Mi suegra es muy servicial #2
—Toma las pastillas para dormir, pónselas en la leche, así podremos follar. Llevo toda la noche con ganas de cogerla.
Al principio se resistió, pero al final accedió porque ya estaba calentita y me obedeció sin ningún problema. Me dirigí al baño y, cuando salí, ella estaba limpiando y recogiendo la casa.
—Desnúdate —le dije—, quiero que lo hagas completamente desnuda».
—Pero ¿y si sale o si llega alguien?
—He dicho que te desnudes —le dije, y me acerqué a ella.
Le saqué la bata de un tirón y se quedó solo con las bragas, que se quitó enseguida.
Me dirigí al cuarto de Sandra y llamé, pero no contestaba. Se había tomado toda la leche. Me acerqué y la meneé con fuerza. Estaba como muerta. Me atreví a tocarle las tetas, que las tiene muy firmes, pero no se inmutó.
Volví al comedor. Mi zorra estaba barriendo completamente desnuda.
Fregó el suelo y, antes de que se secara, la obligué a restregarse por él.
La iba azotando el culo. La sujeté del pelo y me chupó la polla.
Cuando la tuve muy excitada, le dije que íbamos a follar delante de su linda hija.
Al principio se negó, pero la obligué y acabó aceptando.
Fuimos al cuarto de Sandra, que seguía durmiendo.
Mi suegra estaba cortada porque iba en pelotas.
Me acerqué a Sandra, le quité toda la ropa y la dejé desnuda encima de la cama.
Puse a mi suegra a cuatro patas junto a su hija y la penetré por el culo.
Ella estaba muy excitada; en el fondo, eso le resultaba muy excitante, igual que a mí.
En un momento dado, se la saqué y, arrastrándola, la obligué a lamerle el coño a su hija.
Yo le abrí el coño y ella, medio llorando, se lo lamía.
Mi cuñada seguía dormida. Le indiqué a mi suegra que se fuera al otro lado de la cama. Doblé a mi cuñada hacia un lado, con las piernas apoyadas en el suelo, y me agaché para penetrarla.
Mi suegra estaba como un perro, acariciándose, mientras yo follaba con mi cuñada. Me corrí, me subí encima de ella y empecé a penetrarla. Uffff, qué placer ese coñito tan apretadito. Había sido mío con el consentimiento de su madre.
La llené de leche: los pechos, la barriga...
Volví a por mi suegra y lamió a su hija hasta dejarla limpia.
Le volví a poner el camisón y salimos del dormitorio.
De camino al comedor, mi suegro me insultaba.
Me dijo que sería la última vez que se había dormido para disfrutar solo con ella y no con su hija.
La zarandeé, le besé los labios con fuerza y le metí los dedos en el coño.
—¿Lo tienes hecho, cerda? Has disfrutado tanto como yo.
—Sí, he disfrutado —reconoció—. Pero yo nunca se lo había hecho a una mujer, y menos a mis hijas.
—Pues no será la última vez. Si no quieres, lo dejamos ya como si nunca hubiera pasado nada o, por el contrario, seguimos con nuestros juegos, pero mando yo. Tú debes hacer todo sin rechistar.
Estuvo un rato callada y luego me dijo que sí, que haría todo lo que le pidiese, incluso lo de su hija.
La apoyé en la mesa con las piernas bien abiertas.
Se acariciaba mientras yo la miraba; quería ver bien ese gran coño que tenía y cómo chorreaba.
Me la volví a follar, la monté como si fuera un caballo y la cabalgé durante un buen rato.
Se corrió como una guarra, la volví a dar la vuelta y me corrí en su cara.
Acabamos rendidos. Ella se duchó y salió a comprar.
Yo me encerré en mi cuarto a descansar. Llegó la hora de comer.
Estábamos tensos pensando en mi cuñada. Apareció diciendo que tenía la cabeza muy cargada.
Yo lo achaqué a tanto dormir y, entre risas, quedó todo así.
Después de comer, todos se fueron. Mi cuñada dijo que iba a casa de una amiga y que volvería para cenar o más tarde.
Volví a desnudar a mi suegra, la até a la mesa y me puse a observarla.
Me daba placer verla así, con los pies apenas rozando el suelo y las tetas apretadas contra la mesa.
Ella me suplicaba que la tocara y yo la dejaba de vez en cuando.
Le metía un dedo, le daba un azote y, cuando ya no pude más, la penetré de un solo golpe.
Estaba en ello cuando oí a mi cuñada que me decía:
—Así es como te vas recuperando, ¿eh? Lo he visto todo, hace un rato que llegué y he estado mirando.
A mí eso me hizo que se me bajara la erección; no sabía qué decir. Mi suegra seguía atada y solo balbuceaba que no era lo que pensaba.
—Cállate —le dije a mi suegra.
Ella calló enseguida.
—Sandra, nos has pillado. Ella estaba insatisfecha porque tu padre apenas se corre y yo tampoco. Así nos consolamos juntos.
—Está bien, no diré nada, pero me gustaría poder follar con ella también, porque soy bisexual. Si me dejáis participar de vez en cuando, os guardaré el secreto. ¿De acuerdo?
Mi suegra seguía atada a la mesa, gruñendo, pero no la solté; me excitaba la idea de que mi cuñada se la comiera. Me acerqué de nuevo a mi suegra, le metí los dedos y mi cuñada empezó a frotarse.
A continuación, se fue desnudando. Mi suegra abría los ojos con horror; no le apetecía nada que su propia hija la sobara, pero como no podía hablar por el pañuelo que le había puesto, solo se le oía decir un «no» que ignoramos.
Mi cuñada empezó a lamerle el coño; yo observaba la escena y, situado delante de mi suegra, que había empezado a llorar, me excité aún más.
Al cabo de un rato, empezó a gemir, así que le quité el pañuelo y la obligué a comerme la polla, que, gracias a la excitación, estaba muy dura.