Una copa con mi suegra
Estábamos de vacaciones en un pueblo de la costa de Valencia, a unos trescientos kilómetros de Madrid, bien comunicado por autopista, por lo que el desplazamiento no llevaba más de tres horas a nuestra ciudad de origen.
Estando en la playa, surgió un viaje de trabajo a Madrid y, como en principio era de ida y vuelta en el mismo día, decidió venir conmigo para visitar a su madre, a la que no veía hacía veinte días.
El viaje de ida a Madrid fue muy tranquilo. Yo no soy muy hablador, pero a ella le encanta charlar, así que estuvo hablando todo el viaje y contando cosas, algunas muy banales. Al llegar a Madrid, la dejé en la residencia de su madre y quedamos para regresar a la playa cuatro horas después.
Al llegar al restaurante, en las afueras de Madrid, cerca de donde vivo, tuvimos que esperar porque estaba lleno. Nos tomamos un par de cervezas en la barra y luego pasamos a cenar.
Pedimos vino, pero debido a la cantidad de gente que había no dio tiempo a pedir una segunda botella entre plato y plato.
Durante la cena, me fijé en que en la mesa de al lado había cuatro hombres de unos cincuenta años bastante animados. Quizá por el vino que habíamos tomado, mi suegra levantó la copa y brindó con ellos, quienes acogieron el brindis y lo agradecieron.
Cuando estábamos tomando los cafés, el camarero se acercó y nos dijo que la mesa de los cuatro hombres nos invitaba a tomar una copa de licor.
Pedimos dos copas y les agradecimos la invitación.
En ese momento, uno de ellos se levantó, se acercó y nos invitó a compartir la sobremesa con ellos.
Yo esperé a ver qué hacía mi suegra y, como ella accedió, aceptamos.
La verdad es que la sobremesa fue muy divertida y pudimos tomarnos una segunda y una tercera copa.
Nos contaron que venían a Madrid por negocios, que se les había hecho tarde y que pensaban continuar el viaje después de cenar.
Al ver el estado de embriaguez en el que se encontraban, les sugerí que lo mejor era que pasaran la noche en un hotel de Madrid y continuaran el viaje al día siguiente.
No parecían hacer mucho caso, así que mi suegra intervino para insistir en lo mismo: que buscaran un hotel.
Salimos todos juntos del restaurante y nos pidieron que les recomendáramos un sitio donde tomar una copa antes de irse a dormir.
Como estábamos cerca de casa y tenían un hotel cerca, y como habían sido muy amables con nosotros y se habían comportado de manera exquisita, les invité a casa para tomar una copa.
Una vez en casa, Bobby, mi perro pastor alemán, nos recibió muy contento.
Nos sentamos en el salón y tomamos no una, sino varias copas.
Al cabo de una hora, veía a mi suegra muy alegre y bastante bebida, igual que yo.
Estaba muy divertida y la reunión fue muy amena.
Una de las veces que me levanté a por más hielo, Ernesto, uno de los invitados, me siguió.
Cuando estábamos solos, empezó a preguntarme por mi relación con mi suegra e intentó adivinar si manteníamos relaciones sexuales.
Le contesté que no y que nunca se me había ocurrido.
Entonces me propuso que, si les daba permiso, intentaba caldear el ambiente de la reunión.
Le dije que, debido al carácter de mi suegra y a que yo estaba allí, era bastante complicado, pero me sugirió que dijera que me iba a dormir para no cohibirla.
No sabía qué responder, así que lo dejé en el aire y me fui al salón.
Al ver el estado tan animado de mi suegra, que quería seguir bebiendo, y que empezaron a meter cuñas de sexo en las conversaciones, de las que participaba y se reía, tomé una decisión: me levanté disculpándome e indicando que estaba bastante bebido y muy cansado.
Ellos, que ya estaban sobre aviso, hicieron como si fueran a finalizar la reunión e irse, pero mi suegra dijo que esperaran a tomarse la copa.
Así lo hicimos: yo me fui del salón y ellos se quedaron charlando y riendo.
Mandé a Bobby (mi perro) a una habitación y lo encerré.
Sin embargo, no me fui a dormir, me quedé en el vestíbulo, donde no me podían ver por la oscuridad, pero a los que yo escuchaba y veía con claridad y a los que grababa en vídeo.
La conversación subió de tono y mi suegra no puso ningún reparo.
Al rato, con nuevas copas (que mi suegra, que no bebe mucho, aceptaba), propusieron jugar a algo.
Le dijeron que lo eligiera ella y dijo que al parchís (juego en el que se reparten cartas a cada jugador y, si son bajas, se pueden cambiar con el compañero de la derecha).
Pierde el que se quede con la carta más baja.
Los cuatro hombres (Ernesto, Hugo, Jaime y Víctor) le propusieron que quien perdiera tendría que hacer una prueba o perder una prenda, lo que el resto decidiera.
Eso sí, como era la única mujer, le dijeron que podía parar cuando quisiera.
Mi suegra suele tener mucha suerte en este juego y rara vez pierde, así que aceptó, sobre todo porque podía parar cuando quisiera.
Yo, desde la oscuridad, podía ver lo que ocurría y cómo los cuatro tipos hacían trampas sin que mi suegra lo viese.
Los primeros en perder fueron Ernesto y Hugo, que se quitaron un zapato.
La siguiente fue mi suegra, a la que pusieron como prueba bailar durante un minuto para todos encima de la mesa.
Ella, debido al nivel de alcohol que llevaba, no se acobardó y bailó.
Los cuatro tipos la piropeaban mientras bailaba.
Siguieron jugando y los cuatro tipos empezaron a perder prendas, mientras que a mi suegra le ponían pruebas.
Acabaron quedándose con la camisa y los calzones.
A partir de ese momento, mi suegra comenzó a perder prendas: primero los zapatos, el cinturón y la falda.
En ese momento, al ver que podía seguir perdiendo, intentó pararlo, pero los cuatro hombres la instaron a hacer una prueba más.
Así continuaron hasta que Jaime, Víctor, Hugo y Ernesto perdieron la camisa y se quedaron con los calzones.
Entonces se guiñaron un ojo y fue Ernesto quien perdió de nuevo, por lo que tuvo que quitarse los calzones.
Cuando se lo quitó, a mi suegra se le salían los ojos de las órbitas.
Creo que nunca había visto a otro hombre desnudo en persona, aparte de su marido.
Continuaron jugando y perdió Hugo, que se quitó el calzón de manera erótica y bailando. Todos, incluida mi suegra, aplaudieron.
La siguiente en perder fue mi suegra, que solo llevaba puesta la ropa interior y la blusa.
Quiso terminar el juego, pero como había perdido, tuvo que decidir.
Se quitó la blusa. La verdad es que, aunque tenía una edad madura, su cuerpo no estaba mal y pude ver que tenía unos senos voluptuosos que no se adivinaban por cómo vestía.
En la siguiente ronda, Ernesto volvió a perder y los demás le incitaron a bailar encima de la mesa. Mi suegra no quitaba ojo del pene de Ernesto y de cómo se movía al bailar.
La siguiente la perdió mi suegra y le dejaron elegir entre prueba o prenda.
Ella eligió prueba, pensando que sería algo sencillo, pero lo que habían acordado era que tenía que tocarle el pene a Ernesto hasta que se le pusiera erecto.
Ernesto se puso de pie delante de mi suegra, que al principio parecía que no quería, pero cogió con suavidad el pene de Ernesto y comenzó a acariciarlo.
Por las copas que llevaba Ernesto, tardó un rato en ponerse erecto, pero mi suegra seguía masajeándolo como si se tratara de un nuevo juguete.
En eso, los demás la increparon para que parara y, como si volviera a la realidad, lo hizo.
Siguieron jugando y volvió a perder mi suegra; esta vez no la dejaron elegir y tuvo que quitarse una prenda. Se quitó el sujetador. De repente, sus enormes pechos cayeron al aire, lo que provocó la erección de los cuatro hombres y la mía.
En la siguiente partida perdió Hugo y, como estaba desnudo, tenía que hacer una prueba.
Tenía que chuparle los pezones a mi suegra.
Ella se quedó paralizada, pero, cuando Hugo se acercó y comenzó a lamerle los pezones, se estremeció y cerró los ojos.
Estaba claro que le gustaba. Durante más de un minuto, Hugo jugueteó con sus pezones y, cuando terminó, parecían misiles a punto de lanzarse.
En la siguiente partida perdió mi suegra y tuvo que quitarse las bragas. Cuando se las estaba bajando, se notaba que estaban húmedas por la excitación.
Como tenían previsto, en las siguientes partidas perdieron Ernesto y Víctor, y acabaron completamente desnudos.
La siguiente en perder fue mi suegra. Como no tenía nada que perder, le pusieron una prueba.
Tenía que hacerle una mamada a Hugo. Al principio se la chupaba con cuidado, como si se tratara de algo frágil, pero, siguiendo las indicaciones de Hugo, fue haciéndolo de manera más brusca, hasta el punto de atragantarse varias veces.
Seguidamente, siguió haciéndolo hasta que Hugo se corrió en su boca.
Al sentir el semen, se apartó como un resorte, lo que provocó la protesta de Hugo.
Se notaba que era un sabor nuevo para ella.
Volvieron a jugar cuando Ernesto se levantó, acarició los pechos de mi suegra y comenzó a besarla.
La levantó en brazos y la sentó en la mesa.
Los demás miraban mientras Ernesto la besaba poco a poco, bajando por su cuello, sus pechos, su ombligo, hasta llegar a su vagina.
La primera vez que le puso la lengua, ella suspiró y se le pusieron los ojos en blanco.
Era la primera vez que alguien le chupaba su intimidad.
Al ver esto, Ernesto chupaba con más ímpetu y mi suegra se retorcía como si quisiera sacarse todo el placer de una sola vez.
No tardó mucho en tener un orgasmo. Por cómo gritaba y se retorcía, parecía que era la primera vez que lo tenía o tal vez sí lo era.
En eso, los demás empezaron a chuparle las tetas, a besarla y a magrearla.
Ella buscaba los penes con las manos; el de Hugo, que tenía más cerca, lo succionó con desesperación.
En ese momento, Ernesto la penetró lentamente hasta que, de un empujón, se la metió toda.
Ella se movía frenéticamente y, con la boca llena, pedía más.
Hugo, que la tenía en la boca, empezó a correrse, pero esta vez ella no lo rechazó y se tragó todo su semen. Con la boca liberada, pedía a Ernesto que empujara con más fuerza. Víctor le introdujo un dedo en el ano y ella no lo rechazó.
La cambiaron de postura: Víctor se tumbó en la mesa, ella se puso encima y se colocó el pene de Víctor dentro de la vagina.
Ernesto le introdujo lentamente su pene por el ano.
¡Qué gritos pegaba! Se confundían, no sabía si eran de dolor o de placer.
Estaba siendo penetrada por dos hombres a la vez mientras le chupaba la polla a Jaime.
En un descuido, a Ernesto se le salió del ano y, al intentar penetrarla de nuevo, se la metió en la vagina.
Estaba soportando dos penes en el mismo agujero.
Parecía una chica de 15 años por cómo se movía.
Se debió de correr por lo menos diez veces.
Los cuatro se corrieron un par de veces dentro de ella.
Cuando la dejaron sola y se sentaron, ella les miraba pidiendo más, les gritaba y les reclamaba que continuaran.
Jaime se levantó, fue hacia ella, la tumbó y empezó a meterle los dedos: primero uno, luego dos y, por último, tres, hasta que los tuvo todos dentro.
De repente, ella gritó de forma salvaje: se estaba corriendo otra vez.
En ese momento, vi que la mano entera de Ernesto había desaparecido dentro de su vagina. Por lo menos tuvo tres orgasmos más.
Quedó medio muerta encima de la mesa, exhausta. Los cuatro tipos se vistieron y se despidieron de ella. Antes de irse, Ernesto le introdujo una botella de cerveza en la vagina; creo que no se dio cuenta.
Me subí a dormir. Al día siguiente, cuando bajé, estaba en la cama. La desperté para decirle que me iba a la oficina y le pregunté cómo había sido la noche. No contestó.
Le dejé la cinta de vídeo en la mesa de la cocina.