Mi tentación más inoportuna Capítulo 1 #2
5%

Capítulo 1 #2

“Estoy atendiendo una operación empresarial de enorme importancia y no puedo interrumpirla por un incidente que ni siquiera se ha molestado en concretar. Si Rory se encuentra bien, remítame la información por correo electrónico y hablaré con él”.

Pulsé enviar y dejé el móvil sobre la mesa.

Celia leyó mi expresión, no la pantalla, y abrió la boca para preguntarme algo, pero Graham reclamó nuestra atención con una nueva proyección financiera.

Durante los veinte minutos siguientes discutimos el margen de endeudamiento, el valor de los inmuebles y las consecuencias de que la familia Pembroke aceptara la oferta parcial de Charles.

Tabitha localizó una cláusula que nos concedía prioridad sobre el conjunto de la venta; Graham argumentó que recurrir a ella retrasaría la operación y yo pedí a Celia que convocara al banco, a nuestros asesores externos y al equipo de riesgos.

Sir Malcolm Chamberlain llegó a las nueve y cuarenta y tres, unos minutos antes de lo previsto, con un paraguas cerrado bajo el brazo y una expresión que convirtió mi despacho en un tribunal.

Había sido socio de mi padre, Felipe Miller. Presidía el consejo desde su muerte y seguía tratándome en ocasiones como al joven de veintiséis años que acudió a su primera reunión convencido de que una buena presentación podía vencer cualquier resistencia.

—Supongo que tienes una explicación —me planteó mientras Celia le recogía el abrigo.

—Tengo varias. Puedes elegir la que menos te irrite.

—Preferiría la verdadera.

Se sentó a la mesa redonda y repasó la documentación sin aceptar el café que le ofrecieron.

Le explicamos la ofensiva de Charles, la negativa de uno de los propietarios y el déficit de financiación.

Graham presentó tres posibilidades, aunque solo una permitía conservar los ocho establecimientos; Tabitha expuso los riesgos jurídicos y yo defendí la conveniencia de mantener la oferta original.

—Estás dispuesto a pagar más de lo que aconsejan tus propios directivos —concluyó sir Malcolm.

—Estoy dispuesto a impedir que Charles desmantele una colección que vale el doble de lo que ofrece.

—Eso no responde a mi observación.

—La responde perfectamente.

—¿Responde el empresario o el viudo, Nicholas?

Tabitha dejó el bolígrafo sobre la carpeta. Graham concentró su interés en las cifras y Celia, de pie junto a la puerta, fue la única que me miró.

—Responde el presidente de esta compañía —repliqué—. Y agradecería que el consejo no utilizara a mi esposa para cuestionar decisiones que se sostienen por sí mismas.

Sir Malcolm apoyó ambas manos sobre el mango del paraguas.

—Agradecería no tener que hacerlo.

El móvil vibró otra vez. No lo consulté.

Tenía al presidente del consejo ante mí, cuarenta millones por conseguir y una operación que amenazaba con desmoronarse antes del almuerzo.

Sin embargo, el mensaje permaneció dentro de mi cabeza, adherido a una preocupación que crecía cada vez que trataba de apartarla.

La reunión con el banco empezó a las once y se prolongó hasta pasadas las dos. Conseguimos una ampliación condicionada a que los propietarios firmaran antes del viernes y a que Miller Hotels aportara nuevas garantías.

Cuando el último asesor abandonó el despacho, Graham fue a revisar las proyecciones, Tabitha se encerró con su equipo y sir Malcolm regresó al consejo sin felicitarme por haber logrado algo que, dos horas antes, consideraba improbable.

Celia esperó a que las puertas se cerraran. Después caminó hasta mi mesa, tomó el plato de fruta y lo dejó delante de mí.

—Come.

—No tengo hambre.

—No era una pregunta.

Cogí una uva para librarme de ella, pero no funcionó.

—También vas a disculparte con Owen.

—Owen está acostumbrado a mi carácter.

—Ese no es el argumento brillante que crees que es.

Alcé la vista. Celia mantenía la carpeta sujeta contra el cuerpo y la irritación le había borrado cualquier rastro de la complicidad de aquella mañana.

—Había una crisis en Edimburgo.

—Y la estaba resolviendo. Le exigiste una hora que no dependía de él y colgaste mientras intentaba explicártelo. Puedes pedir resultados sin tratar a uno de tus mejores directivos como al botones que perdió tu equipaje.

—Nunca trataría así a un botones.

—Entonces procura no hacerlo con Owen.

De las cientos de personas que trabajaban para mí, Celia era la única capaz de reprenderme en mi propio despacho y salir de él con empleo, dignidad y la agenda del día siguiente intactos.

Se había ganado ese derecho durante nueve años de lealtad, madrugadas compartidas y desastres resueltos antes de que llegaran a convertirse en titulares.

También había conocido a Eleanor. Durante los últimos meses de su enfermedad, reorganizó mi trabajo para permitirme acompañarla a las consultas y se ocupó de que nadie utilizara mi ausencia para debilitarme ante el consejo.

Después del funeral fue Celia quien convirtió una montaña de compromisos en una semana vacía, quien envió a casa todos los documentos que no podían esperar y quien aprendió a recordarme los asuntos relacionados con Rory sin hacerme sentir incapaz de criar a mi propio hijo.

—De acuerdo —admití—. Hablaré con Owen.

—Y revisa el teléfono.

La pantalla mostraba una respuesta de la profesora.

Sarah Fletcher: “ Comprendo que se encuentre ocupado, Señor Miller. Sin embargo, considero que lo sucedido requiere una conversación y no sería apropiado exponer por escrito todos los detalles antes de hablar con Rory. Le reitero que su hijo está bien. Puedo llamarlo hoy a partir de las seis o mañana entre las diez y las doce. Si ninguno de esos horarios le resulta posible, trataré de adaptarme”.

Celia aguardó mientras terminaba de leer.

—¿Rory? —me preguntó.

—Su tutora asegura que ha ocurrido algo.

—Entonces llámala.

—Rory me habría avisado si fuera importante.

—Tiene diecisiete años. A esa edad, “importante” significa cualquier cosa que los padres no deben descubrir.

—Mi hijo no es así.

Celia demoró la respuesta mientras dejaba la carpeta sobre la mesa y apartaba el café frío.

—Tu hijo es un buen chico, Nick. Eso no significa que sea incapaz de hacer algo mal.

El uso de mi diminutivo rebajó el reproche, pero no consiguió que me gustara. Recogió la taza, me recordó que a las tres comenzaba otra reunión y salió para concederme los únicos cuatro minutos que pasé a solas durante toda la jornada.

No abandoné la oficina hasta las nueve y media de la noche. La lluvia golpeaba el techo del coche cuando Caleb, mi chófer y hombre de confianza, se incorporó al tráfico y avanzó hacia Kensington.

Londres desfiló al otro lado del cristal entre semáforos, paraguas y escaparates que empezaban a apagarse; en el asiento trasero, el portátil seguía abierto sobre un informe que ya no podía leer.

Pedí disculpas a Owen por teléfono. Se mostró tan sorprendido que consiguió empeorar mi humor, aunque aceptó las palabras sin recrearse en ellas y me informó de que los huéspedes habían sido reubicados. Después abrí de nuevo la conversación con Sarah Fletcher.

Con el paso de las horas, mi respuesta empezó a parecerme peor.

No había sido firme ni eficiente, sino maleducada.

Aquella mujer se había presentado, aclaró que Rory estaba bien y tan solo me pidió mantener una conversación.

Por el contrario, yo le respondí convirtiendo mi agenda en una cuestión de Estado y su trabajo en una molestia administrativa.

Escribí una disculpa, la borré y guardé el teléfono.

Rory siempre había sido un estudiante ejemplar. Eleanor se ocupó de los deberes, las reuniones y los proyectos escolares durante sus primeros años; después de perderla, hice cuanto pude por mantener todo en orden.

Elegí los mejores colegios, acudí a cada ceremonia importante y aprendí a organizar mis viajes para estar en casa los fines de semana. Al menos, casi todos.

Lo envié a St. Bartholomew porque ofrecía una preparación excepcional para la universidad y porque Rory aseguró que quería ir.

En los dos meses transcurridos desde el comienzo del curso no me comunicaron una sola falta, un retraso ni una mala calificación. Por eso la intervención de su tutora me sorprendía. También me molestaba más de lo razonable que alguien cuestionara al muchacho que habíamos criado Eleanor y yo.

Durante los seis años que siguieron a su muerte, me acostumbré a resolver solo cada dificultad.

No siempre lo hice bien, aunque conseguí que la casa siguiera funcionando, que Rory creciera sin sentirse responsable de mi tristeza y que la empresa no se resintiera. A fuerza de sostenerlo todo, terminé interpretando cualquier advertencia como una acusación de haber descuidado algo.

Quizás eso explicaba mi respuesta. No la justificaba. A las nueve y cincuenta y siete escribí por tercera vez.

Nicholas Miller: “ Buenas noches, señorita Fletcher. Le ruego que disculpe el tono de mi mensaje anterior. Ha sido una jornada complicada, pero no debí responderle de esa manera. Puede llamarme mañana a las diez. Gracias por informarme y por su discreción con Rory”.

Lo envié antes de encontrar otra excusa para aplazarlo.

Caleb giró hacia la casa y redujo la velocidad frente a la verja. Cerré el portátil, guardé el móvil y me preparé para una conversación que, en aquel momento, creía bastante sencilla: la señorita Fletcher me contaría lo ocurrido, Rory ofrecería su versión y yo aclararía el malentendido.