Capítulo 4
Regresé a Londres restándole importancia al incidente.
Trataba de convencerme de que mi hijo no me había contado toda la verdad, pero tampoco era para dejar el caso listo para sentencia.
Antes de llegar a la oficina, Sarah Fletcher envió un correo con el resumen de las faltas cometidas por Rory y una advertencia sobre las consecuencias de cualquier nuevo incidente.
Lo leí durante el trayecto, guardé el teléfono y decidí que hablaría con mi hijo el fin de semana con mayor tranquilidad.
La señorita Fletcher disponía de una lista de retrasos, dos ausencias y una firma de procedencia dudosa.
Yo conocía a Rory desde hacía diecisiete años. La balanza no me pareció difícil de equilibrar.
Mi optimismo respecto a la empresa duró todavía menos.
Cuando entré en el despacho a las tres y cuarto, encontré a Graham de pie frente a los ventanales, con el nudo de la corbata aflojado, mientras Tabitha revisaba unos documentos en la mesa redonda.
Owen participaba por videoconferencia desde Edimburgo y sir Malcolm Chamberlain ocupaba el sofá con la expresión sombría de quien había acudido a presenciar un entierro y sospechaba que el difunto era su dinero.
Celia Winslow era la única que permanecía sentada. Hablaba por teléfono desde mi mesa y había extendido a su alrededor tres carpetas, la agenda y varias hojas cubiertas de anotaciones. Al verme, levantó una mano para impedir que interrumpiera.
—No le estoy pidiendo que confíe en una promesa —explicó a su interlocutor—.
Le ofrezco una garantía adicional y la posibilidad de revisar el acuerdo dentro de seis meses.
Si rechaza ambas cosas, tendrá que explicar al resto de la familia por qué ha puesto en riesgo la venta de los ocho hoteles para negociar por separado con Charles Beaumont.
Sir Malcolm dirigió hacia mí una mirada en la que se mezclaban la irritación y el interés. Señalé el teléfono para preguntarle con quién hablaba. Graham formó con los labios el apellido Pembroke.
Celia escuchó durante varios segundos y tomó una de las hojas. No parecía nerviosa, aunque el bolígrafo que sostenía entre los dedos golpeó dos veces la superficie de la mesa.
—La oferta de Beaumont solo beneficia a tres propiedades —prosiguió—.
Las otras cinco perderán valor en cuanto se disuelva la colección, y usted lo sabe.
Miller Hotels conserva a la plantilla, respeta la identidad de cada establecimiento y asume la deuda completa.
No va a recibir mejores condiciones esta tarde.
Lo que sí puede recibir es el contrato definitivo antes de las cinco.
Apartó el teléfono del oído y cubrió el micrófono.
—Necesito que Tabitha incluya la revisión semestral —nos comunicó—. Y que Graham confirme las garantías.
—Ya te he explicado que no podemos aumentarlas —protestó él.
—No he hablado de aumentarlas. Sustituiremos el hotel de Glasgow por el terreno de Richmond. Tiene una valoración superior y no afecta a la financiación operativa.
Graham la contempló durante un instante, hizo un cálculo rápido en la tableta y asintió.
Tabitha recogió su carpeta y salió hacia el departamento jurídico sin esperar instrucciones. Celia regresó a la llamada.
En menos de veinte minutos consiguió lo que ninguno de nosotros había logrado desde primera hora: el propietario aceptó mantener los ocho hoteles dentro de la operación y permitió que los abogados cerraran el documento.
A las cuatro y cincuenta y dos, recibimos la confirmación escrita. Charles Beaumont quedaba fuera de la venta y el consejo disponía de un acuerdo que podía aprobar a la mañana siguiente.
Owen fue el primero en felicitarla desde la pantalla. Graham reconoció que la sustitución de garantías había sido una buena idea, elogio que, viniendo de él, equivalía a una ovación. Hasta sir Malcolm se acercó a la mesa antes de marcharse y estrechó la mano de Celia.
—Felipe habría apreciado una negociación así —le aseguró.
Mi padre apreciaba cualquier resultado que aumentara el valor de la compañía, pero sir Malcolm rara vez utilizaba su nombre para ensalzar a alguien.
Celia recibió el comentario con una sonrisa y recogió las hojas dispersas. Cuando el despacho volvió a vaciarse, me situé frente a ella.
—Has salvado la operación.
—La operación aún debe superar al consejo, la revisión final y el deseo de los Pembroke de cambiar de opinión cada cuarenta minutos.
—Has salvado la tarde, entonces.
—Eso sí estoy dispuesta a aceptarlo.
Se levantó y caminó hasta el aparador, donde sirvió dos vasos de agua. La tensión de las últimas horas empezaba a reflejarse en su postura; se masajeó la nuca antes de entregarme uno, pero todavía conservaba el aspecto impecable con el que había llegado por la mañana.
—Podríamos tomar algo para celebrarlo —propuso—. Hay un local nuevo cerca del río. Solo una copa, antes de que vuelvas a casa y conviertas esta victoria en otros cincuenta correos.
Consulté el reloj. Había prometido revisar el contrato definitivo y Graham esperaba mis observaciones antes de las nueve. Además, llevaba dos noches durmiendo poco y la discusión con Rory seguía ocupando una parte de mi cabeza.
—Gracias, pero hoy no. Lo celebraremos cuando firme el consejo.
Celia bebió un sorbo de agua y asintió.
—Por supuesto.
Dejó el vaso sobre el aparador y comenzó a reunir los documentos con una concentración excesiva.
La conocía lo bastante para advertir que algo no encajaba.
En otras circunstancias habría hecho una broma sobre mi incapacidad para divertirme o me habría recordado que el edificio seguiría allí a la mañana siguiente.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—Llevas nueve años explicándome que “nada” es una respuesta inútil.
—También llevo nueve años organizando tu agenda —repuso sin levantar la cabeza—. Por eso confiaba en que recordaras que hoy es mi cumpleaños.
Miré el calendario abierto sobre la mesa. La fecha era correcta. Mi memoria, no.
Había asistido a ocho cumpleaños suyos desde que empezó a trabajar conmigo. En algunos organizamos una comida con el equipo; en otros, cuando coincidieron con viajes, me ocupé de que recibiera flores o alguna botella que sabía que le gustaba.
Aquella mañana no solo olvidé felicitarla: permití que resolviera una crisis, reorganizara mi jornada y negociara con los Pembroke sin concederle siquiera media hora para comer.
—Celia...
—No es necesario que pongas esa cara. He cumplido treinta y ocho, no me han diagnosticado una enfermedad incurable.
—Lo siento.
—Ya.
El monosílabo fue peor que cualquier reproche.
—Cancela lo que quede de mi agenda —le pedí.
—No queda nada. Lo he trasladado todo después de que decidieras pasar el mediodía en Surrey.
—En ese caso, cenaremos.
—No tienes que invitarme por culpabilidad.
—La culpabilidad es un motivo excelente para escoger un restaurante caro. Además, has salvado la operación y es tu cumpleaños. Permíteme fingir que recordaba al menos una de las dos cosas.
Me observó durante unos segundos y terminó por sonreír.
—Está bien. Pero elegiré yo el sitio.
—Eso estaba incluido en la disculpa.
Reservó una mesa en un restaurante situado en la ribera sur del Támesis, lejos de los establecimientos de nuestra cadena.
Unas horas después, antes de salir, llamó a Caleb, que nos esperaba en el aparcamiento, y le comunicó que no regresaríamos directamente a casa.
Aquello resolvía también la cuestión de las copas, aunque no pensaba beber más de una.
El restaurante ocupaba una antigua fábrica reformada. Conservaba los muros de ladrillo, las vigas de hierro y los ventanales orientados hacia el río; en el centro de la sala, una barra curva separaba el comedor de una cocina abierta.
Celia había solicitado una mesa apartada, situada en un nivel superior desde el que se veía el movimiento del local sin quedar expuestos a todas las miradas.
El camarero nos entregó la carta de vinos y ella la dejó frente a mí.
—Hoy no eres el presidente de Miller Hotels —me advirtió—. Eres el hombre que ha olvidado mi cumpleaños y necesita hacer méritos.
—¿Cuánto tiempo durará la condena?
—Dependerá del vino.
Elegimos una botella y pedimos la cena sin hablar del acuerdo durante los primeros minutos.
Celia me contó que su hermana le había enviado un ramo a la oficina, interceptado por recepción mientras todos corríamos de una reunión a otra, y que su madre llevaba una semana preguntándole si pensaba celebrar aquella noche acompañada o trabajando conmigo.
—¿Y qué le respondiste?
—Que ambas posibilidades no eran incompatibles.
—Tu madre nunca me ha tenido demasiado aprecio.
—Mi madre cree que todo jefe que llama después de las seis debería ser encarcelado.
—Una postura algo radical.
—Todavía no le he contado lo de Nochebuena.
Recordé una llamada de hacía tres años, un problema con una reserva oficial y dos horas durante las que Celia abandonó una cena familiar para evitar que un ministro acabara alojado en una habitación ya ocupada.
—En mi defensa, aquello podía haber provocado un conflicto diplomático.
—En la mía, mi madre llevaba dos copas de jerez. También podía provocarlo.
La conversación fluyó con la facilidad que siempre habíamos compartido. Conocíamos nuestros gestos, las anécdotas que merecía la pena exagerar y los nombres que podían mencionarse sin explicación.
Fuera de la oficina, Celia perdió parte de la precisión que gobernaba sus movimientos; se quitó la chaqueta, probó el vino y se rio cuando le confesé que Basil había vuelto a robar una de mis servilletas como señal evidente de provocación.
Durante el segundo plato, me preguntó por mi visita al internado.
—La profesora cree que Rory lleva semanas comportándose mal —le expliqué—. Retrasos, dos faltas a clase y una pelea con otro alumno.
—¿Una pelea de verdad?
—Cuando Sarah Fletcher llegó, el otro chico tenía el labio partido y Rory lo sujetaba por la camisa. No lo vio golpearlo.
—Has empezado a llamarla por su nombre.
Levanté la vista del plato.
—Acabo de pronunciar su nombre completo.
—También podrías haber dicho “su tutora”, pero adelante. Cuéntame por qué la señorita Fletcher está equivocada.
No me gustó descubrir lo previsible que resultaba para ella.
—Rory asegura que él no le golpeó.
—Es que no parece propio de él.
—Pero ha mentido sobre algunas ausencias y quizás falsificó una firma. Aun así, su profesora está reuniendo cualquier falta menor para construir un problema que creo que exagera.
Celia hizo girar la copa entre los dedos.
—¿Y qué ganaría con eso?
—No lo sé. Algunos profesores se forman una opinión sobre un alumno y después interpretan todo de acuerdo con ella.
—También algunos padres.
La miré por encima de la mesa. Bebió vino sin retirar el comentario.
—Rory siempre ha sido un buen estudiante —insistí—. Eleanor y yo jamás tuvimos que preocuparnos por sus notas ni por su conducta.
—Y yo soy la primera que lo defiende. Pero Rory tenía once años cuando murió su madre. No puedes comparar a aquel niño con el joven de diecisiete que vive ahora lejos de casa.
La mención de Eleanor dejó una punzada conocida. Con Celia podía hablar de ella sin explicar quién había sido, porque la conoció durante años y presenció el deterioro que ninguno de nosotros supo detener.
—Eleanor habría sabido qué preguntarle —admití—. Conseguía que confesara cualquier cosa antes de que él comprendiera que lo estaba interrogando. Yo termino hablándole igual que mi padre me hablaba a mí.
—No te pareces a Felipe.
—Le envié a un internado y ahora intento resolver sus problemas entre dos reuniones. Las diferencias empiezan a parecer decorativas.
Celia dejó los cubiertos y me estudió con una expresión más amable.
—Felipe te envió lejos porque no quería ocuparse de ti. Tú elegiste ese internado porque creías que era lo mejor para Rory y te presentaste allí en cuanto supiste que tenía dificultades. Has llegado tarde, de mal humor y convencido de que la profesora exagera, pero has ido.
—Una defensa conmovedora.
—No he terminado. También creo que deberías escuchar a esa mujer antes de decidir que está persiguiendo a tu hijo.
—La he escuchado.
—Has oído sus palabras mientras preparabas la respuesta.
Aquella precisión me hizo sonreír a mi pesar.
—¿Esto forma parte de mi castigo por olvidar tu cumpleaños?
—No. El castigo llegará con el postre. He visto los precios.
Cuando retiraron los platos, Celia pidió otra copa y me indicó que hiciera lo mismo.
—Caleb nos llevará a casa —me recordó—. Por una noche puedes olvidarte de Charles Beaumont, los Pembroke, la señorita Fletcher y hasta de tu culpa como padre. Mañana todos tus problemas conservarán la mala educación de seguir esperándote.
—Bebo contigo, ceno contigo y, además, recibo órdenes.
—Eso te ocurre todos los días. La diferencia es que hoy hay vino.
Acepté la segunda copa. Después pedimos un postre con una vela que el camarero encendió sin cantar, por expresa indicación de Celia, y brindé por sus treinta y ocho años, por la operación que había salvado y por los nueve que llevaba impidiendo que destruyera mi propia empresa.
Más tarde hablamos de viajes, de personas con las que trabajamos al principio y de una fiesta en Manchester donde Graham acabó pronunciando un discurso ante un perchero.
Me reí más de lo que esperaba y, por primera vez en varias semanas, dejé de consultar el teléfono cada pocos minutos.
Celia tenía razón: los problemas podían esperar una noche.
Cuando abandonamos el restaurante, Caleb ya se encontraba ante la entrada. La lluvia había regresado y él salió con un paraguas para acompañarnos al coche. Celia se acomodó a mi lado en el asiento trasero y apoyó la cabeza durante unos instantes, agotada al fin después de la jornada.
—Feliz cumpleaños —le repetí.
—Gracias, Nick.
El coche arrancó hacia su casa. Contemplé el reflejo de las calles sobre el cristal y pensé que aquella cena había sido lo menos que podía ofrecerle después de todo cuanto hizo por mí.