Mi suegra (Historias prohibidas) La madre de mi primera novia
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La madre de mi primera novia

A los pocos minutos, nuestra calentura nos llevó a lo inevitable.

Ahí mismo, empinada sobre un sillón, le sepulté la verga en la verija entreabierta; nunca supe si era virgen hasta entonces, pero, cuando me di cuenta, todo el tronco resbalaba una y otra vez en ese pasadizo ardiente de su coño.

Ella gemía, yo arremetía con furia y ella alcanzó el orgasmo gritando.

Aceleré la penetración, bien agarrado a sus perfectas nalgas, que brincaban con cada embestida, y, en el justo momento en que mi semen estaba a punto de escapar de su refugio, un grito de espanto nos devolvió a la realidad:

—¡Qué están haciendo, Ainoa, por Dios! ¡Y usted, qué hace aquí, quién es y qué hace en mi casa! ¡Ainoa, por qué estás casi en cueros y usted, malvado, hombre del mal, qué hizo, qué le hizo a mi hija!

Y más gritos e improperios. Yo, apurado, trataba de subirme los pantalones y esconder mi erección, y Ainoa no sabía si ponerse las bragas o meter las tetas en el sujetador, que ya estaba a la altura de su cintura.

Entre gritos y amenazas, Ainoa hizo lo que tenía que hacer: ponerse a llorar. Yo, sin saber qué hacer, pedía disculpas mientras procuraba mantenerme lejos de la madre, que no paraba de gritar.

—¡Qué imprudencia acaba de cometer! ¡Seducir a mi hija! ¡Y en mi propia casa! Ahora verá cuando llegue mi esposo, tendrá que responder por lo que ha hecho. Por lo pronto, salga inmediatamente de mi casa, ya arreglaremos cuentas con usted, se lo aseguro.

Así las cosas, salí de aquella casa rápidamente, sintiendo que el cielo se me había caído encima de un solo golpe.

Esa noche y las siguientes me costó dormir, y las veces que intenté hablar por teléfono con Ainoa me lo negaron; dejó de ir a la escuela.

En casa, desesperado, esperaba el desenlace fatal: que me casaran con aquella chica, que me armaran un tremendo escándalo y que mi familia tuviera que responder por mis imprudencias.

Pasaron los días sin novedad hasta que una llamada me puso en alerta: era la madre de Ainoa.

—Oiga, señor, no crea que ya la libró, ni lo piense.

Ainoa está enferma, no sé qué le pasa. No quiere ir a la escuela y he tratado de llevarla al médico, pero no quiere.

Solo está encerrada en su cuarto y llora mucho.

No me hace caso y ya no sé qué hacer. Por eso le pido, más bien le exijo, que me diga qué le hizo a mi hija.

Tiene que decírmelo para ver si le ha pasado algo malo y tenemos que llevarla al médico a la fuerza si es necesario.

No sabía qué contestar. Intenté explicarle entrecortadamente que no habíamos hecho gran cosa, pero fue inútil:

—No le creo. Mire, tiene que venir mañana temprano. Ainoa irá con unos familiares. La espero a las diez. Tiene que decirme claramente qué le hizo a mi hija.

No tuve más remedio que aceptar ir.

Al día siguiente, temblando, llegué a la cita. La madre de Ainoa abrió la puerta. Cosa rara, se mostró amable, me llevó a la cocina, me ofreció café, que rechacé, y empezó con el discurso:

—Ustedes, los jóvenes de ahora, son unos imprudentes.

En mis tiempos, los novios no llegaban a tanto.

Las chicas éramos recatadas, nos dábamos a respetar y los jóvenes aceptaban nuestras condiciones.

Pero ustedes, Ainoa y usted, jovencito, han hecho algo indebido y sumamente grave.

No sé si es consciente de lo que ha hecho».

Asentí, mirando al suelo.

—A ver, quiero que me lo explique: ¿le hizo el amor a mi hija? ¿La penetró, verdad?

—Sí

—Eso supuse. Además, recuerde que cuando entré, usted estaba con los pantalones bajados y esa cosa horrible.

Ay, por todos los cielos, solo de pensarlo me entran ganas de acabar con usted a golpes.

¿La penetró toda? Mi hija era virgen, jovencito, y ahora, gracias a usted, ha perdido su virtud y su decencia.

Además, ay, no sé cómo decírselo, pero acuérdese de que lo vi desnudo con eso tan grande y terrible.

Pobre de mi hija, ¡cómo debió de sufrir con eso dentro! ¡Es usted un chico malvado!

Entre balbuceos, trataba una y otra vez de disculparme, pero ella, terca, dijo:

—Es que usted no entiende. Quizá le hizo daño al desvirgarla, a la imprudente, a la que usted sedujo, ¡mal hombre! No está en condiciones de negarse a que yo sepa perfectamente lo que le pasó a mi hija, ¿entiende?.

Asentí.

—Mire, joven, tiene que mostrarme lo que destruyó nuestra honra.

Necesito ver con mis propios ojos esa cosa horrible que rompió la virginidad de mi niña.

No se puede negar. Todavía mi esposo no sabe nada, pero si mi hija resultó dañada por eso, tendré que decírselo.

Así que proceda, muchacho imprudente. Quiero ver lo que penetró a Ainoa.

Me quedé paralizado, confundido y avergonzado por un momento. Pero mi mente empezó a dar vueltas a mil por hora tratando de encontrar una explicación a aquella extraña petición.

A lo mejor la mujerona quería echarse a alegrarse la vista con el pretexto de que le mostrara lo que se había tragado el coñito de su hija. Eso hizo que involuntariamente sintiera un estremecimiento en la verga. Aún permanecí quieto, sin saber qué hacer:

—Es que, señora, lo que usted me pide me avergüenza. No sé para qué quiere que haga eso ni cómo quiere que le enseñe el miembro. Ya le expliqué que casi no hicimos nada. La penetré, pero no toda.

—¿Cómo que no toda? Si cuando entré, usted la tenía bien agarrada y su cosa entraba y salía del coño de Ainoa. Yo lo vi, acuérdese. Ande, ya de una vez, muéstrese.

Así las cosas, ya con la idea clara de que la mujer quería algo más, me desabroché lentamente el pantalón y, ante sus ojos expectantes, puse al descubierto el miembro, que, pese a los regaños, mostraba una erección de tres cuartos; en otras palabras, casi estaba bien parado. Cuando lo vio, la mujer exclamó:

—Por todos los cielos, con razón ha llorado tanto mi hija, si usted la destrozó con esa cosa tan tremenda. Ahora entiendo que no quiera salir, debe de estar muy lastimada por haber soportado tamaña cosa. Usted debió detenerse al notar que la estaba lastimando...

—Es que no la he lastimado, señora...

—Guarde silencio, ¿cómo va a saberlo si lo estoy viendo con mis propios ojos?

Nunca imaginé que un hombre pudiera tener el miembro de ese tamaño.

Ni siquiera mi... No me cabe en la cabeza que no la haya lastimado.

Mi pobre Ainoa... ¿Qué va a ser de ella?

Voy a tener que revisarla y ya determinaré si la llevo al médico, cuyos gastos correrán de su cuenta, jovencito.

Y yo ahí, con la polla fuera.

Sin despegar la vista de aquello que la atraía, la mujer dijo:

—Y oiga..., no le causa problemas tenerla así de grande.

Solo con verla me entran nervios. No acabo de concebir que usted sea normal.

Si llega a casarse, con Ainoa o con cualquier otra mujer, seguro que, en lugar de darle placer, le causará sufrimiento.

Tiene que ir a un especialista. A lo mejor eso que tiene no es normal. Dígame, ¿no le duele? ¿No le molesta?.

—Ay, señora, la verdad es que, cuando se me pone bien...

—¿Cómo? ¿Se le pone más grande?

—Pues sí, un poco más, y cuando no hago seguido el amor..., me duelen las pelotas...

—Válgame el cielo, seguro que cuando te vienes, digo, ¿eyaculas mucho?

—Pues lo normal...

—No me hago a la idea de que todo eso pueda entrar en el sexo de una mujer, me parece increíble. Venga ya, guarda esa cosa tan horrible.

Con la seguridad de que ahora era yo quien tenía el control, me acomodé la ropa. Ella siguió hablando:

—Mire, joven, no sé qué hacer con usted.

Por ahora, le prohíbo que se acerque a mi hija.

Ya veré en qué estado se encuentra su sexo.

Ya veremos qué hacemos. No intente acercarse a ella ni tratar de acostarse con ella.

Yo le avisaré, pero tenga por seguro que nos veremos para tomar la decisión más adecuada.

Intento hablar con Ainoa para tranquilizarla.

En cuanto a mi esposo, por ahora no le diremos nada, pero tendrá noticias mías, jovencito imprudente.

De camino a casa, me sentía contento por haber salido de aquel apuro y seguro de que aquella mujer buscaría la forma de comprobar en carne propia que una verga de mi tamaño sí le cabría en su coño. También pensaba en Ainoa, a la que no había terminado de follar, pero, por ahora, estaba a salvo.

De regreso a la escuela, Ainoa procuraba mantenerse alejada de mí; seguro que su madre la había amenazado, porque solo nos saludábamos de lejos.

Dos semanas después, recibí una llamada de la madre de Ainoa:

—Hola, ¿cómo has estado? Habla la mamá de Ainoa.

Ya la veo más tranquila. Ya no os veis, ¿verdad?

Eso es lo mejor para los dos. Espero que cumplas tu palabra.

En cuanto a mí, no creas que se me ha quitado el coraje contigo, pero te entiendo.

Eres joven y tienes tus necesidades, y con esa cosa que tienes...

Te entiendo. Por cierto, ¿ya tienes otra novia?

¿Has hecho el amor últimamente? ¿No? Ay, pobre de ti.

Bueno, ya no te molesto más. Pero, para que veas que no hay rencor, cuando quieras puedes pasar por casa.

Podemos charlar y te invito a un café. ¿Mañana temprano?

Por supuesto que acepté.

Al día siguiente, ahí estaba yo, dispuesto a lanzarme a la suegra.

Hablamos de tonterías y me contó cosas de su matrimonio: «Mi marido ha sido el único hombre de mi vida, a él le di mi honra y me casé», pero, como todas las mujeres con años de casada, añoraba los primeros encuentros amorosos: «Últimamente ya casi no...

, ¿me entiendes? Él trabaja mucho y llega cansado.

A mí eso ya casi se me olvidó, pero no creas, a veces...

, bueno, una es mujer..., y tú ya tienes mucha experiencia con eso, ¿verdad? ».

—No se crea, señora, he tenido experiencias, pero no muchas. A veces sí, pero no siempre.

—Lo que no acabo de entender es cómo puedes meter todo eso dentro de una mujer. Me parece increíble...

—Pues no he tenido problemas con quien lo he hecho... Bueno, ¿me entiende? Nunca se quejaron, más bien al contrario...

—¿En serio? No te creo. Oye, no sé, pero se me ocurre que podríamos hacer una prueba. Ay, no, qué vas a pensar de mí. Pero solo como prueba, ¿eh? Que la pusieras ahí, en mi coño. ¿Solo como prueba, eh? En cuanto yo te diga, te detienes, ¿sí? A lo mejor ni siquiera aguanto la punta.

No contesté. La mujer se levantó sola de la silla, se apoyó de espaldas en la mesa de la cocina y me ofreció su gordo trasero.

Mis manos acariciaron la abundante carne de sus nalgas y le levantaron el holgado vestido.

Con el vestido enrollado en la cintura, le bajé las bragas y noté cómo temblaba de placer anticipado.

Apretó más el culo, casi pegando la cara a la mesa.

Mi verga parada se deslizó lentamente entre las nalgas, buscando la entrada de la vagina por detrás.

Mis dedos exploraron el peludo coño y los gordos labios de la vulva se llenaron de jugos vaginales. Coloqué la punta en la entrada y ella la sintió:

—Ay, espera, ya la siento, tienes la cabeza del pene muy grande, espera, déjala ahí, así, aprieta, ya, ya, ay, me duele, ya entró, la siento, me abres mucho, más que mi marido, otro poquito, sí, así, espera, ¿falta mucho?

, más, un poco más, me llenas toda, me abres, más, más, ay, toda, sí, toda, la quiero toda...

Para entonces ya se la había metido toda: mis gloriosos 19 centímetros y medio le removían la vagina.

Empecé a cogerla, metiendo y sacando todo el tronco, haciéndola suspirar: «Ya, ya sácala, solo quería hacer la prueba, hum, qué rico te mueves, así, toda, huye, me entra toda, toda la verga, muchachito imprudente, ya, ya, no...

, ya no..., no la saques, chiquito lindo.

Aumenté la intensidad de mis embestidas; mi polla bombeaba ya en un mar de jugos viscosos.

Se oía el chas, chas de los cuerpos al chocar, mi verga pringosa de líquidos y aquella ardiente caverna distendida que emanaba el penetrante tufo del amor.

Al poco tiempo, la vieja gritaba de placer; su orgasmo la hacía gemir y los jugos escurrían ya por sus mofletudas piernas.

Entonces me dejé ir: la agarré con furia de las nalgas y mis chorros de semen inundaron su abierto chocho.

Terminamos exhaustos, sudando a chorros y apestando ambos a sexo.

Minutos después, mientras me limpiaba el pene con el borde de su vestido, ella recuperaba el aliento y decía:

—Ya comprobé que no lastimaste a mi pobre Ainoa..., pero ni se te ocurra pensar en volver a verla, ¿entendido? Mejor, cuando tengas muchas ganas, yo te puedo ayudar con esa cosota, ¿quieres?

—Sí, cómo no —pensé yo.

Ya encontraría la forma de volver a estar con Ainoa y terminar lo que habíamos dejado a medias e, incluso, darle un buen meneo a la madre de vez en cuando, pensé de camino a casa.