Un verano en familia
Me llamo Jaime, soy de una pequeña capital y estoy casado con una mujer maravillosa, con la que tengo plena confianza en todos los aspectos.
Estoy casado con una preciosidad que, además, es buenísima en la cama y con la que tengo plena confianza en todos los aspectos.
Como digo yo, procede de una familia de guapas, ya que su madre y sus dos hermanas están buenísimas y, si me apuran, hasta la madre de esta última, es decir, la abuela, también lo está.
Los padres de mi mujer tienen un chalé en un pueblo cercano a la ciudad donde vivimos.
Es bastante grande y, como tiene piscina, de junio a septiembre nos lo pasamos allí.
Imagínense lo contento que voy, ya que en la piscina tengo la ocasión de ver a todas esas bellas mujeres medio desnudas, pues los bikinis que llevan enseñan más de lo que ocultan, por no hablar de lo que muestra la imaginación.
Además, como el chalé está en la falda de la sierra, el agua de la piscina está bastante fría, lo que, afortunadamente, me ofrece un desfile de pezones erectos en cuanto se bañan.
Un día estábamos solos mi mujer, su hermana pequeña y su madre.
Después de comer, mi suegra se echó la siesta y me quedé con mi mujer y mi cuñada, adormilados, viendo un programa de televisión de lo más insulso.
De repente, mi cuñada me preguntó qué me parecía su madre.
Contesté que me caía muy bien y mis dos interlocutoras se echaron a reír.
Entonces, mi mujer me aclaró que la pregunta se refería a si me atraía sexualmente.
Tras superar el impacto de la pregunta, les dije que me gustaba, ya que, a pesar de sus cincuenta y pico años, estaba muy atractiva.
Entonces me aclararon que mi suegra estaba bastante salida, ya que al parecer mi suegro no la tocaba; estaban separados de hecho, viviendo juntos solo por el qué dirán, y él tenía varias amantes desde hacía años.
Por eso, mi suegra, aconsejada por mi cuñada y mi mujer, pensaba desquitarse.
Me dicen que su madre no tiene valor para buscar un amante por la calle, por lo que habían pensado que asumiera yo ese papel, ya que, según mi mujer, era muy bueno en la cama, algo que mi cuñada deseaba probar algún día.
Eso enfadó a mi mujer, que le hizo entender que ella no era una mujer desatendida.
Al principio tomé la propuesta a broma y les dije que dónde estaba la cámara oculta.
Mi cuñada contestó que evidentemente no me atraía su madre lo suficiente, cosa que negó mi mujer.
Alguna vez, mientras me masturbaba, me hablaba de lo bien que se conservaba su madre, lo que aceleraba mi eyaculación.
Así que tenía una prueba evidente de que su hermana se equivocaba.
La verdad es que la propuesta me estaba poniendo muy cachondo, pero objeté que era muy fuerte abordarla con tales pretensiones, aunque ellas aclararon que no habría problema porque ya lo habían hablado con su madre y que, si aceptaba, la clave sería acceder a bajar a la piscina con ella y dejar que tomara la iniciativa.
«¡Así se las ponían a Felipe II!», pensé, así que decidí hacerlo, aunque antes comenté a mi mujer que temía que todo esto afectara a nuestro matrimonio.
Ella me contestó que les hacía un gran favor y que me empleara sin temor y a fondo, haciéndole a su madre todo lo que le hacía a ella para que supiera lo que era gozar a lo grande.
Convinimos en que, cuando su madre despertara, ellas se irían de compras, lo que ella tomaría como pistoletazo de salida.
Efectivamente, cuando mi suegra apareció en el salón, ellas dijeron que se iban y mi suegra preguntó con quién se iba a dar un chapuzón en la piscina, ya que sabía que le daba miedo bañarse sola porque no sabía muy bien nadar.
Mi suegra, riéndose pícara, le dijo que me dejaba de socorrista y mostró una sonrisa que delataba que todo estaba preparado.
Así que, muy excitado, me puse el bañador y bajé a la piscina, esperando muy nervioso la llegada de mi suegra.
Entonces apareció mi mujer con una botella de ginebra, hielos y tónicas, y me dijo: «Toma, mi amor, para que os pongáis a tono».
Dale caña a mi madre, que le hace mucha falta», y me dio un beso.
También me aseguró que no se darían prisa en regresar.
Pasados unos minutos, apareció mi suegra y, ¡Dios!, casi me desmayo. Venía con un diminuto bikini blanco tipo tanga. Se agachó a poner unas copas y pude ver ese delicioso culete que tanto deseaba, por lo que se me puso duro al instante.
Le dije:
—¡Joder, suegra, qué bikini más pequeño llevas!
—Tu mujer y mi otra hija están locas, se han empeñado en que me queda bien.
—Ya lo creo que me queda bien, enseña más de lo que tapa.
—Si te sientes incómodo, sube y ponte un bañador.
—Que no, que no, estás bien así.
Nos sentamos en las tumbonas y se bebió el gin-tonic de un trago. Me pidió que le sirviera otro, que también se acabó de un trago. Así que le puse el tercero, a pesar de que ya la notaba un poco tomada.
La ingesta de alcohol debió de calentarla, porque se abrió de piernas y no le importó que le clavara la mirada en el coño. Es más, se tumbó boca abajo y me pidió que le diera bronceador en la espalda.
¡Joder, qué maravilla! Ahí la tenía, a mi suegra, con las nalgas al aire y super cachonda.
(Aprovecho este momento para deciros que mide más de 1,75 m, es esbelta, morena, de piel clara, aunque a estas alturas del verano está bronceada, y tiene un buen par de tetas).
Hago esta precisión porque, boca abajo y con el pecho aplastado contra la tumbona, se le veían los bordes de las tetas.
Comencé a extenderle la crema bronceadora, aprovechando para frotarle la parte de las tetas que asomaba, aunque no me atrevía a aplicarle la crema en las nalgas descubiertas por el tanga.
De repente, me dijo:
—Antes decías que no te incomodaba mi bikini.
—Y no me incomoda.
—Pues no se nota, porque el culete también quiere cremita y tú ni te acercas.
Así que estás a tope, pensé. Pues vas a ver.
Comencé a ponerle crema en esa parte tan linda, abriéndole bien las nalgas una y otra vez, de modo que le veía el ojete y el coño.
¡Cómo le gustaba a la muy guarra!, que se espatarró del todo.
Yo seguía abriéndole y me la hubiera tirado allí mismo si no se hubiera levantado para decirnos que nos bañáramos.
Me opuse y le dije que tenía un poco de frío (la verdad es que tenía la polla a reventar y no quería que se me viera al levantarme), pero contestó que entonces es que estaba enfermo, pues hacían casi cuarenta grados. Me dijo:
—Al menos siéntate en el borde de la piscina, recuerda que eres mi socorrista.
Accedí y bajé a la piscina por la escalera, pensando que no podría ver mi erección.
Pero estaba muy equivocado, porque, nada más meterse en el agua (lo que le produjo una hinchazón en los pezones), caminó hacia mí y, con ambas manos, lanzó una ola de agua a mis genitales.
Claro, mi bañador se pegó y se me notaba la erección.
Pero no se detuvo ahí, sino que, tomándome por los tobillos, me dijo:
—No seas friolero, que estoy yo aquí para calentarte.
Me tiró con fuerza y me zambulló. Hice como que me enfadaba y la agarré para darle un chapuzón. Ella, hábilmente, me rodeó con sus brazos, se subió a horcajadas sobre mí y colocó su vulva sobre mi pene erecto.
—No me ahogues, socorrista, que no es para tanto.
—¡Como que no! —dije yo—, si tú también estás helada, mira cómo tienes los pezones.
—¿Te gustan? Pues caliéntamelos.
Se quitó la parte de arriba del bikini, la llevé como una lancha hasta el bordillo, la subí a este y me lancé a comerle los pezones como si nunca me hubieran dado de mamar.
Ella se estremeció, arqueando la espalda, y me dijo que mi mujer ya le había dicho lo bueno que era.
Le contesté que no sabía lo que le esperaba.
Le quité el tanga, ella se abrió de piernas, le abrí los labios y me puse a comerle el coño como un indigente hambriento.
Le saqué el clítoris de la funda y se lo chupaba con tanta fuerza que temí arrancárselo.
Estaba poseído por una excitación bestial.
Subí al borde de la piscina, la llevé a una tumbona, donde, sentada, me bajó el bañador, me sacó la polla y comenzó a hacerme una mamada espectacular.
Cuando mi glande rebosaba flujo, la tumbé. Ella abrió de par en par sus piernas y, con una cara de vicio indescriptible, me dijo:
—Venga, socorrista, dame los primeros auxilios.
Cogí mi rabo y se lo froté por todo el coño, arriba y abajo, arriba y abajo.
¡Dios, qué gusto! Ella no aguantaba más, cogió mi polla y la acercó a su agujero mientras, con los talones, presionaba mi culo para que la empalara.
Así lo hice. Lentamente. Ella arqueó la espalda con tal fuerza que me levantó también y, en la caída, noté mi verga ensartada hasta las bolas en su vagina.
Qué calor, qué lubricación, qué suavidad.
Follábamos como locos, le chupaba los pezones y le decía las obscenidades que me pedía:
—¿Cómo te gusta el rabo, eh?
Para putearla, le sacaba la polla de vez en cuando, rozándole toda la raja, y así yo aguantaría más. Pero ella me la agarraba y, como una perra en celo, me la volvía a incrustar.
Yo ya no podía más y le pregunté si le faltaba poco. Me dijo que no, que la follara a lo bestia. Lo hice con tanta intensidad que casi le hacía daño, pero a ella le gustaba. Tres embestidas más y mi vergajo reventó en todo su chochazo.
Quedé rendido encima de ella, ambos jadeantes.
He tenido más encuentros con mi suegra, todos consentidos e incluso auspiciados por mi esposa (y su hermana), que os contaré otro día. Ahora me tengo que hacer una paja del calor que he pasado recordando todo esto.