27. La ofensiva
El lunes veintitrés de junio pasan tres cosas antes de las doce de la mañana, y las tres llegan por escrito, que es como llegan todas las desgracias importantes de esta historia.
Nueve y cuarenta. El correo de Sandra.
Milagros me lo reenvía porque ya no sabe abrir los adjuntos en el móvil y porque ya hemos pasado el punto en que eso le da vergüenza.
Es amable. Es amabilísimo. Es un correo escrito por una persona que ha hecho un curso y que sabe perfectamente lo que hace.
Estimada Sra. Carmona, quería confirmarle que la oferta sigue en pie y recordarle amablemente que el plazo finaliza el próximo viernes 27.
Entiendo que puede ser una decisión difícil y quiero que sepa que estoy a su disposición para lo que necesite, sin ningún compromiso. Un abrazo muy fuerte, Sandra.
Un abrazo muy fuerte.
Yo llevo once años escribiendo textos para gente que quiere algo de otra gente, y le puedo decir a usted, con la mano en el corazón, que nunca había visto un abrazo colocado con tanta precisión.
Diez y diez. El burofax de Julián.
Este no lo manda Julián. Lo manda un abogado de Zamora que se llama Herrero y que probablemente sea el único abogado que conoce mi suegro, y en cuatro párrafos dice lo siguiente:
Que existe una separación de bienes firmada en abril.
Que en dicha separación, por error material , se atribuyeron a doña Milagros Carmona tres inmuebles que fueron adquiridos durante el matrimonio.
Que don Julián Espejo no cuestiona la voluntad de las partes pero solicita que se revise la valoración, dado que ha tenido conocimiento de una oferta de mercado notablemente superior a la que se manejó en el momento de la firma .
—Milagros.
—Dime.
—¿Julián sabe lo de la oferta?
—Julián sabe lo que le cuenta su hija.
Y se sienta en su silla con las dos manos en el bolso, muy recta, como en la consulta de un médico, que es como se sienta esta mujer desde el sábado catorce.
Once y media. La carta de Encarna.
Esta la trae ella misma. Sube al segundo A con el sobre sin abrir, lo pone encima del hule y dice:
—Ábremela tú, mi niña, que yo no.
Es de la administración de fincas. Dice, en un lenguaje que yo desmonto en cuatro minutos, tres cosas: que se ha detectado que su contrato de arrendamiento data de 1978, que dicho contrato está sujeto a revisión conforme a la disposición transitoria segunda , y que se le comunica una actualización de renta de doscientos once euros a novecientos sesenta y cinco.
Encarna me mira.
—¿Eso es que me echan?
—Eso es que quieren que te vayas tú sola.
—Yo con novecientos sesenta y cinco euros no puedo.
—Ya lo saben.
—Yo cobro mil ciento veinte.
—Ya lo saben, Encarna.
Y Encarna Ruiz, cuarenta y seis años en esta finca, se queda mirando el hule de la mesa camilla de mi suegra.
—Pues yo de aquí no me voy.
—Encarna...
—Que yo de aquí no me voy, mi niña. Que aquí me casé, y aquí lo velé a él, y de aquí me sacan con los pies por delante.
Y Milagros, que lleva veinte minutos sin decir una palabra, alarga la mano por encima de la mesa y le pone la suya encima. Sin decir nada. Tres segundos. Y la quita.
Y eso, entre estas dos mujeres, es una escena de amor.
—¿Y tú qué vas a hacer? —dice Encarna.
—Yo todavía no lo sé.
—Milagros.
—Que no lo sé, criatura.
—Porque si tú vendes, yo me voy a la calle.
—Ya lo sé.
—Que no te lo digo para presionarte.
—Me lo estás diciendo para presionarme, Encarna, y haces muy bien. —Milagros recoge las tazas—. Yo en tu sitio haría lo mismo.
Y a la una menos cuarto, cuando Encarna baja a su casa, sube Maribel.
Sube sin avisar, con una bolsa de tela, y deja encima de la mesa camilla un catálogo de máquinas de coser industriales con tres páginas dobladas por la esquina.
—Esta es la que nos hace falta. La del medio.
—Maribel, hoy no.
—Mil ciento veinte con IVA y nos la traen en diez días.
—Hoy no, Maribel.
—¿Por qué hoy no?
Y Milagros mira las tres cartas encima del hule, y luego mira a su socia, y le dice la única mentira que le he oído decir a esta mujer en seis meses y que no sea por proteger a alguien:
—Porque tengo lío.
Maribel coge el catálogo. Lo dobla. Se lo mete en la bolsa.
—Milagros.
—Dime.
—Yo he puesto cinco mil doscientos euros.
—Ya lo sé.
—Yo llevo quince años sin hablarte y he puesto cinco mil doscientos euros en una semana.
—Ya lo sé, Maribel.
—Pues eso.
Y se va.
Y las dos nos quedamos calladas en esa cocina con tres cartas encima de la mesa y una cuarta persona que acaba de bajar la escalera sin saber que existe la primera.
Esa tarde bajo con las tres cartas a mi casa, las pongo encima de la mesa una al lado de la otra y las leo como se lee un expediente.
Y a las siete de la tarde, con el tercer café, veo el dibujo.
No son tres cosas. Es una.
La oferta con plazo del viernes. El burofax que dice «he tenido conocimiento de una oferta de mercado». La actualización de renta que expulsa a la única vecina que jamás vendería.
Tres cartas, tres remitentes distintos, tres direcciones distintas.
Y la misma cifra, la misma semana, el mismo objetivo: que el viernes veintisiete, a las nueve de la noche, una mujer de sesenta y cinco años esté sola, sin vecina, con un marido reclamando la mitad y una hija diciéndole que sea realista.
Llamo a Susana a las ocho.
—¿Tú le has contado a tu padre lo de la oferta?
—Yo hablo con mi padre todas las semanas, Irene.
—No te he preguntado eso.
Pausa.
—Se lo comenté.
—Susana, tu padre ha mandado un burofax.
—¿Qué?
—Un burofax. Con abogado. Pidiendo la revisión de la separación de bienes.
Silencio de cuatro segundos. Y luego, con una voz distinta:
—Yo eso no lo sabía.
—Ya.
—Irene, yo eso no lo sabía, te lo juro por mis hijos.
Y la creo. Esa es la parte peor de todo este asunto y la que va a costarme a mí más trabajo perdonarle: la creo perfectamente.
—Susana, ¿tú le has dado a la inmobiliaria la cuota de la derrama de tu madre?
—Yo pedí una valoración.
—¿Cuándo?
—En abril. —Y ahora habla deprisa—. Pedí una valoración informativa, sin compromiso, para saber lo que valía, porque alguien tiene que saber lo que valen las cosas en esta familia. Y me preguntaron por las cargas y yo dije lo de la columna.
—Le diste su cuota exacta.
—¡Le di un dato de una junta de propietarios!
—Que es su cuota exacta, Susana.
—¡Yo no he hecho nada malo!
Y se echa a llorar por teléfono.
Y yo me quedo con el móvil en la oreja, en mi cocina, entendiendo por fin la cosa que la mesa entera de mi vida llevaba seis meses intentando explicarme: que en esta historia no hay ni un solo villano, y que eso no ha impedido que el viernes veintisiete una mujer se quede sin su casa.
El jueves veintiséis, a las siete de la tarde, subo al segundo A con una carpeta.
Milagros abre en bata.
—¿Qué es eso?
—Trabajo.
—Yo hoy no puedo, mi niña.
—Milagros, mañana se acaba el plazo.
—Ya lo sé.
—Y he encontrado tres cosas.
—Que hoy no, hija.
Y va a cerrar la puerta.
Y yo pongo la mano.
Pongo la mano en la puerta de mi suegra, en el rellano de la calle Amargura número 4, un jueves de junio, y le digo la frase que llevo seis meses sin decirle a nadie de esta familia:
—Milagros, escúchame. Yo esto lo sé hacer.
Se para.
—Yo no sé cocinar como tú, ni sé llevar una casa, ni sé de género, ni sé lo que vale un plato de ducha.
Pero yo sé leer un contrato mejor que Sandra, que Herrero y que la administración de fincas juntos.
Es lo único que sé hacer bien en el mundo y llevo once años haciéndolo por cuarenta euros para un dentista.
Silencio.
—Y llevo seis meses viviendo gratis en tu casa.
Y Milagros Carmona mira la carpeta.
Y luego me mira a mí.
Y abre la puerta del todo.
—Pasa, anda —dice—. Voy a poner café, que esto va a ser largo.
Fe de erratas: donde dije «tres cartas», léase «una carta, mandada tres veces desde tres sitios para que pareciera el mundo y no un plan».