Mi tentación más inoportuna
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Capítulo 1
A las ocho y doce de la mañana, Graham me comunicó que nos faltaban cuarenta millones de libras para cerrar la operación. A las ocho y diecinueve, Tabitha añadió que uno de los propietarios se negaba a firmar.
Antes de las nueve, Owen había llamado dos veces desde Edimburgo para informarme de una avería en el sistema de calefacción del hotel, sir Malcolm Chamberlain convocó una reunión extraordinaria del consejo y Charles Beaumont, mi principal rival en el sector, presentó una oferta por tres de los establecimientos que llevábamos meses intentando adquirir.
El día prometía ser memorable.
Miller Hotels ocupaba las cuatro plantas superiores de un edificio de cristal y acero en Canary Wharf.
Mi padre había dirigido la empresa desde un despacho pequeño, situado sobre el primer hotel que compró; yo prefería contemplar Londres desde el piso treinta y dos mientras fingía que la altura me permitía conservar cierta perspectiva.
La ciudad se extendía al otro lado de los ventanales, cubierta por un cielo gris que amenazaba lluvia, aunque aquella mañana apenas tuve ocasión de mirarla.
Mi despacho se encontraba al final de un pasillo separado del resto de la planta por unas impresionantes y altísimas puertas de madera.
Era amplio, sobrio y bastante menos impersonal de lo que solían insinuar las revistas económicas.
Conservaba la mesa de nogal de mi padre, una fotografía de mi hijo Rory tomada el verano anterior y dos de los bocetos que Eleanor, mi fallecida esposa, había realizado para la restauración del hotel de Bath.
También había un sofá que nadie utilizaba, una mesa redonda destinada a reuniones rápidas que nunca lo eran y un aparador en el que Celia insistía en mantener botellas de agua, fruta y algo de comida.
Según ella, un presidente ejecutivo desmayado sobre sus previsiones financieras ofrecía una imagen pésima de la compañía.
Dado el ajetreo, la fruta seguía intacta y el café que me habían servido a primera hora se enfrió junto al ordenador.
—No nos faltan cuarenta millones —le respondí a Graham después de revisar la hoja de cálculo que acababa de mostrarme—. Nos falta convencer al banco de que amplíe la financiación.
El director financiero retiró sus gafas y limpió los cristales con un pañuelo.
Llevábamos trabajando juntos desde que ambos éramos lo bastante jóvenes para confundir el cansancio con la ambición, y conocía bien ese gesto.
Significaba que estaba a punto de explicarme por qué me equivocaba utilizando números, porcentajes y una paciencia que, en días como aquel, me parecía ofensiva.
—El banco ya ha ampliado la financiación dos veces —me recordó—. La segunda, porque garantizaste que el acuerdo se firmaría antes de finalizar el mes. Estamos a día veintisiete, Nicholas.
—Gracias. La fecha del ordenador es muy pequeña y empezaba a preocuparme perder la noción del tiempo.
Tabitha alzó la cabeza del contrato que estaba revisando. Se había instalado a mi derecha con varias carpetas abiertas frente a ella y llevaba casi una hora marcando cláusulas con un bolígrafo rojo.
En el trabajo era una abogada brillante; fuera de él, era mi cuñada y una de las pocas personas que disfrutaban recordándome que mi cargo no me concedía poderes sobrenaturales.
—La ironía no figura entre los activos aceptados como garantía por el banco —me informó—. Lo comprobé antes.
Graham reprimió una sonrisa y volvió a colocarse las gafas. Le concedí a Tabitha una mirada que no produjo el menor efecto y dirigí mi atención a las cifras.
Durante los últimos meses habíamos negociado la compra de la Colección Pembroke, un grupo de ocho hoteles históricos repartidos por Inglaterra y Escocia.
La familia propietaria arrastraba deudas importantes, pero los edificios conservaban un valor extraordinario y ocupaban ubicaciones a las que nuestros competidores llevaban años tratando de acceder.
Para Miller Hotels, la adquisición supondría el mayor crecimiento desde que asumí la presidencia.
Para mí significaba algo más, aunque solo Tabitha conocía la parte que nunca aparecía en los informes: Eleanor había trabajado en la restauración de dos de aquellos edificios y deseó incorporarlos a nuestra cadena mucho antes de que enfermera.
Retomar su proyecto fue una decisión empresarial razonable.
Al menos, eso repetía cada vez que alguien cuestionaba el precio.
Charles conocía nuestro interés y esperó hasta el último momento para intervenir.
Su oferta no pretendía comprar la colección completa; aspiraba a quedarse con los tres hoteles más rentables y dejar al resto sin suficiente atractivo para justificar la operación.
Era una maniobra eficaz, oportunista y propia de un hombre al que habría admirado si no llevara veinte años deseando estrangularlo.
Las puertas se abrieron y Celia Winslow entró con el teléfono en una mano y una carpeta azul en la otra.
Vestía un traje color crema que seguía impecable pese a que llevaba en la oficina desde antes que yo.
Durante nueve años había organizado mis jornadas, corregido mis errores antes de que llegaran al consejo y aprendido a distinguir qué llamadas podían interrumpirme.
Si Celia cruzaba aquellas puertas sin avisar, el asunto requería atención.
—Owen está en la línea dos —me indicó—. Han evacuado cuarenta y seis habitaciones en Edimburgo y la prensa local ya se encuentra frente al hotel. Sir Malcolm llegará en media hora. También ha llamado el banco para adelantar la reunión a las once.
—La teníamos a las doce.
—El banco conoce el funcionamiento de los relojes —observó Tabitha.
Celia le entregó la carpeta sin comentar la interrupción.
—Esta es la última versión del acuerdo. El representante de los Pembroke ha introducido dos modificaciones y espera una respuesta antes de las diez.
—¿Y Charles? —le pregunté.
—Ha concedido una entrevista en la que asegura que su oferta garantizará la continuidad de la plantilla. Su gabinete de prensa ha tenido la delicadeza de enviarnos el enlace.
—Qué detalle.
—Le he mandado flores en tu nombre.
La miré durante un par de segundos hasta que la ligera inclinación de sus labios confirmó la broma.
Aquella era una de las razones por las que nuestra relación funcionaba: Celia sabía cuánto podía presionarme sin sumar otro problema a la lista y yo confiaba en ella lo suficiente para permitirle ciertas insolencias que jamás habría tolerado a otro empleado.
Descolgué el teléfono y atendí la llamada de Owen, nuestro jefe de operaciones. Alguien que se ganó a pulso su puesto, escalando desde abajo. Al otro lado se oían voces, puertas y el sonido insistente de una alarma.
—La avería se originó durante la madrugada —me explicó—. El equipo de mantenimiento intentó resolverla sin cerrar ninguna planta, pero una tubería reventó hace veinte minutos. Tenemos agua en el pasillo norte y tres habitaciones afectadas.
—¿Por qué me entero ahora de lo que ocurrió durante la madrugada?
—Porque me avisaron hace cuarenta minutos y he necesitado comprobar la situación antes de llamarte. La directora del hotel ya ha reubicado a parte de los huéspedes.
—Necesito soluciones, Owen, no una cronología.
—Estoy dándote una solución. Trasladaremos a los clientes al Caledonian y asumiremos los gastos. Los técnicos calculan que podrán reparar la tubería esta tarde.
—No quiero cálculos. Quiero una hora.
—Entonces invéntala tú, porque los fontaneros todavía no han terminado de abrir la pared.
Aparté el auricular unos centímetros. Owen poseía un talento innato para gestionar una crisis y otro aún mayor para perder la diplomacia cuando alguien cuestionaba su trabajo.
Lo había conocido como recepcionista en uno de nuestros primeros hoteles de Manchester; dieciocho años después dirigía las operaciones de toda la cadena porque nunca me ofreció una respuesta bonita cuando podía darme una útil.
—Ocúpate de que ningún huésped hable con la prensa antes de que enviemos un comunicado —le ordené—. Y averigua por qué la directora tardó tanto en informar.
Celia levantó un dedo para reclamar mi atención y señaló la pantalla de mi móvil. La había dejado boca abajo sobre la mesa, pero comenzó a vibrar una vez y después otra. Giré el aparato mientras Owen seguía detallando las medidas adoptadas.
En la pantalla apareció un mensaje de un número que no tenía grabado.
“ Buenas tardes, Señor Miller. Soy Sarah Fletcher, profesora de literatura y tutora de Rory en el internado St. Bartholomew. Lamento ponerme en contacto con usted durante su jornada laboral, pero se ha producido un incidente relacionado con su hijo y considero necesario que mantengamos una conversación. Rory se encuentra bien. Cuando le sea posible, le agradecería que me indicara a qué hora podría llamarlo. Un saludo”.
Leí el mensaje dos veces. La primera me permitió comprobar que Rory se encontraba bien; durante la segunda, la palabra “incidente” adquirió un peso distinto.
Mi hijo nunca había protagonizado ninguno.
En su colegio anterior obtuvo las mejores calificaciones de su promoción, formó parte del equipo de debate y consiguió que tres profesores distintos lo describieran como responsable, atento y maduro.
St. Bartholomew era su primer internado y también el último curso antes de la universidad.
La adaptación no había resultado sencilla, pero las quejas que compartió conmigo se reducían a la comida, el frío de los dormitorios y una profesora que, según él, parecía juzgar cada intervención suya como una ofensa personal.
No le había concedido demasiada importancia.
—Nicholas, ¿sigues ahí? —me reclamó Owen desde el teléfono.
—Sí. Envíame el informe dentro de una hora.
—Necesitaré dos.
—He dicho una.
Terminé la llamada antes de que pudiera protestar y respondí al mensaje sin disponer de tiempo para averiguar quién era Sarah Fletcher ni qué consideraba digno de molestarme en mitad de aquella mañana. Le contesté, aun así.