Mi suegra es muy servicial
Yo estaba casado y, en la época en la que ocurrió esto, mi mujer estaba embarazada de nuestra primera hija.
El embarazo hizo que mi mujer perdiera las ganas de mantener relaciones sexuales.
Así transcurría mi vida sexual, entre pajas y comidas, hasta que encontré sustituta: mi suegra.
Es de estatura media, con el pecho algo caído, pero sugerente; los pezones muy grandes, ya que mi suegro acostumbraba a dormir chupándoselos, y el hecho de haber dado el pecho a sus dos hijas también había hecho mella en ellos.
¡Y qué culo! Respingón, con grandes nalgas y cachetes para disfrutar.
Un inesperado accidente de moto, en el que me fracturé una pierna y la muñeca derecha, me hizo disfrutar de sensaciones muy especiales. Con la pierna escayolada hasta la ingle, podía moverme poco. El médico me recetó calmantes y pastillas para dormir. Al salir del hospital, mi mujer me dijo:
—Conforme estás, será mejor que nos vayamos una temporada a casa de mi madre. Así no te tendré que dejar solo cuando me vaya al trabajo y, si necesitas algo, tu suegra te lo hará.
Al principio no me hizo ninguna gracia, porque en casa tenía todas mis cosas y mi Netflix, pero reconocí que era lo mejor y así lo hicimos.
Mi suegro vino a recogerme y nos instalamos en casa de mis suegros.
Nuestro dormitorio quedaba al lado del de ellos y enfrente estaba el de mi cuñada.
La primera noche, entre el dolor y la nostalgia de mi cama, apenas pegué ojo.
Me dormí bastante tarde y no me di cuenta de que mi mujer se había ido al trabajo.
Cuando desperté, llamé a la puerta y entró mi suegra.
Estaba en calzoncillos y me tapé como pude.
—Tranquilo, hijo —me dijo—. No me voy a desmayar.
Sonreí, pero no le di más importancia. Me preguntó si quería que le trajera el desayuno o si prefería ir al salón.
—No, ya voy —le contesté.
Fui al baño, me lavé y salí. Me senté a desayunar como pude.
Mientras tanto, mi suegra se agachó a arreglar las revistas y otras cosas, y pude ver que no llevaba sujetador.
Eso me puso a cien. Nunca la había visto así, con tan poca ropa.
Claro, era verano y, para hacer las tareas del hogar, no se arreglaba.
Primero lo dejaba todo en orden y luego se vestía y salía a comprar.
—¿Quieres que te quite el papel de la magdalena? —me dijo.
—Sí, por favor, con la mano izquierda soy muy torpe —respondí sonriendo.
—Voy a terminar de recoger, si necesitas algo me avisas. Ahí te dejo el mando de la tele.
Salió de la sala y yo la observaba desde la distancia.
“Qué culo. Qué ganas de meterle la verga por ahí” pensé. “Te cogería y te follaría por todos los lados. Tus tetas parecen ubres. Te las comería y te las agarraba y te la metería por el culo mientras te sobaba esas tetas”.
Mi mente me puso a mil. Mi polla reventaba.
Tuve que ir al baño para masturbarme con lo que había pensado.
Entré en el baño y allí estaban sus bragas.
Aún olían a ella. Las cogí y me masturbé con ellas.
Cuando acabé, me limpié con las mismas bragas.
Salí y me senté en el sofá. Me quedé dormido y desperté cuando mi mujer regresó del trabajo para comer.
—¿Se ha portado bien, mamá? —le preguntó mi mujer a mi suegra, y esta respondió que muy bien.
Se rieron y lo dejaron así. Comimos y cada uno volvió a su trabajo.
La tarde transcurrió con tranquilidad. Mi suegra se sentó enfrente de mí para ver la televisión y se quedó dormida un rato.
Mientras tanto, yo me agaché y logré ver su coño, muy peludo y abultado. Me volví a masturbar con esa visión.
Llegó la noche y nos acostamos. Yo no tenía sueño, así que no tomé nada para dormir. Mi mujer se durmió enseguida y, al rato, oí a mis suegros.
—Déjame, que los chicos están ahí y te pueden oír —decía mi suegra.
—¿Qué te crees, que ellos no lo hacen? —contestó mi suegro.
—Ya, pero me da corte. Umm.
—Así, puta, inclínate —le decía mi suegro.
—Te la voy a meter en ese coño tan hermoso.
Así estuvieron un rato. Yo me volví a masturbar escuchando sus comentarios y cómo disfrutaban. Al final, mi suegra se quejó de que siempre la dejaba a medias y preguntó para qué tanto si luego se corría enseguida.
Pasaron quince días…
Me quitaron la escayola y me pusieron una venda más pequeña.
Había pasado los peores días de mi vida, me había masturbado cientos de veces mirando, oyendo y pensando en mi suegra, así que decidí que me la tendría que tirar como fuera.
Empecé a caminar poco a poco con ayuda de las muletas y mi suegra se ofreció a ayudarme para que me apoyara en ella.
Acepté encantado. Con disimulo, comencé a rozarle los pechos.
Al principio me disculpaba, pero con el tiempo ya no lo hice.
Una mañana, estaba agachada limpiando debajo de las sillas y yo llegué por detrás, la cogí de las caderas...
Ella intentó escapar y me suplicaba que parara, pero le dije que no podía más, que estaba loco por ella, que prefería follar con ella que con su hija y que no podía debido a su estado. Además, había escuchado que su marido la dejaba a medias y yo iba a dejarla satisfecha.
De un tirón, le desabroché la bata, dejando al aire sus enormes tetas.
Con una mano la sujeté del cuello y la pegué a la mesa, y con la otra le bajé las bragas y le metí los dedos.
Ella empezó a disfrutar y se fue humedeciendo.
La arrastré hacia el sofá, la puse encima de mí y me comió la polla.
¡Cómo la lamía, la muy puta! Yo le sobaba las tetas y se las zarandeaba con fuerza.
Ella gemía. La puse a cuatro patas y, de golpe, le metí toda la polla. Ella gozaba.
—¡Sigue, cabrón, sigue, hazme gozar!
La follaba con extrema dureza, pero a ella le gustaba. La volví a poner a cuatro patas y me corrí en su rostro.
Cuando me había limpiado, le pregunté si le había gustado.
—Sí, cabrón. Siempre había deseado que alguien me violara, pero nunca pensé que podrías ser tú.
—Pues de aquí en adelante vas a ser mi puta y mi zorra, ¿me oyes? —le grité.
—Límpiate la cara, pero no te laves, quiero que tu marido te beso donde yo me he corrido. Y esta tarde, nada de siesta, a follar, que quiero abrirte ese culo.
—Por el culo nadie me ha penetrado nunca, por ahí no, por favor. Haré lo que digas, pero...
—No la dejé respirar. Eso ya lo veremos.
Nada más llegar, mi suegro se acercó a besar a mi suegra. Al ver eso, me excité al pensar que esa lengua y esa boca acababan de recibir mi semen y mi suegro lo estaba lamiendo.
Comimos y todos volvieron a sus respectivos trabajos. Mi suegra recogió y se duchó. Apareció dispuesta, con una bata sin nada debajo. Uffff.
Solo con verla me puse a cien. Me senté en el sofá y le dije que me la chupara.
Así, cerda... sigue, que hoy te voy a reventar.
Estaba como un perro. Sus tetas rebotaban al aire y tenía los pezones muy erectos y tan gordos como siempre.
Le sobaba las tetas y movía el culo como una perra mueve la cola.
Me comió la polla y me limpió bien el culo con la lengua.
Entró en mi agujero dándome un gran placer, ya que hasta entonces nadie me había lamido el culo.
Me incorporé, la penetré en el coño y, sujetándola por las caderas, la zarandeé hasta que tuvo un orgasmo con varios gritos y bastantes estremecimientos. Le saqué la polla y le dije:
—Ahora quiero que te desnudes, que pases por la casa o que me hagas un café.
Ella obedeció, me hizo un café y yo la observaba sin dejar de mirarla: ese cuerpo tan carnoso, con sus tetas tan voluminosas, ese coño tan peludo...
Me gustaba mirarla mientras tomaba mi café.
La tenía agachada y, a veces, intentaba lamerme, pero yo apartaba su cabeza.
Empecé a azotarla suavemente y descubrí que le gustaba el sado: le ordenaba o le pegaba.
Así estuve un rato. Empecé a ordenarle que volviera a lamerme el culo y así lo hizo.
La levanté del suelo tirándole de los pelos y la puse encima de la mesa con las piernas abiertas.
Le dije que no se moviera. Fui al cajón donde guardamos las cuerdas y cosas así, cogí una cuerda, le até las manos a la mesa y los pies, que apenas llegaban al suelo.
Se lo sujeté, le puse un pañuelo en la boca y empecé a acariciarle el clítoris.
Le metí los dedos por el culo. En un momento dado, ya no pude aguantar más y la penetré por el culo.
Ella empezó a moverse, no me dejaba, gritaba, pero yo no le hice caso; al contrario, le di unos azotes y le rompí el culo.
Enseguida empezó a gemir. Le quité el pañuelo y la oí disfrutar como una cerda.
Acabé llenándole toda la espalda y el culo de semen.
La desaté y le ordené que me limpiara de nuevo.
Ella lo hizo sin rechistar. Cuando acabó, le dije:
—No te laves. Quiero que te limpies la espalda con la lengua cuando tu marido te folle esta noche.
—Pero no sé si lo hará. —Además, si nota algo, ¿qué pasa?
—No va a notar nada. No es un consejo, es una orden, ¿entendido? Soy tu amo y vas a hacer todo lo que yo te diga, ¿entendido?
—De acuerdo, tú mandas.
Esa noche, escuché cómo le suplicaba a su marido que le lamiera toda la espalda y cómo la penetró. Pero ella no gemía; se notaba que no disfrutaba. Y yo iba a darle todo el sexo que le faltaba.
Al día siguiente, cuando todos se habían ido, fui a la cocina. Allí estaba ella, fregando los platos. Me acerqué por detrás, le agarré las tetas y le di un cachete en el culo. Ella me dijo:
—Ten cuidado, Sandra —es mi cuñada, tiene 19 años y estudia en la universidad—, hoy no voy a clase, así que no podremos hacer nada. A ver si sale por la tarde. Ahora le llevo el desayuno y que siga acostada un rato más.
Me quedé de piedra, pero no podía dejar pasar la oportunidad, ya que había estado pensando toda la noche en cómo volver a penetrarle el culo. Así que le dije: