29. La decisión
La reunión es el viernes veintisiete a las doce en el bajo, y el sitio lo elige ella.
Esto es lo primero que hay que entender de este capítulo: Sandra propone su oficina, en un edificio con aire acondicionado y una sala con pantalla. Susana propone su casa. Y Milagros Carmona dice, en el grupo, con su mayúscula inicial y su punto final:
Milagros: En el local. A las doce. Está el bajo abierto.
Y Milagros, detrás del mostrador.
Detrás del mostrador. De pie. Con las dos manos apoyadas encima, como en la foto de 1993.
Rubén está aparcando.
—Bueno —dice Sandra, y sonríe—. Pues encantada de conocerlos a todos.
Le contesta el silencio.
—Le he traído la documentación en carpeta, Milagros, ¿puedo llamarla Milagros?
—Puede llamarme como quiera.
—Estupendo. —Saca tres juegos de folios—.
Entonces, como les decía, la oferta es de trescientos cincuenta y cuatro mil por las tres unidades, con la derrama asumida por nosotros, y con un plazo de escrituración de sesenta días.
Yo creo que es una operación muy buena, la verdad, sobre todo teniendo en cuenta el estado del inmueble.
—¿Puedo? —digo.
Sandra me mira. Sonríe otra vez.
—Perdona, ¿tú eras...?
—Irene Quesada. Soy la nuera.
—Ah, qué bien.
—Y soy correctora.
Silencio de dos segundos.
—Ah.
—He revisado sus tres documentos. ¿Empezamos por el primero?
Y saco los míos. Que no son tres juegos de folios en carpeta: es un solo folio por cada documento, con el texto de ellos impreso, y encima, en rojo, mis marcas.
Porque esto es lo que yo sé hacer.
—Punto uno. Su carta del once de junio dice que tienen acuerdo alcanzado o en fase avanzada de negociación con cinco de las ocho unidades del inmueble. ¿Cuántas tienen firmadas?
—Bueno, en una operación de este tipo...
—¿Cuántas tienen firmadas, Sandra?
—Tres.
—Tres de ocho.
—Y dos en negociación muy avanzada.
—«Muy avanzada» no es una figura jurídica. —Paso el folio—. Punto dos. El plazo de quince días que vence hoy. ¿Qué ocurre si mi suegra no firma hoy?
—Pues que la oferta decae.
—¿Y mañana?
—¿Cómo?
—Que si mañana ustedes le hacen otra oferta.
Y aquí Sandra hace una pausa muy corta, la primera de la mañana.
—Es posible que se pueda revisar.
—Es seguro que se puede revisar, porque llevan cuatro meses detrás de este portal y sin este portal no tienen la finca. —Paso el folio—. Punto tres. La derrama.
—La asumimos nosotros, que son cuatro mil ochocientos setenta y cinco.
—¿De dónde ha sacado usted esa cifra?
Silencio.
—De la junta de propietarios.
—El acta de esa junta no está firmada. Lo sé porque doña Encarna Ruiz la lleva reclamando desde el nueve de junio.
—Y me giro hacia Encarna, que asiente una vez, muy digna, desde su silla plegable—.
Usted ha recibido esa cifra de una persona física.
Y yo no le voy a preguntar de quién, porque no hace falta.
Y en ese momento, sin querer, todo el mundo mira a Susana.
—Yo pedí una valoración —dice Susana.
—Ya lo sé —digo—. Y no has hecho nada ilegal. Sigo.
Y saco el cuarto folio.
—Punto cuatro. La carta de actualización de renta que ha recibido doña Encarna Ruiz de la administración de fincas, con la que ustedes no tienen relación ninguna, ¿verdad?
—Ninguna.
—Perfecto. Entonces le interesará saber que esa actualización invoca la disposición transitoria segunda de la Ley de Arrendamientos Urbanos, y que en un contrato anterior a 1985 con la arrendataria residiendo en la vivienda, esa disposición no permite una subida del cuatrocientos cincuenta por ciento.
Es una carta escrita para asustar a una señora de setenta y un años. Y esa señora está sentada ahí.
Encarna Ruiz, desde la silla plegable, dice:
—Buenos días.
—Yo eso no lo he mandado —dice Sandra.
—Ya sé que no lo ha mandado usted.
Y entonces habla Milagros.
Habla desde detrás de su mostrador, sin levantar la voz, y con la mano apoyada en la madera.
—Señorita. ¿Usted sabe lo que vale este local?
—Está tasado en...
—No le he preguntado lo que está tasado. Le he preguntado lo que vale.
—Bueno, el valor de mercado...
—Este local hace esquina, tiene diez metros de fachada a una calle con cuesta y está a doscientos metros de la parada de los autobuses que suben a la Victoria.
Aquí pasan por la mañana el colegio, el mercado y la parroquia.
—Da un golpecito con la uña en el mostrador—.
Y en esta calle no hay ni un solo sitio donde una mujer que trae unos bajos que coser se pueda sentar a esperarlos.
—Ya, pero eso...
—Y usted me ha metido este local en un paquete de trescientos cincuenta y cuatro mil euros junto con dos pisos del setenta y dos con la columna picada, y me lo ha valorado como si fuera un trastero.
Silencio.
—Yo estas cuentas las llevo haciendo desde los catorce años, señorita. Y usted lo que quiere es la finca entera, no mis pisos.
Y Sandra de Urbania Living, por primera vez en toda la mañana, no sonríe.
—Puedo hablar con la central y revisar el importe.
—Hable usted con quien quiera.
—Milagros, con una revisión al alza yo creo que podríamos llegar a...
—Yo no vendo el bajo.
Y ahí se acaba.
—¿Cómo?
—Que los pisos se los estudiaré cuando venga usted con un papel serio y con la cifra bien puesta. —Milagros se endereza—. El bajo no está en venta. Ni hoy ni el año que viene. Este local era de mi madre y el mes que viene abre.
—Mamá.
—Y esta señora —dice, señalando a Maribel— es mi socia, y tiene cinco mil doscientos euros puestos y una máquina de ojales, y aquí está el papel.
Y yo pongo el contrato encima del mostrador.
—Mamá, ¿tú te estás oyendo? —dice Susana—. ¡Estás rechazando trescientos cincuenta y cuatro mil euros!
—Estoy rechazando que me los den por todo junto.
—¡Es lo mismo!
—No es lo mismo, hija. Nunca ha sido lo mismo.
Y en ese momento, en la puerta del bajo, aparece Rubén con las llaves del coche en la mano.
—Ya está —dice—. He tenido que aparcar en la otra calle.
Y nadie le contesta.
Lo de Julián se resuelve en cuatro minutos, y lo resuelve un papel de 1991.
—Julián, esto es la escritura de aceptación de herencia del local. Del noventa y uno.
—Yo eso no lo he visto nunca.
—Es de la madre de Milagros. Es privativo. No entra en la separación de bienes.
Y mi suegro, que es un hombre bueno y callado y que lleva toda la mañana sentado en una silla mirándose las manos, dice:
—Yo no quiero el bajo.
—Papá, el burofax lo mandó tu abogado.
—El burofax lo mandó Herrero porque yo le dije que si vendía había que mirarlo. —Levanta la vista por primera vez—. Yo lo que no quiero es que mi mujer venda la tienda de su madre para pagar una columna.
Y a Milagros, detrás del mostrador, se le mueve algo en la cara durante medio segundo.
—Gracias, Julián.
—De nada, Milagros.
Sandra se va a la una menos cuarto. Recoge sus carpetas, da la mano a todo el mundo y en la puerta, con esa profesionalidad que hay que reconocerle, dice:
—Volveremos a llamarla, Milagros.
—Ya lo sé, mi niña.
Y cuando se va, y cuando salen Susana y Óscar discutiendo por lo bajo, y Julián detrás de ellos, y Encarna pliega su silla, en el bajo nos quedamos Maribel, Milagros y yo.
Y yo hago la pregunta que hice en un rellano el veintiuno de mayo y que se quedó sin contestar.
—Milagros.
—Dime.
—¿Tú qué quieres?
Y esta vez no me manda a mi casa.
Se queda con las dos manos en el mostrador, mirando los cajoncitos de la pared del fondo, los trescientos, con las etiquetas escritas a mano por su madre.
—Yo quiero abrir esto —dice—. Y que venga gente. Y estar aquí de cuatro a ocho, y que la Maribel esté por las mañanas, y tener que pedir hilo otra vez.
—Vale.
—Y que cuando alguien pregunte de quién es esto, no haya que decir de quién era.
Y Maribel Guzmán, que lleva dos horas callada, dice:
—Pues entonces hay que pintar, porque esto está hecho un desastre.
Fe de erratas: donde dije «yo aquí no aporto nada», léase «yo aquí no aportaba nada hasta el viernes veintisiete a las doce de la mañana».