31. Epílogo Nochebuena
En Nochebuena cenamos catorce en el segundo A, y esto ya no cabe en el segundo A, así que la mesa sale al pasillo y hay tres personas cenando debajo del marco de una puerta.
Están Susana, Óscar y los mellizos. Está Encarna, que este año cena aquí porque su hijo no viene de Bruselas y porque Milagros se lo pidió el doce de diciembre con la frase «Encarna, hazme el favor, que si no me sobra comida».
Está Maribel, con su hermana. Está el tito Paco, que ya está brindando.
Y está Julián, que ha llegado el veintitrés en autobús y que duerme en casa de Susana, y que ha venido a esta cena, y a quien Milagros ha sentado a su izquierda como se sienta a un cuñado con el que uno se lleva bien.
Y está Alfonso.
Alfonso tiene sesenta y ocho años, hace aquagym los martes y los jueves y es viudo desde hace cuatro. Llegó a la vida de mi suegra en septiembre por la vía del carril tres de la piscina municipal. A esta cena ha traído dos botellas de vino, una caja de polvorones y un aplomo que ya quisiera yo.
No se presentó como nada. Milagros lo presentó así, en octubre, en el bajo, delante de Maribel y de dos clientas:
—Este es Alfonso.
Y nadie ha pedido más información, y quien la ha pedido no la ha obtenido.
Alfonso come mucho, habla poco y a los postres cuenta un chiste larguísimo sobre un hombre que va al médico, y el chiste no tiene gracia, y se ríe todo el mundo porque el que lo cuenta se está riendo desde la mitad.
Milagros le pone la mano en el brazo dos veces en toda la noche.
Los mellizos lo llaman «el señor Alfonso» y Susana, que en septiembre estuvo tres semanas rara, esta noche le ha servido el vino dos veces.
La cena es la de siempre, con dos añadidos.
El primero es el nuevo sistema de Susana, que ha impreso —impreso— un cuadro de reparto donde consta quién trae qué, y que ha funcionado tan bien que hay tres tortillas y ningún postre.
—Yo puse postre en el cuadro.
—Tú pusiste «postre» sin nombre al lado, hija.
—Es que pensé que se entendía.
—Susana, mi vida —dice Óscar, con muchísimo cariño—, en un cuadro hay que poner el nombre.
Y bajan los mellizos a la gasolinera de la esquina a por helado, y vuelven con dos tarrinas y una bolsa de gusanitos que nadie ha pedido.
El segundo añadido es el Botón de Oro, que lleva cuatro meses y medio abierto y que es, desde noviembre, el tema principal de todas las comidas familiares.
—Este mes hemos hecho novecientos ochenta —dice Maribel.
—¿Limpios? —pregunta Susana.
—Limpios setecientos y pico, con la luz.
—Eso no es nada.
—Eso es lo que gana una mercería en su cuarto mes —dice Milagros—, y en diciembre entran los abrigos.
—Mamá, con lo que vale ese local, en alquiler sacarías mil doscientos sin levantarte de la silla.
—Ya.
—Solo lo digo.
—Ya lo sé, hija. Llevas cuatro meses solo diciéndolo.
Y Susana se ríe. Se ríe ella, la primera, con la boca llena, y eso en diciembre es nuevo.
A las doce menos cuarto, con los turrones, Encarna cuenta por decimoquinta vez lo de la policía en el rellano, con más adornos cada año, y la versión de este año incluye que los agentes eran cuatro y que uno de ellos era «altísimo».
—Encarna, eran dos.
—Eran dos que parecían cuatro.
—Y yo estaba en albornoz —digo.
—Tú estabas descalza, mi niña, que es peor.
Y se ríe la mesa entera, incluida Milagros, que se ríe con un ruido corto por la nariz y que aquel jueves de mayo no le vio la gracia ninguna.
Y entre las doce y las doce y cuarto pasa lo siguiente:
Alfonso se levanta y se va a la cocina a ayudar a recoger. Milagros se levanta detrás. Y en el segundo A se quedan doce personas hablando a gritos y una puerta de cocina entornada.
Y yo veo a mi marido levantarse del sofá.
Lo veo cruzar el salón con una naturalidad perfectamente estudiada. Lo veo pararse a dos metros de la puerta de la cocina, coger un plato vacío que no hacía falta coger, y quedarse ahí, de perfil, con el plato en la mano, escuchando.
Treinta y ocho años. Un plato vacío. La oreja puesta.
Me pongo a su lado.
—¿Qué haces?
—Nada.
—Rubén.
—Estoy llevando un plato.
—Estás llevando un plato desde hace un minuto y medio.
—Es que está la puerta ahí.
Y en la cocina se oye a Alfonso decir algo, y se oye a Milagros reírse, y mi marido se pone recto de golpe como un perro que ha oído una moto.
Y yo, entonces, hago lo único que se puede hacer.
Le pongo la mano en el brazo. Espero a que me mire. Pongo la cara completamente relajada. Y aguanto un segundo más de lo normal.
— No te digo nada —le digo.
Y a mi marido se le pone una cara de espanto absoluto. Porque este hombre ha crecido con esa frase. Porque sabe exactamente lo que significa, y de quién es, y en qué tono se dice. Y porque acaba de oírsela a su mujer.
—No hagas eso.
—¿El qué?
—Eso. Lo de la cara.
—Yo no hago nada.
—¡Haces lo de mi madre!
—Yo estoy aquí de pie, cariño.
—¡Que sí! ¡Que ahora también hablas así! ¡Que dices «tú verás» desde octubre!
—Yo digo lo que hay que decir.
Y deja el plato en la mesa y se va al salón, y desde el salón, cinco minutos después, le oigo contarle a Óscar que su madre está estupenda y que Alfonso es un tío majísimo, y que a él le parece bien, que él lo único que quiere es que su madre esté bien.
Y no le pregunta nada a nadie en toda la noche.
A las doce y media, Milagros me pide que la ayude con los platos.
No hace falta ayuda con los platos. En esa cocina hay dos personas que ya han recogido todo. Es una fórmula.
—Cierra la puerta, anda.
Cierro la puerta.
—Toma. —Y me da un sobre—. Esto es de las dos.
—¿Qué es?
—Ábrelo.
Es un papel doblado en cuatro. Dos cláusulas escritas a mano, con esa letra inclinada y redonda, con las comas donde tienen que estar.
ACUERDO DE CONVIVENCIA (definitivo)
Primera. Antes de entrar, se llama. Las dos.
Segunda. Lo que se sepa de la otra, no sale de aquí.
Fdo.: Milagros Carmona.
Y debajo, un espacio en blanco.
—Falta una firma —digo.
—Falta la tuya.
—Milagros, esto lo escribí yo hace un año. Casi con esas palabras.
—Lo escribiste tú con cinco cláusulas y en un ordenador. —Me pasa un boli del cajón, el azul—. Yo lo he dejado en dos, que es lo que se cumple.
Firmo encima del hule de su cocina, de pie, en Nochebuena, con doce personas gritando al otro lado de la puerta.
—¿Y la copia?
—Copias no —dice—. Que ya hemos tenido bastantes copias en esta casa.
A la una y cuarto me quedo sola en el rellano con la bolsa de la basura.
Dos puertas. Dos metros y medio. La luz de la escalera con su temporizador de once segundos.
En el llavero llevo cuatro llaves. La del segundo B, que hizo un chico de veintiséis años un martes de abril. Una del segundo A, que me dio Milagros en septiembre sin ninguna ceremonia, dentro de un sobre de la farmacia, «por si me caigo». La del portal.
Y la del bajo.
Y ahí, con la bolsa en la mano, me acuerdo de la primera noche. De la pizza en el suelo, de las cajas etiquetadas COSAS, de una mujer en el marco de mi puerta con una bandeja tapada con un paño de cuadros y once llaves en la mano.
Por si acaso.
Y me acuerdo de la frase esa que se dice en las bodas, y en los anuncios, y en los cuadros que vende la gente en los mercadillos:
El amor abre puertas.
Pues es mentira. O es verdad a medias, que es la única clase de verdad que se practica en esta calle.
El amor no abre puertas. El amor te trae la cena a las diez y veinte de la noche. Se te mete en la cocina. Te cambia el escurridor de sitio. Te paga la luz sin decírtelo. Te apunta en una libreta lo que dijiste del ajo un martes de febrero. Y le dice a su hija que deje de meterse contigo.
El amor no abre puertas. El amor tiene copia, y la lleva en el bolsillo de la bata, y no la usa.
Bajo la basura. Subo. Y antes de meterme en mi casa me quedo un segundo mirando la puerta de enfrente. Dentro hay doce personas gritando y un hombre de sesenta y ocho años contando un chiste malo por segunda vez.
Fe de erratas: donde dije «mi suegra es un dragón», léase «mi suegra es un dragón», que en esto no había errata ninguna. Lo que había mal era lo de después: donde dije «y por eso hay que huir de ella», léase «y por eso hay que aprender a hablar dragón».
FIN