Mi suegra (Historias prohibidas)
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Una noche en casa de mi suegra
Pero lo más interesante de esta historia es que esta mujer es nada más y nada menos que mi suegra.
¿Por qué se lo cuento? Para que entiendan cómo empezó mi aventura.
Pero antes de continuar, debo decirles que yo nunca me fijé en mi suegra como mujer; siempre la quise porque es genial: muy alegre, divertida y super amorosa.
¡La suegra perfecta! Es tan genial que todo el mundo que la conoce se queda alucinado por su forma de ser y por lo bonita que es.
La verdad es que es muy guapa y, si ven las fotos de cuando era joven... ¡Guau! ¡Simplemente una hermosura!
En fin, hace unos cinco meses, mi mujer y mi suegro tuvieron que viajar. Mis suegros viven en un lugar bastante apartado de la ciudad y, como mi suegra no viajaba, tuve que ir a dormir a su casa para que no se quedara sola en la propiedad.
Cuando llegué, nos pusimos a charlar de todo. Luego comimos la pizza que yo había llevado y, finalmente, fuimos a preparar la habitación donde yo dormiría. La casa de mis suegros tiene dos plantas: arriba hay dos habitaciones y abajo hay otra, destinada a las visitas.
—Ricardo —me dijo ella—, lamentablemente no hay televisión con internet en la habitación.
—No se preocupe, señora. Traje unas revistas para leer —le dije.
—Si quieres, puedes subir a ver la tele a mi cuarto.
—Mmmm, mire... Voy a leer un poco y, si me aburro, subo, ¿de acuerdo?
—De acuerdo, pero elijo yo qué ver —me dijo en tono de humor.
Seguramente algunos pensarán: «¡Esta vieja se quiere comer a este muchacho!
». Amigos y amigas, ¡qué equivocados están!
La verdad es que no había la más mínima intención de eso, ni por su parte ni por la mía.
Nos conocíamos muy bien y prácticamente éramos amigos, así que esta propuesta no era más que eso: una simple invitación.
Después de leer una revista, ojea otras dos y tirar de la cama otras tres, me di cuenta de que estaba totalmente aburrido. ¿Subo a charlar con mi suegra? ¿Hay algo que ver en la tele? Eran como las 20:30 y decidí subir.
—Suegra, ¿hay algo en la tele? ¿Qué está viendo?
—Ricardo. ¿Qué pasa? ¿Te aburrieron tus revistas?
—Sí, sí justo traje las que ya había leído.
—Ja, ja, en la tele tampoco hay mucho. No hay ninguna película buena... Estoy viendo un documental.
—¿Sí? ¿De qué trata?
—De esos que dan en Discovery, de animales.
—Bueno, entonces tendré que verlo —le dije.
—Claro, échate aquí en la cama.
Aunque éramos prácticamente amigos, nunca pude sentirme cómodo en su cuarto. Mi mujer y mi suegra se reían en esas ocasiones; ahora me sentía igual. Así que me acerqué a la cama, me senté en el borde y me quedé quieto.
—Pero ¡échate! —me dijo mi suegra— Ja, ja, no te voy a hacer nada.
—Sí, ya sé, pero me da cosa —le dije.
—Mira, si no te echas, me siento.
—Mejor —le dije.
Así que mi suegra se sentó y, seguramente, la situación resultaba muy graciosa. El documental trataba sobre leones y, justo en ese momento, estaban hablando sobre por qué se le llama rey de la selva al león.
—¡Qué buena vida! —le dije— Comer y dormir todo el día, ¿no?
—Ja, ja, yo como todo el día, pero fornicar ya no tanto —dijo ella.
—¿Cómo es eso, suegra? ¿Que mi suegro ya no le da? —la curiosidad empezó a crecer en mí.
—No, si es él el que insiste y insiste para tirar... ¡Creo que se cree el rey de la selva!
—Ja, ja, ja. Entonces... —pregunté.
—Bueno, ya sabes... Nosotras, las mujeres menopáusicas, ya no tenemos muchas ganas.
—Ja, ja, nada que ver. Yo creía que la menopausia no quitaba el deseo sexual.
—¿No? ¿Será? Entonces... será que ya no tengo ganas, nada más. Ja, ja, ¡en mi vida he tenido mucha práctica! Ja, ja.
—¿Acaso? —le pregunté.
—No tanto, la verdad es que yo no fui muy busca-pichi en mi vida —me dijo.
—Suegra ¿Qué son esas palabras? —le dije
Hasta ese momento, la conversación era de lo más normal, pero algo pasó por mi cabeza...
No sé, sentí morbo... La miré y vi que ya no estaba sentada, sino echada.
Yo también estaba echado; no sé en qué momento me eché.
Estábamos prácticamente cara a cara, a unos 30 centímetros de distancia, ambos de estómago.
De un movimiento, me senté, pero ahora mucho más cerca de ella, y me quité los zapatos para no ensuciar la cama.
—Sabes, Ricardo, antes me gustaba el sexo, pero hace unos dos o tres años que casi no siento nada. Ya sabes, cuando una mujer se excita, se lubrica muy bien. No recuerdo cuándo fue la última vez que me pasó eso. Esto último lo dijo con tanta tristeza que casi me muero de la tristeza.
—Posiblemente, lo que necesita es algo diferente. No sé, con mi hija procuramos cosas diferentes para no caer en la rutina —le dije.
—Ja, ja, ¿en serio? ¿Cómo que qué?
—Suegra. No sea cotilla.
Estaba muy emocionado, estaba hablando de sexo con mi suegra y, de repente, empezó a crecerme el pene (debo decir que no es enorme, como en las historias que uno lee o en las películas que uno ve, sino que mide 17 centímetros, pero los uso muy bien).
Como yo estaba sentado, se empezaba a notar el crecimiento de mi pene.
No sabía qué hacer, pero me estaba excitando y no sabía si era por mi suegra, por la conversación o porque la luna estaba llena.
—Vamos, Ricardo, cuéntame, no quiero detalles, solo quiero saber qué hacéis.
En eso, vi que sus ojos se dirigían hacia mi entrepierna.
—Bueno, suegra, yo creo que lo que usted necesita es realizar algunas fantasías... No sé, ¿usted qué hace con su marido?
—Pues hacemos el amor: yo abro las piernas, él usa su instrumento y listo. ¿Qué crees?
Esto se estaba poniendo muy bueno. Imaginar a mi suegra con las piernas abiertas mientras un pene entraba en su vagina era lo más excitante que podía imaginar. De repente, sin saber cómo pasó, una de mis manos fue hasta mi paquete y lo acomodó. Fue una reacción natural, pero... ¡fatídica!
—¡Ricardo! ¿Qué ha pasado? ¿Qué te pasa? ¿Tu instrumento está creciendo? Ja, ja, ja.
—Disculpe señora, uno no controla estas cosas —le dije, totalmente avergonzado.
—Pues arréglate bien, hijo, que todavía parece desacomodado.
A veces, cuando se me pone dura, no hay forma de acomodarla por fuera; necesito bajarme los pantalones y arreglarlo.
Pues, con lo excitado que estaba y el valor que me nació no sé de dónde, me paré frente a mi suegra y me bajé los vaqueros que llevaba puestos.
Mi diminuto calzoncillo no podía aguantar el crecimiento de mi pene, que sobresalía por arriba. Metí la mano en el calzoncillo y lo puse hacia la izquierda. Mi suegra se quedó muda. Yo sabía que no podía verme el pene, que se encontraba bajo el calzoncillo.
Me agaché y me subí el pantalón. Cuando me puse en pie, vi a mi suegra: tenía una de sus manos en uno de sus senos. Tenía el labio inferior mordido y, aunque no movía la mano, sabía que estaba excitada. ¡Había excitado a una mujer de cincuenta años!
Me acerqué a ella, que estaba sentada en el sillón de mimbre, le agarré la mano que tenía en el pecho y empecé a apretarla. Era alucinante manosear su pecho por encima de su mano. Ella subió su otra mano por mi pierna, me agarró una nalga por encima del vaquero y me la apretaba.
—Ricardo, ¿qué estamos haciendo? —me dijo mientras me seguía manoseando la nalga.
—No lo sé, pero me encanta.
Me agaché y le di un beso, primero con los labios cerrados; luego, saqué la lengua y la introduje en su boca. Sentía cómo nuestras lenguas jugaban. Ella se liberó de mi mano, me desabrochó el vaquero, me lo bajó y empezó a acariciarme el pene por encima del calzoncillo.
Yo seguía manoseando su pecho. Me agaché y empecé a subirle el polerón que cubría su cuerpo.
Cuando lo saqué, me aparté para verla. Llevaba un sujetador blanco y me miraba con cara de excitación y asombro.
Me quité el pantalón, los calcetines y la camiseta, y me quedé en calzoncillos.
El glande me sobresalía por encima del calzoncillo y ya se asomaban unas cuantas gotas de líquido preseminal.
Ella se levantó, se quitó los zapatos, las medias y el buzo, y se quedó solo con ropa interior. Volvió a sentarse en el sillón, abrió un poco las piernas y me miró. Su calzón se veía mojado... ¡Sí que se lubricaba!
—Mira cómo se lubrica —le dije.
—Es porque me traes muy excitada, Ricardo —me dijo.
—Tú a mí —le respondí mientras me acercaba y me agachaba para oler sus fluidos.
—No está bien lo que estamos haciendo —dijo.
—Ya lo sé —respondí, mientras sus olores inundaban todo mi ser.
—Será mejor que paremos —dijo, mientras me agarraba la cabeza y me acariciaba el pelo.
—Sí, pero es muy difícil parar —le dije mientras veía cómo sus caderas se levantaban y caían, claramente excitadas.
Me soltó la cabeza y sus piernas fueron a parar a mis hombros.
Me tenía atrapado. Se soltó el sujetador con las manos que había llevado detrás de la espalda.
¡Qué senos! No eran muy grandes, como le había dicho, y tenía unos pezones casi del color de su piel, totalmente erectos.
Abrió las piernas y empezó a sacarse el calzón muy lentamente, hasta que finalmente me mostró el coño que tanto deseaba en ese momento.
Era hermoso: unos labios grandes, como los de toda mujer madura; no estaba depilado, pero curiosamente no tenía tantos pelos.
—Creo que mejor te vas a dormir —me dijo mientras me atraía hacia ella.
—Sí, tengo mucho sueño.
—Se nota —dijo, mientras me bajaba el calzoncillo.
Mi pene saltó de lo parado que estaba y ella se acercó y empezó a darme besos en el glande; luego sacó la lengua y empezó a mojarme y lamerme todo el pene.
Vi cómo reunía saliva en su boca y la escupía en mi pene una y otra vez, para terminar metiéndomelo en la boca y empezar a chupármelo como una experta.
—¡Suegra, usted sí que chupa bien! Mucho mejor que su hija.
En esto exageré un poco, porque mi mujer es una verdadera experta en chupar pollas... podríamos decir que tiene un máster en eso.
—Hijo, es la primera vez que lo hago. No podía creerlo, lo hacía tan bien.
—Pero lo hace muy bien. ¡Pobre de mi suegro, que no sabe lo que se pierde!