30. El Botón de Oro
El Botón de Oro abre el ocho de agosto, dos días antes de que empiece la feria, y abre en guerra.
Esto es importante y no lo voy a maquillar, porque en esta calle nadie lo maquilla.
A treinta metros del bajo, en el portal del catorce, hay un cartel de Urbania Living.
Con la foto de un salón que todavía no existe.
En el número seis se ha ido la del segundo.
Y en el buzón de Encarna, el treinta de julio, entró una segunda carta.
Ahora está en una carpeta que guardo yo, con dos folios de contestación redactados por mí.
Los revisó un abogado de verdad, que nos cobra ochenta euros la consulta y que dijo, literalmente, que esa carta «es papel mojado, pero hay que contestarla para que conste».
Que conste. Esa es la expresión de esta familia.
Así que no, esto no es un final feliz. Esto es una tienda abierta en mitad de un barrio que se está vendiendo.
Pero abre.
Los diez días anteriores son los siguientes.
Se pinta el local entre cinco: Milagros, Maribel, Óscar con un rodillo y una escalera propia, Rubén y yo.
Se limpian los trescientos cajoncitos uno por uno, con un pincel.
Se conserva el mostrador, porque Maribel dice que sin mostrador aquello es una peluquería.
Y se traen dos mesas pequeñas y cuatro sillas de segunda mano, que Milagros va a buscar ella misma en la furgoneta de un sobrino.
La máquina de ojales llega el cinco de agosto en un carrito de la compra, empujada por Maribel Guzmán en persona por toda la calle Amargura, y es, con diferencia, la escena más solemne del verano.
—¿Y esa señora quién es? —pregunta un turista con una cámara.
—Esa señora tiene una máquina de ojales —le dice Encarna, desde el escalón—. Que es más de lo que tiene usted.
Y el rótulo, que es lo último, lo pinta un hombre que se llama Fali. Que existe. Que es primo de Rubén y que efectivamente vive en Rincón, y esto lo dejo aquí zanjado para siempre. Letra dorada sobre verde, igual que el de 1958, porque hay una foto.
EL BOTÓN DE ORO. ARREGLOS.
Y debajo, más pequeño, porque Maribel insistió:
Café.
El día antes de abrir, el siete de agosto por la tarde, subo con dos cafés al local y me la encuentro sola, ordenando trajes de flamenca en un burro de ropa.
Porque eso es lo que hay en el Botón de Oro dos días antes de la feria: once trajes de flamenca colgados con papelitos de nombre en el hombro.
Nueve son arreglos: de bajo, de cintura, de manga.
Y dos son de una señora que se ha muerto, y la hija quiere ponérselos, y no le entran.
Eso Maribel lo llama «trabajo de conciencia» y lo cobra al doble.
—¿Y todo esto en tres días?
—Esto es la feria, mi niña. Esto son tres días de trabajo y once meses de esperar.
Dejo los cafés en el mostrador.
Y aquí es donde hago lo que llevo cuarenta días sin hacer.
—Milagros.
—Dime.
—Yo leí tu libreta.
Ella sigue con el burro de ropa. Mueve una percha. Coloca un papelito.
—Ya lo sé.
—La leí entera.
—Ya lo sé, hija.
—Milagros, yo la leí en el suelo de este local, a las tres de la mañana, y estuve veinte minutos leyéndola sabiendo perfectamente que estaba mal.
Y entonces sí se gira.
—Dejé la puerta abierta —dice.
—¿Qué?
—La del bajo. La noche que bajamos. Yo esa puerta la cierro siempre con las dos vueltas.
Y me mira con la cara completamente relajada, un segundo más de lo normal, y en ese segundo yo repaso los últimos ocho meses de mi vida.
—¿Tú querías que yo la leyera?
—Yo quería que supieras lo del piso y no sabía cómo decírtelo.
—Podías habérmelo dicho.
—¿Y cómo se dice eso, mi niña? —Cuelga otra percha—. ¿Cómo le dices tú a alguien que lleva seis meses viviendo en tu casa que le has estado pagando la luz?
—Pues así. Con esas palabras.
—Ya. —Se seca las manos en la bata—. Pues fíjate, a mí me salió más fácil dejarme una puerta abierta.
Y ahí, en un local con once trajes de flamenca colgados, entiendo por fin cuál es la enfermedad de esta familia.
Aquí nadie sabe dar nada de frente. El cariño se entrega por debajo de la puerta.
En un tupper. En un bizum con concepto falso.
En una libreta con una pestaña doblada. Y yo llevo ocho meses odiando la forma sin mirar una sola vez el contenido.
—Te debo dos mil ciento cuarenta y seis euros —digo.
—Tú no me debes nada.
—Dos mil ciento cuarenta y seis euros con ochenta céntimos. Los tengo apuntados.
—Y yo te debo a ti lo del viernes veintisiete, que me lo cobraría un abogado a trescientos euros la hora.
—Eso es distinto.
—Eso no es distinto. —Coge su café—. Eso es exactamente lo mismo y por eso no vamos a hablar más del asunto.
Y no hablamos más del asunto.
Nunca. En toda mi vida. Esa es la forma de perdón que se practica en esta familia y ya he dicho antes que es tremendamente eficiente.
—Toma —dice.
Y me pone en la mano una llave.
Es una llave nueva, plateada, con el filo áspero, con una anilla pequeña y sin cascabel ninguno.
—¿Esto qué es?
—Del bajo.
—Milagros.
—Es una copia. Yo tengo la mía, Maribel tiene la suya y esta es la tuya.
—Yo no trabajo aquí.
—Ya lo sé.
—Entonces por qué...
Y Milagros Carmona, de sesenta y cinco años, propietaria de dos pisos y un local, con una bata de trabajo y una máquina de ojales al fondo, dice:
—Porque tú eres la única persona de esta familia que ha entrado aquí sin tasarlo.
El día de la apertura viene todo el barrio, porque en este barrio una persiana que sube después de quince años es una noticia.
Viene Encarna con un plato hondo tapado con un plato llano.
Viene la Manoli. Viene el del quinto, que se llama Antonio y que grita menos en persona.
Vienen tres señoras que preguntan por Maribel y dos que preguntan por «la de la mercería» y que se quedan calladas cuando ven a Milagros detrás del mostrador.
Viene Susana, con los mellizos, con una planta.
Y esto hay que contarlo con cuidado, porque no hay abrazo y no hay perdón. Susana entra. Le da la planta a su madre. Mira el local de arriba abajo con una cara que le dura ocho segundos. Y dice:
—Está muy bonito.
—Gracias, hija.
—¿Y la caja? ¿Tenéis TPV?
—Tenemos.
—¿Y seguro?
—Y seguro. Lo hizo el marido de la Manoli.
—Vale.
Y se queda. Se queda las tres horas sirviendo cafés detrás del mostrador, porque no sabe estar en un sitio sin organizar algo. Y a las ocho de la tarde le está explicando a Maribel un sistema de fichas para los encargos que, hay que decirlo, es muchísimo mejor que el suyo.
Y Julián no viene, porque Julián está en Zamora. Pero el lunes pasado le mandó a Milagros una foto del rótulo de una mercería de Benavente, y ella le contestó «bonito». Y eso, en este matrimonio, ahora que ya no es un matrimonio, es la conversación más larga que han tenido en diez años.
Rubén y yo nos vamos a las nueve y media, cuando ya no queda casi nadie, y subimos la cuesta andando.
—Ha estado bien —dice.
—Ha estado muy bien.
—Mi madre no ha parado.
—Tu madre no va a parar en tres años.
Y en el rellano, delante de las dos puertas, se para.
—Oye.
—Dime.
—El lunes tengo una cosa.
—¿Qué cosa?
—Una entrevista. En una empresa de Campanillas. Es un puesto peor que el de la consultora y cobro menos.
—Rubén.
—Ya lo sé.
—No he dicho nada.
—Es que la busqué yo. —Se rasca la nuca—. Sin mi madre, sin el cuñado de nadie. La busqué yo en junio, después de lo de la fiesta.
Y yo lo miro en un rellano de dos metros y medio, a las nueve y media de la noche, a treinta y ocho grados, con el olor a pintura del bajo todavía subiendo por la escalera.
—¿Y por qué no me lo habías dicho?
Y este hombre, mi marido, el hijo de Milagros Carmona, dice la mejor frase de su vida:
—Porque si no me cogen, me da vergüenza.
Y luego se ríe. Y yo me río. Y él abre la puerta con su llave, y entramos en el segundo B, y nos comemos de pie en la cocina un plato de papas aliñás que Encarna ha hecho de más.
Fe de erratas: donde dije «el bajo ha abierto», léase «el bajo ha abierto, y el catorce sigue vendido, y las dos cosas son verdad».