Capítulo 3 #2
Había imaginado a una mujer de aspecto severo, quizás mayor de lo que indicaba su voz; me encontré con alguien que rondaría los treinta y cinco años, de estatura media, figura esbelta y una manera de caminar enérgica, marcada por la prisa más que por el deseo de impresionar.
Su cabello castaño le rozaba los hombros y algunos mechones se habían soltado del recogido. Vestía pantalones negros, una blusa azul y zapatos de tacón bajo, elección sensata para recorrer aquellos pasillos durante todo el día.
Era muy atractiva. No de una forma delicada ni estudiada, sino gracias a la viveza de sus facciones, a unos ojos oscuros que parecían registrar demasiadas cosas a la vez y a una boca expresiva que reveló su desaprobación antes de que nos alcanzara.
El descubrimiento me molestó, sobre todo porque no guardaba relación alguna con el motivo de mi visita y mi cabeza eligió un momento poco oportuno para reparar en él.
—Señor Miller, gracias por venir —me saludó.
Me ofreció la mano. Su apretón fue breve y firme.
—Señorita Fletcher.
—Rory, deberías estar en el comedor.
—Quería saludar a mi padre.
—Ya lo has hecho.
Mi hijo me lanzó una mirada cargada de significado. “¿Lo ves?”, parecía decir. Sin embargo, obedeció y se alejó hacia el pasillo, aunque volvió la cabeza antes de desaparecer.
Sarah me condujo hasta un aula vacía del piso superior.
Las paredes estaban cubiertas por estanterías, citas literarias y trabajos de los alumnos.
Sobre su mesa se apilaban libros, exámenes y una taza con el rótulo “Las comas salvan vidas”.
Me señaló una silla frente a ella y permaneció de pie mientras ordenaba varios documentos.
—Lo ocurrido esta mañana es la culminación de una serie de problemas —comenzó—. Rory ha llegado tarde varias veces en las últimas tres semanas, ha faltado a dos clases y presentó una autorización con la firma de su tutor de residencia. El tutor niega haberla firmado.
—¿Ha hablado con mi hijo?
—En varias ocasiones. Primero sostuvo que se trataba de un error; después afirmó que otro estudiante le entregó el documento y esta mañana se negó a explicar por qué entró en el vestuario durante una clase.
—¿Fue allí donde se supone que golpeó a Samuel? Me ha comentado que no fue así.
—Los escuché discutir. Cuando entré, Samuel tenía el labio partido y su hijo lo había agarrado de la camisa.
Aquella precisión modificaba en parte lo que me había contado por teléfono.
—Entonces no lo vio golpearlo.
—No. Vi el resultado y escuché a Rory amenazarlo.
—¿Qué amenaza?
Consultó una de las hojas.
—Le advirtió que la próxima vez que le zurrara no se levantaría del suelo.
—Pero eso no es propio de él.
—Le digo lo que oí.
—Puede que todo esto tenga una justificación.
—Sr. Miller, le voy a ser muy franca. Samuel no es precisamente lo que se llama un buen chico, pero la actitud de su hijo no se está quedando atrás. Y, en cuanto a Rory, se niega a hablar del porqué de la discusión. Diría que la rivalidad entre esos dos alumnos va camino de convertirse en leyenda.
Sarah cerró la carpeta.
—Dispongo de varios retrasos, dos ausencias, una firma falsificada y un enfrentamiento en el que su hijo se niega a colaborar.
No pretendo convertir a Rory en un delincuente, no me malinterprete.
Pretendo averiguar qué sucede antes de que cometa una falta que el centro no pueda resolver con una amonestación.
—Hasta este curso, su expediente ha sido intachable.
—Lo sé. Lo he leído.
—Entonces quizás debería concederle cierto margen.
—Se lo he concedido durante varias semanas. Por eso estamos hablando ahora y no después del primer retraso.
La observé mientras recogía las hojas. No parecía disfrutar del conflicto ni mostraba la hostilidad que Rory le atribuía.
Tampoco se dejó impresionar por mi presencia, mi apellido o la posibilidad de que cuestionara su actuación ante el director. Aquello me irritó y, al mismo tiempo, despertó un interés que habría preferido no sentir.
Encontré a Rory en el exterior, cerca de los escalones que conducían al comedor. Mordía una manzana y mantenía una mano dentro del bolsillo.
—¿Qué te ha contado? —me preguntó.
—Lo suficiente para saber que me has ocultado varias cosas.
—Porque no ha pasado nada grave. Samuel estaba haciendo el bobo, le pedí que parara y tropezó cuando intentó apartarme. La señorita Fletcher entró después y decidió que yo había iniciado una guerra.
—¿Y la firma falsificada?
—No la falsifiqué. Me dieron el justificante y pensé que era válido.
—¿Y los retrasos?
—Papá, no soy perfecto. Pero reconoce que esa mujer parece desear verme en la lista de “los más buscados” del país.
Mintió con una soltura que me desconcertó. No porque pudiera demostrarlo, sino porque reconocí el pequeño movimiento de su ceja izquierda.
Eleanor lo detectaba cuando Rory apenas tenía seis años y trataba de negar que hubiera vaciado un bote de pintura sobre la alfombra.
—No volverá a ocurrir —me prometió—. Pasaré de Samuel, llegaré puntual y la señorita Fletcher encontrará a otro alumno al que vigilar. Puedes volver a Londres y salvar tus hoteles.
Pronunció la última frase con una ligereza que no logró ocultar el reproche. Antes de que pudiera preguntarle qué significaba, sonó el timbre y decenas de alumnos comenzaron a entrar en el edificio.
Rory se despidió con un abrazo breve, impropio de él desde que había decidido que los diecisiete años exigían mantener cierta dignidad. Después se marchó entre los uniformes azul marino.
Lo vi alejarse sin saber a cuál de los dos debía hacer caso. Sarah me había presentado hechos; mi hijo, una explicación incompleta. Aun así, cuando regresé al coche, seguía más dispuesto a pensar que ella exageraba que a aceptar que Rory llevaba semanas mintiéndome.
Era el error que más necesitaba cometer.