Capítulo 2
La verja se abrió antes de que el coche se detuviera y Caleb avanzó por el camino de entrada, flanqueado por hayas recortadas y macizos que la lluvia había oscurecido.
Los faros iluminaron durante unos segundos la fachada de ladrillo rojizo, las ventanas altas y los escalones de piedra que conducían a la puerta principal.
Había comprado aquella casa con Eleanor doce años atrás, cuando todavía discutíamos sobre el número de habitaciones que necesitábamos y ninguno de los dos parecía comprender que ocho eran demasiadas para una familia de pocos miembros.
El edificio, de finales del siglo XIX, se alzaba en una finca de casi dos hectáreas protegida de la calle por árboles centenarios. La restauración duró catorce meses y terminó convirtiéndose en el proyecto más personal de Eleanor.
Conservó las molduras, los suelos de roble y la escalera central, pero derribó varias divisiones para abrir la casa al jardín.
En la parte posterior, los ventanales del salón daban acceso a una terraza, una piscina exterior y una extensión de césped que Basil, el perro que adoptamos cuando ella murió, consideraba territorio soberano.
El pabellón acristalado que alojaba la piscina climatizada fue una incorporación posterior.
Eleanor lo diseñó cuando una lesión le impidió correr durante varios meses y descubrió que nadar era la única actividad que no la aburría.
La estructura se comunicaba con la casa mediante una galería y disponía de vestuarios, sauna y una pequeña zona de entrenamiento.
Durante años apenas la utilicé. Después de su muerte, se convirtió en el lugar donde agotaba el cuerpo cuando la cabeza se negaba a concederme descanso.
Caleb estacionó junto a la entrada y descendió para abrirme la puerta, una costumbre contra la que había protestado al contratarlo y que él se negó a abandonar.
—Mañana salimos a las siete y cuarto —le indiqué mientras recogía el portátil.
—A las siete —me corrigió—. Celia modificó el horario. Tiene una videoconferencia con Edimburgo a las ocho.
—Por supuesto que la tengo.
—También me pidió que comprobara que no dejaba el ordenador en el coche.
Le enseñé el portátil antes de bajar.
—¿Te ha dado alguna otra instrucción relacionada con mi supervivencia?
—Varias, pero Anne se ocupa de la alimentación y Rose de que no pierda las llaves. Mi competencia se limita a entregarlo vivo en la oficina.
—Empiezo a sospechar que todos trabajáis para Celia.
—Eso explicaría por qué cobramos puntualmente.
Cerró la puerta y rodeó el vehículo sin concederme tiempo para responder.
Llevaba cinco años trabajando conmigo y, aunque su puesto oficial incluía la conducción y la seguridad, también se ocupaba de trasladar a Rory, revisar los sistemas de la finca y detectar problemas que nadie le había pedido que buscara.
Su pasado como policía le regaló una atención difícil de desactivar y un sentido del humor tan seco que a veces tardaba varios segundos en reconocer una broma.
La puerta de la casa se abrió cuando alcancé el último escalón. Rose, mi ama de llaves, apareció con una chaqueta de punto abotonada sobre el vestido oscuro y una expresión de desaprobación que no parecía dirigida a mí, sino a la hora.
—Son casi las diez.
—También me alegra verte.
—Anne ha rehecho la cena dos veces. Le advertí que no lo hiciera, pero conserva la esperanza de que algún día llegue cuando dice que va a llegar.
Entré en el vestíbulo y le entregué el abrigo.
Una lámpara encendida sobre la consola dejaba ver el jarrón de porcelana que Rose llenaba con flores cada lunes, el paragüero de cobre y una fotografía de Rory a los nueve años, con los dos incisivos demasiado grandes y las rodillas manchadas de hierba.
En aquella casa había cuadros valiosos, antigüedades y piezas escogidas por Eleanor durante años; sin embargo, Rose siempre situaba las fotografías familiares en los lugares donde resultaba imposible no mirarlas.
—La reunión se prolongó —le expliqué.
—Las reuniones siempre se prolongan. Podría tenerlo en cuenta cuando promete que estará aquí a las ocho.
Rose había trabajado para mis padres antes de que yo naciera y siguió con mi madre hasta que compramos la casa.
Eleanor la convenció para que se ocupara de nosotros mediante una combinación de afecto, aumento de sueldo y la promesa de que jamás tendría que llamarla señora Miller.
A mí continuaba tratándome como al niño que entraba con barro en los zapatos, aunque llevaba décadas sin necesitar elevar la voz para imponer su criterio.
Basil acudió desde el salón con las orejas levantadas y una servilleta colgándole de la boca. El setter frenó sobre el suelo de mármol, calculó sus posibilidades de huida y salió disparado hacia la escalera.
—Eso parece mío —comenté.
—Era suyo —me confirmó Rose—. Ahora supongo que es de Basil.
Dejé el maletín en la consola y conseguí interceptarlo antes de que alcanzara el primer piso.
Ofreció una resistencia simbólica, soltó la servilleta y aceptó las caricias con el entusiasmo de quien no acababa de cometer un robo.
Su pelaje blanco y castaño estaba recién cepillado; las patas, en cambio, conservaban rastros del jardín.
—¿Lo han sacado esta tarde?
—Caleb caminó con él durante una hora. Después se revolcó debajo de los rododendros y Anne tuvo que bañarlo.
—Un día productivo.
Basil me siguió hasta el comedor menor, situado junto a la cocina. La casa disponía de un comedor formal con capacidad para veinte personas, pero hacía meses que nadie lo utilizaba.
Cuando Rory estaba en casa cenábamos allí o en la cocina, según su humor y los intentos de Rose por conservar ciertas normas.
Desde que él comenzó el curso en St. Bartholomew, prefería la mesa pequeña. Sentarme solo bajo una lámpara destinada a iluminar a veinte comensales me parecía una forma innecesaria de subrayar las ausencias.
Anne salió de la cocina con un plato cubierto.
Llevaba el cabello recogido, un delantal verde y una pequeña mancha de harina en una manga.
No vivía en la casa y su jornada terminaba, en teoría, a las nueve; en la práctica, mi incapacidad para respetar los horarios la retenía con más frecuencia de la que me gustaba admitir.
—Si vuelve a retrasarse, cenará cereales —me avisó mientras colocaba el plato sobre la mesa—. Y no de los buenos.
—No tendrías que haber esperado.
—Eso mismo le he dicho yo —intervino Rose.
—Y yo le he explicado que el bacalao no tiene la culpa de que el Señor Miller crea que las cenas se conservan por intervención divina.
Anne retiró la cubierta. Había preparado bacalao con puré de coliflor, judías verdes y una salsa que olía a limón y mantequilla.
Basil se sentó junto a mi silla con la cabeza ladeada, dispuesto a olvidar cualquier alimento recibido durante el día.
—Gracias, Anne. Tiene un aspecto excelente.
—Lo tenía a las ocho y media. Ahora posee dignidad, que es lo máximo que he podido salvar.
Rose ocultó una sonrisa y salió para comprobar si Caleb necesitaba algo antes de marcharse. Anne recogió dos recipientes de la encimera, me informó de que había dejado comida para el día siguiente y señaló al perro.
—Ya ha cenado. Dos veces, si contamos el trozo de pollo que le robó a Rose.
—Te difaman —le aseguré a Basil.
—Y usted lo consiente. Por eso lo prefiere.
Se quitó el delantal, recogió el bolso y se despidió con la promesa de convertir los cereales en una amenaza real. Las oí conversar con Caleb en el vestíbulo antes de que la puerta principal se cerrara. Rose regresó poco después y dejó un vaso de agua a mi lado.
—Rory ha llamado.
La información apartó mi atención del plato.
—¿Cuándo?
—Sobre las siete. Preguntó por usted y le recordé que los teléfonos también permiten llamar directamente a sus propietarios.
—¿Dijo qué quería?
—No.
Recordé los mensajes de Sarah Fletcher, el “incidente” que no había querido detallar y la seguridad con la que afirmé ante Celia que mi hijo me habría contado cualquier problema importante.
—Su tutora se ha puesto en contacto conmigo.
Rose ocupó la silla de enfrente sin esperar una invitación. A aquella hora su trabajo había terminado, de modo que ya no hablaba como ama de llaves, sino como la mujer que conocía a Rory desde que nació.
—¿Por qué?
—No lo sé. Ha ocurrido algo en el internado y quiere explicármelo mañana.
—¿Y qué cuenta él?
—Nada. No hemos hablado.
Sus dedos recorrieron el borde del vaso que acababa de servirme.
—Rory lleva unas semanas distinto.
—Acaba de empezar en un internado. Es normal que necesite tiempo.
—Necesitar tiempo es normal. Esquivar preguntas y llamar solo cuando sabe que no está en casa resulta más curioso.
Levanté la cabeza, pero Rose ya se había puesto en pie.
—Coma antes de que Anne regrese para comprobarlo. No pienso protegerle.
Pese a conocerme desde siempre, se había negado en reiteradas ocasiones a tutearme, así que dejé de intentarlo.
Esperó hasta que probé el bacalao y abandonó el comedor para concluir su ronda nocturna.
Cada noche revisaba las puertas de la planta baja, comprobaba que Basil tuviera agua y dejaba preparada la bandeja del desayuno antes de retirarse al apartamento que ocupaba sobre el garaje.
Me había ofrecido a contratar a otra persona para librarla de parte del trabajo; respondió que prefería seguir haciéndolo ella mientras tuviera que supervisar a un viudo testarudo, un adolescente demasiado listo y un perro delincuente.
Terminé de cenar, llevé el plato a la cocina pese a que Rose odiaba encontrarlo allí por la mañana y me serví un whisky en el salón.
No escogí una de las botellas caras que recibía de socios y proveedores, sino la que Eleanor compraba para mí en una pequeña destilería de las Highlands. Añadí dos dedos al vaso y salí a la terraza cubierta.
La lluvia había cesado. Más allá de los ventanales, la piscina exterior permanecía tapada, rodeada por tumbonas que no volveríamos a utilizar hasta el verano.
Unas luces empotradas delimitaban el camino hacia el jardín y permitían distinguir la silueta de los árboles. Durante el día, la finca era luminosa y abierta; por la noche, adquiría unas dimensiones que volvían más evidente lo poco que ocupábamos de ella.
Basil se tendió junto a mis pies. Bebí un sorbo mientras repasaba el mensaje de la profesora y, después, abrí la conversación con Rory.
Estuve a punto de llamarlo, pero serían casi las once y me pareció que ya estaría dormido. Esa fue la explicación razonable. La verdadera incluía el temor a descubrir que Rose tenía razón y mi hijo llevaba semanas eludiéndome.
Subí al dormitorio poco después. Rose había encendido una lámpara y cerrado las cortinas, aunque la habitación seguía pareciendo deshabitada.
La cama ocupaba el centro, frente a una chimenea de mármol que rara vez utilizaba; a un lado se encontraba mi vestidor y, al otro, el de Eleanor.
No lo había vaciado.
Durante el primer año ni siquiera pude abrirlo. Después permití que su hermana Tabitha recogiera parte de la ropa para donarla, pero conservé varios vestidos, sus zapatos favoritos y las cajas donde guardaba pañuelos, cartas y objetos que probablemente solo tenían valor para mí.
El perfume se perdió mucho antes. A veces abría uno de los armarios esperando recuperarlo y solo encontraba madera, tela y el rastro indefinible de un tiempo que ya no existía.
La casa estaba llena de decisiones suyas. El color de las paredes, la curva de la escalera, los tiradores de la biblioteca y las baldosas de la cocina habían pasado por sus manos.
Eleanor dejó su inteligencia repartida por cada estancia, y yo vivía rodeado de ella sin poder alcanzarla. Hubo días en los que aquella presencia me consoló; en otros, cruzar el salón o entrar en el estudio que utilizaba me obligaba a recordar todo lo que perdimos.
La eché de menos de formas que cambiaron con los años. Al principio, extrañé su cuerpo, su voz y el peso de su mano durante la noche.
Más tarde me faltaron sus interrupciones, las discusiones domésticas y su costumbre de desplazar mis cosas para colocar las suyas.
Seis años después continuaba deseando contarle noticias sin importancia: una ocurrencia de Rory, un problema en un hotel, algo que mi madre había hecho para irritarme.
La muerte no se limitó a llevarse a mi esposa; también eliminó a la única persona que conocía al hombre que fui antes de convertirme en padre, presidente y viudo.
No había intentado reemplazarla. Algunas mujeres pasaron por mi vida desde entonces, aunque ninguna entró de verdad en ella. Fueron encuentros discretos, acordados entre adultos que sabían lo que buscaban. Cenas, habitaciones de hotel y despedidas sin promesas.
Nunca las llevé a casa ni permití que conocieran a Rory. Tampoco repetía demasiado, porque la continuidad generaba preguntas y las preguntas acababan reclamando un espacio que no quería ofrecer.
No me enorgullecía ni me avergonzaba. El deseo había regresado mucho antes que la capacidad de querer a alguien, y aprendí a atender lo primero sin fingir lo segundo.
Quizás resultaba egoísta, pero siempre fui claro. No esperaba amanecer enamorado de una mujer por haber compartido su cama, ni deseaba que ninguna interpretara mi soledad como una vacante.
Me acosté a medianoche y apagué la luz. A la una seguía despierto. A la una y media renuncié a continuar dando vueltas entre unas sábanas demasiado frías, me puse un pantalón deportivo y bajé al pabellón de la piscina.
El agua climatizada mantenía una temperatura constante durante todo el año. Encendí únicamente la iluminación interior, dejé la toalla en un banco y comencé a nadar.
Las primeras brazadas las di deprisa; después encontré un ritmo regular, concentrado en el esfuerzo de los brazos, la respiración y el giro al alcanzar cada extremo.
Nadaba para cansarme. Veinte largos rara vez bastaban; treinta conseguían reducir el ruido de la jornada, y cerca de los cuarenta los músculos empezaban a protestar.
Aquella noche seguí hasta perder la cuenta. Volvieron las cifras de Graham, la advertencia de sir Malcolm y la voz de Celia obligándome a reconocer que había tratado mal a Owen. También regresó el mensaje de Sarah Fletcher.
Un incidente relacionado con mi hijo.
Me impulsé otra vez, atravesé la piscina y continué hasta que los hombros dejaron de responder con precisión. Solo entonces salí del agua y me senté en el borde, agotado, mientras Basil esperaba al otro lado del cristal con una de mis zapatillas entre los dientes.
A la mañana siguiente hablaría con la profesora de Rory. Escucharía su versión, resolvería el problema y recuperaría el control de una situación que seguramente había adquirido más importancia de la que merecía.
Durante los últimos seis años, aquella casa me había enseñado que algunas pérdidas no podían corregirse con dinero, voluntad ni trabajo. Pese a ello, todavía conservaba la arrogancia de creer que todo lo demás sí.