad.
—No deberían hacer muchas de las cosas que llevan semanas intentando hacer.
Le entregué la última propuesta de nuestros abogados. Tabitha empezó a revisarla de pie, pero levantó la vista cuando mi teléfono vibró sobre la mesa.
Sarah había vuelto a escribirme.
Sarah Fletcher: “Rory no ha acudido a la tutoría fijada para esta mañana. Afirma que olvidó la cita. Confío en que puedan hablar durante el fin de semana.”
Bloqueé la pantalla sin responder.
—¿Problemas? —me preguntó Tabitha.
—La profesora de Rory. Al parecer, olvidar una tutoría constituye una señal de decadencia moral.
—¿La misma que te hizo desplazarte hasta St. Bartholomew?
—La misma.
Tabitha dejó los documentos en la mesa y ocupó la silla de enfrente. Además de mi cuñada y responsable del departamento jurídico, era una de las pocas personas capaces de interrumpir mi jornada sin que Celia intentara expulsarla.
—¿Qué está pasando exactamente?
—Rory ha llegado tarde varias veces, faltó a dos clases y se peleó con otro alumno, aunque afirma que no lo agredió, creo que ya te lo conté. Ahora su tutora asegura que está hostil y poco colaborador.
Tabitha apoyó un brazo en el respaldo. Compartía con su hermana Eleanor algunos gestos, aunque no se parecían demasiado físicamente.
Había momentos en los que inclinaba la cabeza al escucharme o fruncía la boca antes de llevarme la contraria y el parecido regresaba con una claridad que todavía conseguía desconcertarme.
—Rory es un buen chico —afirmó—. Siempre lo ha sido.
—También los buenos chicos pueden torcerse. No sé, ando inquieto, quiero pensar que todo esto debe tener una explicación.
Cogió mi teléfono antes de que pudiera impedírselo y observó el nombre que aparecía en la notificación.
—Sarah Fletcher —leyó—. Suena a mujer que ordena los lápices por tamaño y considera que sonreír distrae del aprendizaje.
—Es profesora de literatura. Tiene una taza sobre las comas.
—Peor aún. Una pincha globos con citas de Shakespeare.
No pude evitar reírme.
—No la conoces.
—Tú apenas la conoces y ya has decidido que exagera.
—Porque exagera. Rory se está mostrando algo rebelde, pero acaba de empezar en un internado. Necesita adaptarse.
—Entonces este fin de semana hablas con él, compruebas que está bien y dejas de enfadarte cada vez que esa mujer te escribe. Estoy deseando verlo. Hace casi un mes que no viene a casa.
—Ha estado ocupado.
—Tiene diecisiete años. Estar ocupado significa que prefiere a sus amigos antes que a nosotros.
—Una decisión bastante sensata.
Tabitha sonrió y señaló la bolsa que había dejado en el sofá.
—Le he comprado el libro que quería. Dile que comeré con vosotros durante el fin de semana.
—Díselo tú.
—Si lo llamo, me responderá con un mensaje tres horas después. Cuando llegue a casa, lo sobornaré con comida y obtendré más información que tú con cualquiera de tus interrogatorios empresariales.
—No pienso interrogarlo.
—Por supuesto. Te sentarás frente a él, adoptarás esa expresión y le preguntarás qué explicación puede ofrecerte.
—¿Qué expresión?
—Esa misma.
Se marchó con los documentos y la promesa de llamar a Rose para organizar el almuerzo. Antes de que alcanzara el ascensor, Sarah envió un último mensaje.
Sarah Fletcher: “Deseo que pase un buen fin de semana con su hijo. Quizás en casa se encuentre más dispuesto a contarle qué está sucediendo.”
Esta vez tardé un poco más en guardar el teléfono. La frase podía interpretarse como otra intromisión, pero contenía una posibilidad que no me gustó: Sarah también creía que Rory ocultaba algo y esperaba que conmigo se atreviera a revelarlo.
No estaba seguro de que lo hiciera.
La confirmación del banco llegó a las cuatro y cuarto. Celia entró en el despacho agitando el documento y, durante unos segundos, abandonó toda formalidad.
—Lo tenemos.
—Tenemos la financiación —la corregí.
—Déjame disfrutar treinta segundos antes de recordarme las doce cosas que aún pueden salir mal.
La rodeé con un brazo y la besé en la mejilla, un gesto espontáneo que habría tenido con cualquiera que acabara de asegurar una operación de aquella magnitud. Celia permaneció junto a mí una fracción de segundo más de lo necesario antes de separarse.
—Enhorabuena —le dije—. Es mérito tuyo.
—Nuestro.
No le presté mayor atención. Ya estaba leyendo las condiciones del banco y calculando cuánto tardaría Graham en encontrar una objeción.
El sábado amaneció despejado. Desayuné temprano, respondí varios correos y traté de no consultar la hora más de tres veces. Rose había llenado la cocina con los alimentos favoritos de Rory y Anne preparaba una cena suficiente para alimentar a toda su residencia.
A las diez, Caleb sacó el coche del garaje. Debía recorrer el trayecto hasta St. Bartholomew, recoger a Rory después de la actividad deportiva de la mañana y traerlo a casa antes de la una.
Lo vi alejarse desde la ventana del estudio.
Por primera vez desde la aparición de Sarah Fletcher, iba a tener a mi hijo delante y tiempo suficiente para averiguar qué estaba ocurriendo.