Mi suegra (Historias prohibidas) Una noche en casa de mi suegra #2
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Una noche en casa de mi suegra #2

—A tu suegro no le gusta nada —me dijo mientras seguía chupando y yo veía cómo se marcaba mi pene en sus cachetes.

Me aparté de repente y ella puso cara de disgusto. Bajé y fui directo a sus pechos. Una de mis manos acariciaba uno de los senos, mientras el otro era atendido por mi boca, que no paraba de chupar.

De vez en cuando, mordisqueaba el pezón y mi suegra daba un saltito de gusto y jadeaba como una quinceañera.

Mientras besaba sus pechos, bajé una de mis manos y empecé a acariciar su coño.

Estaba muy mojado, así que no costó nada meter primero un dedo y luego dos en su agujero, que los recibía como si fueran los últimos dedos de la tierra.

El pulgar de mi mano jugaba con su clítoris, grande y duro; la verdad es que estaba riquísimo.

Era alucinante; ella me agarró de la muñeca, dueña de la mano que jugaba en su interior, y la movía rápido para sentir más placer.

Su otra mano, no menos juguetona, fue a parar a mi pene, que empezó a masturbar.

Estaba a punto de correrme, así que me aparté un poco para que la aventura durara más.

—Suegra, usted es la mujer más ardiente con la que he estado —le dije, y no era una exageración.

—No me dejes aquí, ven, cómeme el coño, que quiero terminar en tu boca —me dijo mientras separaba ese magnífico agujero con los dedos de una mano.

Me acerqué a ella, la besé en la boca...

Bajé a su cuello y se lo mordí. Seguí bajando, pasando por sus senos, cuyos pezones parecían a punto de reventar.

Me deslicé por su estómago, que lo tenía gordito, pero no por ello menos delicioso (las mujeres con sobrepeso son magníficas en la cama), y llegué a su coño.

Era hermoso, como el de su hija: labios carnosos y muy rosado.

Utilicé los dedos de la mano para abrirlo y empezar a chupar ese maravilloso coño.

De vez en cuando, cerraba la boca para apretar sus labios, mordía uno de ellos y lo estiraba.

Ella desfallecía y gritaba como una loca.

Le mordisqueaba el clítoris y me bebía sus jugos.

Estaba empapada, seguramente por no haberse mojado en mucho tiempo.

¡Qué coño! Me terminó en la boca, era tanto el líquido que parecía que estuviera orinando.

Era tanto que tuve que usar una de mis manos para retenerlo.

Con todo ese líquido delicioso le embadurné el estómago. Estaba muy excitado.

Me puse frente a ella e introduje lentamente mi pene en su abertura. Ella gemía de gusto.

—Dale, Ricardo, eres alucinante. Quiero terminar de nuevo, Ricardo. No pares, muévete.

—Súbete a mí, suegra —le dije.

Nos levantamos del sillón y yo me senté; ella, como pudo, se puso encima de mí y dirigió mi pene a su vagina.

Empezó a moverse de forma alucinante; veía cómo saltaban sus senos de arriba abajo y de izquierda a derecha, y cómo llevaba la cabeza atrás por la excitación que sentía.

Yo acariciaba su espalda, le daba pequeños mordiscos y me acercaba para besarle los senos y el cuello.

De repente, noté que mi semen empezaba a salir, la empujé a la cama, me puse encima de ella y dirigí mi pene hacia su rostro.

Salieron tres chorros: el primero le dio en la boca, que tenía abierta; el segundo, en el cuello; y el tercero, en el ojo, que se limpió inmediatamente.

Me atrajo hacia ella, me besó y noté mi propio semen en su boca.

Bajé una de mis manos a sus senos, los apreté y seguí besando a mi suegra mientras mi mano bajaba a su coño, que nuevamente estaba mojado.

Me eché a su lado, la abracé y ella me dio un tremendo beso; una de sus manos bajó a mi pene y empezó a masturbarme pausada y deliciosamente.

—Ricardo, nunca engañé a tu suegro en mi vida —me dijo, un poco confundida.

—Yo tampoco a tu hija, suegra —le dije.

—Sabes, hoy he vuelto a la vida. Eres un amante excelente.

—Eres la mujer más alucinante del mundo.

—Pero estoy gorda —me dijo.

—Es hermosa —le contesté, y no mentía, de verdad que lo era: una belleza especial, la belleza de una mujer adulta, una belleza nueva que acababa de descubrir.

No pude aguantar más y la besé. Sus besos eran húmedos y su lengua, juguetona. No tuvo que esperar mucho, mi pene se puso duro de nuevo y ella me masturbaba muy rápido. La puse boca abajo y empecé a besarle la espalda; gemía como una gata. Bajé y empecé a morderle las nalgas.

En ese momento, me di cuenta de que mi suegra tenía un culo de película.

Unas nalgas perfectamente redondas y firmes.

Seguí manoseando ese conjunto de carnes mientras ella iba abriendo sus piernas muy lentamente.

Pude ver el agujero de su culito y mi pene creció tanto que me dolió.

Bajé una mano y empecé a frotarle el coño, y de vez en cuando un dedo iba a parar al agujero de su culo, pero no entraba.

—No pares, Ricardo, sigue acariciándome —me dijo.

—Eso hago, querida suegra —le dije mientras abría un poco más sus piernas con la otra mano.

—No me vas a hacer nada por el culo —me dijo en un tono amenazante, pero creo que también era una invitación y un permiso.

—No se preocupe, nunca he hecho nada por el culo a nadie —le dije, y eso era verdad: mi mujer nunca quiso porque decía que mi pene era demasiado grueso para su culo, pero era mi sueño.

—¿Tu hija no te deja? —me preguntó, mientras yo veía cómo se movía el culo y cómo quería comérmelo todo con la mano.

—No, dice que le duele... Solo juego con los dedos.

—Juega conmigo, Ricardo, juega conmigo, que nunca he tenido nada dentro de mi culito.

Tenía la espalda totalmente sudada y el culo levantado hacia mí.

Era una escena realmente caliente: una mujer madura totalmente excitada y, además, virgen de culo.

Uno de mis dedos fue a parar a su culo. Empecé a moverlo en círculos para que se dilatara un poco y, cuando vi que estaba totalmente lubricado, lo introduje lentamente.

Podía sentir sus tabiques en mi dedo índice y notar cómo lo apretaba mi querida suegra.

Sin sacar el dedo y sin dejar de follarla, dirigí mi pene a la boca de mi suegra, que muy pronto empezó a chuparlo.

Pude meter otro dedo más en su culo mientras mi suegra ponía cara de dolor y empujaba para que los sacara.

—Me haces daño, Ricardo, saca tus dedos. -me gritó.

Los saqué rápidamente y pensé: «¡Tiene el mismo culo que mi esposa!» Ella siguió chupándome la polla y también dirigió su lengua y su boca a los huevos. Los succionaba y los mordisqueaba. Me dolía un poco, pero estaba tan excitado que no me importaba.

Me puse detrás de mi suegra, la agarré de las caderas, levanté su culo, jugué con su agujero del culo y, poco a poco, pude introducir mi glande.

¡Qué experiencia! Ella gritaba de dolor y yo sabía que no estaba disfrutando, así que, aunque no me gustó, tuve que sacar mi pene de su culo.

Sin embargo, de un solo movimiento, se lo metí en el coño y empecé a moverme como un loco.

—Dale, Ricardo, córrete dentro mio —me gritaba.

Me movía arriba y abajo y, cuando estuve a punto de correrme, saqué mi pene y se lo metí de un solo golpe en el culo. Ella gritó de dolor. Yo terminé dentro de su culo y lo saqué rápidamente.

—¡Ricardo, me duele! ¡Me duele! —me gritaba.

—Lo que usted mande, suegra —le dije.

Le di la vuelta de un solo movimiento, agarré sus piernas y las puse en mis hombros; luego, introduje mi pene en su abertura peluda.

Me mojaba los testículos con sus jugos y mi pene volvió a crecer dentro de ella.

Mete, saca, mete, saca... Terminé por tercera vez esa noche y ella tuvo un orgasmo de mil demonios.

Al día siguiente, llegaron mi mujer y mi suegro justo para el desayuno, y mientras toda la familia desayunaba junta... Mi suegra y yo nos mirábamos de forma distinta: sucia y, al mismo tiempo, con culpa y complicidad.

Solo podía pensar en cuándo podríamos repetir nuestra aventura.