Mi suegra (Historias prohibidas) Una experiencia nueva
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Una experiencia nueva

Últimamente, la monotonía se había instalado en nuestra vida sexual. Yo soy muy fogoso y me encanta inventar situaciones lo más excitantes posibles para que la relación no se apague, pero a veces me encuentro con un muro en forma de Sofía.

Ella es mucho más conservadora que yo y casi nunca está dispuesta a llegar donde yo quiero.

Había hablado con ella para ir a un local de intercambio de parejas, pero supuse que se escandalizaría y se negaría rotundamente.

Ya me imaginaba su respuesta, porque en lo que al sexo se refiere, siempre ha sido así entre nosotros.

Ya pasó cuando éramos muy jóvenes y la invité a casa de mis padres a ver una película porno.

Años después, ocurrió lo mismo con la primera vez que le hice una mamada, con el sexo anal, con atarla a la cama y hacer con ella lo que quisiera, con utilizar juguetes eróticos en nuestras relaciones o con que se vistiera lo más provocativa posible.

Al principio, su respuesta siempre era la misma: «Estás loco». Pero poco a poco la llevaba a mi terreno y al final conseguía lo que quería. A los pocos días volví a sacar el tema y ella ya quiso profundizar un poco y ser más receptiva.

—Oye, Hugo, ¿qué mosca te ha picado ahora con lo de ir a un local de esos?

—Mira, Sofía, nos conocemos desde los quince años, yo solo he estado con una mujer y esa eres tú, ¿no?

—Sí, claro, yo solo contigo.

—Pues llevo un tiempo pensando que solo se vive una vez y no debemos quedarnos con las ganas de hacer lo que nos gusta. A mí me gustaría probar con otra mujer y supongo que a ti te gustaría estar con otro hombre.

—Ya estás pensando por mí. Yo no necesito estar con más hombres que contigo, no tengo esa necesidad; el problema es tuyo, que si quieres estar con otras que no soy yo es que ya no le gustas.

—Sí, me gustas como siempre, pero es que últimamente lo hacemos cada vez menos y, bueno, sería probar a ver qué tal: ir a un local de esos, tomar algo y ver qué hay por allí, sin necesidad de hacer nada. Nos tomamos la copa y nos volvemos a casa a follar tú y yo.

—Bueno, lo pensaré, vale. Sabes que soy muy vergonzosa y que esas cosas me dan mucho pudor, pero lo pensaré, cariño.

Como en el resto de las ocasiones, pasamos de «estás loco» a «me lo pienso», y como la conozco y sé que por mí haría cualquier cosa, era de esperar que en los próximos días me dijera que sí y que nos pasáramos a tomar algo por algún local de intercambio, el que yo eligiera.

En esta ocasión tardó más en decidirse y volvió a sacar el tema a la semana y media, más o menos, y me dijo:

—He pensado mucho en lo de ir al local que me dijiste. ¿Tienes alguno en mente?

Mi cara cambió radicalmente: una sonrisa enorme me invadió y fui hacia ella para besarla apasionadamente en la boca.

Cogí el ordenador y miramos uno. Fuimos viendo las instalaciones, los horarios, los precios y la dirección.

Solo faltaba elegir el día. Decidí que iríamos el jueves.

No había tiempo que perder, no fuera a echarse atrás.

Ese jueves, en el trabajo, estaba muy nervioso y, cuando llegué a casa, Sofía ya estaba, pero me dijo que se marchaba a la peluquería porque quería arreglarse un poco.

Llegó a las 8 de la tarde, estaba muy guapa, se había ondulado el pelo y me dijo:

—Voy a vestirme. ¿A qué hora nos vamos?

—Con llegar allí a las diez.

—Vale, voy a vestirme.

—Por cierto, tienes que intentar ir un poco provocativa, ¿ok? Hoy no valen los vaqueros y la camiseta.

—Lo sé.

Yo ya iba vestido desde hacía rato: vaqueros, camisa y chaqueta. Al cabo de un rato, Sofía me preguntó qué tal le quedaba la ropa. Llevaba puesta una falda blanca, ajustada y corta, con una camiseta negra de tirantes, también ajustada, y unas botas negras altas. Llevaba una chaqueta en la mano.

—Estás preciosa —le dije.

Y nos fuimos en coche al local en cuestión. Aparcamos cerca y nos dirigimos a la puerta. Nos esperaba una mujer rubia, bastante simpática y de unos cuarenta años.

—Hola, me llamo Claudia.

—Yo soy Hugo y ella, Sofía.

—Es la primera vez que venís, ¿no?

—Sí.

—Os enseño las instalaciones y os presento a alguna pareja. ¿Habéis quedado con alguien?

—No, como es nuestra primera vez, solo queríamos tomar algo y ver el ambiente. Por hoy, yo creo que está bien.

—Pues os llevo hasta la barra y tomáis algo. Si necesitáis algo, no dudéis en decírmelo.

La verdad es que no había demasiada gente; era pronto y un jueves.

En la barra estábamos nosotros, otra pareja y tres chicos solos que miraban descaradamente a Sofía.

Desde nuestra posición, veíamos parejas sentadas en pequeñas sillitas con mesitas que estaban junto a la pista de baile, donde aún no bailaba nadie.

En las televisiones proyectaban películas porno y al fondo se atisbaban más salas que quedaban muy lejos para nosotros. No soltaba la mano de Sofía y le dije:

—¿Qué te parece?

—Bien, es como un pub. Me siento muy observada y somos los más jóvenes del local.

—Ya, ya veo.

Empezamos a beber los gin-tonics rápidamente por los nervios y hablamos de la gente que había allí. Un chico que estaba solo a unos metros de nosotros en la barra se fue acercando y nos dijo:

—Hola, soy Ricardo. ¿Cómo os llamáis?

—Yo me llamo Hugo y ella, Sofía.

—¿Venís mucho por aquí o es la primera vez?

—La primera.

—¿Y qué intenciones tenéis?

—Nada, ver el ambiente y tomar algo.

—Muy bien, chicos. Si necesitáis algo, estoy aquí al lado.

Ricardo tomó de nuevo el camino por donde vino, se puso en el mismo sitio de la barra y Sofía me dijo:

—Qué majo, ¿verdad?

—Sí.

—Cuando piensas en un sitio así, imaginas que está lleno de gente rara y viciosos, pero no hay mucha gente y, la verdad, no se ve nada raro.

—Sí, es cierto.

Con la entrada nos correspondían dos copas y ya nos habíamos bebido la primera.

Claudia, muy atenta, nos sirvió la segunda enseguida.

Todo el local miraba a Sofía, sin duda era la más buena, pero me di cuenta de que ella solo tenía ojos para Carlos, el chico que había venido a presentarse antes. Le pregunté:

—Una pregunta, ¿te ha gustado Ricardo, el chico que se ha acercado antes?

—Sí, ¿lo has notado?

—Sí, me he dado cuenta.

Ricardo era un chico de 1,70 m, fuerte, pero no gordo. Era rubio y llevaba el pelo muy corto. La verdad es que el chico no quitaba los ojos de Sofía y, de vez en cuando, ella le devolvía la mirada. Al ver esto, dije:

—¿Quieres tomar algo con él?

—No lo sé, ha venido solo. Si quieres, vamos con él y charlamos, pero solo charlamos.

—De acuerdo.

Miré a Ricardo, que no había dejado de mirar a Sofía en toda la noche, y le hice un gesto para que se acercara. Estaba muy excitado por la situación, el sitio y el comportamiento tan amable de Sofía. Cuando llegó Ricardo, nos pusimos a charlar.

—¿Quieres tomar algo con nosotros?

—Vale, os invito yo.

Pasamos dentro, nos sentamos en una mesa. —Yo allí no puedo ir si no es con una pareja; si estoy solo, tengo que quedarme en la barra.

—Venga, vamos a sentarnos.

Sofía se sentó y, con la falda tan corta, pudimos ver su ropa interior. Nosotros nos sentamos cada uno a un lado y Ricardo dijo:

—Uy, qué bragas más preciosas. Pero lo que me gustaría ver es lo que hay debajo —dijo riéndose.

Yo me quedé perplejo y excitado por lo descarado que era Ricardo. Sofía, que aún no había hablado mucho con Ricardo, dijo:

—Amigo, para ver eso tienes que pedir permiso al dueño, que es Hugo.

La respuesta de Sofía me excitó aún más y tardé unos segundos en responder.

—Ah, pues tú tienes permiso para hacer lo que quieras.

Sofía, que ya llevaba dos gin-tonics y medio, se puso en pie, se subió la minifalda blanca y bajó el tanga blanco que llevaba a la altura de los muslos, dejando al aire su precioso coño.

Mientras se giraba un poco para que Ricardo lo viera de frente, yo me quedé de piedra.

Nunca imaginé una reacción así por parte de Sofía, pero estaba excitada como una perra.

Ricardo me miró para ver si quería que parara la situación, pero no lo hice.

Él metió la mano entre los muslos de Sofía y la subió hasta su coño.

Una vez allí, con las dos manos en las caderas de Sofía, la giró para ver su culo.

Yo ya había disfrutado antes de la visión de ese culo y, ahora que lo giraba, pude ver su coño.

Lo toqué mientras la miraba a la cara. Cerró los ojos.

De placer. Mi mano chocaba de vez en cuando con la de Ricardo, que amasaba las nalgas de Sofía con cada vez más fuerza.

Sofía seguía de pie y su coño admitía cada vez más dedos; tenía tres dentro y empezó a gemir de placer.

De repente, Sofía apartó la mesa, se arrodilló y dijo:

—Sacad las pollas.

Yo no lo dudé: me desabroché los pantalones, me los bajé y me recosté un poco más en el sofá.

Parecíamos compenetrados, ya que Ricardo hizo lo mismo casi al mismo tiempo.

Así, Sofía estaba en medio de nosotros. Con la mano izquierda me masturbaba a mí y con la derecha a Ricardo.

Tras un rato así, se metió mi polla en la boca y siguió masturbando a Ricardo.

La escena era muy morbosa. Tras un rato conmigo, pasó a por la polla de Ricardo.

Esta le costó un poco más de trabajo, ya que era un poco más grande, pero no tuvo problemas.

Ricardo empujaba con fuerza la nuca de Celi para que se la tragara cada vez más.

Él indicaba el ritmo y fue acelerando cada vez más, hasta que un gemido enorme me hizo pensar que se había corrido.

La boca de Sofía me resultó rara y excitante a la vez, ya que ella nunca me había dejado correrme en su boca; siempre me decía que sabía mal, pero, cuando levantó la cara, pude ver que Ricardo sí lo había hecho: tenía toda la boca llena de semen.

Sin perder un minuto y con el semen aún en la boca, volvió a tragarse mi polla, lo que me puso a mil.

En unas pocas sacudidas, me corrí también en su boca, provocándome un orgasmo bestial.

Ricardo cogió un pañuelo de papel para él y nos dio uno a cada uno para que nos limpiáramos.

Después, se despidió de nosotros diciendo que se iba al baño.

Sofía se bebió de un trago el gin-tonic que le quedaba, se subió el tanga y se bajó la falda. Luego me dijo:

—¿Te ha gustado?

—Mucho.

Esa noche, cuando volvimos a casa, tuvimos el mejor sexo de nuestra relación y estamos seguros de que volveremos al local.