Mi suegra (Historias prohibidas) El olor a mi suegra
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El olor a mi suegra

Un día fui a buscar unas cosas a su casa.

Ella no estaba, como siempre. Teníamos confianza y siempre me dejaban entrar.

Mi mujer tiene las llaves y me pidió que fuera a buscar algo que necesitaba.

Llegué y no había nadie, como siempre. Entré y me puse a buscar.

Sin querer, encontré su bombacha entre la ropa sucia.

Fue instantáneo: se me puso la polla como nunca, pero también me puse nervioso porque podían volver en cualquier momento.

Sin pensarlo dos veces, la cogí y me puse a olerla.

Mmm, qué buen olor tenía esa bombacha. No podía dejar de olerla, me puse como una furia.

Me saqué la polla y empecé a frotármela con la bombacha; solo de pensar que ahí había estado apoyada la concha de mi suegra me volvía loco.

Me excité como nunca, no me importaba si la dejaba totalmente mojada, lo único que quería era llenarla de leche, estaba fuera de mí.

Sin darme cuenta, claro, yo estaba en otro planeta, disfrutando de esa ropa interior, cuando llegó mi suegra y me encontró mirándola, sin entender nada de lo que estaba pasando.

Pero parece que ver eso la puso también muy caliente; el hecho de que el yerno se hiciera una paja con su ropa interior fue como un disparador para ella.

Se metió la mano por la cintura del pantalón y empezó a tocarse el coño.

Yo seguía con lo mío y solo me di cuenta cuando ella gimió.

Estaba acabando. Me di la vuelta y la vi con las piernas totalmente abiertas, el pantalón por las rodillas y las manos sin dejar de moverse por su entrepierna.

No sabía qué hacer, así que me quedé mirándola mientras se masturbaba. Me miró y me dijo que no parara, que siguiera haciéndome una paja con su bombacha. Al principio dudé, pero al ver que se sentaba, abría mucho más las piernas y se metía tres dedos dentro, no lo dudé.

Se me puso dura otra vez y le pregunté si quería que le llenara de leche la bombacha. Me miró casi con los ojos fuera de la cara y me dijo:

—Sí, llénala bien, mójala toda, donde apoyo la concha, mójala bien.

Yo ya estaba fuera de mí. Ver a mi suegra meterse hasta el codo en la vagina me volvía loco. Empezó a gemir de nuevo y me pidió que le tirara la leche a la cara. Yo estaba fuera de mí. Le pregunté si estaba segura y me dijo:

—Dale, dale, dame tu leche en la cara, por favor, que acabo.

Era como si nunca fuera a dejar de salir leche, salía a borbotones.

Mi suegra no dejó ni una gota: me agarró la polla y se la frotó por la cara.

Nunca dejó de mover los dedos en su coño.

Lo mejor fue cuando se la pasó por la cara y se la metió en la boca de golpe.

Mmmm, pensé que me moría. Qué bien chupa la vieja, es una maestra: se la mete toda, hasta la garganta.

Me dijo que le gustaba chupar pollas, que se la chupaba a su marido, pero que no le aguantaba tanto y que quería ver si yo aguantaba más.

Claro que no aguanté lo que ella quería; no sé cómo, pero a los cinco minutos de chupármela, le volví a soltar una buena corrida.

Estaba descontrolada, no paraba de chupar y se tragó todo.

No dejó de chupármela hasta que se me puso dura otra vez; ya me dolía un poco la cabeza, pero no me lo quería perder.

Se quitó toda la ropa y me dijo que yo siguiera así, casi vestido, por si acaso; obviamente, le hice caso.

Cuando dejó al descubierto sus tetitas, mmmm, qué lindas, unos pezones rosados, duros y bien puntiagudos.

Se agarró la polla y se la pasó por los pezones.

Ya me había olvidado de que me dolía un poco.

Le dije que quería follarla por todos lados, que siempre me había gustado su culo.

Sin decir nada, se dio la vuelta, abrió su hermoso culo y me dijo:

—Ahora métemela, pero despacio, que la tuya es algo más grande que la de mi marido y hasta que entra me duele.

¿Qué harían ustedes? Apoyé la cabeza en la puerta de su culo y ella pegó un saltito. Le dije:

—Tranquila, déjame a mí, voy a ser suave.

Así lo hice; no quería asustarla y no poder penetrarla por el culo. Le escupí el culo y dejé deslizar la cabeza del pene hacia dentro. Ella abrió cada vez más los cachetes hasta que se la metí toda. Nos quedamos quietos hasta que su culo se acostumbró a mi polla. En un momento dado, me dijo:

—Ahora muévete despacio.

Empecé un mete y saca maravilloso, deseaba que durara días enteros. Ella me decía:

—Así, así, mueve esa polla, así, como me gusta tenerla en el culo.

Yo seguía con mi vaivén; cada vez me entraba mejor y ella gemía cada vez más fuerte.

Me quedé quieto para que se moviera ella y fue lo mejor que pude haber hecho.

Como se movía, parecía que quería arrancarme la polla con el culo.

¡Qué bien se la chupa la vieja por el culo!

Le dije que siguiera, que me haría acabar de nuevo, y ella me dijo:

—Quiero toda tu leche caliente dentro de mi ojete.

Antes de terminar de decírmelo, le mandé unos hermosos y calientes chorros de leche bien adentro de su culito, mientras ella no paraba de acabar como una yegua en celo.

Después de eso, nos fuimos a lavar y me pidió que no se lo contara a nadie, ni siquiera a mis amigos.

Lógicamente, eso tendría un precio y me preguntó cuál era.

Le contesté que quería follar con ella todas las semanas y ella aceptó con un sí y un buen beso de lengua.