28. La libreta
Trabajamos desde las siete y media y en la primera hora descubro una cosa que no me esperaba: mi suegra es una compañera de trabajo excelente.
No pregunta lo mismo dos veces. Coge un boli y apunta lo que no entiende en una hoja aparte, en lugar de interrumpir. Y cuando llegamos al párrafo de las cinco unidades de ocho, se levanta, va a la cocina, vuelve con un papel de estraza de la carnicería y me dibuja el edificio.
Ocho cuadritos. Dos columnas de cuatro.
—Aquí, el primero A: los Ramírez, se fueron en marzo.
—¿Vendieron?
—Vendieron. Y el primero B lleva vacío desde el año pasado, que es de un señor de Melilla que no lo alquila ni lo vende ni contesta al teléfono.
—O sea que ese no está.
—Ese no está. —Tacha—. El segundo A y el segundo B soy yo.
—Dos cuadritos.
—Dos cuadritos y el bajo. Encarna, tercero: esa no vende porque no es suya. La del cuarto vendió el martes pasado. Y el quinto es Antonio, que está en ello.
Y se queda mirando su propio dibujo.
—Son tres —dice—. Tres firmadas y una en ello.
—Y el señor de Melilla.
—El señor de Melilla no contesta desde 2019.
Y ahí, en un papel de estraza de la carnicería, a las nueve menos cuarto de la noche, mi suegra acaba de auditar la afirmación central de una carta de una empresa que factura millones.
—Milagros, esto es exactamente lo que yo he estado buscando en cuatro documentos.
—Es que yo esta finca me la sé, mi niña.
Trabajamos hasta las dos de la mañana y a las once y media se queda dormida en el sillón.
Yo sigo. Sigo porque estoy en ese estado que conozco de las entregas de madrugada, ese en el que el texto empieza a enseñarte cosas, y porque a la una y cuarto encuentro la primera.
Y a las dos menos veinte la segunda.
Y a las dos y diez la despierto.
—Milagros.
—Ay. Me he dormido.
—Milagros, hay que ir al bajo.
—¿Ahora?
—Ahora.
Bajamos a las dos y media de la mañana. Ella con una rebeca encima del camisón, yo con la carpeta, las dos en zapatillas, por una escalera con temporizador de once segundos.
Y sube la persiana del Botón de Oro a las dos y media de la mañana, y en la calle Amargura no hay nadie, y en el escaparate de enfrente se ve el reflejo de dos mujeres levantando una persiana verde como dos ladronas de una película muy mala.
—¿Qué buscas?
—El contrato de la compra del local.
—Eso está arriba.
—Milagros, el local lo compró tu madre en el cincuenta y ocho. Eso no está arriba.
—¿Y tú cómo sabes que lo compró mi madre?
—Porque en el burofax de Julián dice «adquiridos durante el matrimonio». Los tres. Y tú te casaste en el ochenta y cuatro.
Y a mi suegra se le abre un poco la boca.
—El bajo es de mi madre.
—El bajo es de tu madre.
—El bajo lo heredé yo en el noventa y uno.
—Y una herencia es privativa, Milagros. No entra en gananciales. Julián no tiene ningún derecho sobre ese local y su abogado lo ha metido en el paquete a ver si colaba.
Y ella se sienta en la banqueta de detrás del mostrador. Se sienta como se sienta la gente cuando le quitan una cosa de encima que llevaba puesta sin saberlo.
—¿Y eso lo puedes demostrar?
—Con la escritura de la herencia. Que está aquí.
—Que está aquí.
Está en la tercera caja que abrimos, en una carpeta de gomas de color rojo, con un elástico que se rompe al tocarlo. Escritura de aceptación de herencia, 1991, notario de Málaga, un local en calle Amargura n.º 4, planta baja.
Y debajo de esa escritura, en la misma carpeta, hay una libreta.
Es una libreta de las de toda la vida. Tapa de hule azul, gomilla, una etiqueta pegada en la portada que pone EL BOTÓN DE ORO con letra de rotulador y, debajo, más pequeño, 2010 — .
Con el guion. Con el guion abierto y sin cerrar.
Milagros está de espaldas, en el otro extremo del local, abriendo cajas.
Y yo abro la libreta.
Lo hago sabiendo perfectamente que no debo.
Que quede constancia: no hay ninguna duda, no hay ningún debate interno, no hay ni medio segundo de vacilación moral.
Yo abro esa libreta con la misma naturalidad con la que una mujer de sesenta y cinco años abría la puerta de mi cocina a las nueve y veinte de la mañana.
Las primeras veinte páginas son cuentas del cierre. Proveedores. Cifras tachadas. Una columna de números con el nombre de Maribel arriba, y al final, subrayado dos veces: 4.300 .
Después hay una página en blanco.
Y después empieza otra cosa.
Enero. Luz 2.º B — 61,40. Comunidad 2.º B — 48. Agua 2.º B — 22,15.
Febrero. Luz 2.º B — 74,80 (mucho, con el frío). Comunidad — 48. Calentador: 210. Decir que vino de garantía.
Me siento en el suelo.
Marzo. Luz — 66. Comunidad — 48. Agua — 24,60. Bizum niño 300 (lotería).
Abril. Luz — 58. Comunidad — 48. ITV: la ha pagado ella. Bizum 400 (coche) para que no note lo de la ITV.
Mayo. Luz — 51,20. Comunidad — 48. Bizum 300.
Y así, mes a mes, desde enero, con la letra inclinada y redonda, con las comas donde tienen que estar: dos mil ciento y pico euros de una casa que yo creía que nos costaba cero.
Sin alquiler, solo cariño.
Y luego, más adelante, hay otras páginas.
Cosas que haré cuando esté sola del todo
— Abrir el bajo.
— Ir a la playa un martes.
— Comer a la hora que me dé la gana.
— Aprender a estar callada.
Y a mitad de la libreta, con una pestaña de papel doblado marcando la página, hay una hoja con un título arriba.
Pone: IRENE .
Y debajo, en una lista, con fechas:
17 feb. — «el ajo es el mensaje». Se lo dijo al niño en la cocina. Tiene gracia la criatura.
2 marzo — dice «archivo comprimido» para las cosas que no se dicen. Preguntar qué es.
14 marzo — no le gusta que le toque la cocina. Anotado.
4 abril — la ajoharina lleva el fuego fuerte al principio. Tenía razón ella.
19 abril — le dije a Susana que dejara de meterse con la niña. Que bastante tiene.
11 mayo — el gazpacho: la cebolla en agua con hielo veinte minutos. Probarlo.
21 mayo — hoy se lo he contado. No se lo va a decir a nadie. Sé que no.
Y en la última línea, con otra tinta, más reciente:
Escribe muy bien. Decírselo alguna vez que no sea delante de gente.
Cierro la libreta.
Me quedo sentada en el suelo de un local cerrado desde 2010, a las tres menos cuarto de la mañana, con una libreta de hule azul en las rodillas y con la información completa por primera vez en seis meses.
Porque lo que hay en esa libreta no es un diario. Milagros Carmona no ha escrito ni una sola vez cómo se siente. En cincuenta páginas no aparece la palabra «sola», ni «triste», ni «Julián». Lo que hay son cuentas, listas y observaciones de campo.
Esta mujer lleva seis meses estudiándome. Apuntando lo que me gusta y lo que no. Corrigiéndose. Tenía razón ella. Anotado.
Y el diecinueve de abril, cuatro días después del tribunal de Fuengirola donde yo pedí perdón por las formas y ella se tomó el café sin decir una palabra, le dijo a su hija que dejara de meterse conmigo.
—¿Has encontrado la escritura? —dice desde el fondo.
—La he encontrado.
Y meto la libreta debajo de la escritura, y meto las dos en la carpeta, y me levanto del suelo con las rodillas doloridas y una deuda de dos mil ciento y pico euros que hasta hace ocho minutos no sabía que tenía.
—¿Estás bien, mi niña? Tienes mala cara.
—Son las tres de la mañana, Milagros.
—Ea. Pues vámonos, que mañana hay que madrugar.
Bajamos la persiana. Subimos la cuesta. Y en el rellano, delante de las dos puertas, con dos metros y medio en medio, me dice:
—A las diez en tu casa. Y trae eso escrito, que yo esas cosas si no las veo escritas no me entero.
—A las diez.
—Y ponte algo decente, que mañana no vamos a hablar con familia.
Fe de erratas: donde dije «yo nunca he entrado en su casa sin permiso», léase «yo nunca he entrado en su casa sin permiso, porque no me hizo falta: entré en su letra».