Mi tentación más inoportuna Capítulo 3
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Capítulo 3

A las ocho de la mañana debía comenzar una videoconferencia con el equipo de Edimburgo.

A las ocho y cinco, Owen todavía no había conseguido que el director técnico se conectara; a las ocho y veinte, descubrimos que la avería de la calefacción había afectado a una segunda planta, y, cuando el reloj de mi despacho marcó las diez, seguíamos discutiendo cuánto tiempo permanecería cerrado el pasillo norte.

Había dormido menos de tres horas. La piscina consiguió dejarme exhausto, pero no hizo el milagro de vaciarme la cabeza y, después de acostarme de nuevo, pasé buena parte de la madrugada reconstruyendo conversaciones, cláusulas y cifras.

El mensaje de Sarah Fletcher regresó varias veces, acompañado por el convencimiento de que aquel asunto se resolvería en cuanto habláramos.

El problema fue que habíamos acordado hacerlo a las diez.

Celia Winslow me recordó la hora a las nueve y cincuenta y cinco mediante una nota que apareció en la pantalla del ordenador: “La profesora de Rory”.

Le indiqué con un gesto que lo recordaba, aunque en ese momento Owen explicaba las compensaciones ofrecidas a los huéspedes, Graham acababa de enviarme una nueva previsión de gastos y sir Malcolm Chamberlain esperaba un informe antes de reunirse con el consejo.

A las diez y cuarto, Celia entró en mi despacho sin llamar y señaló su reloj.

—Cinco minutos —le pedí, cubriendo el micrófono del ordenador.

—Eso dijiste hace diez.

—No puedo abandonar la reunión mientras el hotel sigue medio cerrado.

—Tampoco puedes citar a una persona y decidir que su tiempo vale menos que el tuyo.

Me limité a devolverle la atención a la pantalla. Owen había logrado contener el daño y reabrir parte de las instalaciones, pero cada respuesta generaba otra pregunta.

Cuando dimos por terminada la videoconferencia me di cuenta de lo mucho que me había retrasado.

Marqué el número de Sarah de inmediato, sin considerar que quizás ya no se encontrara disponible. Atendió después del quinto tono y lo primero que escuché fue una sucesión de voces jóvenes, una puerta que se cerró y el golpe de algo metálico.

—¿Señor Miller?

Su voz resultó más grave de lo que esperaba y mostraba cierta falta de aliento, señal de que había contestado mientras caminaba.

—Buenos días, señorita Fletcher. Siento el retraso. La reunión se ha prolongado.

—Sí, lo había supuesto.

Al fondo, alguien la llamó. Ella cubrió el micrófono durante unos segundos; no distinguí qué respondió, pero, cuando volvió a atenderme, la incomodidad había sustituido a la cortesía del saludo.

—Me temo que ahora dispongo de muy poco tiempo. Esta no era la hora convenida.

—No le robaré más de cinco minutos. ¿Qué ocurrió ayer con Rory?

—Las circunstancias han cambiado desde que le escribí. Esta mañana se ha producido otro incidente y creo que deberíamos vernos en persona.

Miré la agenda abierta sobre la mesa. Tenía una reunión con el equipo jurídico a las once y media, un almuerzo de trabajo a la una y media y una llamada con los propietarios de la Colección Pembroke a las tres.

—Hoy me resulta imposible desplazarme al internado.

—Lo entiendo, pero las cosas no están mejorando. Su hijo acumula varias faltas de conducta y esta mañana ha participado en un enfrentamiento físico con otro alumno.

La palabra “físico” consiguió que dejara de mirar la agenda.

—¿Está herido?

—Rory está bien. El otro estudiante también, aunque recibió un golpe en la boca.

—¿Mi hijo lo golpeó?

—Eso es precisamente lo que necesitamos aclarar. La situación no comenzó hoy y prefiero explicársela con la documentación delante. También convendría que hablara con Rory.

—Puedo hablar con él por teléfono. Ahora mismo.

—Claro, pero no sustituirá a la reunión.

Su tono seguía siendo educado; aun así, cada respuesta encerraba una negativa y empezaba a irritarme la facilidad con la que disponía de mi jornada. Y eso que, en el fondo, debía entender que tenía razón.

Si en lo que se había metido mi hijo llegó a las manos, necesitaba mi atención.

El problema era que quizás lo achaqué al típico enfrentamiento de chicos y no le di mayor importancia. Pese a mi sorpresa, podía ser que Rory se sintiera acorralado por algo y actuara.

Más de una vez, en su infancia, tuve que recordarle que se defendiera en el caso de que otro crío tratara de agredirle. Eso sí, ya no era un niño de corta edad.

Me levanté y caminé hacia los ventanales. Lo hacía siempre cuando me sentía sobrepasado y no podía quedarme sentado.

En la planta inferior, los empleados cruzaban las oficinas con carpetas, tazas y teléfonos pegados al oído. Todos tenían problemas que resolver y horarios que cumplir; al parecer, Sarah Fletcher consideraba que los míos podían apartarse con un par de frases.

—Dirigir una empresa de estas dimensiones no me permite cancelar compromisos cada vez que un adolescente discute con otro —argumenté finalmente.

—Y dirigir una clase de veinticuatro adolescentes tampoco me permite dedicar la mañana a perseguir a un padre que no llamó a la hora acordada.

Tardé un segundo en aceptar que acababa de responderme aquello.

—Ya me he disculpado por el retraso.

—Y yo he aceptado sus disculpas. Lo que no puedo aceptar es que le reste importancia a lo ocurrido antes de conocerlo.

Celia entró con unos documentos y se detuvo al escuchar mi parte de la conversación. Dejé que colocara la carpeta sobre la mesa; después señalé la agenda y escribí “St. Bartholomew” en el margen.

—Estaré allí a las doce y media —concedí.

—Tengo clase hasta las doce. Pregunte por mí en recepción.

Terminó la llamada tras un intercambio breve de despedidas. Celia aguardó a que bajara el teléfono.

—¿Problemas?

—Rory ha golpeado a otro alumno.

La sorpresa se reflejó en sus facciones, aunque desapareció enseguida bajo la eficacia que regía cada una de sus reacciones en horario laboral.

—Trasladaré la reunión jurídica a las cuatro y asistiré yo al almuerzo.

—Graham puede acompañarte. No permitas que acepten la modificación del calendario de pagos.

—Sé lo que tenemos que negociar, Nick.

Tomó la agenda y comenzó a reorganizar mi jornada. Su capacidad para desmontar un día entero y volver a construirlo en minutos era una de las razones por las que la empresa dependía de ella bastante más de lo que figuraba en su contrato.

A las diez y cuarenta y cinco, Caleb me esperaba frente al edificio. St. Bartholomew se encontraba a algo más de una hora del centro de Londres, pero el tráfico nos obligó a emplear casi toda la siguiente.

Durante el trayecto intenté revisar el expediente de la adquisición y terminé leyendo tres veces el mismo párrafo.

La conducta que Sarah había descrito no encajaba con Rory. En ocasiones había discutido conmigo, incumplido algún horario y convertido su dormitorio en una zona que Rose se negaba a pisar sin protección; pero nunca se había peleado.

El internado ocupaba una finca de varios cientos de hectáreas en Surrey.

Tras atravesar una garita de seguridad, el camino ascendía entre robles hasta revelar el edificio principal, una construcción de piedra clara levantada en el siglo XVIII, con dos alas posteriores y una torre cuyo reloj adelantaba cuatro minutos.

A un lado se extendían los campos de rugby; al otro, una capilla, varias residencias y un pabellón deportivo de cristal contrastaban con la arquitectura antigua.

Había visitado el centro antes de matricular a Rory, pero aquel mediodía lo observé de otra manera.

Los alumnos salían de clase y llenaban los senderos con una mezcla de disciplina y bullicio: americanas azul marino, corbatas de distintos colores según la residencia, faldas plisadas, pantalones grises y mochilas que arruinaban cualquier pretensión de elegancia.

Algunos caminaban en grupos; otros corrían hacia el comedor mientras los profesores les recordaban que los pasillos no eran pistas de atletismo.

También había estudiado en un internado. Mi padre consideró que vivir lejos de casa fortalecería mi carácter y, durante años, habló de aquella decisión como uno de sus grandes éxitos educativos.

Recordaba los dormitorios fríos, la jerarquía que nadie incluía en el reglamento y la necesidad de identificar durante la primera semana quién podía hacerte la vida imposible. Aprendí mucho allí, aunque no todo figuró en mis calificaciones.

Quizás debería haberlo tenido más presente cuando Rory insistió en ingresar en St. Bartholomew.

Apenas había cruzado el vestíbulo cuando lo vi bajar por la escalera principal. Llevaba la americana desabrochada, la corbata floja y una pequeña rozadura en el pómulo izquierdo. Al descubrirme, redujo el paso y miró hacia el corredor que conducía a las aulas antes de acercarse.

—¿Qué haces aquí?

—Tu tutora me ha pedido que venga.

—Genial.

—Esa no suele ser la respuesta de un alumno modélico al ver a su padre.

—Es que la señorita Fletcher lleva semanas intentando demostrar que no lo soy.

Tenía el cabello más largo que al inicio del curso y unas ojeras que no recordaba haberle visto durante nuestra última comida. A sus diecisiete años ya casi alcanzaba mi altura, pero algo en la forma de sujetar la correa de la mochila lo hizo parecer mucho más joven.

—Me ha contado que golpeaste a otro alumno.

—Samuel se hizo un corte en el labio. No es lo mismo.

—¿Y cómo se lo hizo?

—Supongo que la señorita Fletcher te dará una explicación dramática. Se le da muy bien.

—Rory…

Resopló y desvió la atención hacia un grupo que atravesaba el vestíbulo. Entre ellos reconocí a un muchacho delgado que caminaba con los libros apretados contra el pecho. Miró a Rory durante un instante, pero siguió adelante cuando otro alumno le indicó que se apresurara.

—Ya te advertí que esa mujer me tiene tirria —insistió mi hijo—. Desde la primera semana interpreta todo lo que hago de la peor manera posible.

—¿Y le has dado motivos para ello?

Antes de que respondiera, una voz femenina pronunció mi nombre desde el corredor.

Sarah Fletcher se acercó con una carpeta verde bajo el brazo y varias hojas sujetas en la otra mano.